cantores alegraba a Susín, entretenido en construir fortificaciones con
arcilla, mientras la niñera, haciendo muchos gestos, reía las bromas de
un asistente.
Susín se levantó del suelo en que estaba sentado, se limpió en el
trajecito nuevo las manos embarradas, y contempló su obra viendo que
era buena. Dentro de la trinchera circular quedaba un espacio a modo de
barreño que estaba pidiendo algo, y Susín, alzando las sayas, llenó de
orina el recinto cercado. Entonces le ocurrió ir a buscar un abejorro o
cualquier otro bicho para enseñarle a nadar.
Tendiendo por el campo la vista, vió a lo lejos brillar algo en el
suelo, algo que parecía una estrella que se hubiera caído de noche
con el rocío. ¡Cosa más bonita! Olvidado del estanquecillo, obra de
sus manos y su meada, se fué a la estrella caída. De repente, según a
ella se acercaba, desapareció la estrella. O se la había tragado la
tierra, o se había derretido, o el Coco se la había llevado. Llegó al
árbol junto al cual había brillado la añagaza, y no vió en él más que
guijarros, y entre ellos un cachito de vidrio.
¡Qué hermosa mañana! Susín bebía luz con los ojos y aire del cielo azul
con el pecho.
¡Allí sí que había árboles! ¡Aquello era mundo y no la calle oscura
preñada de peligros, por donde a todas horas discurren caballos,
carros, bueyes, perros, chicos malos y alguaciles!
Mudó Susín de pronto de color, le flaquearon las piernecitas y un
nudo de angustia le apretó el gaznate. Un perro... un perro sentado
que le miraba con sus ojazos abiertos, un perrazo negro, muy negro y
muy grande. Si hubiera pasado por su calle, habríale amenazado desde
el portal con un palo; pero estaba en medio del campo, que es de los
perros y no de los niños.
No le quitaba ojo el perro, que levantándose empezó a acercarse a
Susín, a quien el terror no dió tiempo de pensar en la huida. Rehecho
un poco echó a correr, mas con tan mala suerte que, tropezando, cayó de
bruces. Cayó y no lloró, quedándose pegado al suelo... ¿Llorar? ¿Y si
le oía el perro, que acaso no era mas que el Coco que se lleva a los
niños llorones, disfrazado? Se le acercó un perrazo y le olió. Sin
alentar apenas, y con un ojo entreabierto, vió Susín, bailándole el
corazoncillo, que el perro se alejaba lentamente y que allá, muy lejos,
sacudía con majestad sus negros lomos con la cola negra.
Susín se levantó, y mirando en derredor vióse solo en la inmensa
soledad; el sol picaba su cabecita rubia y le saludaban los árboles. Y
allí cerca brillaba el agua de un charco al reflejo del sol.
Olvidó al perro, como había olvidado al estanquecillo, obra de sus
manos, y a la estrella caída, y se acercó al charco, cuya superficie
límpida y clara parecía el rostro sereno, pero triste, de un charco
muerto a que había que animar. Cogió una chinita, la arrojó al agua, y
entonces el charco se echó a reir, perdiéndose su risa suavemente en
el barrizal de las orillas. ¡Qué bonitos círculos! Empezó a subir el
légamo del fondo y a enturbiarse el charco, y entonces, cogiendo Susín
un palo y agachándose, mejió el agua. ¡Y cómo se enturbiaba!
Levantóse Susín, metió un piececito en el agua y empezó a chapotearla.
¡Qué bonito! ¡Cómo se reía el charco de que se le enfangara y de
ensuciar al niño!
Al sentir éste la humedad que, atravesando las botitas, le refrescaba
el pie, la conciencia de estar haciendo una cosa fea le hizo volver la
cabeza. Dió un grito y se arrimó a un árbol, quedándose en él pegado y
sin saber dónde esconder los pies. ¡Oh, si hubiera podido trepar como
los chicos grandes y esconderse en las ramas altas, donde se esconden
los abejorros! Pero de una cornada podía haber derribado el árbol la
vaca.
Era una vaca colosal, cuyo cuerpo casi cubría el cielo y cuya sombra se
extendía por la tierra desmesurada y fantástica. Avanzaba lentamente,
recreándose en la angustia de su víctima, que se tapó los ojos para que
la vaca no le viera, y a punto de arrojarse al suelo y gritar: «¡No, no
lo haré más!». La vaca, avanzando, pasó de largo. Susín se despegó del
árbol y miró en derredor. ¿Dónde estaba?
