¿Y ahora comprendéis lo que es la soledad en un alma de mujer y de

mujer sedienta de cariño y hambrienta de hogar? El hombre tiene en

nuestras sociedades campos en que distraer su soledad; pero una mujer

que no quiere encerrarse en un convento, ¿qué ha de hacer solitaria

entre nosotros?

Esa pobre mujercita, a la que veis vagar a orillas del río, sin fin ni

objeto, ha sentido toda la enorme brutalidad del egoísmo animal del

hombre. ¿Qué piensa? ¿Para qué vive? ¿Qué lejana esperanza la mantiene?

He tramado relación, no digo amistad, con Soledad y he procurado

sonsacarle su sentimiento total de la vida y del destino, lo que

alguien llamaría su filosofía. Hasta hoy poco o nada he conseguido, mas

espero conseguirlo. Todo lo que he logrado es saber su historia, la que

os acabo de contar. Fuera de esto no le he oído sino reflexiones llenas

de buen sentido, pero de un buen sentido frío y al parecer rastrero.

Es mujer de extraordinaria cultura de libros porque ha leído mucho y

de una gran clarividencia. Pero lo que es sobre todo es extremadamente

sensible a las groserías y brutalidades de toda clase. Vive así,

solitaria y retraída, por no sufrir los empellones de la brutalidad

humana.

De nosotros, los hombres, tiene una singular idea. Cuando le he sacado

la conversación al respecto de los hombres, se ha limitado a exclamar:

¡Pobrecillos! Parece que nos compadece como quien compadeciera a un

cangrejo. Me ha prometido hablarme alguna vez de los hombres y del

magno, del máximo, del supremo problema de la relación entre hombre

y mujer. «No de la relación sexual--me dijo--, ¿eh?, entienda usted

bien, no de eso, sino de la relación general entre hombre y mujer, lo

mismo que sean madre e hijo, hija y padre, hermana y hermano, amiga y

amigo, respectivamente, como que sean marido y mujer, novio y novia o

amantes; lo importante, lo capital, es la relación general, es cómo ha

de sentir un hombre a una mujer, sea su madre, su hija, su hermana,su

mujer o su querida, y cómo ha de sentir una mujer a un hombre, sea su

padre, su hijo, su hermano, su marido o su amante». Y espero el día en

que Soledad me hable de esto.

Una vez hablé con ella de esa profusión de libros eróticos con que

ahora nos inundan, porque con la buena Soledad se puede hablar de

todo cuidando de no herirla. Cuando le saqué esa conversación me

miró inquisitivamente con sus grandes ojos claros, ojos eternamente

juveniles, y con una sombra de sonrisa sobre su boca me preguntó:

«Diga usted, ¿usted comerá? ¿No es así?». «¡Claro que como!»--respondí

sorprendido por la pregunta. «Pues bien, si a usted que come le

sorprendiera leyendo un libro de cocina y pudiese yo mandar, le

enviaría a la cocina a fregar las cacerolas». Y no dijo más.

AL CORRER LOS AÑOS

Eheu, fugaces, Postume,

Postume, Labuntur anni...--

_Horacio._ Odas II, 14.

El lugar común de la filosofía moral y de la lírica que con más

insistencia aparece, es el de cómo se va el tiempo, de cómo se hunden

los años en la eternidad de lo pasado.

Todos los hombres descubren a cierta edad que se van haciendo viejos,

así como descubrimos todos cada año--¡oh, portento de observación!--que

empiezan a alargarse los días al entrar en una estación de él, y que al

entrar en la opuesta, seis meses después, empiezan a acortarse.

Esto de cómo se va el tiempo sin remedio y de cómo en su andar lo

deforma y trasforma todo, es meditación para los días todos del año;

pero parece que los hombres hemos consagrado a ella en especial el

último de él, y el primero del año siguiente, o cómo se viene el

tiempo. Y se viene como se va, sin sentirlo. Y basta de perogrulladas.

¿Somos los mismos de hace dos, ocho, veinte años?

Venga el cuento.

* * * * *

Juan y Juana se casaron después de largo noviazgo, que les permitió

conocerse, y más bien que conocerse, hacerse el uno al otro. Conocerse

no, por que dos novios, lo que no se conocen en ocho días no se conocen

tampoco en ocho años, y el tiempo no hace sino echarles sobre los ojos

un velo--el denso velo del cariño--para que no se descubran mutuamente

los defectos o, más bien, se los convierten a los encantados ojos en

virtudes.

