Otra vez en su mesa el señor don Juan, incansable, desvelado...
Adquirida la costumbre de trasnochar, no le apuntaba el sueño hasta
la madrugada. En las altas horas de la noche sentía sus facultades
más claras, su ingenio más agudo, y extraordinariamente aumentada su
fecundidad de recursos expeditivos, de mañosas tretas, para escamotear
las dificultades antes que para vencerlas.
—Que venga Milagro.
Y al punto se presentó el buen don José con varias cartas a la firma.
Firmó Mendizábal, y entregó cuatro más que requerían contestación. Eran
todas referentes a negocios electorales. Este pedía la procuración para
sí; aquel para su pariente o amigo. Quién solicitaba humildemente;
quién reclamaba con soberbia mal envuelta en cortesía, alegando
servicios a la libertad y una larga historia bullanguera. A unos se les
contestaba con el _perdone, hermano_, a otros se ofrecían esperanzas
bien rebozaditas, y ciertos y determinados nombres sacaban tajada,
seguridades de éxito.
—Oiga usted, Milagro —dijo Su Excelencia cuando ya el funcionario se
retiraba—, hágame el favor de manifestar a su amiga de usted, a esa
cansada Zahón, que no puede ser y que no puede ser... En una larga
carta muy difusa, que no he podido leer entera..., me pide un desatino
tal, que le contestaría con un puntapié si estuviera yo en otra
posición... Pero diga usted, ¿es loca esa mujer?
—Me parece que sí... Abusa horrorosamente del _curaçao_.
—Ya... Pues le dice usted que no me maree más... No le contesto por
escrito porque tendría que tratarla con dureza..., y puede añadir que
ya sé el paradero del tío de Aurorita, Ildefonso Negretti, y que le
escribiré un día de estos para que venga a hacerse cargo de su sobrina.
No quiero que esa pobre niña permanezca más tiempo en poder de la
Zahón... ¿Y qué?... No sé quién me ha dicho que es hermosa.
—Hermosa es poco decir; es divina, señor..., pero tan romántica, que no
hay quien pueda con ella. Mejor estará con su tío que con doña Jacoba.
Otra vez solo, engolfado el pensamiento en el maremagnum político:
«Traeré un Estamento a mi gusto... La ingratitud de Galiano, la envidia
de Istúriz no prevalecerán... Yo no miro más que a la libertad, que
deseo afianzar; a la guerra, que quiero concluir a todo trance; al
país, a esta infeliz patria devorada por las malas pasiones, por tantos
odios..., pobre, sumida en la ignorancia... ¡Triste herencia la del tal
don Fernando VII! Si este señor hubiera sido de otra condición, ¡qué
bien estaríamos!... Quizás podría yo ahora desarrollar tranquilamente
mi pensamiento, madurarlo bien... Con estas prisas, allá va todo
como Dios quiere... ¡Qué lástima, señor, qué lástima!... Porque tiene
razón Caballero. ¡Cuánto mejor, en política y economía, repartir al
pueblo esta masa de bienes en vez de sacarlos al mercado! ¿La parte
de deuda que se amortiza vale más o vale menos que los intereses
territoriales que podrían crearse con ese reparto, hecho juiciosamente?
¿Es preferible el crédito circunstancial, para encontrar quien preste,
a las ventajas futuras de la buena distribución del terreno?... ¿Y qué
decir de los abusos que en las subastas pueden cometerse?... Resultará
que los caciques de los pueblos, la clase bursátil, los que poseen
ya una mediana fortuna, adquirirán bienes considerables pagándolos a
largos plazos con el mismo producto de las tierras... Y en tanto, el
pueblo agricultor y laborioso no podrá adquirir propiedad... ¡Si lo
he pensado, señor, si lo he pensado!... ¡Pero no le dan a uno tiempo
para nada!... ¡Esta política, esta vida...! No es posible, no es
posible. Que venga aquí el _Sursum corda_, y se volverá para arriba,
para el cielo, sin haber hecho nada. ¡Vivir al día, defenderse hoy de
las asechanzas de mañana, temblando siempre, sin hora segura..., y
tener que sufrir una descarga cerrada de discursos...! ¡Las dichosas
polémicas, los malditos abogados...! Y menos mal si uno contara con
tener bien cubiertas las espaldas... ¡Pero si _Palacio_ le pone a
usted en la calle el mejor día, como a un criado...! ¡Ah! Con esta
inseguridad, con esta zozobra, ¿qué planes, ni qué reformas, ni qué
soluciones grandes son posibles? Esto es un vértigo, dar quiebros al
enemigo, agarrar el poder con las dos manos, sujetarlo además con los
dientes para que los de allá no nos lo quiten... No puede ser, no
puede ser... Pero Mendizábal no se va sin realizar algo, ya que no
toda la grande obra, y le dice al país: te he quitado _treinta y seis
mil frailes_ y _diecisiete mil monjas_; te doy _cuatro mil millones,
seis mil_, para que empieces a formar un conglomerado social, fuerte y
poderoso... De mogollón lo hago... No me dan tiempo para más. Luego,
Dios dirá...».
