No se sabe cómo fué que López quitó el partido a Pérez y casó con la

chica de los cuartos. Juan Pérez pasó malos días y peores noches; pero

al cabo bendijo los inescrutables designios de la Divina Providencia y

en nada disminuyó su amistad para con López, a quien había sacrificado

rencorcillos de familia en aras de la comunidad de doctrinas.

Juan Pérez, cuando se había creído liberal, maldito si sabía lo que es

el liberalismo; pero ya purificado estaba al dedillo de los pestilentes

errores de la nefanda secta y había leído a los corifeos de la impiedad

y a algunos alemanes traducidos. El enemigo malo a las veces le

tentaba, el conocimiento del mal le daba vértigos y oía como canto de

sirena engañadora el silbo maléfico de la serpiente infernal.

El demonio le tentaba, y cuanto más se hundía su imaginación en el

ergotismo laberíntico, su inteligencia, corrompida por el pecado

original, más se levantaba en alas de la soberbia. Satanás le levantaba

ofreciéndole un mundo nuevo de ideas nuevas si rendido le adoraba.

Empezaba a empacharse de la dulce virtud de humillarse ante la letra

y a desconocer que Dios escogió lo necio y lo flaco del mundo para

avergonzar a los sabios y a los fuertes. Hay que añadir que por este

tiempo Juan Pérez se dedicaba a la gimnasia y bebía los vientos por una

muchacha casquivana y pobre.

Llegó el estallido. Sucedió que un día de primavera, en cierta reunión,

departían amigablemente, entre otros varios, nuestros Pérez y López,

acerca de una carta del Martillo y comentaban el tiroteo entre íntegros

y leales. Repetían por centésima vez el mismo chiste, escudriñaban

la cuarta intención de cosas sin la primera, repetían argumentos que

siempre con los mismos collares se leen empotrados en seis o siete

columnas de prosa prensada, cuando trabaron discusión Juan Pérez y

Pedro López sobre el mayor o menor grado y matiz de liberalismo de sus

opiniones respecto a un punto concreto.

Es de saber que en este desdichado siglo de las luces y de los derechos

del hombre, el virus pestilente del liberalismo lo inficiona todo de

tal manera con sus miasmas deletéreos que circula hasta en las raíces

del integrismo más puro. Es uno de los mayores tormentos del hombre

puro examinar despacio cada idea que se le ocurra antes de manifestarla

y ponerla en cuarentena hasta ver qué grado y matiz de liberalismo

puede tener. ¡Oh siglo infeliz!

Llegó la discusión del Pérez y el López a agriarse a punto que

intervenían los amigos, temiendo un mal remate. Pérez ardía, tenía

la cara roja, el corazón palpitante, se sofocaba, y la sangre,

inficionada del pecado original, le traía los espectros de su niñez,

la imagen esfuminada de los chaquetones negros en las lonjas húmedas,

el rencor heredado y mamado, frases de sus padres que no entendió al

oirlas, miradas de los López, miserias de vecindad con vaho de patio,

narraciones de hazañas de cristinos, los ojos de buey de Carmencita que

le miraban, y se le removía el légamo del corazón que Dios le había

endurecido, se le dislocaba el cerebro, y sobre todo este nubarrón

confuso, que como viento de tempestad arrastraba la cólera, veía

brillar la fatal sentencia. Sintió un nudo en la garganta y ganas de

estrangular a López cuando oyó que éste le gritaba:

--¡Quítese usted de ahí, so liberal!

Juan Pérez estalló:

--¡Sí, sí y sí! ¡Liberal y a mucha honra! Liberal fuí, soy y seré,

liberal en todos sus grados y matices, imitador de Lucifer, cuyo es

aquel grito: ¡No serviré! ¡No, no serviré!, ¡y si es pecado... que lo

sea!

No sabía lo que se decía, pero ni en el delirio de la cólera olvidó la

fraseología.

