Y don José Antonio, el médico, me decía después de haberme contado

el suceso: «Un crimen más, un crimen más de los padres... ¡Estoy

harto de presenciarlos! Y luego nos vendrán con el derecho de los

padres y el amor paternal... ¡Mentira!, ¡mentira!, ¡mentira! A las

más de las muchachas que se pierden son sus madres quienes primero

las vendieron... Esto entre los pobres, y se explica, aunque no se

justifique. ¿Y los otros? No hace aún tres días que González García

casó a su hija con un tísico perdido, muy rico, eso sí, con más pesetas

que bacilos, ¡y cuidado que tiene una millonada de éstos!, y la casó

a conciencia de que el novio está con un pie en la sepultura; entra

en sus cálculos que se le muera el yerno, y luego el nieto que pueda

tener, de meningitis o algo así, y luego... Y para este padre que se

permite hablar de moralidad, ¿no hay grillete? Y ahora, este pobre

chico, esta nueva víctima... Y seguiremos considerando al Estado como

un hospicio, y vengan sobresalientes, y canibalismo... ¡canibalismo,

sí, canibalismo! Se lo han comido y se lo han bebido; le han comido

la carne, le han bebido la sangre... y a esto de comerse los padres a

un hijo, ¿cómo lo llamaremos, señor helenista? _Gonofagía_, ¿no es

así? Sí; gonofagía, gonofagía, porque llamando a las cosas en griego

pierden no poco del horror que pudieran tener. Recuerdo cuando me contó

usted lo de los indios aquellos de que habla Heródoto, que sepultaban

a sus padres en sus estómagos, comiéndoselos. La cosa es terrible;

pero más terrible aún es lo de Saturno devorando a sus propios hijos;

más terrible aún es el festín de Atreo. Porque el que uno se coma al

pasado, sobre todo si ese pasado ha muerto, puede aun pasar; ¡pero esto

de comerse al porvenir!...

Y si usted observa, verá de cuántas maneras nos lo estamos comiendo,

ahogando en germen los más hermosos brotes. Hubiera usted visto la

triste mirada del pobre estudiante, aquellos ojos, que parecían mirar

más allá de las cosas, a un incierto porvenir, siempre futuro y siempre

triste, y luego aquel padre, a quien no le faltaba su café diario. Y

hubiera visto su dolor al perder al hijo, dolor verdadero, sentido,

sincero--no supongo otra cosa--; pero dolor que tenía debajo de su

carácter animal, de instinto herido, algo de frío, de repulsivo, de

triste. Y luego esos libros, esos condenados libros, que en vez de

servir de pasto sirven de veneno a la inteligencia; esos malditos

libros de texto, en que se suele enfurtir todo lo más ramplón, todo

lo más pedestre, todo lo más insufrible de la Ciencia, con designios

mercantiles de ordinario...».

Calló el médico, y callé yo también. ¿Para qué hablar?

Pasado algún tiempo me dijeron que Teresa Martín, la hija de don Rufo,

se iba monja. Y al manifestar mi extrañeza por ello, me añadieron que

había sido novia de Agustín Pérez, el becario, y que desde la muerte de

éste se hallaba inconsolable. Pensaba haberse casado en cuanto tuviera

partido.

--¿Y los padres?--se me ocurrió argüir.

Y al contar yo luego al que me trajo esa noticia la manera cómo sus

padres se lo habían comido, me replicó inhumanamente:

--¡Bah! De no haberle comido sus padres, habríale comido su novia.

--¿Pero es--exclamé entonces--que estamos condenados a ser comidos por

uno o por otro?

--Sin duda--me replicó mi interlocutor, que es hombre aficionado a

ingeniosidades y paradojas--sin duda, ya sabe usted aquello de que en

este mundo no hay sino comerse a los demás o ser comido por ellos,

aunque yo creo que todos comemos a los otros y ellos nos comen. Es un

devoramiento mutuo.

--Entonces vivir solo--dije.