Juan y Juana se casaron después de un largo noviazgo y fué como

continuación de éste su matrimonio.

La pasión se les quemó como mirra en los trasportes de la luna de miel,

y les quedó lo que entre las cenizas de la pasión queda y vale mucho

más que ella: la ternura. Y la ternura en forma de sentimiento de la

convivencia.

Siempre tardan los esposos en hacerse dos en una carne, como el Cristo

dijo (Marcos X, 8). Mas cuando llegan a esto, coronación de la ternura

de convivencia, la carne de la mujer no enciende la carne del hombre,

aunque ésta de suyo se encienda; pero también, si cortan entonces la

carne de ella, duélele a él como si la propia carne le cortasen. Y

éste es el colmo de la convivencia, de vivir dos en uno y de una misma

vida. Hasta el amor, el puro amor, acaba casi por desaparecer. Amar a

la mujer propia se convierte en amarse a sí mismo, en amor propio, y

esto está fuera de precepto; pues si se nos dijo «ama a tu prójimo como

a ti mismo», es por suponer que cada uno, sin precepto, a sí mismo se

ama.

Llegaron pronto Juan y Juana a la ternura de convivencia, para la que

su largo noviciado al matrimonio les preparara. Y a las veces, por

entre la tibieza de la ternura, asomaban llamaradas del calor de la

pasión.

Y así corrían los días.

Corrían y Juan se amohinaba e impacientaba en sí al no observar señales

del fruto esperado. ¿Sería él menos hombre que otros hombres a quienes

por tan poco hombres tuviera? Y no os sorprenda esta consideración

de Juan, porque en su tierra, donde corre sangre semítica, hay un

sentimiento demasiado carnal de la virilidad. Y secretamente, sin

decírselo el uno al otro, Juan y Juana sentían cada uno cierto recelo

hacia el otro, a quien culpaban de la presunta frustración de la

esperanza matrimonial.

Por fin, un día Juana le dijo algo al oído a Juan--aunque estaban solos

y muy lejos de toda otra persona, pero es que en casos tales se juega

al secreteo--, y el abrazo de Juan a Juana fué el más apretado y el

más caluroso de cuantos abrazos hasta entonces le había dado. Por fin,

la convivencia triunfaba hasta en la carne, trayendo a ella una nueva

vida.

Y vino el primer hijo, la novedad, el milagro. A Juan le parecía casi

imposible que aquello, salido de su mujer, viviese, y más de una noche,

al volver a casa, inclinó su oído sobre la cabecita del niño, que en

su cuna dormía, para oir si respiraba. Y se pasaba largos ratos con el

libro abierto delante, mirando a Juana cómo daba la leche de su pecho a

Juanito.

Y corrieron dos años y vino otro hijo, que fué hija--pero, señor,

cuando se habla de masculinos y femeninos, ¿por qué se ha de aplicar a

ambos aquel género y no éste?--y se llamó Juanita, y ya no le pareció a

Juan, su padre, tan milagroso, aunque tan doloroso le tembló al darlo a

luz a Juana, su madre.

Y corrieron años, y vino otro, y luego otro, y más después otro, y

Juan y Juana se fueron cargando de hijos. Y Juan sólo sabía el día

del natalicio del primero, y en cuanto a los demás, ni siquiera hacia

qué mes habían nacido. Pero Juana, su madre, como los contaba por

dolores, podía situarlos en el tiempo. Porque siempre guardamos en la

memoria mucho mejor las fechas de los dolores y desgracias que no las

de los placeres y venturas. Los hitos de la vida son dolorosos más que

placenteros.

Y en este correr de años y venir de hijos, Juana se había convertido de

una doncella fresca y esbelta en una matrona otoñal cargada de carnes,

acaso en exceso. Sus líneas se habían deformado en grande, la flor de

la juventud se le había ajado. Era todavía hermosa, pero no era bonita

ya. Y su hermosura era ya más para el corazón que para los ojos. Era

una hermosura de recuerdos, no ya de esperanzas.

Y Juana fué notando que a su hombre Juan se le iba modificando el

carácter según los años sobre él pasaban, y hasta la ternura de la

convivencia se le iba entibiando. Cada vez eran más raras aquellas

llamaradas de pasión que en los primeros años de hogar estallaban de

cuando en cuando de entre los rescoldos de la ternura. Ya no quedaba

sino ternura.