Salió soplando, y aquella noche se le repitieron los insomnios.

Había roto la cáscara, descendía la pendiente, le faltó la gracia

eficaz y empezó en su espíritu un trabajo de demolición. Había probado

el fruto y acabó por ser liberal a ciencia y conciencia. ¡Mala cosa es

ser sabio en opinión propia; se debe esperar más del necio! ¡Ay de los

que son sabios a sus propios ojos!

La doctrina rompió la ignorancia; el conocimiento del pecado trajo

horror a él, y la sangre liberal, pecado original de los Pérez desde

los tiempos de Álvarez Mendizábal, entronizó la carne sobre el

espíritu. No conoció el pecado, sino por la ley; no hubiera conocido

el liberalismo si la ley no le dijera: el liberalismo es pecado. El

pecado, tomando ocasión de mandamiento, renovó en él la rebeldía de la

sangre, porque sin la ley el pecado estaba muerto. Juan Pérez vivió sin

ley en algún tiempo, más cuando vino el mandamiento revivió el pecado;

el mandamiento que da la vida le dió muerte, porque el pecado, con

ocasión del mandamiento, le engañó y mató. La ley es espiritual, pero

nosotros somos carnales.

El misterio de iniquidad se había cumplido: la sangre y Álvarez

Mendizábal la habían consumado. ¡Y aún habrá quien se obstine en negar

que el liberalismo es pecado y pecado de los mayores, y los liberales

imitadores, etc! ¡Miserable y corrompida carne de Adán! ¿Quién nos

librará de este cuerpo de muerte?

EL SEMEJANTE

Como todos huían de Celestino el tonto, tomándole cuando más de

dominguillo con que divertirse, el pobrecito evitaba a la gente

paseándose solo por el campo solitario, sumido en lo que le rodeaba,

asistiendo sin conciencia de sí al desfile de cuanto se le ponía por

delante. Celestino el tonto sí que vivía _dentro_ del mundo como en

útero materno, entretejiendo con realidades frescas sueños infantiles,

para él tan reales como aquéllas, en una niñez estancada, apegada al

caleidoscopio vivo como a la placenta el feto, y como éste ignorante

de sí. Su alma lo abarcaba todo en pura sencillez; todo era estado de

su conciencia. Se iba por la mayor soledad de las alamedas del río,

riéndose de los chapuzones de los patos, de los vuelos cortos de los

pájaros, de los revoloteos trenzados de las parejas de mariposas. Una

de sus mayores diversiones era ver dar la vuelta a un escarabajo a

quien pusiera patas arriba en el suelo.

Lo único que le inquietaba era la presencia del enemigo, del hombre.

Al acercársele alguno le miraba de vez en vez con una sonrisa en que

quería decirle: «No me hagas nada, que no voy a hacerte mal»; y cuando

le tenía próximo, bajo aquella mirada de indiferencia y sin amor,

bajaba la vista al suelo, deseando achicarse tamaño de una hormiga.

Si algún conocido le decía al encontrarle: «¡Hola, Celestino!»,

inclinaba con mansedumbre la cabeza y sonreía esperando el pescozón.

En cuanto veía a lo lejos chicuelos apretaba el paso; les tenía horror

justificado: eran lo peor de los hombres.

Una mañana topó Celestino con otro solitario paseante, y al cruzarse

con él y, como de costumbre, sonreirle, vió en la cara ajena el reflejo

de su sonrisa propia, un saludo de inteligencia. Y al volver la cabeza,

luego que hubieron cruzado, vió que también el otro la tenía vuelta, y

tornaron a sonreirse uno a otro. Debía de ser un semejante. Todo aquel

día estuvo Celestino más alegre que de costumbre, lleno del calor que

le dejó en el alma el eco aquel que de su sencillez le había devuelto,

por rostro humano, el mundo.

A la mañana siguiente se afrontaron de nuevo en el momento en que un

gorrión, metiendo mucha bulla, fué a posarse en un mimbre cercano.

