calles, una tiendecita para aldeanos, a cuya puerta paraban muchas
veces las zamudianas con sus burros. El cuchitril daba a la angosta
portalada y constreñía el acceso a la casa un banquillo lleno de
piezas de tela, paños rojos, azules, verdes, pardos y de mil colores
para sayas y refajos; colgaban sobre la achatada y contrahecha puerta
pantalones, blusas azules, elásticos de punto abigarrados de azul y
rojo, fajas de vivísima púrpura pendientes de sus dos extremos, boinas
y otros géneros, mecidos todos los colgajos por el viento Noroeste que
se filtraba por la calle como por un tubo y formando a la entrada como
un arco que ahogaba a la puertecilla. Las aldeanas paraban en medio
de la calle, hablaban, se acercaban, tocaban y retocaban los géneros,
hablaban otra vez, iban, se volvían, entraban y pedían, regateaban,
se iban, volvían a regatear y al cabo se quedaban con el género. El
mostrador, reluciente con el brillo triste que da el roce, estaba
atestado de piezas de tela: sobre él unas compuertas pendientes que se
levantaban para sujetarlas al techo con unos ganchos y servían para
cerrar la tienda y limitar el horizonte. Por dentro de la boca abierta
de aquel caleidoscopio, olor a lienzo y humedad por todas partes y en
todos los rincones, piezas, prendas de vestido, tela de tierra para
camisas de penitencia, montones de boinas, todo en desorden agradable,
en el suelo, sobre bancos y en estantes, y junto a una ventana que
recibía la luz opaca y triste del cantón, una mesilla con su tintero y
los libros de don Roque.
Era una tienda de género para la aldeanería. Los sentidos frescos del
hombre del pueblo gustan los choques vivos de colorines chillones,
buscan las alegres sinfonías del rojo con el verde y el azul, y las
carotas rojas de las mozas aldeanas parecen arder sobre el pañuelo de
grandes y abigarrados dibujos. En aquella tienda se les ofrecía todo
el género a la vista y al tacto, que es lo que quiere el hombre que
come con ojos, manos y boca. Nunca se ha visto género más alegre, más
chillón y más frescamente cálido, en tienda más triste, más callada y
más tibiamente fría.
Junto a esta tienda, a un lado, una zapatería con todo el género en
filas, a la vista del transeunte; al otro lado, una confitería oliendo
a cera.
Asomaba la cabeza por aquella cáscara cubierta de flores de trapo el
caracol humano, húmedo, escondido y silencioso, que arrastra su casita,
paso a paso, con marcha imperceptible, dejando en el camino un rastro
viscoso que brilla un momento y luego se borra.
Don Roque de Aguirregoicoa y Aguirrebecua, por mal nombre _Solitaña_,
era de por ahí, de una de esas aldeas de _chorierricos_ o cosa
parecida, si es que no era de hacia la parte de Arrigorriaga. No
hay memoria de cuándo vino a recalar en Bilbao, ni de cuándo había
sido larva joven, si es que lo fué en algún tiempo, ni sabía a punto
cierto cómo se casó ni por qué se casó, aunque sabía cuándo, pues
desde entonces empezaba su vida. Se deduce _a priori_ que le trajo de
la aldea algún tío para dedicarle a la tienda. Nariz larga, gruesa y
firme; el labio inferior saliente; ojos apagados a la sombra de grandes
cejas; afeitado cuidadosamente; más tarde calvo; manos grandes y pies
mayores. Al andar se balanceaba un poco.
Su mujer, Rufina de Bengoechebarri y Goicoechezarra, era también de por
ahí, pero aclimatada en Artecalle: una ardilla, una cotorra y lista
como un demonio. Domesticó a su marido, a quien quería por lo bueno.
¡Era tan infeliz _Solitaña_! Un bendito de Dios, un ángel, manso como
un cordero, perseverante como un perro, paciente como un borrico.
El agua que fecunda a un terreno esteriliza a otro, y el viento húmedo
que se filtraba por la calle oscura hizo fermentar y vigorizarse al
espíritu de doña Rufina, mientras aplanó y enmoheció al de don Roque.
La casa en que estaba plantado don Roque era viejísima y con balcones
de madera; tenía la cara más cómicamente trágica que puede darse:
sonreía con la alegre puerta y lloraba con sus ventanas tristes. Era
tan húmeda que salía moho en las paredes.