Y la ternura pura se confunde a las veces casi con el agradecimiento, y

hasta confina con la piedad. Ya a Juana los besos de Juan, su hombre,

le parecían, más que besos a su mujer, besos a la madre de sus hijos,

besos empapados en gratitud por habérselos dado tan hermosos y buenos,

besos empapados acaso en piedad por sentirla declinar en la vida. Y

no hay amor verdadero y hondo, como era el amor de Juana a Juan, que

se satisfaga con agradecimiento ni con piedad. El amor no quiere ser

agradecido ni quiere ser compadecido. El amor quiere ser amado porque

sí, y no por razón alguna, por noble que ésta sea.

Pero Juana tenía ojos y tenía espejo por una parte, y tenía, por otra,

a sus hijos. Y tenía, además, fe en su marido y respeto a él. Y tenía,

sobre todo, la ternura que todo lo allana.

Mas creyó notar preocupado y mustio a su Juan, y a la vez que mustio y

preocupado, excitado. Parecía como si una nueva juventud le agitara la

sangre en las venas. Era como si al empezar su otoño, un veranillo de

San Martín hiciera brotar en él flores tardías que habría de helar el

invierno.

Juan estaba, sí, mustio; Juan buscaba la soledad; Juan parecía pensar

en cosas lejanas cuando su Juana le hablaba de cerca; Juan andaba

distraído. Juana dió en observarle y en meditar, más con el corazón

que con la cabeza, y acabó por descubrir lo que toda mujer acaba por

descubrir siempre que fía la inquisición al corazón y no a la cabeza:

descubrió que Juan andaba enamorado. No cabía duda alguna de ello.

Y redobló Juana de cariño y de ternura y abrazaba a su Juan como para

defenderlo de una enemiga invisible, como para protegerlo de una mala

tentación, de un pensamiento malo. Y Juan, medio adivinando el sentido

de aquellos abrazos de renovada pasión, se dejaba querer y redoblaba

ternura, agradecimiento y piedad, hasta lograr reavivar la casi

extinguida llama de la pasión que del todo es inextinguible. Y había

entre Juan y Juana un secreto patente a ambos, un secreto en secreto

confesado.

Y Juana empezó a acechar discretamente a su Juan buscando el objeto de

la nueva pasión. Y no lo hallaba. ¿A quién, que no fuese ella, amaría

Juan?

Hasta que un día, y cuando él y donde él, su Juan, menos lo sospechaba,

lo sorprendió, sin que él se percatara de ello, besando un retrato. Y

se retiró angustiada, pero resuelta a saber de quién era el retrato. Y

fué desde aquel día una labor astuta, callada y paciente, siempre tras

el misterioso retrato, guardándose la angustia, redoblando de pasión,

de abrazos protectores.

¡Por fin! Por fin un día aquel hombre prevenido y cauto, aquel hombre

tan astuto y tan sobre sí siempre, dejó--¿sería adrede?--, dejó al

descuido la cartera en que guardaba el retrato. Y Juana, temblorosa,

oyendo las llamadas de su propio corazón que le advertía, llena de

curiosidad, de celos, de compasión, de miedo y de vergüenza, echó mano

a la cartera. Allí, allí estaba el retrato; sí, era aquél, aquél, el

mismo, lo recordaba bien. Ella no lo vió sino por el revés cuando su

Juan lo besaba apasionado, pero aquel mismo revés, aquel mismo que

estaba entonces viendo.

Se detuvo un momento, dejó la cartera, fué a la puerta, escuchó un rato

y luego la cerró. Y agarró el retrato, le dió vuelta y clavó en él los

ojos.

Juana quedó atónita, pálida primero y encendida de rubor después; dos

gruesas lágrimas rodaron de sus ojos al retrato y luego las empujó

besándolo. Aquel retrato era un retrato de ella, de ella misma, sólo

que... ¡ay, Póstumo, cuán fugaces corren los años! Era un retrato de

ella cuando tenía veintitrés años, meses antes de casarse, era un

retrato que Juana dió a su Juan cuando eran novios.

Y ante el retrato resurgió a sus ojos todo aquel pasado de pasión,

cuando Juan no tenía una sola cana y era ella esbelta y fresca como un

pimpollo.

¿Sintió Juana celos de sí misma? O mejor, ¿sintió la Juana de los

cuarenta y cinco años celos de la Juana de los veintitrés, de su otra

Juana? No, sino que sintió compasión de sí misma, y con ella, ternura,

y con la ternura, cariño.