Y me replicó:

--No logrará usted nada, sino que se comerá a sí mismo, y esto es lo

más terrible, porque al placer de devorarse se junta el dolor de ser

devorado, y esta fusión en uno del placer y el dolor es la cosa más

lúgubre que puede darse.

--Basta--le repliqué.

¡VIVA LA INTROYECCIÓN!

«Lo que nos hace falta, españoles, es la introyección, el más

preciado, el más fecundo, el más santo de los derechos humanos. ¿Cómo

podemos vivir sin él? Sin la libertad de introyección, todas las

demás libertades nos resultarán baldías y hasta dañosas. Dañosas,

sí, porque hay libertades que, faltando otras que las complementen,

antes perjudican que benefician al hombre. ¿De qué nos sirven, en

efecto, la libertad de asociación, la de imprenta, la de cultos, la de

trabajo, la de vagancia y tantas otras libertades de que dicen gozamos,

si la libertad de introyección nos falta? Sin esta imprescindible

prerrogativa el sufragio universal y el Jurado se convierten en armas

de la vergonzante tiranía que nos domina. Y no me digan, no, que

tenemos la libertad de introspección, porque la introspección no es la

introyección, como la autonomía no es la autarquía. Pongámonos, ante

todo,de acuerdo en las palabras, llamemos a cada cosa por su nombre:

al pan, pan, y al vino, vino, arquitrabe, al arquitrabe, introyección

a la introyección y tiranía a este abigarrado conjunto de hueras

e incompletas libertades en que se nos ahoga. La palabra, ¡oh, la

palabra, señores, la palabra!...».

Al llegar a este punto de su elocuentísimo discurso la palabra de Lucas

Gómez fué ahogada en los nutridos aplausos del numeroso público que

asistía a la reunión. El hervor de los ánimos subió de punto y los

¡viva don Lucas Gómez! se confundieron con los vivas a la libertad de

introyección.

Salió la gente convencida de cuán necesario es introyeccionarse y

de cómo los gobiernos que padecemos nos lo impiden. Empezaron los

españoles a sentir hambre y sed de introyección.

Hay que tener en cuenta que esto ocurría hacia 1981, pues hoy, a fines

de este tristísimo siglo XXI, una vez gastada la introyección en

puro uso, no nos damos clara cuenta de los entusiasmos que entonces

provocara.

El caso es que la agitación creció como la marea; formóse una liga

introyeccionista, con su directorio y sus delegaciones provinciales,

poniendo así en aprieto al gobierno. En tan grave aprieto, que se vió

forzado a dimitir, exigiendo la ola popular a los radicales, con el

tácito pacto de implantar desde luego la libertad de introyección.

Mas sabido es lo que son y han sido siempre nuestros gobiernos: cuando

no quieren, o no pueden, o no saben cumplir lo que la opinión pública

les exige, lo falsean todo. Es hoy cosa averiguada como cierta, y que

he podido comprobar revisando papeles de aquel tiempo, que alquilaron

a un famoso sofista, cuyo nombre está en la memoria de todos mis

lectores, para que desnaturalizara el popular movimiento. Como dato

curioso podemos dar el de que los gastos, no pequeños, que el sofista

costó al gobierno, los justificó éste en la consignación del material

como gastos para la refrigeración de las oficinas en aquel calurosísimo

estío de 1892.

Nuestro sofista comenzó su campaña fingiéndose introyeccionista o

introyectivo, como él se llamaba, para empezar así confundiendo a la

gente sencilla. Y luego, después de establecer entre la introyección,

la introspección, la introquisición y la introversión tales y

tantas diferencias que nadie sabía lo que fuera cada una de estas

tan importantes funciones, se preguntaba: «esta introyección ¿ha de

ser psíquica o anímica; espontánea, reflexiva o refleja; primaria

o secundaria?». Y consiguió su maquiavélico proyecto, logrando que

al poco tiempo se dividieran los introyeccionistas en psíquicos,

anímicos, espontáneos, reflexivos, reflejos, primarios y secundarios,

con multitud de matices, términos medios y términos combinados. Y allí

nadie se entendía.

