XXXII

La desconsoladora respuesta que dio el señor ministro a la carta de la

codiciosa diamantista, puso a esta en formidable, épica irritación.

En tres días no le sacaron del cuerpo más que palabras airadas y

monosílabos rencorosos; en sus manos escribió, con sus propias uñas,

cifra lastimosa del despecho que la dominaba, y los marchantes o

compradores que por allí asomaron salieron o desollados vivos o

llamándose a engaño, con pocas ganas de volver. En la comida decretó

parvedades de la escuela del licenciado Cabra; y tales fueron, que

Aurora y Lopresti se habrían quedado en los huesos si no tuvieran la

precaución de reservar en sus respectivos escondrijos pedazos de pan y

otras cosillas de comer. Sentía la maldita Zahón odio a toda criatura

humana, y a las que más próximas tenía, hacíalas responsables de

la bofetada que le diera el ministrillo gaditano, aquel que conoció

con manguitos y la pluma en la oreja, _en la casa de los Méndez_,

allá por los años 97 y 98 del siglo pasado. Porque el hombre de las

levitas, el verdugo de frailes y monjas, el secuestrador de campanas,

no se contentaba con tomar a chacota la proposición de constituirse

en administradora de la huérfana de Negretti (con lo cual aliviaba al

señor ministro de sus cuidados), sino que la relevaba ignominiosamente

del cargo honrosísimo de custodiar y dar alimento y educación a la

niña, confiriendo estas funciones a Ildefonso Negretti, hermano de

Jenaro.

No obstante su fiereza y despecho, pasados tres días de crisis, juzgó

prudente disimular la grave herida de su amor propio, y astuta y

cautelosa reservó de la familia y de los amigos la dura respuesta de

don Juan Álvarez. Ni se le pasaba por la imaginación oponer resistencia

a las disposiciones de este, pues su naturaleza medrosa, calculista,

alma de mercader en pedrería, repugnaba el giro dramático en los actos

de la vida y todo lo que fuese ruidoso y violento. Encerrose, pues,

en una resignación torva, como gato a quien le han cortado las uñas;

esperó los acontecimientos envolviéndose en sus corcovas con cierta

dignidad, quejándose del reuma con más fuertes alaridos, elevando el

precio del quilate en los brillantes de talla superior, y extremando

los rigores con que celaba a la doncella puesta a su cuidado.

Aumentó su tristeza en aquellos días la demora de su hijo Laureano

Zahón. Había salido este de Córdoba hacia Sierra Morena; pero tales

historias en el camino le contaron de los bandidos que la infestaban,

que tomó ascos al paso de Despeñaperros y se volvió para su casa,

con idea de esperar a que saliese tropa para venir con ella. Tal

contrariedad no tuvo poca parte en la prudencia que desplegó la Zahón

después de su fracaso. Con Aura era toda sequedad y desabrimiento;

no le permitía apartarse de su lado y de su vista; no creyendo

bien guardada la casa con la fidelidad de Lopresti, se procuró dos

cancerberos más: una tal Verónica, asistenta para centinela de día, y

para vigilante nocturno, Severo Meca, dependiente de Maturana, hombre a

prueba de sobornos, incorruptible, probado en veinte años de manejo de

alhajas. Con tal guardia, y el examen y reparación que mandó hacer de

todas las llaves, cerrojos y cerraduras, se creía libre de un atropello.

Inopinadamente se presentó Hillo a comprar otra partidita de aljófar,

que regateó, poniéndose muy pesado, para encubrir con el negocio su

espionaje, y haciéndose mostrar el abanico, pidió precio, que la Zahón

fijó en setecientos cincuenta duros, ni un maravedí menos. No le fue

difícil al presbítero llevar la conversación comercial al terreno

doméstico, y se enteró de la situación, por referencia espontánea de la

despechada doña Jacoba.

—No sabe usted bien —decía, poniendo los ojos en blanco— cuánto me

agrada la resolución del _caballero ese de las campanas_, que por lo

visto tiene tiempo sobrado para atender a todo. Él sabrá lo que hace.

No estoy yo para cuidar niñas, y menos a esta diablesa dislocada, sin

respeto a nadie, ni a mí misma. Mentira me parece que ha de venir su

tío y ha de quitarme este cuidado, pues aunque tengo costumbre de

guardar cosas de precio y de asegurarlas contra ladrones, no sé cómo se

custodian estas joyas que andan y enredan, que discurren todo lo malo;

joyas que es forzoso clavar en los estuches para que no se escapen de

ellos... También le digo a usted, señor de Timoneda (con este falso

nombre había ocultado Hillo su personalidad), que si deseo perderla de

vista, no deseo menos conservarla, mientras esté aquí, libre de todo

detrimento. Quiero que su nuevo guardián la reciba en situación de

honestidad material, aunque mentalmente la haya perdido. Cuando esté

fuera de mi casa, que haga lo que quiera, que se deshonre; pero aquí

no... Esto es un sagrario, señor de Timoneda; aquí viven y han vivido

siempre el recato, la virtud. De esta casa no ha salido jamás una

piedra falsa... ¿Cómo había yo de consentir que ahora saliera?