Sentía cosquilleo en el estómago, pues es cosa sabida que las
impresiones fuertes aceleran la vida y debilitan el cuerpo, y que hasta
los grillos recién muertos resucitan entre lechuga.
Entonces Susín se dió cuenta de su situación, miró atónito al largo
camino, a los castaños corpulentos, a la tierra solitaria y al sol
imperturbable, clavado en el cielo azul. ¿Y la chacha?
De cuando en cuando pasaba algún hombre y casi ningún señor. Hombres,
hombres todos, y ¡qué hombres!, todos feos, con mucha barba y ningún
parecido a papá. Uno le miró mucho, y esos hombres que miran mucho son
los peores, los del saco. Sintió angustia mortal al verse perdido en el
mundo, a merced de los chicos malos que llaman «madre» a su mamá, de
los perros grandes y de las grandes vacas, y no estaba allí papá para
pegarles. El soplo del Coco heló a Susín el alma, que temblaba como las
hojas del árbol, sintiendo al Coco presente en todas partes, agazapado
tras de los árboles, acurrucado bajo las piedras, oculto bajo tierra,
caminando a su espalda. Rompió a llorar, y a través de las lágrimas vió
que en el campo deshecho en bruma se le acercaba un hombre.
Un hombre... pero, ¡qué hombre! Miróle con la atención del espanto,
recogiéndose su alma helada en un rinconcillo del corazón. ¡No era un
hombre, era peor que un hombre, era un alguacil!
El alguacil se le acercaba poco a poco como el perro negro y la vaca
grande; pero ni se alejó ni pasó de largo. Abriendo Susín tanto los
ojos que apenas veía, sintió que una manaza se posaba en su manecita, y
se vió perdido y sin poder llorar.
--No llores, chiquito; no llores, que no te hago nada.
¡Qué malo es el Coco! ¡Qué malo es el Coco cuando usa ironía
alguacilesca!
--Ven, ven conmigo; vamos a buscar a papá.
El cielo se le abrió al niño con el milagro, porque lo era, un
verdadero milagro, el que un alguacil tuviera voz tan suave,
inflexiones en ella tan tiernas, tono tan acariciador. ¡Si parecía un
papá aquel alguacil! Su mano no oprimía y su paso se acomodaba al del
niño, que se sentía entonces al amparo de un alto personaje, de un Coco
bueno.
--Dime, ¿de quién eres?
--De papá.
--Y ¿quién es tu papá?
--Papá.
--Pero, ¿qué papá, hijo mío?
--El de mamá.
El ministro de Justicia se sonrió, porque también él era de su mujer.
Singular pregunta para el niño, ¿quién es tu papá? ¡Como si hubiera más
de uno!
--¿Dónde vives?
--En casa.
--¿Y dónde está tu casa?
--En casa de papá.
El alguacil renunció al interrogatorio, quedándose perplejo; porque sin
interrogatorio ¿cómo se averiguan las cosas?
Acababan de serenarse los ojos de Susín y le invadía toda la dulzura
del aire del cielo cuando vió venir a la niñera amenazadora, peligro
patente y claro, nada fantástico. Asió entonces el niño con sus dos
manecitas el pantalón del alguacil, ocultando su cabecita rubia entre
las piernas de éste. Hubiérase achicado hasta poder entrar en el
bolsillo de aquel sagrado pantalón.
La voz del alguacil sonó armoniosísima, diciendo: «No hagas caso, no
te harán nada». Y luego, más grave: «Déjele usted, que no tiene él la
culpa».
De manos del alguacil pasó a los brazos de la criada, y al alejarse
miraba a aquél por si seguía protegiéndole con la mirada. Mas apenas
perdieron de vista al Coco bueno, sintió Susín en el trasero la mano de
la niñera.
--¡Chiquillo! No te tengo dicho que no te vayas de mi lado... Ya te
daré yo... Buen rato me has hecho pasar... Yo, como una loca, busca que
te busca, y tú...
El niño lloraba de una manera lastimosa; aquello no era el Coco, pero
sí una buena azotina. Y lloraba tanto que, impacientada la niñera,
empezó a besarle y decirle:
--No seas tonto, no ha sido nada, no llores, Susín... Vamos, calla, ya
sabes que a papá no le gustan los niños llorones... Cállate... mira,
voy a comprarte un caramelo, si callas...
