La desconsoladora respuesta que dio el señor ministro a la carta de la
codiciosa diamantista, puso a esta en formidable, épica irritación.
En tres días no le sacaron del cuerpo más que palabras airadas y
monosílabos rencorosos; en sus manos escribió, con sus propias uñas,
cifra lastimosa del despecho que la dominaba, y los marchantes o
compradores que por allí asomaron salieron o desollados vivos o
llamándose a engaño, con pocas ganas de volver. En la comida decretó
parvedades de la escuela del licenciado Cabra; y tales fueron, que
Aurora y Lopresti se habrían quedado en los huesos si no tuvieran la
precaución de reservar en sus respectivos escondrijos pedazos de pan y
otras cosillas de comer. Sentía la maldita Zahón odio a toda criatura
humana, y a las que más próximas tenía, hacíalas responsables de
la bofetada que le diera el ministrillo gaditano, aquel que conoció
con manguitos y la pluma en la oreja, _en la casa de los Méndez_,
allá por los años 97 y 98 del siglo pasado. Porque el hombre de las
levitas, el verdugo de frailes y monjas, el secuestrador de campanas,
no se contentaba con tomar a chacota la proposición de constituirse
en administradora de la huérfana de Negretti (con lo cual aliviaba al
señor ministro de sus cuidados), sino que la relevaba ignominiosamente
del cargo honrosísimo de custodiar y dar alimento y educación a la
niña, confiriendo estas funciones a Ildefonso Negretti, hermano de
Jenaro.
No obstante su fiereza y despecho, pasados tres días de crisis, juzgó
prudente disimular la grave herida de su amor propio, y astuta y
cautelosa reservó de la familia y de los amigos la dura respuesta de
don Juan Álvarez. Ni se le pasaba por la imaginación oponer resistencia
a las disposiciones de este, pues su naturaleza medrosa, calculista,
alma de mercader en pedrería, repugnaba el giro dramático en los actos
de la vida y todo lo que fuese ruidoso y violento. Encerrose, pues,
en una resignación torva, como gato a quien le han cortado las uñas;
esperó los acontecimientos envolviéndose en sus corcovas con cierta
dignidad, quejándose del reuma con más fuertes alaridos, elevando el
precio del quilate en los brillantes de talla superior, y extremando
los rigores con que celaba a la doncella puesta a su cuidado.
Aumentó su tristeza en aquellos días la demora de su hijo Laureano
Zahón. Había salido este de Córdoba hacia Sierra Morena; pero tales
historias en el camino le contaron de los bandidos que la infestaban,
que tomó ascos al paso de Despeñaperros y se volvió para su casa,
con idea de esperar a que saliese tropa para venir con ella. Tal
contrariedad no tuvo poca parte en la prudencia que desplegó la Zahón
después de su fracaso. Con Aura era toda sequedad y desabrimiento;
no le permitía apartarse de su lado y de su vista; no creyendo
bien guardada la casa con la fidelidad de Lopresti, se procuró dos
cancerberos más: una tal Verónica, asistenta para centinela de día, y
para vigilante nocturno, Severo Meca, dependiente de Maturana, hombre a
prueba de sobornos, incorruptible, probado en veinte años de manejo de
alhajas. Con tal guardia, y el examen y reparación que mandó hacer de
todas las llaves, cerrojos y cerraduras, se creía libre de un atropello.
Inopinadamente se presentó Hillo a comprar otra partidita de aljófar,
que regateó, poniéndose muy pesado, para encubrir con el negocio su
espionaje, y haciéndose mostrar el abanico, pidió precio, que la Zahón
fijó en setecientos cincuenta duros, ni un maravedí menos. No le fue
difícil al presbítero llevar la conversación comercial al terreno
doméstico, y se enteró de la situación, por referencia espontánea de la
despechada doña Jacoba.
—No sabe usted bien —decía, poniendo los ojos en blanco— cuánto me
agrada la resolución del _caballero ese de las campanas_, que por lo
visto tiene tiempo sobrado para atender a todo. Él sabrá lo que hace.
No estoy yo para cuidar niñas, y menos a esta diablesa dislocada, sin
respeto a nadie, ni a mí misma. Mentira me parece que ha de venir su
tío y ha de quitarme este cuidado, pues aunque tengo costumbre de
guardar cosas de precio y de asegurarlas contra ladrones, no sé cómo se
custodian estas joyas que andan y enredan, que discurren todo lo malo;
joyas que es forzoso clavar en los estuches para que no se escapen de
ellos... También le digo a usted, señor de Timoneda (con este falso
nombre había ocultado Hillo su personalidad), que si deseo perderla de
vista, no deseo menos conservarla, mientras esté aquí, libre de todo
detrimento. Quiero que su nuevo guardián la reciba en situación de
honestidad material, aunque mentalmente la haya perdido. Cuando esté
fuera de mi casa, que haga lo que quiera, que se deshonre; pero aquí
no... Esto es un sagrario, señor de Timoneda; aquí viven y han vivido
siempre el recato, la virtud. De esta casa no ha salido jamás una
piedra falsa... ¿Cómo había yo de consentir que ahora saliera?