Alabó mucho el disfrazado clérigo estos alardes, y se permitió

aconsejar a Jacoba que, lejos de estorbar, favoreciese el traspaso

de aquella joya al tío carnal, pues la tal niña le daría disgustos

muy gordos si no la echaban pronto de Madrid. Y añadió a esto tales

observaciones y noticias, que la jorobada, fácil al miedo, no necesitó

más para verse rodeada de catástrofes. Dos veces más, en diferentes

días, volvió don Pedro, regateando el abanico y haciéndose mostrar unos

topacios, que no compró; y con esto finalizaron sus averiguaciones

en la caverna de la Zahón, pues ya había adquirido los datos y

conocimientos más importantes: Aura delirante de amor; extremadas las

precauciones para evitar que se vieran los amantes, y, por fin, próximo

el arribo del tío carnal para cargar con la romántica niña y llevársela

a los quintos infiernos. Cuando esto fuera un hecho positivo, solo

restaba impedir que Calpena descubriese a dónde había ido a parar la

cabra loca; y establecida la radical separación, no era ya difícil

traer al buen camino al descarriado joven. A este le visitaba

diariamente, guardándose bien de contarle sus tratos y contubernios con

la diamantista; lo que no impidió que Calpena los supiera por aviso de

Aura, atisbadora infatigable de quién entraba y salía en la casa.

No pareciéndole aún bastante inquisitorial la incomunicación entre los

tórtolos, sometió Jacoba a escrupuloso registro al menguado Lopresti,

guardando bajo llave papeles, pluma y tinta: por su gusto habría

borrado de las costumbres humanas, como ocasionado a la desobediencia,

el arte de la escritura. No creyendo eficaces estos rigores, y

desconfiada del maltés, determinó asimismo la señora que no pusiera

los pies en la calle mientras tal situación durase, y los recados los

hacía Meca, el bárbaro y frío Meca, incapaz de aliviar una pena de

amor, aunque le dieran un brillante de talla superior por cada lágrima

que evitase. Ya se sabrá la causa de esta insensibilidad. El último

mensaje que llevar pudo Lopresti a los portales de Santa Cruz, donde

Calpena aguardaba la cartita, fue verbal y nada satisfactorio:

—Señor don Fernando —le dijo, afilando la voz más que de costumbre por

la fuerza de su congoja—, ni traigo carta, ni la traeré más: válgame la

Virgen. Estamos dejados de la mano de Dios. La señora me ha registrado

al salir, todo, señor, como si fuera yo una mujer... ¡Qué vergüenza me

ha hecho pasar, ay! Y no es lo peor que me meta las manos por entre

la ropa, haciéndome cosquillas, sino que ya no me deja salir de casa.

¡Preso yo también, sin comerlo ni beberlo!... Preso por desconfianza,

porque hago este favor a dos que se quieren... Es mi gusto, señor; es

mi único gusto servir a los amantes finos... Salgo esta tarde porque

voy por la medicina, aquí, calle Imperial... ¡Ay!, Dios mío, que no se

le volviera solimán..., y ya me despido de la bendita calle, porque

desde esta noche hace los recados ese Meca, montador que fue de la

familia, montador de piedras finas, y hoy vive de la tasa y fiel

contraste... Pues verá: la señorita, que, como enamorada, discurre

más que cien doctores, me encarga diga a usted que esta noche le

escribirá. Tiene papel y lápiz, que le he dado yo... Para mandar a su

amador la carta ha inventado una graciosa treta... Ahora tenemos allí

todas las noches a don José del Milagro. Entra... deja su sombrero en

la percha... En el forro del sombrero pondremos el papelito. ¿Qué le

parece? Lo que no inventa el amor, ni Dios lo inventa... Pues lo que

falta es que usted se haga el encontradizo con Milagro, cuando este

salga de casa; que le convide; que le entretenga hasta sacarle el

embuchado; que mañana le vuelva a convidar y a entretenerle para que

lleve la respuesta del mismo modo, y arreglárselas como pueda para

seguir trayendo y llevando papeles ensombrerados cada lunes y cada

martes... Conque ya lo sabe. Prevenido, señor... ¡Ojo al casquete!...

Adiós, don Fernandito de mi alma; no puedo entretenerme más... Si

tardo, me mata.

Véase aquí cómo fue conductor inocente de la amorosa correspondencia

el tubo grasiento y anticuado que cubría la venerable cabeza del buen

Milagro. No le fue difícil a Calpena echarle la zarpa, acechándole a la

salida de Milaneses, y le convidó a cenar (felizmente, por ser domingo,

no tenía que ir a la secretaría de Hacienda), y hablaron cuanto les dio

la gana. Concluyó Fernando por fingirse delicado de salud, y suplicar

a su amigo que le hiciese diariamente compañía en los ratos libres,

pues de ello recibiría gran consuelo. Hubo de manifestar sentimientos

contrarios a los que llenaban su alma; hizo el papel de que le pesaba

haber abandonado su destino; mostrose arrepentido de sus amores, sobre

los que hacía recaer toda la culpa de tantos infortunios, y pedía

consejo a su buen amigo sobre la conducta más propia y eficaz para

volver a la gracia de Su Excelencia. Con gran júbilo le oyó Milagro,

que de veras le apreciaba, y prometió visitarlo en el rato libre, entre

la contabilidad de la Zahón y el trabajo nocturno de la oficina.