Y tomó el retrato y se lo guardó en el seno.

Cuando Juan se encontró sin el retrato en la cartera receló algo y se

mostró inquieto.

Era una noche de invierno y Juan y Juana, acostados ya los hijos, se

encontraban solos junto al fuego del hogar; Juan leía un libro; Juana

hacía labor. De pronto Juana dijo a Juan:

--Oye, Juan, tengo algo que decirte.

--Di, Juana, lo que quieras.

Como los enamorados, gustaban de repetirse uno a otro el nombre.

--Tú, Juan, guardas un secreto.

--¿Yo? ¡No!

--Te digo que sí, Juan.

--Te digo que no, Juana.

--Te lo he sorprendido, así es que no me lo niegues, Juan.

--Pues, si es así, descúbremelo.

Entonces Juana sacó el retrato, y alargándoselo a Juan, le dijo con

lágrimas en la voz:

--Anda, toma y bésalo, bésalo cuanto quieras, pero no a escondidas.

Juan se puso encarnado, y apenas repuesto de la emoción de sorpresa,

tomó el retrato, lo echó al fuego y acercándose a Juana y tomándola en

sus brazos y sentándola sobre sus rodillas, que temblaban, le dió un

largo y apretado beso en la boca, un beso en que de la plenitud de la

ternura refloreció la pasión primera. Y sintiendo sobre sí el dulce

peso de aquella fuente de vida, de donde habían para él brotado con

nueve hijos más de veinte años de dicha reposada, le dijo:

--A él no, que es cosa muerta y lo muerto al fuego; a él no, sino a ti,

a ti, mi Juana, mi vida, a ti que estás viva y me has dado vida, a ti.

Y Juana, temblando de amor sobre las rodillas de su Juan, se sintió

volver a los veintitrés años, a los años del retrato que ardía

calentándolos con su fuego.

Y la paz de la ternura sosegada volvió a reinar en el hogar de Juan y

Juana.

LA BECA

«Vuelva usted otro día...». «¡Veremos!». «Lo tendré en cuenta». «Anda

tan mal esto...». «Son ustedes tantos...». «¡Ha llegado usted tarde,

y es lástima!». Con frases así se veía siempre despedido don Agustín,

cesante perpetuo. Y no sabía imponerse ni importunar, aunque hubiese

oído mil veces aquello de «pobre porfiado, saca mendrugo».

A solas hacía mil proyectos, y se armaba de coraje, y se prometía

cantarle al lucero del alba las verdades del barquero; mas cuando veía

unos ojos que le miraban, ya estaba engurruñéndosele el corazón. «¿Pero

por qué seré así, Dios mío?», se preguntaba, y seguía siendo así, como

era, ya que sólo de tal modo podía ser él el que era.

Y por debajo gustaba un extraño deleite en encontrarse sin colocación y

sin saber dónde encontraría el duro para el día siguiente. La libertad

es mucho más dulce cuando se tiene el estómago vacío, digan lo que

quieran los que no se han encontrado con la vida desnuda. Éstos sólo

conocen las vestiduras de la vida, sus arreos, no la vida misma, pelada

y desnuda.

El hijo, Agustinito, desmirriado y enteco, con unos ojillos que le

bailaban en la cara pálida, era la misma pólvora. Las cazaba al vuelo.

--Es nuestra única esperanza--decía la madre, arrebujada en su mantón,

una noche de invierno--que haga oposición a una beca, y tendremos

las dos pesetas mientras estudie... ¡porque esto de vivir así, de

caridad!... ¡Y qué caridad, Dios mío! ¡No, no creas que me quejo, no!

Las señoras son muy buenas; pero...

--Sí; que, como dice Martín, en vez de ejercer caridad se dedican al

deporte de la beneficencia.

--No, eso no; no es eso.

--Te lo he oído alguna vez; es que parece que al hacer caridad se

proponen avergonzar al que la recibe. Ya ves lo que nos decía la

lavandera al contarnos cuando les dieron de comer en Navidad y les

servían las señoritas... «esas cosas que hacen las señoritas para

sacarnos los colores a la cara»...

--Pero hombre...

--Sé franca y no tengas secretos conmigo. Comprendes que nos dan

limosna para humillarnos...

En las noches de helada no tenían para calentarse ni aun el fuego de la

cocina, pues no le encendían. Era el suyo un hogar apagado.