Cambio repentino de ideas: «Se me olvidaba... Tengo que decir a Córdova
que irá la remesa de zapatos la semana que viene... y dos millones
en metálico. Lo apuntaré en la pizarra, para que no se escape de la
memoria... ¡Ya se ve..., con tal diversidad de asuntos!... ¡Pero este
Córdova!... El eterno enigma: si la reina le llama para que forme
ministerio, como cuentan por ahí, tratará de enjaretar una situación
mixta, combinando las fuerzas moderadas con las liberales... En este
caso, yo le ayudaría... ¡Pero si no puede ser; si es todo un puro
embuste de los periódicos, y de esa turbamulta de desocupados que
hormiguean en este pueblo chismoso y novelero! Córdova me dice que no
se cuente con él para nada que sea política... Y en su alocución al
ejército, bien claro lo expresa... Va uno haciéndose, insensiblemente,
a no creer nada, a considerar toda palabra de hombre... o mujer,
como un ruido del viento, como el gotear de la lluvia... Veremos
grandes cosas. El nuevo Estamento nos traerá batallas formidables.
¡Hablar, hablar y siempre hablar! Señor, en aquel Parlamento inglés
es otra cosa: discuten y votan el mensaje en un día. Son mal mirados
los oradores galanos que van a lucirse, y los abogados indigestos
y sofísticos... Debo decir también a Córdova que corre una especie
saladísima: los grandes de España le proponen para formar Gabinete...
¿Quién meterá a los grandes en camisa de once varas?... ¡Ah! También le
contaré lo que anda diciendo por ahí _don Fernando octavo_...: que la
corte se trasladará a Burgos, para estar más cerca del ejército... ¡Qué
tontería!... No creo que el _Ama_ participe del cerval miedo de sus
cortesanos». (Nuevo trazado taquigráfico en la pizarra).
Puso la mano sobre un montoncillo de cartas, algunas de las cuales aún
no estaban abiertas. Diríase que una de ellas se pegó a sus dedos. La
cogió maquinalmente, y empezó a leer por el medio: «¡Bueno está!...
(_soltando la carta con desdén_). Las Navas se me incomoda. Otro
que se tuerce... ¡Como si yo pudiese hacer procuradores a todos los
amigos de mis amigos...! Y aquí otra y otra carta pidiéndome destinos,
contadurías, administraciones, secretarías, intendencias, y... ¿Pero de
dónde, señores y amigos, de dónde voy yo a sacar tantas plazas?... ¿Y
este que se me atufa porque no le he dado privilegio en el asunto de
las campanas?... No faltaba más. Bastante tengo con los azogues, que me
darán no poca guerra cuando se abra el Estamento... ¡Dichosas campanas,
azogues malditos!... Pero estos señores no ven en el Estado más que
una vaca muy gorda y muy lechera, a cuyas ubres es ley que se agarren
todos los ambiciosos, todos los glotones, todos los hambrientos...
¿A ver esta otra carta? Ya conozco la letra... ¡Pobre duquesa de
Berry! También esta se ha echado marido morganático, y hoy es condesa
de Lucchesi Pella. Por andar menos lista que otras, ha perdido la
tutela del chiquillo..., el Delfín... A ver qué me cuenta. (_Lee
por el final_). Lo de siempre: sus hermanas no le hacen caso..., la
vituperan por la campaña desastrosa de la Vendée... (_Se ríe_). Y no le
perdonarán, no, el famoso episodio de la chimenea... (_Leyendo por el
centro_). Me da las gracias por haber admitido en el ejército español
al hermano de su esposo, el oficial napolitano Lucchesi, que recomendé
a Córdova... ¿Y qué más? Vaya, vaya con las princesas destronadas...,
parece que les hizo la boca un fraile. Ahora pide que admitamos a
otro hermanito, subteniente... ¿Por qué no les coloca en las tropas
carlistas? ¡Ah, es que allí las pagas son en papel, en ilusiones!...
Verdad que las pagas de acá... también andan como Dios quiere».