Mas no faltaron hombres animosos, avisados y entusiastas que

denunciaran la vergonzosa labor del sofista introyectivo, pusieran al

descubierto sus mezquinas mañas y tretas, y trataran de reparar en

lo hacedero el desmedido daño que a la causa introyeccionista había

hecho. Redactaron unas bases, creo que orgánicas--aunque de esto

no estamos bien seguros--para llevar a cabo la gran concentración

introyeccionista, reduciendo a común fórmula a las distintas

fracciones. Los menos reductibles entre sí fueron los reflexivos y los

reflejos, entre los que mediaban hondísimas diferencias, consecuencia

de las que separaban a sus respectivos jefes don Martín Fernández y L.

Fernando Martínez; los primarios y los secundarios hacía tiempo ya que

estaban fusionados bajo la común denominación de primo-secundarios;

habiéndose adoptado ésta y no la de secundo-primarios, a cambio de que

el jefe de los secundarios lo fuese de la fracción compuesta, porque en

política todo es transacción.

Todos sabemos lo que ocurrió después; las empeñadísimas campañas de la

concentración, los brillantísimos discursos de Lucas Gómez y el ansia

loca de introyección que se encendió en los corazones españoles todos.

Llegó a ser inútil la libertad de pensamiento, pues nadie pensaba

más que en la introyección; inútil la libertad de enseñanza, ya que

no pudiese hacerse introyectiva la enseñanza; inútil la de cultos si

no cabía cultivar la introyección; inútil la de asociación desde el

momento en que no era dado asociarse para introyeccionarse mutuamente;

inútil la de trabajo si no se podía trabajar introyectivamente.

Y sucedió lo que no podía por menos de suceder, y es que llegó

la revolución de 1989, y después de aquellas tres breves,

aunque sangrientas jornadas del 5, 6 y 7 de febrero triunfó el

introyeccionismo, empuñando Lucas Gómez las riendas del Estado.

Lo primero que el Gobierno revolucionario hizo fué proclamar a los

cuatro vientos la libertad de introyección. Y sucedió entonces lo

que era de esperar, y fué que mientras se renovaban las empeñadas

peleas entre psíquicos, anímicos, espontáneos, reflejos, reflexivos,

primarios y secundarios, lo que entonces se llamaba masa neutra, y la

sociología moderna llama plasma socio-germinativo, sintió una extraña

sensación colectiva, se miraron unos a otros en los ojos sus miembros

componentes, y se preguntaron luego con curiosidad y asombro: Y ahora

bien, ¿qué es eso de la introyección y con qué se come?

Hoy no necesitamos hacernos tal pregunta; la dolorosa experiencia

del último tercio del siglo XX, hasta que ocurrió la salvadora

conjugación hispanomarroquí--de que hablaremos otro día--nos enseñó,

bien a nuestro pesar, lo que la introyección sea y signifique.

¿POR QUÉ SER ASÍ?

Era terrible, verdaderamente terrible. Si aquello se prolongaba no

respondería de sí mismo. «Pero, ¡Dios mío!--se decía--, ¿por qué soy

así? ¿Por qué soy como soy? Todo se me vuelven propósitos de energía,

que se me disipan en nieblas así que afronto la realidad».

Desde niño había guardado el pobre José sus indomables resoluciones

en lo más hondo de su alma, entregando al mundo aquella debilidad que

le valía fama de bueno, fama que le estaba dando no poco que sufrir.

Porque era bueno, positivamente bueno, y si no había estallado más

de una vez fué por bondad y reflexión: estaba seguro de ello. Tenía

plena conciencia de que más de una vez habría dado que sentir, a no

ser porque sobre todo tendía a sujetar al bruto bajo el ángel. Y la

gente, que sólo juzga por las apariencias, confundía su bondad con la

impotencia. ¡Hasta que estallase un día!...