Susín calló para chupar el caramelo.
Cuando poco después vió las paredes de su casa y se sintió fuerte al
arrimo de su padre, renováronsele las heridas, sintió el diente del
perro, el cuerno de la vaca y la mano de la niñera y rompió a llorar.
¡Qué dulce le sonó la voz de papá riñendo a la chacha! Tomóle luego
en brazos su padre, apoyó Susín su mejilla ardiente sobre el pecho
protector y bajó el sueño a derretir sus penas.
¡Qué hermoso es llegar al puerto empapado en agua de tempestad!
¡COSAS DE FRANCESES!
(UN CUENTO DISPARATADO)
Es cosa sabida que nuestros vecinos los franceses son incorregibles
cuando en nosotros se ocupan, pues lo mismo es en ellos meterse a
hablar de España que meter la pata.
A las innumerables pruebas de este aserto añada el lector el siguiente
cuento que da un francés por muy característico de las cosas de España,
y que, traducido al pie de la letra, dice así:
* * * * *
Don Pérez era un hidalgo castellano dedicado en cuerpo y alma a la
ciencia y a quien tenían por modestísimo sus compatriotas.
Pasábase las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio,
enfrascado en el estudio de un importante problema de química, que
para provecho y gloria de su España con honra había de conducirle al
descubrimiento de un nuevo explosivo que dejara inservibles cuantos
hasta hoy se han inventado.
El lector que se figure que nuestro don Pérez no salía del laboratorio
manipulando en él retortas, alambiques, reactivos, crisoles y
precipitados dará muestras de no conocer las cosas de España.
Un hidalgo español no puede descender a manejos de droguería y entender
de tan rastrero modo la excelsitud de la ciencia, que por algo ha sido
España plantel de teólogos.
Don Pérez se pasaba las horas muertas, como dicen los españoles,
delante de un encerado devanándose los sesos y trazando fórmulas y más
fórmulas para dar con la deseada. De ningún modo quería manchar sus
investigaciones con las impurezas de la realidad, recordaba el paso
aquél en que los villanos galeotes apedrearon a Don Quijote y no quería
que hicieran lo mismo con él los hechos. Dejaba a los Sancho Panzas de
la ciencia el mandil y el laboratorio, reservándose la exploración de
la sima de Montesinos.
Quede el proceder por tanteos para los que viven en tinieblas y no han
nacido, como la inmensa mayoría de los españoles, en posesión de la
verdad absoluta o la han dejado perder por su soberbia.
Al cabo de tanta brega dió don Pérez con la deseada fórmula y el día
en que ésta se hizo pública fué de regocijo en toda España. Hubo
colgaduras, cohetes, gigantones, y sobre todo combates de toros. Las
charangas alegraban las calles de las ciudades tocando el himno de
Riego.
Las Cortes decretaron coronar de laurel en el Capitolio de Madrid a
don Pérez, así que hiciera volar el Peñón de Gibraltar con todos sus
ingleses o cuando menos la gran montaña del Retiro de Madrid.
Adornando las paredes de zapaterías y barberías de los pueblos y en
no pocos hogares aparecía entre números de _La Lidia_ el retrato de
don Pérez, junto al de Ruiz Zorrilla unas veces y al del pretendiente
don Carlos otras. A un nuevo aguardiente anisado le bautizaron con el
nombre de «Anisado explosivo Pérez».
No faltaron, sin embargo, Sanchos y socarrones bachilleres que trataban
de echar jarros de agua fría al popular entusiasmo; pero desde que
aparecieron en los periódicos escritos del eminente geómetra don López
y del no menos eminente teólogo don Rodríguez rompiendo lanzas a favor
del nuevo explosivo Pérez, los descontentos se redujeron al silencio
público y a la lima sorda.
Llegó el día de la prueba. Todo estaba dispuesto para hacer volar una
colinilla, situada en las llanuras de la Mancha, y no faltaron animosos
creyentes que se comprometieron a dar fuego a la mecha en compañía de
don Pérez.
Cuando la mecha empezó a arder estalló un formidable ¡olé! ¡olé! de la
multitud, que desde lejos contemplaba la prueba y algunos palidecieron.