_Solitaña_ subía todos los días la escalera estrecha y oscura, de
ennegrecidas barandillas, envuelta en efluvios de humedad picante, y
la subía a oscuras sin tropezarse ni equivocar un tramo, donde otro se
hubiera roto la crisma, y mientras la subía lento e impasible, temblaba
de amor la escalera bajo sus pies y la abrazaba entre sus sombras.
Para él eran todos los días iguales e iguales todas las horas del
día; se levantaba a las seis, a las siete bajaba a la tienda, a la
una comía, cenaba a eso de las nueve y a eso de las once se acostaba,
se volvía de espalda a su mujer, y, recogiéndose como el caracol, se
disipaba en el sueño.
En las grandes profundidades del mar viven felices las esponjas.
Todos los días rezaba el rosario, repetía las avemarías como la cigarra
y el mar repiten a todas horas el mismo himno. Sentía un voluptuoso
cosquilleo al llegar a los _orá por nobis_ de la letanía; siempre, al
_agnus_, tenían que advertirle que los _orá por nobis_ habían dado fin;
seguía con ellos por fuerza de inercia; si algún día por extraordinario
caso no había rosario, dormía mal y con pesadillas. Los domingos lo
rezaba en Santiago, y era para _Solitaña_ goce singular el oir medio
amodorrado por la oscuridad del templo que otras voces gangosas
repetían con él, a coro, _orá por nobis_, _orá por nobis_.
Los domingos, a la mañana, abría la tienda hasta las doce, y a la
tarde, si no había función de iglesia y el tiempo estaba bueno, daban
una vuelta por Begoña, donde rezaban una salve y admiraban siempre
las mismas cosas, siempre nuevas para aquel bendito de Dios. Volvía
repitiendo ¡qué hermosos aires se respiran desde allí!
Subían las escaleras de Begoña, y un ciego, con tono lacrimoso y
solemne:
--Considere, noble caballero, la triste oscuridad en que me veo... La
Virgen Santísima de Begoña os acompañe, noble caballero...
_Solitaña_ sacaba dos cuartos y le pedía tres ochavos de vuelta. Más
adelante:
Cuando comparezcamos ante el tribunal supremo de la gloria...
_Solitaña_ le daba un ochavo. Luego una mujercilla viva:
--Una limosna, piadoso caballero...
Otro ochavo. Más allá, un viejo de larga barba blanca, gafas azules,
acurrucado en un rincón con un perro y con la mano extendida. Otro más
adelante, enseñando una pierna delgada, negra, untosa y torcida, donde
posaban las moscas. Dos ochavos más. Un joven cojo pedía en vascuence,
y a éste _Solitaña_ le daba un cuarto. Aquellos acentos sacudían en el
alma de don Roque su fondo yacente y sentía en ella olor a campo, verde
como sus paños para sayas, brisas de aldea, vaho de humo del caserío,
gusto a borona. Era una evocación que le hacía oir en el fondo de sí
mismo, y como salidos de un fonógrafo, cantos de mozas, chirridos de
carros, mugidos de buey, cacareos de gallina, piar de pájaros, algo que
reposaba formando légamo en el fondo del caracol humano, como polvo
amasado con la humedad de la calle y de la casa.
_Solitaña_ y el mostrador de la tienda se entendían y se querían.
Apoyando sus brazos cruzados sobre él, contemplaba a los chiquillos que
jugaban en el regatón para desagüe, chapuzando los pies en el arroyuelo
sucio. De cuando en cuando, el _chinel_, adelantando alternativamente
las piernas, cruzaba el campo visual del hombre del mostrador, que le
veía sin mirarle y sacudía la cabeza para espantar alguna mosca:
Fué en cierta ocasión como padrino a la boda de una sobrina; «a
refrescar un poco la cabeza--decía su mujer--, a estirar el cuerpo,
siempre metido aquí como un oso. Yo ya le digo: Roque, vete a dar
un paseo, toma el sol, hombre, toma el sol, y él, nada». A los tres
días volvió diciendo que se aburría fuera de su tienda; él lo que
quería es encogerse y no estirarse; los estirones le causaban dolor
de cabeza y hacían que circulara por todas sus venas la humedad y la
sombra que reposaban en el fondo de su alma angelical: eran como los
movimientos para el reumático. «_Mamarro_, más que _mamarro_--le decía
doña Rufina--, pareces un topo». _Solitaña_ sonreía. Otro de sus goces,
además del de medir telas y los _orá por nobis_, era oir a su mujer que
le reñía. ¡Qué buena era Rufina!
Venía alguna mujer a comprar.
--Vamos, ya me dará usted a dieciocho.