Celestino se lo señaló al otro, y dijo riéndose:

--¡Qué pájaro... es un gorrión!

--Es verdad, es un gorrión--contestó el otro soltando la risa.

Y excitados mutuamente se rieron a más y mejor: primero, del pájaro

que les hacía coro chillando, y luego, de que se reían. Y así quedaron

amigos los dos imbéciles, al aire libre y bajo el cielo de Dios.

--¿Quién eres?

--Pepe.

--Y yo Celestino.

--Celestino... Celestino...--gritó el otro, rompiendo a reir con toda

su alma--. Celestino el tonto... Celestino el tonto...

--Y tú Pepe el tonto--replicó con viveza y amoscado Celestino.

--¡Es verdad, Pepe el tonto y Celestino el tonto!...

Y acabaron por reirse a toda gana los dos tontos de su tontería,

tragándose al hacerlo bocanadas de aire libre. Su risa se perdía en la

alameda, confundida con las voces todas del campo, como una de tantas.

Desde aquel día de risa juntábanse a diario para pasearse juntos,

comulgar en impresiones, señalándose mutuamente lo primero que Dios les

ponía por delante, viviendo _dentro_ del mundo, prestándose calor y

fomento como mellizos que coparticipan de una misma matriz.

--Hoy hace calor.

--Sí, hace calor, es verdad que hace calor...

--En este tiempo suele hacer calor...

--Es verdad, suele hacer calor en este tiempo... ji, ji..., y en

invierno frío.

Y así seguían sintiéndose semejantes y gozando en descubrir a todos

momentos lo que creemos tenerlo para todos ellos descubierto los que

lo hemos cristalizado en conceptos abstractos y metido en encasillado

lógico. Era para ellos siempre nuevo todo bajo el sol, toda impresión

fresca, y el mundo una creación perpetua y sin segunda intención

alguna. ¡Qué ruidosa explosión de alegría la de Pepe cuando vió lo

del escarabajo patas arriba! Cogió un canto en la exaltación de su

gozo para desahogarlo espachurrando al bichillo, pero Celestino se lo

impidió diciéndole:

--No, no es malo...

La imbecilidad de Pepe no era, como la de su nuevo amigo, congénita e

invariable, sino adventicia y progresiva, debida a un reblandecimiento

de los sesos. Celestino lo conoció, aunque sin darse de ello cuenta;

percibió confusamente el principio de lo que les diferenciaba en el

fondo de semejanza, y de esta observación inconciente, soterrada en las

honduras tenebrosas de su alma virgen, brotó en él un amor al pobre

Pepe, a la vez de hermano, de padre y de madre. Cuando a las veces

se quedaba su amigo dormido a orilla del río, Celestino, sentado a

su vera, le ahuyentaba las moscas y abejorros, echaba piedras a los

remansos para que se callasen las ranas, cuidaba de que las hormigas

no subieran a la cara del dormido, y miraba con inquietud a un lado

y otro por si venía algún hombre. Y al divisar chicuelos le latía el

pecho con violencia y se acercaba más a su amigo, metiéndose piedras

en los bolsillos. Cuando en la cara del durmiente vagaba una sonrisa,

Celestino sonreía soñando el mundo que le encerraba.

Por las calles corrían los chicuelos a la pareja gritando:

¡Tonto con tonto,

tontos dos veces!

Un día en que llegó un granuja hasta pegar al enfermo, despertóse en

Celestino un instinto hasta entonces en él dormido, corrió tras el

chiquillo y le hartó de pescozones y sopapos. La patulea, irritada

y alborozada a la vez por la impresumible rebelión del tonto, la

emprendió con la pareja, y Celestino, escudando al otro, se defendió

heroicamente a boleos y patadas hasta que llegó un alguacil a poner a

los chicuelos en fuga. Y el alguacil reprendió al tonto... ¡Hombre al

cabo!

