¡Quién le había de decir a Fernando Calpena, cuando con un amigo vio
representar el _Antony_ en la _Porte Saint-Martin_, que aquel drama,
que entonces le pareció afectado, mentiroso, uno de tantos artificios
con que los dramaturgos amañados satisfacen el convencionalismo
teatral, había de ajustarse, traducido al castellano, a la realidad de
su pensamiento! El drama de Dumas, y el de Calpena, drama real, no se
parecían en el asunto, aunque sí mucho en la enfática desesperación
del héroe, no bien motivada, y en el ardor de su lenguaje. El odio a
la sociedad no era en él más que una repercusión hueca del criollo
de Dumas. En política había extremado bruscamente sus opiniones,
simpatizando con los revolucionarios más ciegos y brutales. Para don
Fernando no tenían derecho a la permanencia ni el gobierno aquel, ni
otro semejante, ni el trono mismo. La familia real, de cuyo seno había
nacido una espantosa guerra, que llevaba trazas de no concluir nunca,
tampoco debía continuar ligada a la suerte del país. Las disensiones
entre los hijos de Carlos IV habían convertido a España en una inmensa
jaula de locos furiosos. Por averiguar si debía reinar hembra o varón,
se vertían ríos de sangre... Y no pareciéndoles bastante sangría a
nuestros prohombres, todavía andaban a trastazos por si repartían las
mercedes del presupuesto los negros o los blancos, los amarillos o los
rojos. El propio Mendizábal, a quien siempre vio Calpena descollando
sobre la turbamulta política, se había empequeñecido a sus ojos: ya no
era el grande hombre que debía salvar y refundir la nación. Malogrados
sus propósitos por falta de constancia o malicia para llevarlos a la
realidad, resultaba perfectamente sentencioso y oportuno aplicado a él,
como a todos los del oficio, el dicho de Hillo: _No remata la suerte_.
Por otra parte, si el conocimiento de las conexiones jurídicas de
Mendizábal con Aura le indujo a mirar al ilustre gaditano con simpatía,
cuando supo que a la carta de la joven había respondido verbalmente,
por mediación de Milagro, sin darle más consuelo de su esclavitud que
la promesa de mudarla de cárcel, sacándola de las cadenas de Zahón para
ponerla en las de Negretti, la simpatía hubo de trocarse en ojeriza y
mala voluntad. Hallándose obligado a mirar por la huérfana, debió don
Juan atender en otra forma a su angustiosa solicitud. Ni de tutor ni
de caballero era esta fría respuesta: «Diga usted a esa señorita que
estoy atareadísimo y no puedo ocuparme de ella todo lo que quisiera.
He escrito a Ildefonso Negretti para que venga a recogerla. Yo hablaré
con él y le recomendaré que la cuide mucho y procure perfeccionar su
educación».
«Pues yo le aseguro a usted, señor don Juan Álvarez —decía Calpena
_in mente_, paseándose solo por las calles—, que cuando venga el tan
cacareado tío carnal para hacerse cargo de mi Aura, no la encontrará.
Aura me pertenece, y todos los Negrettis del mundo, auxiliados por
todos los Álvarez gaditanos, que no saben _rematar la suerte_, no
me la quitarán. Ahora veremos quién puede más: si Vuecencia con sus
altanerías de ministro y jefe de partido, o yo solito, inerme, sin más
fuerza que la que me da la ley de amor... Ley es esta que no entiende
ningún político, ni Vuecencia tampoco... Creerá que es como la Ley de
amortización de la Deuda, o la de redención de censos, imposiciones
y cargas... Y no necesito extremar las conjeturas, señor don _Juan
y Medio_, para ver segunda intención en su proyecto de poner a la
huérfana en manos de un Negretti, que seguramente será sumiso ejecutor
de los deseos de un amigo poderoso. ¿Tendremos aquí una comedia en que
le toque a Vuecencia el papel de tutor, de ese anciano verde, siempre
chasqueado? ¿Le seducen a Su Excelencia los viejos de Moratín? Pues
tampoco ha de valerle el hacer el don Diego, aun cuando tomara las
precauciones para asegurar un desenlace contrario al de _El sí de
las niñas_, porque aquí estoy yo para llevar las cosas a su término
natural. Y si para esto tuviera yo que pegarle a Vuecencia un tiro, se
lo pegaría, como a Negretti, si este me contrariara con malevolencia...