El niño lo comprendía todo y penetraba en el alcance todo de aquel

continuo estribillo de «¡Aplícate, Agustinito, aplícate!».

Ruda fué la brega en las oposiciones a la beca; pero la obtuvo, y aquel

día, entre lágrimas y besos, se encendió el fuego del hogar.

A partir del día este del triunfo acentuóse en don Agustín su vergüenza

de ir a pretender puesto; aunque poco y mal, comían de lo que el hijo

cobraba, y con algo más, trabajando el padre acá y allá de temporero,

iban saliendo, mal que bien, del afán de cada día. ¿No se ha dicho lo

de «bástele a cada día su cuidado», y no lo traducimos diciendo que «no

por mucho madrugar amanece más temprano?». Y si no amanece más temprano

por mucho madrugar, lo mejor es quedarse en la cama. La cama adormece

las penas. Por algo los médicos dicen que el reposo lo cura todo.

--¡Agustín, los libros! ¡Los libros! ¡Mira que eres nuestro casi único

sostén, que de ti depende todo... Dios te lo premie!--decía la madre.

Y Agustinito, ni comía, ni dormía, ni descansaba a su sabor; ¡siempre

sobre los libros! Y así se iba envenenando el cuerpo y el espíritu:

aquél, con malas digestiones y peores sueños, y éste, el espíritu, con

cosas no menos indigeribles que sus profesores le obligaban a engullir.

Tenía que comer lo que hubiera, y tenía que estudiar lo que le diese en

el examen la calificación obligada para no perder la beca.

Solía quedarse dormido sobre los libros, a guisa éstos de almohada, y

soñaba con las vacaciones eternas. Tenía que sacar además premios para

ahorrarse las matrículas del curso siguiente.

--Voy a ver a don Leopoldo, Agustinito; a decirle que necesitas el

sobresaliente para poder seguir disfrutando la beca...

--No; no haga eso, madre, que es muy feo...

--¿Feo? ¡Ante la necesidad nada hay que sea feo, hijo mío!

--Pero si sacaré sobresaliente, madre; si lo sacaré.

--¿Y el premio?

--También el premio, madre.

--Dios te lo premie, hijo mío.

Hallábase obligado a sacar el premio, obligado, que es una cosa

verdaderamente terrible.

--Mira, Agustinito, don Alfonso, el de Patología médica, está enfermo;

debes ir a su casa a preguntar cómo sigue...

--No voy, madre; no quiero ser _pelotillero_.

--Ser ¿qué?

--¡Pelotillero!

--Bueno; no sé lo que es eso; pero te lo entiendo, y los pobres, hijo

mío, tenemos que ser pelotilleros. Nada de aquello de «pobre, pero

orgulloso», que es lo que más nos pierde a los españoles...

--Pues no voy.

--Bien; iré yo.

--No; tampoco irá usted.

--Bueno; no quieres que sea pelotillera..., pues no iré; pero, hijo

mío...

--Sacaré el sobresaliente, madre.

Y lo sacaba el desdichado; pero ¡a qué costa! Una vez no sacó más que

notable y hubo que ver la cara que pusieron sus padres.

--Me tocaron tan malas lecciones...

--No, no, algo le has hecho...--dijo el padre.

Y la madre añadió:

--Ya te lo decía yo... Has descuidado mucho esa asignatura...

El mes de mayo le era terrible. Solía quedarse dormido sobre los

libros, teniendo la cafetera al lado. Y la madre, que se levantaba

solícita de la cama, iba a despertarle, y le decía:

--Basta por hoy, hijo mío; tampoco conviene abusar... Además, te rinde

el sueño y se malgasta el petróleo. Y no estamos para eso.

Cayó enfermo y tuvo que guardar cama; le consumía la fiebre. Y los

padres se alarmaron, se alarmaron del retraso que aquella enfermedad

podía costarle en sus estudios; tal vez le durara la dolencia y no

podría examinarse con seguridad de nota, y le quedaría el pago de la

beca en suspenso.

El médico auguró a los padres que duraría aquello, y los pobres,

angustiados, le preguntaban: ¿Pero podrá examinarse en junio?

--Déjense de exámenes, que lo que este mozo necesita es comer mucho y

estudiar poco, y aire, mucho aire...

--¡Comer mucho y estudiar poco!--exclamó la madre--; ¡pero, señor, si

tiene que estudiar mucho para poder comer poco!...

--Es un caso de _surmenage_.

--De _sur_ ¿qué?