Alabó mucho el disfrazado clérigo estos alardes, y se permitió
aconsejar a Jacoba que, lejos de estorbar, favoreciese el traspaso
de aquella joya al tío carnal, pues la tal niña le daría disgustos
muy gordos si no la echaban pronto de Madrid. Y añadió a esto tales
observaciones y noticias, que la jorobada, fácil al miedo, no necesitó
más para verse rodeada de catástrofes. Dos veces más, en diferentes
días, volvió don Pedro, regateando el abanico y haciéndose mostrar unos
topacios, que no compró; y con esto finalizaron sus averiguaciones
en la caverna de la Zahón, pues ya había adquirido los datos y
conocimientos más importantes: Aura delirante de amor; extremadas las
precauciones para evitar que se vieran los amantes, y, por fin, próximo
el arribo del tío carnal para cargar con la romántica niña y llevársela
a los quintos infiernos. Cuando esto fuera un hecho positivo, solo
restaba impedir que Calpena descubriese a dónde había ido a parar la
cabra loca; y establecida la radical separación, no era ya difícil
traer al buen camino al descarriado joven. A este le visitaba
diariamente, guardándose bien de contarle sus tratos y contubernios con
la diamantista; lo que no impidió que Calpena los supiera por aviso de
Aura, atisbadora infatigable de quién entraba y salía en la casa.
No pareciéndole aún bastante inquisitorial la incomunicación entre los
tórtolos, sometió Jacoba a escrupuloso registro al menguado Lopresti,
guardando bajo llave papeles, pluma y tinta: por su gusto habría
borrado de las costumbres humanas, como ocasionado a la desobediencia,
el arte de la escritura. No creyendo eficaces estos rigores, y
desconfiada del maltés, determinó asimismo la señora que no pusiera
los pies en la calle mientras tal situación durase, y los recados los
hacía Meca, el bárbaro y frío Meca, incapaz de aliviar una pena de
amor, aunque le dieran un brillante de talla superior por cada lágrima
que evitase. Ya se sabrá la causa de esta insensibilidad. El último
mensaje que llevar pudo Lopresti a los portales de Santa Cruz, donde
Calpena aguardaba la cartita, fue verbal y nada satisfactorio:
—Señor don Fernando —le dijo, afilando la voz más que de costumbre por
la fuerza de su congoja—, ni traigo carta, ni la traeré más: válgame la
Virgen. Estamos dejados de la mano de Dios. La señora me ha registrado
al salir, todo, señor, como si fuera yo una mujer... ¡Qué vergüenza me
ha hecho pasar, ay! Y no es lo peor que me meta las manos por entre
la ropa, haciéndome cosquillas, sino que ya no me deja salir de casa.
¡Preso yo también, sin comerlo ni beberlo!... Preso por desconfianza,
porque hago este favor a dos que se quieren... Es mi gusto, señor; es
mi único gusto servir a los amantes finos... Salgo esta tarde porque
voy por la medicina, aquí, calle Imperial... ¡Ay!, Dios mío, que no se
le volviera solimán..., y ya me despido de la bendita calle, porque
desde esta noche hace los recados ese Meca, montador que fue de la
familia, montador de piedras finas, y hoy vive de la tasa y fiel
contraste... Pues verá: la señorita, que, como enamorada, discurre
más que cien doctores, me encarga diga a usted que esta noche le
escribirá. Tiene papel y lápiz, que le he dado yo... Para mandar a su
amador la carta ha inventado una graciosa treta... Ahora tenemos allí
todas las noches a don José del Milagro. Entra... deja su sombrero en
la percha... En el forro del sombrero pondremos el papelito. ¿Qué le
parece? Lo que no inventa el amor, ni Dios lo inventa... Pues lo que
falta es que usted se haga el encontradizo con Milagro, cuando este
salga de casa; que le convide; que le entretenga hasta sacarle el
embuchado; que mañana le vuelva a convidar y a entretenerle para que
lleve la respuesta del mismo modo, y arreglárselas como pueda para
seguir trayendo y llevando papeles ensombrerados cada lunes y cada
martes... Conque ya lo sabe. Prevenido, señor... ¡Ojo al casquete!...
Adiós, don Fernandito de mi alma; no puedo entretenerme más... Si
tardo, me mata.
Véase aquí cómo fue conductor inocente de la amorosa correspondencia
el tubo grasiento y anticuado que cubría la venerable cabeza del buen
Milagro. No le fue difícil a Calpena echarle la zarpa, acechándole a la
salida de Milaneses, y le convidó a cenar (felizmente, por ser domingo,
no tenía que ir a la secretaría de Hacienda), y hablaron cuanto les dio
la gana. Concluyó Fernando por fingirse delicado de salud, y suplicar
a su amigo que le hiciese diariamente compañía en los ratos libres,
pues de ello recibiría gran consuelo. Hubo de manifestar sentimientos
contrarios a los que llenaban su alma; hizo el papel de que le pesaba
haber abandonado su destino; mostrose arrepentido de sus amores, sobre
los que hacía recaer toda la culpa de tantos infortunios, y pedía
consejo a su buen amigo sobre la conducta más propia y eficaz para
volver a la gracia de Su Excelencia. Con gran júbilo le oyó Milagro,
que de veras le apreciaba, y prometió visitarlo en el rato libre, entre
la contabilidad de la Zahón y el trabajo nocturno de la oficina.