Por mi Aura, voy yo a las grandes y nobles virtudes, como a las más
negras demostraciones de la maldad; por mi Aura, escalo yo el cielo o
me precipito en los abismos. Nada tiene valor para mí; cuanto hay en el
universo se cifra en ella. Póngame usted entre Aura y mi voluntad todas
las llamadas leyes morales y sociales, y salto por encima de ellas; y
si quieren que pase sin saltar, pasaré, y pisaré, y si pongo el pie
sobre alguien que reviente con mi peso, quéjese al diablo, porque Dios
no ha de oírle».
Entró en casa de Hillo, con quien hablar quería. Don Pedro le esperaba:
encerráronse en el cuarto de este.
—Tu puntualidad en acudir a la cita me demuestra que el caso es
urgente. Necesitas dinero: ayer no pude dártelo; hoy te lo daré, pero
no sin condiciones.
Adivinando las terribles condiciones que su amigo, cruel usurero en
aquel caso, le impondría, Calpena sintió frío glacial en el corazón, y
en la boca todo el acíbar que suele ser producto natural de la carencia
de dinero.
—Te daré lo que necesites —prosiguió Hillo con severidad noble—;
pero has de darme garantías, seguridades de que ha de ser empleado
dignamente. Esas órdenes tengo.
—Pero usted —dijo Calpena con voz cavernosa— entiende por empleo
indigno lo que para mí es el fin más alto que se puede imaginar. No nos
entendemos.
—No nos entendemos... Yo tengo órdenes que he de cumplir estrictamente.
Para lanzarte sin freno a la perdición, necesitas oro. Es natural: sin
dinero no se puede realizar el bien... ni el mal. Para el bien tendrás
lo que quieras, Fernando: demuéstrame que quieres el bien, abandona tus
locos devaneos, y partiendo los dos de Madrid esta misma noche...
Calpena se levantó del asiento sin decir más que:
—Guarde usted su dinero... Me voy.
—Oye..., no seas tan vivo de genio. No hago más que cumplir las órdenes
que recibo... Muy dañado estás, hijo mío, cuando así me vuelves la
espalda; a mí, que te quiero como a un hermano... No, no eres digno de
esta hermosa fraternidad, ni tampoco, lo digo muy alto, ni tampoco eres
digno de la piedad suprema, del cariño lejano, escondido, para que sea
más bello, de la persona que...
Ahogado por la emoción, Hillo no pudo continuar, y se llevó ambas manos
a los ojos...
—Para que yo venere a esa persona como ella se merece sin duda —dijo
Calpena en grave desconcierto—, es preciso que..., se necesita que...
Yo la adoraré si la conozco, lo primero... Encubierta, y oponiéndose a
la felicidad de mi vida, no puedo, no puedo quererla.
Hillo le cogió de una mano, no secas aún sus lágrimas, y en grave tono
le dijo:
—Te doy mi palabra de que si haces lo que dije... Renunciar
radicalmente a ese devaneo, impropio de tu condición, y partir conmigo
de Madrid esta misma noche sin ver a nadie..., la deidad invisible
dejará de serlo... Así lo declara y promete en su última carta... Se
nos revelará..., pero es condición previa que tú..., ya sabes...
El rostro de Calpena se volvió de mármol; sus manos quedáronse heladas;
sus miradas perdieron toda luz. Miró al clérigo con estupidez; hízole
repetir la proposición. Repetida por Hillo, este añadió hasta tres
veces:
—¿Te conviene el trato?
De súbito fue acometido Fernando de un frenesí nervioso; cayó en un
sillón, mordiose los puños, contrajo todo su cuerpo, y clavando las
uñas en el brazo del sillón, prorrumpió en gritos dolorosos:
—No quiero..., no quiero... Me ofrecen un nombre a cambio de la vida.
No, no... No me hacen falta parientes; no necesito familia... Que
se vayan, que me dejen. Solo viví, solo estoy..., solo moriré...,
moriremos... ¡No quiero, no quiero...!
Cogida en las convulsas manos la cabeza, como si quisiera arrancársela,
no dijo una palabra más. Don Pedro no le veía el rostro.
—Serénate —le dijo, tocando suavemente sus cabellos, cuyos rizos
desordenados por entre los dedos salían—. Te doy tiempo para pensarlo.
La cosa es grave..., no te precipites a resolver, así... airadamente.
—¡Si está resuelto —dijo el desesperado joven incorporándose—, si no
puede ser!... ¡Si es como si me mataran!... Y francamente, no me dejo
matar..., no me conviene morir todavía.