Puesta a un lado la carta, trazó con rápida mano nuevas apuntaciones
en la pizarrita, y luego extendió las demás epístolas sobre la
mesa formando abanico... Entre los sobrescritos, de muy diversa
escritura, vio uno que no se le despintaba. Sonriendo se dijo: «Quien
no te conoce, que te lea». y la sacó del semicírculo con ánimo de
someterla a cuarentena rigurosa. «Pues sí, debo leerla —pensó variando
inmediatamente de propósito, en la versatilidad de su espíritu
inquieto—; veamos qué cuenta». Era una de tantas comunicaciones de los
secretos agentes que el gobierno tenía en la frontera. Diariamente
llegaban dos o tres por diferentes conductos, y la que a la sazón leía
Su Excelencia era remitida por una tal _madame Aline_, de fantasía tan
novelesca y de tan extremado celo en el desempeño de su misión, que
cuando no había sucesos graves que referir, los sacaba de su cabeza;
y si escaseaban las maquinaciones, o no sabía la verdad de ellas,
ponía en el telar los productos más inspirados de su numen. Engañado
varias veces por los cuentos de esta poetisa del espionaje, Mendizábal
le había tomado ojeriza, y aguardaba conyuntura para suspenderla
del cargo; si ya no lo había hecho era por consideración a nuestro
embajador en París, que aún creía en ella y se fiaba de sus embustes.
«Ya te veo (_leyendo_). La historia de siempre... Que los carlistas
han recibido proposiciones de la reina... Que han llegado a Oñate
dos clérigos emisarios de _Palacio_..., los cuales se entienden con
otro clérigo de Madrid para poner en autos a doña Cristina de los
deseos y opiniones de don Carlos... Que los agentes de Aviraneta
en Olorón han entrado también en negociaciones con los facciosos,
ofreciéndoles un levantamiento en Madrid. Que al propio tiempo los
realistas franceses se proponen armarla, si Thiers se decidiera al
fin por la intervención. Que la frontera está infestada de frailes
trashumantes y perdidizos, que huyen de las degollinas de Zaragoza, y
muchos de ellos, transfigurados de la noche a la mañana, se afilian en
el ejército de Gómez o de Villarreal... Que Zaratiegui y otros andan
a la greña con los palaciegos y toda la _ojalatería_ de Oñate, y que
de tantos piques y desazones tiene la culpa el carácter despótico y
entrometido de la princesa de Beira, que de continuo pasa y repasa
la frontera, acompañada de _monsieur_ Saint-Silvain, o sola, con dos
pastores: las autoridades francesas no la molestan... Que don Carlos
se propone formar corte y ministerio de verdad, y que para presidir
el Gabinete faccioso ha venido de Londres don Juan Bautista Erro. Por
el ministerio de Gracia y Justicia andan a la greña el obispo de León
y don Wenceslao Sierra... El confesor del rey, don Juan Echevarría,
gobierna interinamente el ramo de Guerra. En medio de este grande
aparato político, en la corte apenas tienen qué comer. Don Carlos y
sus allegados van viviendo con castañas y leche... Las borrajas son el
plato de cada día, y el cocinero de Palacio discurre los diferentes
modos de poner las alubias... Por referencia de un ayuda de cámara
del Rey, que despidieron por haberle pegado una tremenda bofetada al
gentilhombre de servicio, sabe la manifestante que don Carlos se casará
en secreto con la princesa de Beira... Esta había comprado en Olorón
varios objetos de bisutería falsos para su dueño y señor, y había
vendido dos docenas de perlas magníficas, para adquirir con el producto
de ellas fusiles... También gestionaba que le vendieran dos obuses,
ofreciendo unas arracadas que posee... La comunicante las ha visto, y
no duda que Su Alteza encontrará quien por ellas le facilite un par de
cañones... Que los realistas habían logrado entenderse con Aviraneta,
ofreciéndole la Superintendencia de Policía para cuando triunfara don
Carlos..., y que últimamente se le habían enviado desde Francia papeles
que comprometían al señor Mendizábal, y al señor Caballero, y al señor
duque de Zaragoza, documentos que se publicarían en _El Jorobado_ para
armar gran escándalo...».
Aturdido ya, la cabeza mareada con este aluvión de noticias, que no
eran en su mayor parte más que repetición de anteriores informes,
don Juan echó a un lado la carta sin acabar de leerla. Por natural
encadenamiento de ideas, la mención de _El Jorobado_, papel
violentísimo, le llevó a pensar en _El Mensajero_, que también había
comenzado a atacarle, y en _El Eco del Comercio_, que ya cerdeaba...
«No es bueno que la prensa abuse de la libertad —se dijo mal humorado—.
A bien que con _El Liberal_, que fundaremos nosotros, zurraremos de
firme a los que se vengan con injurias y enredos... ¡Lástima que no
encontremos muchachos despabilados de estos que salen ahora con la
fiebre del romanticismo!... Me dice Palarea que casi todos los que
valen están ya colocados en papeles enemigos... ¡Colocados!..., me río
yo de esto. Ya vendrán, ya vendrán al reclamo...».