Con tal ardid, tuvo Calpena carta fresca todas las noches. No eran

palabras amorosas lo que Milagro llevaba y traía en su sombrero; era

fuego, llamas cogidas a puñados del mismo sol. Véase la muestra:

«_De Fernando a Aura._ — Si hallamos libre el camino del cielo, al

cielo. Si no hay otro camino que el del abismo, al abismo... Todo

antes que arrastrar esta oprobiosa cadena del presidio social; todo

antes que sufrir el ultrajante despotismo de los cabos de vara que,

con el nombre de autoridades, civil, doméstica y política, cobran el

barato en este patio inmundo. Huyamos de ellos. Busquemos el aire

libre, lejos del aliento infecto de los cabos de vara. Sobre todas

las leyes, prevalece el amor, ley suprema, porque él es la creación,

el principio de las cosas».

«_De Aura a Fernando._ — Cariño, ¿verdad que me sacarás pronto

de este encierro? Con esta esperanza vivo. Cuento las horas que

me faltan para el momento dichoso en que dejaré de ver el rostro

patibulario de Jacoba Zahón. ¿Cómo no odiarla, si me priva de verte?

Si ella me asesina, ¿cómo no desear que se la trague el infierno,

como se tragó Jonás a la ballena?... digo, no: fue la ballena quien

se tragó a Jonás, y no pudo digerirlo. Tampoco el infierno digeriría

a Jacoba, y tendría que vomitarla con todas sus piedras preciosas...

Es la una de la noche: la bestia monstruosa duerme; yo velo. El amor

siempre alerta. ¿Cuándo nos echamos a volar? Quiero ser pájaro y

mirar desde lo alto de una ramita a estos pobres caracoles, que nos

quieren llevar a su paso... Una de estas noches mi desesperación

me inspiró la idea de matar a Jacoba... Estuve loca un ratito...

¿Verdad que me librarás pronto? ¿Verdad que si no nos dejan vivir,

nos mataremos? Sin ti, no quiero la vida ni la muerte. ¿Qué sería

de mí, solita dentro de la sepultura?... Voy a decirte una cosa que

no sabes... Te adoro... Tonto, no te rías... Me estoy muriendo por

vivir...».

«_De él a ella._ — Duerme tranquila; yo velaré, velaré siempre. El

sueño no quiere amistades conmigo. Si tu cárcel fuera de diamantes

y la custodiaran todos los ejércitos del mundo, de ella te sacaría

yo... Si Jacoba fuera la hidra de seis cabezas, yo se las cortaría

todas... Nunca me tuve por héroe. Ahora lo seré, porque te amo.

El amor me hace indómito; el amor me hace invulnerable. Si fuese

preciso ir hasta el crimen, hasta el crimen iré... Ser tú mía, ser

yo tuyo, es hablar con vaguedad: somos un solo ser... ¿No sientes

un solo ser en nosotros? No estamos separados, sino divididos; cada

mitad en diferente esclavitud. Pronto estará todo el ser integrado

en la libertad. Pronto te fijaré el día y hora en que debe terminar

esta doble agonía. Será sin bullicio, sin aparato; será la suma

sencillez... No puedo más. Bendiga Dios el divino fieltro en que irá

esta carta. Adiós».

«_De ella a él._ — Poquito me faltó para besar el fieltro sublime

cuando de él saqué la luz de mi vida. Pero no lo besé... No hice más

que acariciarlo... Pronto, sí, mi bien, que sea pronto. Estoy alegre,

porque tú me lo mandas. Jacoba despide de sus ojos un veneno verde,

como el rayo de las esmeraldas. Pero ya no le tengo miedo: confío

en mi caballero, a quien amo, a quien pertenezco por toda esta vida

fugaz y por la eterna...».

En este tono se escribían siempre. Arrebatado el espíritu de Calpena

a las altas cimas de la idealidad, no conocía freno. Tan profunda era

su transformación, que hasta se olvidaba de cómo fue, y de lo que

había sentido y pensado bajo la férula del buen don Narciso Vidaurre.

Aquella serenidad del alma, aquel justo medio en que blandamente

se mecía su voluntad, ¿dónde estaba? ¿Dónde la placidez clásica,

el amor de las reglas, el gusto de lo incoloro, del vivir cómodo y

bien repartido en casillas metódicas? Todo aquel mundo blanducho y

opalino se había resuelto en un orden de sentimientos y de ideas que

le asemejaba al famoso héroe de Dumas, Antony. Como este, se había

erigido en desheredado, y con los fueros de tal, en aborrecedor de

toda la sociedad; como este, no vivía más que para un amor frenético,

dispuesto a consumar, por la satisfacción de sus anhelos, las

violencias y tropelías más abominables.

Mendizábal · 第 34 / 36 题