Y cuando el fuego llegó al explosivo se oyó un ruido semejante a un
trueno, se levantó una gran polvareda, y al disiparse ésta apareció
la figura de don Pérez radiante de esplendor. La multitud le aclamó
frenética, dió vivas a su madre y a su gracia, y le llevaron en brazos
como sacan a don _Fracuelo_ de la plaza cuando mata un toro según las
reglas de la metafísica tauromáquica. Y por todas partes no se oía más
que: ¡Olé! ¡Viva España con honra!
Los periódicos hicieron su agosto.
Unos aseguraban que el cerro se había hecho polvo, otros mostraban
cicatrices de golpes que recibieron de los pedazos en que se deshizo;
pero algunos días después se aseguraba que unos pastores habían visto
al cerro en el mismo sitio que antes, y cuando se confirmó esta noticia
se levantó la gran polvareda de indignación popular.
Era imposible el caso, el cerro tenía que haber volado, porque eran
infalibles las fórmulas del encerado de don Pérez.
Era una mano aleve que había mojado el explosivo, la mano de un
maligno-encantador enemigo de don Pérez y envidioso de su fama.
Este encantador, sucediendo el caso en España, ya se sabe cuál tenía
que ser, el gobierno.
La opinión pública se pronunció contra éste en los cafés y las
tertulias, y los periódicos hicieron resaltar la desatentada conducta
del maligno encantador que se empeñaba en vivir divorciado de la
opinión pública, tan perita en química como es en España, sobre todo
después de ilustrada por el eminente geómetra don López y el no menos
eminente teólogo don Rodríguez.
En aquella campaña se recordó a Colón, a Cisneros, a Miguel Servet,
a los tercios de Flandes, el Salado, Lepanto, Otumba y Wad-Rás, los
teólogos de Trento y el valor de la infantería española, que con él
hizo vana la ciencia del gran capitán del siglo. Con tal motivo se
insistió una vez más en la falta de patriotismo de aquéllos que no
querían más que lo extranjero habiendo mejor en casa y se recordó al
pobre don Fernández, arrinconado y desconocido en su ingrata patria y
celebradísimo fuera de ella, el pobre don Fernández, cuyos libros en
España tenían que tomarlos las corporaciones mientras eran traducidos a
todos los idiomas cultos, inclusos el japonés y el bajo bretón.
El pobre don Pérez, perseguido por follones malandrines, trató de
vindicar la honra de España, y como se proponía demostrar la eficacia
del explosivo, con el que había de volar a Gibraltar y desenmascarar al
gobierno, le presentaron candidato a la Diputación a Cortes. Las Cortes
son la academia en que se reúnen a discutir todos los sabios de España,
asamblea que, siguiendo las gloriosas tradiciones de los Concilios de
Toledo, hace a pluma y a pelo, ya de Congreso político, ya de Concilio
en que se dilucidan problemas teológicos, como sucedió allá por el 69.
En cuanto los admiradores de don Pérez presentaron su candidatura, el
eminente toreador don Señorito, viviente ejemplo del consorcio de las
armas con las letras, sintió arder su sangre, y al salir de un combate
de toros en que arrebató al público estoqueando seis colombinos con la
más castiza filosofía, se fué a un mitin y volvió a arrebatarle con un
discurso en favor de la candidatura de don Pérez.
Sólo en la pintoresca España se ven cosas semejantes. Después de
brindar por la patria desplegó don Señorito el trapo, dió un pase a
España con honra, otro de pecho a Gibraltar y sus ingleses, uno de
mérito a don Pérez, sostuvo una lucidísima brega, aunque algo bailada,
acerca de la importancia y carácter de la química, y, por fin, remató
la suerte dando al gobierno una estocada hasta los gavilanes.
El público gritaba ¡olé, tu salero! y pedía que dieran al tribuno la
oreja del bicho, uniendo en sus vítores los nombres de don Pérez y don
Señorito.
Allí estaba también el gran organizador de las ovaciones, el Barnum
español, el popularísimo empresario don Carrascal, que se proponía
llevar en una _tournée_ por España al sabio don Pérez como se había
llevado ya al gran poeta nacional.
El buen don Pérez se dejaba hacer traído y llevado por sus admiradores,
sin saber en qué había de acabar todo aquello.
Pero ni la elocuencia tribunicia del toreador don Señorito, ni la
actividad del popularísimo don Carrascal, ni la protección del gran
político don Encinas, movieron al gobierno español, que siguió comiendo
el turrón a dos carrillos y sordo a las voces del pueblo, según es su
costumbre.