Era ya tiempo de estallar. No se trataba de él sólo, sino de sus hijos

y de su mujer, del porvenir de los que le estaban encomendados. Un

padre de familia no puede aspirar a santo, ni dejar además la capa al

que le ponga pleito queriendo quitarle la ropa. Eso de no resistir

al malo estaba bien para los frailes. ¿Es compatible la más alta

perfección cristiana con las necesidades de la familia? No podía hacer

a sus hijos víctimas de su bondad, tenía que azuzar por un momento al

bruto que en él dormía. Ahora verían quién era él, José el manso, el

paciente.

Había pasado una noche angustiosa, pensando en las deudas que le

vencían sin tener con qué responderlas... Es decir, sí; tenía con

qué, pero repartido entre deudores. ¿Hay cosa más terrible que verse

atosigado de deudas cuando los créditos exceden a ellas? Y no podía

decir a sus acreedores que le perdonaran como perdonaba él a sus

deudores, porque un acreedor no es perfecto como nuestro Padre que está

en los cielos. Se armó de valor, encasquetóse el sombrero y salió a

cobrar lo suyo.

Iba componiendo, palabra por palabra, y repitiéndola por vía de ensayo,

la tremenda filípica que endilgaría al primer deudor con quien topase,

cuando la visión a lo lejos de uno de los más mansos le desvaneció

los ímpetus, le hizo latir el corazón y le obligó a desviarse por una

calleja murmurando: «Pero, señor, ¿por qué soy así?». No tenía bien

estudiado su papel y aquel encuentro inopinado le privó de aplomo.

Acordóse de sus hijos y de su mujer, de su dinero esparcido, y lleno de

valor subió a casa de otro de sus deudores. Subía despacito, contando

las escaleras; en cada tramo las palpitaciones cardíacas le obligaban

a descansar; miró tres o cuatro veces al reloj; llegó a la puerta, y

al oir pasos dentro, pálido y sin haber llamado, bajó las escaleras

más que de prisa. Los pasos habían sido de él, de Eustaquio... ¡No le

dejaban tiempo de prepararse, le sorprendían antes de haberse puesto en

guardia!

Iba midiendo el santo suelo y diciéndose: «Pero, ¿por qué soy así?»,

cuando le heló una voz que decía a sus espaldas: «¡Hola, José!». El

más complaciente de sus deudores le alargaba la mano vacía, que José

estrechó enternecido de vergüenza. Hablaron de mil cosas indiferentes,

aludió el otro a aquella dichosa letra que siempre que topaba a José

estaba por llegar, preguntóle si por casualidad llevaba cinco duros;

contestóle éste que por providencia no los tenía a mano, se la alargó

el otro vacía y le despidió diciéndole: «De lo otro no me olvido».

--¡Que no se olvida!... ¡Es un consuelo!

Pasó al poco tiempo José por junto al café en que tomaba su tacita en

los tiempos dichosos en que disponía de una peseta sobrante.

¿Si estaría allí alguno de sus amigos? Entró. Allí estaba Ricardo, tan

orondo, tomando su café, con copa y puro.

--Con mi dinero--murmuró José--. Me privo yo de tomarlo para que lo

tome él. ¡Habráse visto!... Nada, nada, que yo soy así...

Se acercó a Ricardo, que con mil zalemas exclamó al verle:

--¡Dichosos ojos!... ¡Cualquiera te echa la vista encima! ¿Qué quieres

tomar?

--¡Oh, gracias, muchas gracias! Nada, nada... no acostumbro... Ya sabes

que no...

--Anda, hombre, toma algo, que yo te convido.

--No, no, gracias.

--Bueno, tú te lo pierdes...

Le daba pena que Ricardo le gastara su dinero en convidarle a él con lo

suyo... ¡Oh, no! Y el pobre, encogido, avergonzado, miraba a la taza de

Ricardo por no tropezar con la inquisidora mirada del mozo.

Al rato de charla, pretextando un asuntillo, se levantó José, e iba a

salir ya cuando Ricardo le dijo:

--Tenemos pendiente aquello... No creas que lo olvido; un día de éstos

pasaré por tu casa. No lo echo en saco roto.