--No puede ser, señora.
--Siempre dicen ustedes lo mismo, ¡es usted más carero!... Lo menos la
mitad gana usted. Nada, ¡a dieciocho, a dieciocho!...
--No puede ser, señora.
--¡Vaya!, me lo llevo... ¡Tome usted!...
--Señora, no puede ser...
--¡Bueno!, lo será... siquiera a dieciocho y medio; vaya, me lo llevo...
--No puede ser, señora.
--Pues bien; ni usted ni yo: a diecinueve.
--No puede ser...
Vencida al fin por el eterno martilleo del hombre húmedo, o se iba o
pagaba los veinte. Así es que preferían entenderse con ella, que aunque
tampoco cedía, daba razones, discutía, ponderaba el género, en fin,
hablaba. Pero para los aldeanos no había como él, paciencia vence a
paciencia.
La tienda de _Solitaña_ era afortunada. Hay algo de imponente en la
sencilla impasibilidad del bendito de Dios; los hombres exclusivamente
buenos atraen.
Cuando llegaba alguno de su pueblo y le hablaba de su aldea natal,
se acordaba del viejo caserío, de la borona, del humo que llenaba la
cocina cuando dormitando con las manos en los bolsillos calentaba sus
pies junto al hogar, donde chillaban las castañas, viendo balancearse
la negra caldera pendiente de la cadena negra. Al evocar recuerdos de
su niñez sentía la vaga nostalgia que experimenta el que salió niño de
su patria y vive feliz y aclimatado en tierra extraña.
Eran grandes días de regocijo cuando él, su mujer y algunos amigos iban
a merendar al campo o a hacer alguna fresada. Se volvían al anochecer
tranquilamente a casa, sintiendo circular dentro del alma todo el
aire de vida y todo el calor del sol. Una vez fueron en tartana a Las
Arenas, nunca había visto aquello _Solitaña_. ¡Oh!, los barcos, ¡cuánto
barco!, y luego el mar, ¡el mar con olas! A _Solitaña_ le gustaba
el monótono resuello de la respiración del monstruo, ¡qué hermoso
acompañamiento para la letanía! Al día siguiente, viendo correr el agua
sucia por el canalón de la calle, se acordaba del mar; pero allí, en su
tienda, se palpaba a sí mismo.
Por Navidad se reunían varios parientes; después de la cena había
bailoteo, y era de ver a _Solitaña_ agitando sus piernas torpes y
zapateando con sus pies descomunales. ¡Qué risas! Bebía algo más que de
costumbre y luego le llamaba hermosa y salada a su mujer.
Bajo el mismo cielo, lluvioso siempre, _Solitaña_ era siempre el
mismo; tenía en la mirada el reflejo del suelo mojado por la lluvia;
su espíritu había echado raíces en la tienda, como una cebolla en
cualquier sitio húmedo. En el cuerpo padecía de reúma, cuyos dolores le
aliviaba el opio de las conversaciones de sus contertulios.
Iban a la noche de tertulia un viejo siempre tan guapo, _bizcor_,
_bizcor_, según él decía, alegre y dicharachero, que contaba siempre
escenas de caza y de limonada; otro que cada ocho días narraba
los fusilamientos que hizo Zurbano cuando entró en Bilbao el año
41, y algunas veces un cura muy campechano. Siempre se hablaba de
estos tiempos de impiedad y liberalismo; se contaban hazañas de la
otra guerra y se murmuraba si saldrían o no otra vez al monte los
montaraces. _Solitaña_, aunque carlista, era de temperamento pacífico,
como si dijéramos, ojalatero.
Sin dejar de atender a la conversación, de interesarse en su curso,
pensando siempre en lo último que había dicho el que había hablado
el último, se dirigía a los rincones de la tienda, servía lo que le
pedían, medía, recibía el dinero, lo contaba, daba la vuelta y se
volvía a su puesto. En invierno había brasero y por nada del mundo
dejaría _Solitaña_ la badila, que manejaba tan bien como la vara y
con la cual revolvía el fuego mientras los demás charlaban, y luego,
tendiendo los pies con deleite, dormitaba muchas veces al arrullo de la
charla.
Su mujer llevaba la batuta, la emprendía contra los negros, lamentaba
la situación del Papa, preso en Roma por culpa de los liberales, ¡duro
con ellos! Ella era carlista porque sus padres lo habían sido, porque
fué carlista la leche que mamó, porque era carlista su calle, lo era
la sombra del cantón contiguo y el aire húmedo que respiraban, y el
carlismo, apegado a los glóbulos de su sangre, rodaba por sus venas.