Y puesto en pie, cogió el sombrero con gallardo ademán, mostrando en
acto tan sencillo la firmeza de su resolución. Las últimas palabras de
aquella breve conferencia fueron:
—Me equivoqué al pensar que usted podía darme... eso. Error grave fue
pedirlo. ¡Qué bochorno!... ¡Pedir lo que no es nuestro, lo que me
darían, no por favorecerme, sino por comprarme! Dígale usted a quien
sea, que no me vendo. El alma no se vende. ¿Por qué no la adquirió, en
tiempos en que fácilmente pudo hacerlo? ¡Y ahora quiere quitármela,
comprármela...! Aunque yo quisiera venderme, amigo Hillo, no podría...,
no me pertenezco... Y para concluir, guárdese usted su dinero, o
devuélvalo a quien se lo ha dado. Para mí no ha de ser. Lo que yo
necesito con urgencia, lo buscaré como pueda.
—Aguárdate..., hablemos otro poco.
—Usted puede perder el tiempo, yo no... Es inútil... Si cierra la
puerta me descolgaré por el balcón.. Quédese con Dios... No intente
seguirme... corro yo más que usted. Adiós.
Y con la presteza que estas palabras indicaban salió de la casa,
dejando a Hillo confuso y atribulado. Hubo de pasar un mediano rato
antes que el buen clérigo pudiera sacar del desorden de su mente una
idea clara y ver el derrotero más conveniente.
«No me queda duda, va a la desesperación... Loco de amor y sin dinero,
algo hará que nos dé mucho que sentir... ¿Iré tras él? ¿Pero quién
le caza? No, no, Pedro Hillo..., no te metas en cacerías peligrosas.
Yo cumplo dando la voz de alarma, como me ordenan. Ha llegado el
momento crítico, el momento del peligro supremo, que obliga a emplear
el recurso final, lo que los médicos llaman el remedio heroico. Me
han mandado que avise cuando estalle la crisis de locura, y aviso...
Pedro Hillo cumple siempre con su deber; es hombre que sabe rematar la
suerte».
Escribió una breve carta, y al punto salió para entregarla al _señor
Edipo_, que en determinada calle estaba de servicio. Hecho esto, se fue
al club de la casa de _Tepa_, donde había quedado pendiente de la noche
anterior una furiosa disputa, cuyo desenlace quería conocer. Allá fue a
parar también Calpena, sin más objeto que matar el tiempo hasta media
noche, y ver a un amigo que le había ofrecido facilitarle algún dinero.
Ya se comprende que este amigo no era poeta.
Por obra y gracia de la armonía resultante entre la exaltación de su
espíritu y la atmósfera jacobina que en _Tepa_ reinaba aquella noche,
Calpena se lanzó, sin proponérselo, a la oratoria furibunda, notas
estridentes de rabia política con juicios abominables de cosas y
personas. Sus palabras eran materia inflamable arrojadas varonilmente
en aquel rescoldo de pasiones. De una parte le aplaudían con rabia; de
otra le vituperaban. Entre don Pedro Hillo y otro señor tuvieron que
cogerle por un brazo y bajarle casi a rastras de la tribuna. Parecía
loco furioso, y su rostro echaba llamas. Después, entre el tumulto que
en torno del joven se formó, Hillo le perdió de vista. Cuatro amigos le
sacaron a la calle para que con el fresco de la noche se le despejara
la cabeza. Fueron a un café, pasearon hasta las doce, hora en que
Fernando se encaminó a su casa con el amigo que le había facilitado la
cuarta parte del dinero que creía necesitar.
Solo al fin en su cuarto y no teniendo nada que hacer, sentose en la
cama y se zambulló en el mar sin fondo de sus pensamientos. «Con poco
dinero, pero con dinero al fin, mañana será. No varío mi plan, ni tengo
que modificar las instrucciones que Aura habrá recogido esta noche en
el sombrero de Milagro. ¡Mañana...! Y a pedir de boca saldrá, pues
previsto está todo, y bien determinada la manera de sortear cualquier
peligro... Mañana, en pleno día, cuando menos lo pienses, cuando nada
temas, maldita Jacoba, soltarás tu presa... Y viviremos los que debemos
vivir, y rabiarán los que deban rabiar..., y el que quiera reventar
de ira, que reviente... Mi gusto es pisotear a la Zahón; al señor
Mendizábal, no... Está próximo a una caída ignominiosa. En Palacio
le tienen ya bien preparada la zancadilla con Istúriz y Saavedra...
¡Los dichosos políticos! No vendría mal una degollina de próceres y
patriotas, como la que se ha hecho de frailes... Pues sí, señor de
Mendizábal, bastante tiene Vuecencia con la que le están armando.