«¡Que no lo echa en saco roto!... ¿Dónde saco más roto que un café?».

Al entrar en casa saliéronle a recibir sus hijos.

--Papá, ¿no traes aquello que dijiste el otro día?

--¡Otro día, queridos, otro día!... Hoy estoy malo, otro día... cuando

Ricardo o Eustaquio pasen por aquí...

--¿Te duele algo, papá?

Su mujer le llevó la cuenta del sastre; tomóla José, se encerró en su

cuarto, y mirando a la cuenta lloró por dentro.

«Pero, Dios mío, ¿por qué seré yo así? ¿Por qué me habrá hecho así

Dios? ¿Por qué no seré yo otro?... Dice que pasará por casa... ¡Qué

chirigotero es! En el número próximo de _El Mundo Cómico_ no dejará de

hacer algún chiste a cuenta de mí. Los maridos buenos, las suegras,

los _ingleses_ y los maestros de escuela divertimos al mundo como los

perros a los chiquillos. ¡Tírale, tírale del rabo, verás, verás cómo

chilla! ¡No tengas miedo, anda, que no muerde, ni siquiera ladra!...

Y el muy chirigotero con qué gracia me dice: ¡Qué bueno eres, José!,

mientras así, como por caricia, me da un golpecito en el bolsillo, a

ver si suena... ¡Socialismo, socialismo! ¡Lucha de clases! ¡Burgueses

y proletarios! ¡Explotadores y explotados!... ¡Música celestial! No

hay más que dos clases, dos tan sólo: la de los acreedores y la de los

deudores. ¿Y cuando, como a mí me sucede, se es deudor y acreedor a la

vez? ¡Esto es horrible! Llevo en mí dos principios contradictorios que

se combaten y destruyen. Más me valiera ser tan sólo deudor implacable

o acreedor manso. ¡Mansedumbre, mansedumbre! Todos celebran al león,

hasta al tigre, y se burlan de la pobre liebre, y, sin embargo,

el mismo Dios que dió garras y pico al águila, garras y poderosas

fauces al tigre y al toro cuernos, dió alas veloces a la golondrina,

patas ligeras a la liebre, pequeñez al mosquito, tinta al calamar,

aguijón a la abeja, veneno a la víbora, mansedumbre al cordero y al

_inglés_. Y luego viene un impío Lessing e insulta al cordero, que es

quien borra los pecados del mundo. Toda esa monserga del honor, todo

ese código anticristiano del pundonor caballeresco lo han inventado

los tigres vencedores. Y ahora, ¿qué hago con esta cuenta?... Ahora

me acuerdo de un día en que al pedirme un mendigo una limosna le

contesté malhumorado: ¡Adaptarse! Tradujo la palabra a su modo y la

tradujo bien; me llenó de insultos y tuve que huir. Su maldición

me persigue. ¡Adaptarse! Ellos son los que se adaptan a mí como el

muérdago a la encina. Si no hubiese parásitos, ¿qué sería del exceso

de vida? ¡Adaptarse! ¡La lucha por la vida! ¡La selección! Esto sí

que es filosofía caballeresca. ¡Y que hablen todavía de caballeros

cristianos!... Vaya, vaya, no quiero pensar; venga el último número

de _El Mundo Cómico_ en que publiqué un artículo brutal que asustó a

los padres de familia e hizo reir a los que pretenden conocerme. En el

mismo número estuvo Enrique felicísimo en un cuento en que figura un

_inglés_...».

Iba en esto José cuando la criada le anunció que esperaba D. Enrique.

--¡Don Enrique... Enrique... vendrá a pagarme! Meterá la mano en el

bolsillo, y yo, que no soy un tigre, le tengo que decir: «¡Oh, no, no

corre prisa, por un día más o menos!...». Y Enrique entonces sacará la

mano del bolsillo...

--¿Qué le digo, señorito?