El viejo, siempre tan guapo, se reía de esas cosas; tan alegres eran
blancos como negros, y en una limonada nadie se acuerda de colores; por
lo demás, él bien sabía que sin religión y palo no hay cosa derecha.
Hablaban de una limonada:
--¡Qué limonada!--decía el que vió los fusilamientos de Zurbano--,
¡pedazos de hielo como puños navegaban allí!...
--Tendríais sarbitos--interrumpió el viejo, siempre tan guapo--; en la
limonada hasen falta sarbitos... Sin sarbitos, limonada _fachuda_; es
como tambolín sin _chistu_. Cuando están aquellos cachitos helaos que
hasen mal en los dientes, entonses...
--Unas tajaditas de lengua no vienen mal...
--Sí, lengua tamién; pero sobre todo sarbitos, que no falten los
sarbitos...
_Solitaña_ se sonreía, arreglando el fuego con la badila.
--A mí ya me gusta tamién un poco merlusita en salsa...--volvió el otro.
--¿Con la limonada? Cállate, hombre, no digas _sinsorgadas_... Tú estás
tocao... ¿Merlusa en salsa con la limonada? A ti sólo se te ocurre...
--Tú dirás lo que quieras; pero pa mí no hay como la merlusa..., la de
Bermeo se entiende, nada de merlusa de Laredo, cada cosa de su paraje:
sardinas de Santurse, angulitas de la isla y merlusa de Bermeo...
--No haga usted caso a eso--dijo el cura--; yo he comido en Bermeo unas
sardinas que _talmente_ chorreaban manteca: sin querer se les caía el
pellejo... Y estando en Deva, unas angulitas de Aguinaga, que ¡vamos!...
--Bueno, hombre, pues, ¿qué digo yo?, cada cosa en su sitio y a
su tiempo; luego los caracoles, después el besugo... hisimos una
caracolada poco antes de entrar Zurbano el año...
--Ya te he dicho muchas veses--le interrumpió el viejo siempre tan
guapo--, que tú no sabes ni coger ni arreglar los caracoles, y sobre
todo, te vuelvo a desir, y no le des más vueltas, que con la limonada
sarbitos, y al que te diga merlusa en salsa le dises que es un arlote
barragarri... Si me vendrás a desir a mí...
--Y si a mí me gusta en la limonada merlusa en salsa...
--Entonses no sabes comer como Dios manda.
--¿Que no sé?
--Bueno, bueno--interrumpió el cura para cortar la cuestión--, ¿a que
no saben ustedes una cosa curiosa?
--¿Qué cosa?
--Que los ingleses nunca comen sesos.
--Ya se conoce; por eso están coloraos--dijo el viejo guapo--, porque
en cambio te sampan cada chuleta cruda y te pescan cada sapalora...
--Esos herejes...--empezó doña Rufina.
Y venía rodando la conversación a los liberales.
Cuando los contertulios se marchaban, cerraban la tienda doña Rufina
y su marido; contaban el dinero cuidadosamente, sacando sus cuentas;
luego, con una vela encendida, registraban todos los rincones de la
tienda; miraban tras de las piezas, bajo el mostrador y los banquillos;
echaban la llave y se iban a dormir. _Solitaña_ no acostumbraba a
soñar; su alma se hundía en el inmenso seno de la inconsciencia,
arrullada por la lluvia menuda o el violento granizo que sacudía los
vidrios de la ventana.
Al día siguiente se levantaba como se había levantado el anterior, con
más regularidad que el sol, que adelanta y atrasa sus salidas, y bajaba
a la tienda en invierno entre las sombras del crepúsculo matutino.
En Jueves Santo parecía revivir un poco el bendito caracol; se calaba
levita negra, guantes también negros, chistera negra que guardaba desde
el día de la boda, e iba con un bastoncillo negro a pedir para la
Soledad de la negra capa. Luego en la procesión la llevaba en hombros,
y aquel dulce peso era para él una delicia sólo comparable a una docena
de letanías con sus quinientos sesenta y dos _orá por nobis_.
¡Pobre ángel de Dios, dormido en la carne! No hay que tenerle lástima,
era padre y toda la humedad de su alma parecía evaporarse a la vista
del pequeño. ¿Besos?, ¡quiá! Esto en él era cosa rara, apenas se le vió
besar a su hijo, a quien quería, como buen padre, con delirio.