Hillo diría que ya se oye el cencerro del cabestro que viene para
conducirle al corral. Y Vuecencia matará los ocios del corral con la
educación de doncellas... A Hillo no le deseo mal alguno... Ojalá le
hicieran obispo. Bien se lo merece el pobre por su mansedumbre y buenas
intenciones... Y en cuanto a Milagro, nuestra gratitud no se contenta
con menos que con nombrarle ministro de Hacienda... Y a Lopresti, ¿cómo
le recompensaremos sus servicios?... Es facilísimo: pinche mayor de
Palacio, y además director de la Real Capilla; cocinero y tiple de Su
Majestad... De todos nos despedimos, porque espero que no hemos de
tener el gusto de ver rostros conocidos en mucho tiempo... Y que nos
persigan, que nos busquen, que nos cojan ahora... El vuelo será alto...
y luego, nuestra cueva de amor tan profunda, que a ella no llegará ni
la mirada de cernícalo de la Zahón, ni el olfato de _Edipo_...».
Por este derrumbadero vertiginoso iban sus pensamientos, cuando
llamaron con fuerte campanillazo y golpes a la puerta de la casa.
Sorprendido del ruido, y alarmado también, pues en su estado nervioso,
el vuelo de una mosca le hacía estremecer, salió Calpena a punto que
alguien abría; y vio que avanzaban hacia la puerta de su habitación
dos hombres de mala facha, los cuales con formas rudas y descorteses,
previa indagación de la personalidad, le ordenaron que se dispusiese a
salir en su grata compañía.
—¿Pero a dónde?...
—A la cárcel —dijo el más feo y bruto de la pareja, a punto que
comparecían otros dos, de uniforme, pues eran salvaguardias de la
Subdelegación.
Lo primero que se le ocurrió a Calpena fue coger una silla, con
intento de estrellarla sobre la cabeza del más próximo. Pero pronto
se abalanzaron los esbirros a trincarle del brazo, y privado de todo
movimiento, no tuvo más remedio que entregarse, maldiciendo con
terrible exclamación su fiero destino. Salieron en paños menores los
patrones y algunos huéspedes a lamentar el triste suceso; y mientras
uno se indignaba, y le consolaba otro con frase vulgar, asegurando que
todo era equivocación, los polizontes registraban la cómoda y mesa,
para llevarse cuantos papeles encontraran pertenecientes al presunto
criminal político.
Bajando entre tales sayones, taciturno, mas no resignado, devorando
la angustia y terror de su alma, don Fernando empezó a ver claro en
aquella inopinada prisión, y se dijo: «Es ella, es la _mano oculta_
quien me lleva a la cárcel».
De la calle de las Urosas al Saladero había mucho que andar. Por el
camino vio dos traillas de presos. Sin duda, el medroso gobierno,
acosado de conspiradores, viendo por todas partes misteriosos enemigos
que le acechaban en la oscuridad de las logias, o le provocaban en el
público escándalo de los cafés, había mandado echar la red. Cuando
metieron al desdichado Calpena en el patio donde debía empezar la
expiación de sus nefandos delitos, ya había llegado la primera cuerda,
en la cual vio personas de aspecto decente. Al poco rato entraron dos
racimos más, ¿y cuál no sería la sorpresa de don Fernando al vislumbrar
en uno de ellos nada menos que la venerada, inofensiva persona de don
Pedro Hillo?
En cuanto pudieron reconocerse, a la luz de los farolillos que
alumbraban los tristes grupos, corrieron el uno hacia el otro y se
dieron los brazos.
—_Tu quoque_... ¡También usted, don Pedro! —dijo Calpena con el gozo
amargo de la venganza.
—También —replicó Hillo con voz opaca, casi lloroso—. Y en verdad que
por más que me devano los sesos, no acierto a explicarme... De la cama
me sacaron estos verdugos. Comprendo que a ti... ¡A ti, sí!... Era
necesidad ponerte a la sombra.
—Yo no conspiro.
—Conspiras contra ti mismo. Yo, ni contra mí ni contra nadie... No he
hecho más que hablar mal de Mendizábal..., y eso no mucho.
—No es Mendizábal, no, quien ha tenido la humorada de juntarnos aquí:
es la _mano oculta_... ¿Tan candoroso es mi buen clérigo que no lo ve?
—¡Fernando!
—¡La invisible deidad, la tutelar, la próvida mascarita!... ¡Ah!, no
se quiere que el niño esté solo... Se teme su desesperación, se teme su
rabia...
Enorme distensión de músculos en ojos y boca declaraba el estupor del
buen presbítero.
—No está mal esto. ¿Verdad que no está mal?... Para que diga usted
ahora que no _remata_...
—¡Vaya si _remata_...!
Santander (San Quintín), agosto-septiembre de 1898.