--¡Ah, sí, espera, oye!... Sacará la mano del bolsillo... la sacará,

me la alargará y dirá: «Puesto que no te corre prisa, dame cinco duros

más y serán en números redondos cincuenta duros, mil reales, y así que

cobre una cuentecilla te lo pagaré todo junto...».

--¿Qué le digo, señorito, que está esperando?

--¡Es verdad!... ¡Pobre Enrique, dile que pase!

«¡Pero por qué soy así, Dios mío!».

EL DIAMANTE DE VILLASOLA

El maestro de Villasola era perspicacísimo y entusiasta como pocos

por su arte; así es que tan luego como entrevió en el muchacho una

inteligencia compacta y clara, sintió el gozo de un lapidario a quien

se le viene a las manos hermoso diamante en bruto.

¡Aquél sí que era ejemplar para sus ensayos y para poner a prueba su

destreza! ¡Hermoso conejillo de Indias para experiencias pedagógicas!

¡Excelente materia pedagogizable en que ensayar nuevos métodos _in

anima vili_! Porque la honda convicción del maestro de Villasola--aun

cuando no llegara a formulársela--era que los muchachos son medios para

_hacer_ Pedagogía, como para hacer Patología los enfermos. «La ciencia

por la ciencia misma», era su divisa expresa, y la tácita, la de debajo

de la fórmula, esta otra: «la ciencia para mi solaz y propio progreso».

Cogió al muchacho prodigioso para desbastarlo. ¡Qué descanso después

de aquella infecunda brega con tanta vulgaridad, con todos aquellos

oscuros carbones que a lo sumo llegaban a grafitos! «¡Qué diferencia

de alma a alma--se decía--; todas son carbono espiritual, pero he aquí

entre tanto oscuro carbón ordinario un alma cristalizada en diamante».

Empezó el maestro la faena. Tenía planeada la hermosa forma poliédrica,

las múltiples facetas, los ejes. ¡Qué reflejos daría al mundo, y cómo

se admiraría en él la pericia del lapidario que lo tallara!

El muchacho se dejó hacer, aunque conservando su cualidad íntima:

la dureza diamantina. Mas cuando al descubrir su propio brillo se

comparó con los opacos carbones entre que vivía, se prestó sumiso a las

manipulaciones de su lapidario.

¡Qué de facetas! ¡Qué de aguas! ¡Qué de destellos! ¡Qué de cosas sabía

y qué bien agrupadas todas en ordenación poliédrica! Era la maravilla

del pueblo. El día en que habló en el casino fué aquello el pasmo de

Villasola ¡Cómo lo enlazaba y engarzaba todo en hilo continuado y

ordenado!

Ya presentaba una faceta, ya otra, deslumbrando con mil tornasolados

cambiantes e irisaciones múltiples, según se reflejaba en su mente de

un modo o de otro la luz incolora y difusa de la ciencia. ¡Qué orador!

¡Qué cabeza! Allí estaba todo ordenadito y cuadriculado por 1.º, 2.º y

3.º; por _A_ y _B_ mayúsculas y _a_ y _b_ minúsculas, relacionado con

llaves diversas, y llaves de llaves, en maravilloso cuadro sinóptico.

Llegó el día en que el portento de Villasola se lanzó a la Corte en

busca de campo. Acompañóle tropel de gente a la estación, y le siguió

el pueblo todo con su corazón, sin que él, por su parte, lo llevara

en el suyo. Las madres se lo señalaban a sus hijos cual modelo,

apeteciéndolo, a la vez, para sus hijas; suspiraban éstas por él, y

los envidiosos se recomían las tripas. Pero el orgulloso de veras era

el maestro de Villasola, el lapidario de aquella maravilla que iba a

hacer valer su elevado valor en cambio, defiriendo cuanto pudiese el

engastarse en una joya social cualquiera para realzar así su valor en

uso. Aspiraba a solitario.

Cayó en el arroyo del mundo, en su lecho de arena, entre cantos rodados

y polvo de diamantes deshechos ya. Maravilló al punto a cuantos se

le acercaron; pero, lastimados por sus aristas, tenían que dejarlo.