En el progreso de su idiotez llegó Pepe a entorpecerse de tal modo de

sentidos que se limitaba a repetir entre dientes, soñoliento, lo que su

amigo iba señalándole, según desfilaba como truchimán de cosmorama.

Un día no vió Celestino el tonto a su pobre amigo y anduvo buscándole

de sitio en sitio, mirando con odio a los chicuelos y sonriendo más

que nunca a los hombres. Oyó al cabo decir que había muerto como un

pajarito, y aunque no entendió bien eso de muerto, sintió algo como

hambre espiritual, cogió un canto, metiéndoselo en el bolsillo, se fué

a la iglesia a que le llevaban a misa, se arrodilló ante un Cristo,

sentándose luego en los talones, y después de persignarse varias veces

al vapor repetía:

--¿Quién le ha matado? Dime quién le ha matado...

Y recordando vagamente a la vista del Cristo, que un día allí, sin

quitarle ojo, había oído en un sermón que aquel crucificado resucitaba

muertos, exclamó:

--¡Resucítale! ¡Resucítale!

Al salir le rodeó una tropa de chicuelos: uno le tiraba de la chaqueta,

otro le derribó el sombrero, alguno le escupió, y le preguntaban:

«¿Y el otro tonto?». Celestino, recogiéndose en sí mismo, perdido

aquel fugitivo coraje, hijo del amor, y murmurando: «Pillos, pillos,

repillos... canallas..., éstos le han matado..., pillos»; soltó el

canto y apretó el paso para ponerse en su casa a salvo.

Cuando paseaba de nuevo solo por las alamedas, orilla del río, las

oleadas de impresiones frescas, que cual sangre espiritual recibía como

de placenta del campo libre, venían a agruparse y tomar vida en torno a

la vaga y penumbrosa imagen del rostro sonriente de su amigo dormido.

Así humanizó la naturaleza antropomorfizándola a su manera, en pura

sencillez e inconsciencia; vertía en sus formas frescas, cual sustancia

de vida, la ternura paterno-maternal que al contacto de un semejante

había en él brotado, y sin darse de ello cuenta vislumbró vagamente a

Dios, que desde el cielo le sonreía con sonrisa de semejante humano.

SOLEDAD

Soledad nació de la muerte de su madre; ya Leopardi cantó que es riesgo

de muerte el nacimiento,

nasce l'uomo a fatica

ed è rischio di morte il nascimento

riesgo de muerte para el que nace, riesgo de muerte para quien le da el

ser.

La pobre Amparo, la madre de Soledad, había llevado en sus cinco años

de casada una vida penumbrosa y calladamente trágica. Su marido era

impenetrable y parecía insensible. No sabía la pobre cómo se había

casado; se encontró ligada por matrimonio a aquel hombre como quien

despierta de un sueño. Su vida toda de soltera se perdía en una lejanía

brumosa, y cuando pensaba en ella se acordaba de sí misma, de la que

fué antes de casarse, como de una persona extraña. No podía saber si

su marido la quería o la detestaba. Se detenía en casa no más que

para comer y dormir, para todo lo animal de la vida; trabajaba fuera,

hablaba fuera, se distraía fuera. Jamás dirigió a su pobre mujer una

palabra más alta o más agria que otra; jamás la contrarió en nada.

Cuando ella, la pobre Amparo, le preguntaba algo, consultaba su

parecer, obtenía de él invariablemente la misma respuesta: «¡Bueno, sí,

déjame en paz; como tú quieras!». Y este insistente «¡como tú quieras!»

llegaba al corazón de la pobre Amparo, un corazón enfermo, como un

agudo puñal. ¡Como tú quieras!--pensaba la pobre--; es decir, que mi

voluntad no merece ni siquiera ser contradicha. Y luego el «¡déjame en

paz!», ese terrible ¡déjame en paz! que amarga tantos hogares. En el de

Amparo, en el que debía ser hogar de Amparo, esa terrible y agorera paz

lo entenebrecía todo.