Vino el bombardeo, se refugió la gente en las lonjas y empezó la vida
de familias acuarteladas. Nada cambió para _Solitaña_; todo siguió lo
mismo. La campanada de bomba provocaba en él la reacción inconsciente
de un avemaría y la rezaba pensando en cualquier cosa. Veía pasar a los
_chimberos_ de la otra guerra como veía pasar al eterno _chinel_. Si
el proyectil caía cerca, se retiraba adentro y se tendía en el suelo
presa de una angustia indefinible. Durante todo el bombardeo no salió
de su cuchitril. La noche de San José temblaba en el colchón, tendido
sobre el suelo, ensartando avemarías. «Si al cabo entraran, decía doña
Rufina, ya le haría yo pagar a ese negro de don José María lo que nos
debe».
Su hijo fué a estudiar medicina. La madre le acompañó a Valladolid; a
su cargo corría todo lo del chico. Cuando acabó la carrera pensaron por
un momento dejar la tienda; pero _Solitaña_ sin ella hubiera muerto de
fiebre, como un oso blanco trasportado al África ecuatorial.
Vino el terremoto de los Osunas, y cuando las obligaciones bambolearon,
crujió todo y cayeron entre ruinas de oro familias enteras, se encontró
_Solitaña_ una mañana lluviosa y fría con que aquel papel era papel
mojado y lo remojó con lágrimas. Bajó mustio a la tienda y siguió su
vida.
Su hijo se colocó en una aldea y aquel día dió don Roque un suspiro
de satisfacción. Murió su mujer, y el pobre hombre, al subir las
escaleras, que temblaban bajo sus pies y sentir la lluvia, que azotaba
las ventanas, lloraba en silencio con la cabeza hundida en la almohada.
Enfermó. Poco antes de morir le llevaron el Viático, y cuando el
sacerdote empezó la letanía, el pobre _Solitaña_, con la cabeza hundida
en la almohada, lanzaba con labios trémulos unos imperceptibles _orá
por nobis_, que se desvanecían lánguidamente en la alcoba, que estaba
entonces como ascua de oro y llena de tibio olor a cera. Murió; su hijo
le lloró el tiempo que sus quehaceres y sus amores le dejaron libre;
quedó en el aire el hueco que al morir deja un mosquito, y el alma de
_Solitaña_ voló a la montaña eterna, a pedir al Pastor, él, que siempre
había vivido a la sombra, que nos traiga buen sol para hoy, para mañana
y para siempre.
¡Bienaventurados los mansos!
BONIFACIO
Bonifacio vivió buscándose y murió sin haberse hallado; como el barón
del cuento creía que tirándose de las orejas se sacaría del pozo.
Era un muchacho, por su desgracia, listo, empeñadísimo en ser original
y parecer extravagante, hasta tal punto, que dejaba de hacer lo que
hacían otros por la misma razón que éstos lo hacen: porque ven hacerlo.
Empeñado en distinguirse de los hombres, no conseguía dejar de serlo.
Yo no quiero hacer ningún retrato; declaro que Bonifacio es un sér
fantástico que vive en el mundo inteligible del buen Kant, una especie
de quinto cielo; pero la verdad es que cada vez que pienso en Bonifacio
siento angustia y se me oprime el pecho.
¿Cuál será mi aptitud? se preguntaba Bonifacio a solas.
Escribió versos y los rompió por no hallarlos bastante originales:
éstos recordaban los de tal poeta, aquéllos los de cual otro; le
parecía cursi manifestarse sentimental, más cursi aún romántico (¿qué
quiere decir romántico?), mucho más cursi, escéptico y soberanamente
cursi, desesperado. Escribió unas coplas irónicas, llenas de desdén
hacia todo lo humano y lo divino, y leyéndolas un mes más tarde las
rompió, diciéndose: «¡Vaya una hiprocresía!, pero si yo no soy así».
Luego escribió otras tiernísimas en que hablaba del hogar, de su
familia, de su rincón natal, cosa de arrancar lágrimas a un canto, y
las rompió también: «Sosadas, sosadas, ¡esto es música celestial!».
¡Pobre Bonifacio! Cada mañana la luz hacía brotar de su mente un
pensamiento nuevo, que moría poco más o menos a la hora en que muere el
sol.
Bonifacio era muy alegre entre sus amigos; a solas se empeñaba en ser
triste, se tiraba con furia de las orejas; pero, ¡como si no!, siempre
tranquila la superficie del pozo y él metido allí.