Paseáronle de salón en salón dándole mil vueltas para admirar sus

reflejos todos; pero nadie le quería si no era para montarle en un

anillo, y él se quería libre, sin engaste.

Entretanto la corriente iba restregándole contra la arenilla del lecho

donde había también polvo de diamantes.

Demandó, más bien que pretendió, a una joven rica que le sirviese

de montante y recibió calabazas. Aquella noche mordía la almohada,

sintiéndose a solas y a oscuras mero pedrusco, seco y frío.

Íbasele desgastando poco a poco la poderosa inteligencia sinóptica,

se le velaba y enturbiaba la mente al quebrársele las aristas, y no

reflejaba ya sino luz vulgar. Y entonces vió a los humildes carbones a

quienes había desdeñado asociarse, y al conjuro de la solidaridad, que

cual corriente eléctrica les recorría enlazándolos, dar luz propia,

ellos, los oscuros carbones, y no mero destello reflejo como él,

diáfano diamante. Los pobres se consumían en trabajo, daban luz de su

carne y de su sangre, con dolor, sí, pero con amor también, unidos

por santa corriente de fraternal comunión de esfuerzos. Y él solo,

solitario, duro, perdidas las aguas, ¿para qué serviría ya?

Serviría para rayar cristales, porque le quedaba su cualidad esencial e

íntima: la dureza. Hay que oir en las mesas de los cafés al diamante de

Villasola cuando, previas unas copas de coñac, cae sobre una reputación

hecha, cualquiera, sobre un sentimiento consagrado, sobre cualquier

cristal, y los raya y esmerila rechinando. ¡Qué elocuencia áspera,

seca, dura, rechinante! ¡Cómo deja de esmerilados a los cristales!

Ahora es cuando hay que conocerle, ahora que, desgastado por el roce

con la arenilla del lecho del río del mundo, estropeadas sus facetas

por el continuo fregarse en polvo de deshechos diamantes, revela su

durísima esencia de carbono cristalizado.

Cuando el maestro de Villasola supo el fin de su diamante, se propuso

esta ardua cuestión: «la Pedagogía ¿es ciencia pura o de aplicación?».

Mas lo que no se le ha ocurrido al lapidario de Villasola es que sea

más hacedero sacar luz del calor potencial almacenado en los negros

carbones, que arrancar calor vivífico de la luz meramente refleja y de

préstamo del diamante.

JUAN MANSO

CUENTO DE MUERTOS

Y va de cuento.

Era Juan Manso en esta pícara tierra un bendito de Dios, un mosquita

muerta que en su vida rompió un plato. De niño, cuando jugaban al burro

sus compañeros, de burro hacía él; más tarde fué el confidente de los

amoríos de sus camaradas, y cuando llegó a hombre hecho y derecho le

saludaban sus conocidos con un cariñoso: ¡Adiós, Juanito!

Su máxima suprema fué siempre la del chino: no comprometerse y

arrimarse al sol que más calienta.

Aborrecía la política, odiaba los negocios, repugnaba todo lo que

pudiera turbar la calma chicha de su espíritu.

Vivía de unas rentillas, consumiéndolas íntegras y conservando entero

el capital. Era bastante devoto, no llevaba la contraria a nadie y

como pensaba mal de todo el mundo, de todos hablaba bien.

Si le hablabas de política, decía:

--Yo no soy nada, ni fú ni fá, lo mismo me da Rey que Roque: soy un

pobre pecador que quiere vivir en paz con todo el mundo.

No le valió, sin embargo, su mansedumbre y al cabo se murió, que fué el

único acto comprometedor que efectuó en su vida.

* * * * *

Un ángel armado de flamígero espadón hacía el apartado de las almas,

fijándose en el señuelo con que las marcaban en un registro o aduana

por donde tenían que pasar al salir del mundo y donde, a modo de mesa

electoral, ángeles y demonios, en amor y compaña, escudriñaban los

papeles por si venían en regla.

El espejo de la muerte · 第 6 / 10 段