Al año de casada tuvo Amparo un hijo; pero en el triste desamparo de

su hogar ceniciento ansiaba una hija. ¡Un hijo!--pensaba--¡Un hombre!

¡Los hombres siempre tienen que hacer fuera de casa! Y así, cuando

volvió a quedar encinta, no soñaba sino en la hija. Y habría de

llamarse Soledad. La pobre cayó en cama gravemente enferma. Su corazón

desfallecía por momentos. Comprendió que no vivía sino para dar a luz

su hija, hasta ponerla en el hogar tenebroso. Llamó a su marido y

dijo: «Mira, Pedro, si, como espero, es hija, le pondrás por nombre

Soledad, ¿eh?». «Bueno, bien--respondió él--, tiempo habrá de pensar en

ello», y pensaba que aquel día, con aquello del parto, iba a perder su

partida de dominó. «Es que yo me muero, Pedro, es que no voy a poder

resistir esto»--añadió. «¡Aprensiones!»--replicó él. «Sea--contestó

Amparo--; pero si sale niña, le llamaréis Soledad, ¿eh?». «¡Bueno, sí,

déjame en paz; como tú quieras!»--concluyó él.

Y le dejó en paz para siempre. Después de haber dado a luz a su hija

sólo tuvo tiempo para percatarse de que era niña. Y sus últimas

palabras fueron: «¿Soledad, eh, Pedro? ¡Soledad!».

El hombre quedó suspenso y se habría anonadado si fuera él algo.

¡Viudo, a su edad, y con dos hijos pequeños! ¿Quién le cuidaría ahora

la casa? ¿Quién se los criaría? Porque hasta que la niña se hiciese

mayorcita y pudiera encargarse de las llaves y el gobierno... ¡Y cómo

volver a casarse! No, no volvería a hacerlo. Ya sabía lo que era estar

casado, ¡si lo hubiese sabido antes! Eso no le resolvía nada. No,

decididamente no, no volvería a casarse.

Hizo que llevasen a Soledad a un pueblo, a criarla fuera de casa. No

quería molestias de niños e impertinencias de nodrizas. Harto tenía con

el otro, con Pedrín, el niño de tres años ya.

Soledad apenas se acordaba de los primeros años de su infancia. Allá,

en la lejanía, sus últimos recuerdos eran los de aquel hogar hosco y

ceniciento y aquel padre hermético, aquel hombre que comía junto a ella

en la mesa y a quien veía un momento al levantarse y otro momento

al ir a acostarse. Y aquellos besos litúrgicos, forzados. La única

compañía le era Pedrín, su hermano. Pero Pedrín jugaba con ella en el

más estricto sentido, es decir, que no jugaba en compañía de ella,

sino que jugaba con ella como se juega con una muñeca. Ella, Soledad,

Solita, era su juguete. Y era, como hombre que había de ser, un bruto.

Como eran sus puños más fuertes, quería tener siempre razón. «Vosotras,

las mujeres, no servís para nada. ¡Los que mandan son los hombres!», le

dijo una vez.

Era Soledad una naturaleza exquisitamente receptiva, un genio de

sensibilidad. Se da con frecuencia en las mujeres este genio de la

receptividad, que, como nada produce, se extingue sin que nadie lo haya

conocido. Al principio acudió Soledad llorosa y herida en lo más vivo a

su padre, a la esfinge, demandando justicia; pero el inflexible varón

le contestaba secamente: «¡Bueno, bien, déjame en paz! ¡Daos un beso y

cuidado con que esto se repita!». Así creía arreglarlo, quitándose de

encima la molestia. Y acabó ello porque Soledad no volvió a quejarse

a su padre de las brutalidades de su hermano, y lo soportó todo en

silencio, dejando a aquél en paz y evitándose los fraternales besos de

humillación.