--De _surmenage_, señora; de exceso de trabajo.

--¡Pobre hijo mío!--y rompió a llorar la madre--. ¡Es un santo... un

santo!

Y el santo fué reponiéndose, al parecer, y cuando pudo tenerse en pie

pidió los libros, y la madre, al llevárselos, exclamó:

--¡Eres un santo, hijo mío!

Y a los tres días:

--Mira: hoy que está mejor tiempo puedes salir; vete a clase bien

abrigado, ¿eh?, y dile a don Alfonso como has estado enfermo, y que te

lo dispense...

Al volver de clase dijo:

--Me ha dicho don Alfonso que no vuelva hasta que esté del todo bien.

--Pero, ¿y el sobresaliente, hijo mío?

--Lo sacaré.

Y los sacó, y vió las vacaciones, su único respiro. «¡Al campo!», había

dicho el médico. ¿Al campo? ¿Y con qué dinero? Con dos pesetas no se

hacen milagros. ¿Iba a privarse don Agustín, el padre, de su café

diario, del único momento en que olvidaba penas? Alguna vez intentó

dejarlo; pero el hijo modelo le decía:

--No, no; vete al café, padre; no lo dejes por mí; ya sabes que yo me

paso con cualquier cosa...

Y no hubo campo, porque no pudo haberlo. No recostó el pobre mozo

su cansado pecho sobre el pecho vivificante de la madre Tierra; no

restregó su vista en la verdura, que siempre vuelve, ni restregó su

corazón en el olvido reconfortante.

Y volvió el curso, y con él la dura brega, y volvió a encamar el

becario, y una mañana, según estudiaba, le dió un golpe de tos y se

ensangrentaron las páginas del libro por el sitio en que se trataba de

la tisis precisamente.

Y el pobre muchacho se quedó mirando al libro, a la mancha roja, y

más allá de ella, al vacío, con los ojos fijos en él y el frío de la

desesperación acoplada en el alma. Aquello le sacó a flor de alma la

tristeza eterna, la tristeza trascendental, el hastío prenatal que

duerme en el fondo de todos nosotros, y cuyo rumor de carcoma tratamos

de ahogar con el trajineo de la vida.

--Hay que dejar los libros en seguida--dijo el médico en cuanto le

vió--; ¡pero en seguidita!

--¡Dejar los libros!--exclamó don Agustín--. ¿Y con qué comemos?

--Trabaje usted.

--Pues si busco y no encuentro, si...

--Pues si se les muere, por su cuenta...

Y el rudo de don José Antonio se salió mormojeando: «¡Vaya un crimen!

Éste es un caso de antropofagia... estos padres se comen a su hijo».

Y se lo comieron, con ayuda de la tisis; se lo comieron poco a poco,

gota a gota, adarme a adarme.

Se lo comieron vacilando entre la esperanza y el temor, amargándoles

cada noche el sacrificio y recomenzándolo cada mañana.

¿Y qué iban a hacer? El pobre padre andaba apesadumbrado, lleno de

desesperación mansa. Y mientras revolvía el café con la cucharilla

para derretir el terrón de azúcar se decía: «¡Qué amarga es la vida!

¡Qué miserable la sociedad! ¡Qué cochinos los hombres! Ahora sólo nos

faltaba que se nos muriera...». Y luego, en voz alta: «Mozo: ¡el _Vida

Alegre_!».

Aun llegó el chico a licenciarse y tuvo el consuelo de firmar en el

título, de firmar su sentencia de muerte con mano trémula y febril.

Pidió luego un libro, una novela.

--¡Oh, los libros, siempre los libros!--exclamó la madre--. Déjalos

ahora. ¿Para qué quieres saber tanto? ¡Déjalos!

--A buena hora, madre.

--Ahora a descansar un poco y a buscar un partido...

--¿Un partido?

--Sí; he hablado con don Félix, y me ha prometido recomendarte para

Robleda.

A los pocos días se iba Agustinito, para siempre, a las vacaciones

inacabables, con el título bajo la almohada--fué un capricho suyo--y

con un libro en la mano; se fué a las vacaciones eternas. Y sus padres

le lloraron amargamente.

--Ahora, ahora que iba a empezar a vivir; ahora que nos iba a sacar de

miserias; ahora... ¡Ay, Agustín, qué triste es la vida!

--Sí, muy triste--murmuró el padre, pensando que en una temporada no

podría ir al café.

El espejo de la muerte · 第 5 / 10 段