Había empezado a leer muchos libros para acabar muy pocos; le gustaba
más soñar que leer. A todo escritor le reprochaba que aún le faltaba
algo, evidentemente, le faltaba algo... se parecía a otros y esto es
horrible.
¿Cuál será mi aptitud? Esto era su eterno tormento. Empezó a construir
un nuevo sistema filosófico, y ya casi terminado, echó de ver que todo
lo que él decía lo habían ya dicho otros, e hizo trizas aquellos
pliegos llenos de remiendos, borrones y añadidos.
No hubo ramo del conocimiento humano en que no se ensayase; pero
todos, absolutamente todos, ¡habían sido ya tan sobados!... ¡Había que
trabajar tanto para espigar cosas tan viejas! Luego hay una horrible
fatalidad: toda verdad descubierta se hace trivial.
¿Quién demonio daría con una verdad que eternamente chocara a los
hombres?
Bonifacio tenía buen fondo; pero él se obstinaba en buscarse en la
forma. Se le había puesto en la cabeza que llegaría a ser hombre
célebre: la cuestión era dar con el camino. El hogar, la familia, las
dichas íntimas... ¡Bah!, vulgaridades que acaban por aburrir.
A fuerza de espolear a los nervios conseguía horas nocturnas de
tristeza, se entregaba a pensamientos lúgubres que el viento fresco de
la calle arrebataba como nubes.
Cuando hablaba, se olvidaba de su papel y sacaba su alma a escena: un
alma sencilla y cándida, vulgarísima de puro humana.
Bonifacio amaba, pero con un amor mortificante, nada original.
Cualquier amor de cualquier héroe de cualquier novelucha se parecía al
suyo. La mujer es un estorbo; evidentemente corre más quien sólo se
lleva a sí mismo a cuestas que quien se lleva con su mujer. Platón,
Santo Tomás, Descartes, Kant, fueron solteros; esto le desazonaba al
pobre.
Su mayor tormento era tener que trabajar para vivir. Resulta además que
el vivir es tan vulgar y rutinario como el trabajar.
Una vez íbamos de paseo a la caída de la tarde; el pobre hombre,
desahogándose; yo, mordiendo una hoja de zarza.
--En esta vida no queda tiempo más que para vivir, me decía.
Yo le miraba con extrañeza y temor; instintivamente me aparté un poco
de él.
--Mira, seguía, unas veces soy alegre, otras triste; yo no veo las
cosas ni claras ni oscuras; pero me falta algo, yo no sé lo que me
pasa, pero algo me pasa. Dicen que estoy chiflado, que todas estas
cosas no pasan de fantasías, que soy muy raro (al decir esto le
brillaban los ojos de gusto). Todos los majaderos me desdeñan, y como
soy bueno, me veo obligado a tragar la hiel que destila mi hígado.
¡Pobre Bonifacio! No digo yo que se echó a llorar, porque sería mentir;
yo no le vi llorar, pero ignoro si se tragó las lágrimas; se han dado
casos de personas que por no entregar algún papelillo secreto se lo han
tragado, y digerido, que es peor.
Algunos días estaba tan alegre que, francamente, me parecía que había
conseguido sacarse del pozo: una alegría rarísima, extrahumana.
Bonifacio no era pesimista, Bonifacio no era optimista, Bonifacio no
era nada, nada quería ser, ni sabía lo que quería. ¡Pobre Bonifacio!
Él quería ser algo que llamara la atención, no sabía bien qué.
¿Para qué continuar un cuento tan viejo?
Cójanle ustedes a Bonifacio, denle unos cuantos martillazos por aquí
y por allí, moldéenle hasta que se pliegue a las exigencias de la
realidad, y díganme en conciencia si han conocido a Bonifacio.
Me falta hablar del fin de Bonifacio.
Respecto a éste corren dos tradiciones igualmente atendibles.
Según la una, Bonifacio acabó como había empezado, siempre el mismo,
siempre buscándose y nunca hallado; acabó como las nubes de verano:
mientras vivió hizo sombra, y cuando murió siguió alumbrando el sol su
sitio vacío.
Según otra tradición, Bonifacio, golpe aquí, golpe allí, se fué
redondeando, se casó, tuvo hijos, y cuando fué padre halló la
originalidad tan buscada, que, con ser tan común, es la más rara. Sus
últimas palabras fueron: «Conque, ¡adiós hijos míos!».
Aun hay otras tradiciones, porque éstas son como los hongos; pero
en todas ellas el fondo de verdad está exornado por mil retazos y
añadiduras.
LAS TRIBULACIONES DE SUSÍN
A JUAN ARZADUN