Fué espesándose y entenebreciéndose la tristeza cenicienta de su

hogar. Sólo descansaba en el colegio, en el que le metió su padre

como medio pensionista para quitársela así más tiempo de encima.

Allí, en el colegio, supo que sus compañeras todas tenían o habían

tenido madre. Y un día, a la hora de cenar, se atrevió a molestar a

su padre preguntándole: «Di, papá, ¿he tenido yo madre?». «¡Vaya una

pregunta--respondió el hombre--, todos hemos tenido madre; ¿por qué

lo preguntas?». «¿Y dónde está mi madre, papá?». «Se murió cuando tú

naciste». ¡Ay, qué pena!»--prorrumpió Soledad.--Y entonces el padre

rompió por un momento su salvaje taciturnidad, le dijo cómo su madre se

había llamado Amparo y le enseñó un retrato de la difunta. «¡Qué guapa

era!»--exclamó la niña. Y el padre añadió: «¡Sí; pero no tanto como

tú!». En esta exclamación, que se le escapó, iba el fondo de una de

sus petulancias; creía que el ser su hija más guapa que la madre se lo

debía a él. «Y tú, Pedrín--dijo Soledad a su hermano, animada por aquel

fugitivo rescoldillo de hogar--, ¿te acuerdas tú de ella?». «¿Y cómo me

he de acordar si cuando murió no tenía yo más que tres años!». «Pues

yo en tu caso me acordaría», fué la respuesta de la niña. «¡Claro, las

mujeres sois más listas!»--exclamó el hombrecito en ciernes. «No; pero

sabemos recordar mejor». «Bueno, bueno, no digas tonterías y déjame en

paz». Y se acabó el coloquio de aquella noche memorable en que Soledad

supo que había tenido madre.

Y tanto dió en pensar en ella que casi la recordó. Pobló su soledad con

ensueños maternales.

Fueron corriendo los años, todos iguales, todos cenicientos y tristes

en aquel hogar apagado. El padre no envejecía ni podía envejecer. A las

mismas horas hacía todos los días las mismas cosas, con una regularidad

mecánica. Y el hermano empezó a disiparse, a dar que hablar en el

pueblo. Hasta que desapareció de él; Soledad no supo adónde. Quedaron

padre e hija solos, solos y separados; viviendo, es decir, comiendo y

durmiendo bajo el mismo techo.

Por fin pareció que un día se le abriera el cielo a Soledad. Un

gallardo mozo, que desde hacía algún tiempo la devoraba con los ojos

cuando la veía en la calle, se dirigió a ella solicitando ser admitido

a prueba como novio. La pobre Soledad vió que se le abría la vida, y

aunque con unos ciertos presentimientos que en vano quería rechazar de

sí, lo admitió. Y fué como una primavera.

Empezó Soledad a vivir, empezó más bien a nacer. Descubriósele el

sentido de muchas cosas que hasta entonces no lo tuvieran para ella;

empezó a entender mucho que oyó a sus maestras y a sus compañeras de

colegio, mucho que había leído. Todo parecía cantar dentro de ella.

Pero a la vez descubrió toda la horrura de su hogar, y si no hubiera

sido por la imagen, siempre en ella presente, de su novio, se habría

arrecido allí junto a aquel hombre granítico.

Fué un verdadero deslumbramiento aquel noviazgo para la pobre Soledad.

Y el padre parecía no haberse enterado de nada o no querer enterarse:

ni la más leve alusión de su parte. Si al salir de casa cruzaba con

el novio de su hija que se acercaba a la reja, a las horas de sabroso

coloquio, hacía como que no se enteraba. La pobre Soledad tuvo más de

una vez intención de insinuar algo a su padre en la mesa, a la hora de

cenar; pero las palabras se le cuajaban en la boca antes de salir. Y

calló, siguió callando.