Con tal ardid, tuvo Calpena carta fresca todas las noches. No eran
palabras amorosas lo que Milagro llevaba y traía en su sombrero; era
fuego, llamas cogidas a puñados del mismo sol. Véase la muestra:
«_De Fernando a Aura._ — Si hallamos libre el camino del cielo, al
cielo. Si no hay otro camino que el del abismo, al abismo... Todo
antes que arrastrar esta oprobiosa cadena del presidio social; todo
antes que sufrir el ultrajante despotismo de los cabos de vara que,
con el nombre de autoridades, civil, doméstica y política, cobran el
barato en este patio inmundo. Huyamos de ellos. Busquemos el aire
libre, lejos del aliento infecto de los cabos de vara. Sobre todas
las leyes, prevalece el amor, ley suprema, porque él es la creación,
el principio de las cosas».
«_De Aura a Fernando._ — Cariño, ¿verdad que me sacarás pronto
de este encierro? Con esta esperanza vivo. Cuento las horas que
me faltan para el momento dichoso en que dejaré de ver el rostro
patibulario de Jacoba Zahón. ¿Cómo no odiarla, si me priva de verte?
Si ella me asesina, ¿cómo no desear que se la trague el infierno,
como se tragó Jonás a la ballena?... digo, no: fue la ballena quien
se tragó a Jonás, y no pudo digerirlo. Tampoco el infierno digeriría
a Jacoba, y tendría que vomitarla con todas sus piedras preciosas...
Es la una de la noche: la bestia monstruosa duerme; yo velo. El amor
siempre alerta. ¿Cuándo nos echamos a volar? Quiero ser pájaro y
mirar desde lo alto de una ramita a estos pobres caracoles, que nos
quieren llevar a su paso... Una de estas noches mi desesperación
me inspiró la idea de matar a Jacoba... Estuve loca un ratito...
¿Verdad que me librarás pronto? ¿Verdad que si no nos dejan vivir,
nos mataremos? Sin ti, no quiero la vida ni la muerte. ¿Qué sería
de mí, solita dentro de la sepultura?... Voy a decirte una cosa que
no sabes... Te adoro... Tonto, no te rías... Me estoy muriendo por
vivir...».
«_De él a ella._ — Duerme tranquila; yo velaré, velaré siempre. El
sueño no quiere amistades conmigo. Si tu cárcel fuera de diamantes
y la custodiaran todos los ejércitos del mundo, de ella te sacaría
yo... Si Jacoba fuera la hidra de seis cabezas, yo se las cortaría
todas... Nunca me tuve por héroe. Ahora lo seré, porque te amo.
El amor me hace indómito; el amor me hace invulnerable. Si fuese
preciso ir hasta el crimen, hasta el crimen iré... Ser tú mía, ser
yo tuyo, es hablar con vaguedad: somos un solo ser... ¿No sientes
un solo ser en nosotros? No estamos separados, sino divididos; cada
mitad en diferente esclavitud. Pronto estará todo el ser integrado
en la libertad. Pronto te fijaré el día y hora en que debe terminar
esta doble agonía. Será sin bullicio, sin aparato; será la suma
sencillez... No puedo más. Bendiga Dios el divino fieltro en que irá
esta carta. Adiós».
«_De ella a él._ — Poquito me faltó para besar el fieltro sublime
cuando de él saqué la luz de mi vida. Pero no lo besé... No hice más
que acariciarlo... Pronto, sí, mi bien, que sea pronto. Estoy alegre,
porque tú me lo mandas. Jacoba despide de sus ojos un veneno verde,
como el rayo de las esmeraldas. Pero ya no le tengo miedo: confío
en mi caballero, a quien amo, a quien pertenezco por toda esta vida
fugaz y por la eterna...».
En este tono se escribían siempre. Arrebatado el espíritu de Calpena
a las altas cimas de la idealidad, no conocía freno. Tan profunda era
su transformación, que hasta se olvidaba de cómo fue, y de lo que
había sentido y pensado bajo la férula del buen don Narciso Vidaurre.
Aquella serenidad del alma, aquel justo medio en que blandamente
se mecía su voluntad, ¿dónde estaba? ¿Dónde la placidez clásica,
el amor de las reglas, el gusto de lo incoloro, del vivir cómodo y
bien repartido en casillas metódicas? Todo aquel mundo blanducho y
opalino se había resuelto en un orden de sentimientos y de ideas que
le asemejaba al famoso héroe de Dumas, Antony. Como este, se había
erigido en desheredado, y con los fueros de tal, en aborrecedor de
toda la sociedad; como este, no vivía más que para un amor frenético,
dispuesto a consumar, por la satisfacción de sus anhelos, las
violencias y tropelías más abominables.