Apuntó algo en su pizarra, pertinente a prensa y al nuevo periódico,
y fijándose en otra carta, cuya letra menudita y elegante conocía, la
leyó al punto:
«Pepe no escribe a usted porque está consagrado hoy en cuerpo y alma
a la limpieza de sus panoplias y a la colocación de las espadas del
siglo XVII que ayer adquirió. A su gloriosa ferretería se han añadido
unas espuelas, que diz pertenecieron a Íñigo Arista; el almirez que
a doña Blanca de Borbón le servía para llamar a sus servidores en
la torre de Sigüenza, y otras quincallas magníficas... En nombre
de Pepe, y en el mío, le invito a usted a comer, mañana viernes.
Por Dios, no falte, mi buen don Juan, que tenemos mucho que hablar,
y he de contarle cosas mías muy tristes, ¡ay!... Si le sobran a
usted campanas, mande hacer rogativas porque recobre el juicio su
consecuente amiga — _Pilar_».
«¡Pobrecilla... —pensó el grande hombre, soltando la carta—, sí que es
desgraciada!... ¡Qué mundo, qué cosas!...». Y con mental propósito de
aceptar el grato convite, pasó a otro asunto..., algo de elecciones,
de una probable conferencia con Williers. Mas no tardó en distraerle
otro sobrescrito que en la rueda de cartas lucía con gruesos y algo
torcidos caracteres. Dijérase que aquella desconocida escritura le
miraba y atraerle quería, pues los ojos de don Juan se habían como
enganchado varias veces en sus letras. Habíalas visto ya y hecho
intención de abrir y leer... Por fin, picado de curiosidad, se apresuró
a satisfacerla. La carta, después del nombre y la fórmula de respeto,
empezaba con esta frase: «Soy la hija de Jenaro Negretti...». Era
bastante larga. Leídos los dos primeros párrafos, no encontró, sin
duda, el ministro interés bastante intenso en la lectura, y su mente
fugaz corrió otra vez hacia la idea política. «¡Ah, me olvidaba...
(_modulando entre dientes_), de la ley de mayorazgos! ¡Qué cabeza la
mía!... Prometió Argüelles traérmela hoy, y yo, tan torpe, que no se
lo recordé esta tarde... (_Rápida anotación en la pizarra_). Mañana
me explicará don Agustín su protección a la revista _El Mensajero_,
que publica contra mí artículos que se atribuyen a Galiano... ¡Qué
amigos, señor!... He de procurar atraer para el nuevo periódico a las
primeras plumas... Ese Espronceda, ese Larra... Todos ellos, según
dicen, viven miserablemente. Pues demos a Espronceda y a otros poetas
destinos adecuados a su mérito: las secretarías de las subdelegaciones,
plazas en las bibliotecas, si queda alguna... Dígase lo que se quiera,
la prensa no vive solo de libertad...». Cayó en profunda meditación,
cogiéndose la barbilla con las puntas de los dedos. Dio después un
palmetazo sobre la mesa, y formuló en su mente graves acusaciones
contra sí mismo: «Hubiera yo podido impedir los sangrientos sucesos
de Barcelona, que me han perjudicado enormemente... ¿En qué estabas
pensando, Juan, cuando le diste al don Eugenio Aviraneta la carta para
el general Mina? Tenemos cuartos de hora funestísimos, mortales... En
un instante se compromete una posición; una idea mala y extraviada
esteriliza miles de ideas grandiosas, fecundas...». Se pasó la mano
por la frente. Su cansancio era ya muy grande. Pensó en los pobres
empleados que por la índole de su cargo tenían que permanecer en las
oficinas a horas tan absurdas, mientras el ministro no se retirase.
Campanillazo...
—Que venga el señor Milagro. Mi capa, el coche...
Cayéndose de sueño, recibió Milagro las últimas órdenes de Su
Excelencia para el siguiente día.
—Estas cartas me las contestará usted a primera hora; las demás no son
tan urgentes. Es muy tarde. Estarán ustedes rendidos. Hasta mañana...
¡Ah!, Milagro, un momento: no me olvide lo de la Zahón... Que no puede
ser..., que... En fin, mejor será ponerle una carta. Recuérdemelo usted
mañana.
Y por engarce de ideas, ya cuando el portero le estaba poniendo la
capa, volvió presuroso hacia la mesa por recoger algo que quería
llevarse a su casa. «Soy la hija de Jenaro Negretti...». Este párrafo
inicial de la dolorida carta le andaba por el cerebro, disputando el
sitio a pensamientos de mayor bulto y gravedad. Fuese a su casa el
grande hombre, soñoliento ya, revolviendo todo el fárrago de aquella
noche: Córdova..., Galiano..., Palacio..., Ley de mayorazgos...,
campanas..., Aviraneta..., prensa..., frailes..., chiquilla de
Negretti...