Empezó Soledad a leer en libros que le traía su novio; empezó, gracias

a él, a conocer el mundo. Y aquel joven no parecía hombre. Era

cariñoso, alegre, abierto, irónico y hasta la contradecía a las veces.

De su padre, del padre de ella, no le habló nunca.

Fué la iniciación en la vida y fué el sueño del hogar. Soledad empezó,

en efecto, a soñar lo que sería un hogar, a entrever lo que eran los

hogares, los verdaderos hogares de sus compañeras que lo tenían. Y este

conocimiento, este sentimiento más bien, acreció en ella el horror a la

madriguera en que vivía.

Y de repente, un día, cuando menos lo esperabas, vino el hundimiento.

Su novio, que hacía un mes estaba ausente, le escribió una larga carta

muy llena de expresiones de cariño, muy alambicadas, muy tortuosas,

en que a vuelta de mil protestas de afecto le decía que aquellas sus

relaciones no podían continuar. Y acababa con esta frase terrible:

«Acaso llegue algún día otro que te pueda hacer feliz mejor que yo».

Soledad sintió un tenebroso frío que le envolvía el alma y toda la

brutalidad, toda la indecible brutalidad del hombre, es decir, del

varón, del macho. Pero se contuvo devorando en silencio y con ojos

enjutos su humillación y su dolor. No quería aparecer débil ante su

padre, ante la esfinge.

¿Por qué? ¿Por qué la había dejado su novio? ¿Es que se había cansado

de ella? ¿Por qué? ¿Es que puede un hombre cansarse de amar? ¿Cabe

cansarse de amar? No, no, es que nunca la había querido. Y ella, la

pobre Soledad, sedienta de amor desde que naciera, comprendió que no

la había querido nunca aquel otro hombre. Y se hundió en sí misma,

refugiándose en el culto a su madre, en el culto a la virgen. Y no

lloró porque su dolor no era de lágrimas; era un dolor seco y ardiente.

Una noche, a la hora de cenar, la esfinge paternal abrió la boca para

decir: «¿Qué? ¡Según parece se ha acabado ya eso!». Y Soledad sintió

como si le atravesasen el corazón con una espada de hielo. Se levantó

de la mesa, se fué a su cuarto, y exclamando ¡madre mía!, cayó en un

espasmo convulsivo. Y desde entonces el mundo le supo a vacío.

Y pasaron dos años y una mañana se encontraron muerto en su cama al

padre, a don Pedro. El corazón se le había parado. Y su hija, sola

ahora en el mundo, no le lloró.

Quedó sola Soledad, enteramente sola. Y para que su soledad fuese

mayor vendió cuantas fincas le dejó su padre, realizó una modestísima

fortunilla, y se fué a vivir lejos, muy lejos, donde nadie la conociera

y donde ella a nadie conociera.

Y ésta es esa Soledad, hoy ya casi anciana, esa mujercita sencilla y

noble que veis todas las tardes ir a tomar el sol a orillas del río,

esa mujercita misteriosa de la que no se sabe ni de dónde vino ni

de dónde es. Ésa es la solitaria caritativa que en silencio remedia

las necesidades ajenas que conoce y puede remediar; ésa es la buena

mujercita a la que alguna vez se le escapa uno de esos dichos amargos,

delatores del desconsuelo encallecido.

Nadie sabía su historia y se llegó a propagar la leyenda de una

terrible tragedia en ella. Pero, como veis, no hay en su vida tragedia

alguna representable, sino a lo más esta tragedia vulgar, vulgarísima,

irrepresentable, callada, que tantas vidas humanas destroza: la

tragedia de la soledad.

Sólo se recuerda que hace unos años vino en busca de Soledad un hombre

avejentado, de prematura decrepitud, encorvado como bajo el peso del

vicio, y a los pocos días de llegar murió en casa de la mujercita.

«¡Era mi hermano!». Es lo único que a ésta se le oyó.

El espejo de la muerte · 第 4 / 10 段