¡Y todavía sigue en pie el peñón de Gibraltar con sus ingleses!
* * * * *
Convengamos en que sólo un francés es capaz, después de ensartar tal
cúmulo de disparates, sobre todo el de presentarnos un torero de
tribuno en favor de la candidatura a diputado de un sabio, sólo un
francés, decimos, es capaz de dar tal cuento como característico de las
cosas de España. ¡Cosas de franceses!
Pero, señor, ¿cuándo aprenderán a conocernos nuestros vecinos, por lo
menos, tanto como nosotros nos conocemos?
EL MISTERIO DE INIQUIDAD
O SEA LOS PÉREZ Y LOS LÓPEZ
Juan pertenecía a la familia Pérez, rica y liberal desde los tiempos de
Álvarez Mendizábal. Desde muy niño había oído hablar de los carlistas
con encono mal contenido. Se los imaginaba bichos raros, y tenía de
ellos una idea del mismo género a que pertenece la vulgar del judío.
Gente taciturna, de cara torcida, afeitada o con grandes barbas
negras y alborotadas, largos chaquetones negros, parcos de palabras y
tomadores de rapé. Se reunían de noche en las lonjas húmedas, entre los
sacos fantásticos de un almacén lleno de ratas para tramar allí cosas
horribles.
Con los años cambiaron de forma en su magín estos fantasmas, y se los
imaginó gente taimada, que en paz prepara a la sordina guerras y que
sólo se surte de las tiendas de los suyos.
Cuando se hizo hombre se disiparon de su mente estas disparatadas
brumas matinales y vió en ellos gente de una opinión opinable, puesto
que es opinada, fanáticos que, so capa de religión, etc. Es excusado
enjaretar aquí la letanía de sandeces salpicada de epítetos podridos
que es de rigor entre anticarlistas.
En la familia Pérez había vieja inquina contra la familia carlista
López. Un Pérez y un López habían sido consocios en un tiempo; hubo
entre ellos algo de eso cuyo recuerdo se entierra en las familias;
este algo engendró chismes, y la sucesión continua de pequeñas
injurias diarias, saludos negados, murmuraciones, miradas procaces,
chinchorrerías, en fin, engendraron un odio duro.
La familia Pérez, aunque liberal, era tan piadosa como la familia
López. Oían misa al día, comulgaban al mes, figuraban en varias
congregaciones, gastaban escapularios. Eran irreprochables.
Nuestro Juan Pérez se había nutrido de estos sentimientos, a los que
añadía alguna instrucción, ni mucha ni muy variada. Su afición mayor
eran las matemáticas.
Así estaban las cosas cuando empezó a sonar en este mundo el famosísimo
aforismo «el liberalismo es pecado», frase portentosa. ¡Pecado! La
elección de esta palabra es una obra maestra, pues cualquier otra que
se empleara, error, herejía, impiedad, crimen, o dicen más o menos, y
así o no llegan al blanco o pasan de él.
Nuestro Pérez tomó esto a poca cosa, como un ardid indigno salido
de las lonjas húmedas donde se reunían los fantasmas del chaquetón.
Un artículo que la casualidad llevó a sus manos le abrió el apetito.
Leyó el áureo libro del eximio Sardá, se aficionó a los artículos del
Hermano Mayor, a las cartas del Martillo de protestantes y liberales,
y empezó a preocuparse de esa doctrina nefanda, que bajo nombre de
liberalismo infiltra en la sociedad como veneno sus miasmas deletéreos.
Lo nefando y deletéreo sobre todo le producía cosquillas en las sienes.
Estudió la lucha entre mestizos y puros, y se sabía de pe a pa las
decisiones del Índice y los viajes de don Celestino. Se dedicó a leer
los periódicos puros, y con fruición de espíritu anémico tragaba
artículos inacabables, siempre sobre lo mismo, siempre en el mismo
estilo y con los epítetos consagrados siempre. Aguzó su espíritu en las
argucias imperceptibles, en los juegos malabares de distincionzuelas y
en los pequeños logogrifos de conceptillos.
A todo esto llegó la encíclica _Libertas_ y con ella las briosas
predicaciones en contra de ese conjunto de todas las herejías y la
campaña contra los liberales, imitadores de Lucifer, cuyo es aquel
grito: ¡no serviré!
Muchas veces, al anochecer, en la iglesia, quedaba sentado en un banco,
meditando. Poco a poco sus ideas perdían los contornos hasta que se
convertían en una nube, y, entonces, al oir dar el reloj las nueve,
salía de la quietud del templo al bullicio de la calle.
Empezó a sentir desazón en su alma. Una noche volvía del sermón a casa
y le zumbaba en la cabeza el famoso aforismo. No podía entrar con que
él fuera más pecador que un adúltero o un asesino, y la cosa estaba
bien clara, porque pecar contra la fe, directamente contra Dios, no
dándole crédito, es peor que pecar por carambola; la soberbia es más
satánica que la ira o la lujuria. Aquella noche no pudo pegar ojo,
resudando dió mil vueltas en la cama, se levantó a beber agua del jarro
de la jofaina, cerraba los ojos con violencia proponiéndose contar
hasta 150, ni por ésas; nada, siempre en el campo oscuro bailando la
sentencia. Así hubiera pasado toda la noche si a eso de las cuatro, con
la fatiga que venció al insomnio, no hubiera iluminado su mente esta
idea de paz: salvo los casos de ignorancia y de buena fe. Se durmió
diciendo: Dios me perdonará porque no sé lo que me pienso.
Juan Pérez recobró aparente calma, considerándose caso de ignorancia o
de buena fe.
Pero... veámoslo: la ignorancia vencible, ¿no es pecado? Empezó a
bucear en su alma si era él caso de ignorancia o de buena fe, o era
todo ello argucias del enemigo malo. ¡Cuesta tanto crucificar al hombre
viejo! Dale que le das le volvieron los insomnios.
Así estaba el pobre. Volvió a leer el áureo libro del eximio Sardá,
la encíclica _Libertas_, y empezó a estudiar lo que la maestra de la
gente entiende por liberalismo en sus varios grados y matices, y por
liberales, imitadores, etc. Una tarde, a la hora en que se acuesta
el sol en cama de oro, y cuando volvía Juan Pérez de paseo por una
estrada, mordiendo un brote de zarzamora, se le ocurrió preguntarse:
¿soy yo acaso liberal, imitador, etc.? Y descubrió sin asombro, como
cosa olvidada de puro sabida, que nunca había sido liberal. Recobró
calma; no era liberal, pero tampoco carlista. ¡Carcunda como los
López!, ¡jamás! ¡Los del chaquetón! Debajo de sus ideas yacían siempre
los espectros de su infancia.
No era liberal, pero le quedaba el nombre. ¡Qué cosa tan terrible es
el nombre! Es el pulpo de la inteligencia. A sus padres les llamaron
y se llamaron ellos a sí mismos liberales. ¡Perder el apellido porque
otros lo hayan difamado! El nombre se aferraba a él porque Satanás sabe
que la piel es lo último que se deja, y que por la piel se pierden
muchos. Mi liberal cerró ojos y oídos al terrible nombre, a la palabra
misteriosa, que es lo que fué en principio.
En la vida interior de Juan Pérez vino otro período de prueba. ¿Basta
en el siglo de la lucha verla como mero espectador? ¿Basta desertar de
las banderas de Bebial? La timidez, ¿no es pecado?
El resultado fué que Juan Pérez se hizo tradicionalista, carlista no;
abjuró en todos sus grados y matices la secta deletérea que jamás
había profesado, y se apartó de los liberales, imitadores de Lucifer,
cuyo es aquel grito, ¡no serviré! Estudió los errores nefandos que
constituyen ese abominable compendio de todas las herejías y aborreció,
sobre todo, los infames contubernios de los hijos de la luz con los de
las tinieblas; le picó un prurito de ergotista curiosidad por conocer
el bien y el mal, y leyó obras de liberales para conocer de cerca el
cáncer de nuestra sociedad.
Refresquemos la sequedad de este relato.
Carmencita era una buena muchacha, celebrada por todas las viejas y con
los bolsillos sonantes, condiciones que explican por qué Juan Pérez y
un López, convencidos ambos de que no está bien que el hombre esté solo
y que no es bueno quemarse, la persiguieran con buen fin. Este López,
de carlista se había hecho íntegro, íntegro de cabeza, leal de sangre,
porque toda otra distinción no pasa de válvula de seguridad en un
cerebro henchido de verdad absoluta.