No se abatía con los reveses el animoso espíritu de don Juan Álvarez,
ni por un tropiezo parlamentario, o por la defección de media docena
de amigos a quienes tuvo por incondicionales, dejaba de creer que su
buena estrella triunfaría de todo, llevándole al cumplimiento de las
promesas hechas a la nación. La confianza en sí mismo no le abandonaba
nunca. Formábanla el conocimiento de las energías que atesoraba
su voluntad, y los recuerdos de sus éxitos anteriores, todo ello
amalgamado con un poquito de soberbia. En su gigantesca estatura, que
dominaba los cuerpecillos de sus compañeros de Estatuto como el alto
ciprés a los helechos humildes, veía un simbolismo de la supremacía
de su voluntad. Fe ciega tenía en su entendimiento, más fecundo en
recursos sagaces, en mañosos ardides que en concepciones hondas.
Verdad que la política de entonces, como la de ahora, no era terreno
propio para lucir las supremas dotes de la inteligencia: era un arte
de triquiñuelas y de marrullerías. En la oposición sí desplegaban los
políticos una ideación fastuosa, con carácter teórico, que deslumbraba
a los papanatas del partido y a la parte de opinión neutral que toma
en serio las batallas oratorias, comúnmente sin sacar nada en limpio
de ellas; pero gobernando no eran más que unos pobres caciques, unos
manipuladores más o menos hábiles del teclado de la cosa pública, en
pro de intereses siempre inferiores a los supremos de la nación.
Cierto que Mendizábal tuvo alguna idea grande, y que su ambición, en
vez de limitarse, como la de otros, a prolongar todo lo posible las
maniobras caciquiles, picaba en los altos fines nacionales; pero no
le asistió la inteligencia en proporción de la magnitud de su deseo.
Buena es la fecundidad en arbitrios, buenos el ingenio y la travesura;
pero el perfecto hombre de Estado, _rara avis_, debe unir a tales dotes
otras de carácter sintético. La vista de Mendizábal solía percibir los
remotos ideales; pero no discernía bien el camino para llegar a ellos,
no poseía la completa y audaz visión del hombre de Estado, el cual
necesita saber mirar, sin cegarse, lo mismo al sol que al polvo.
Las trapatiestas parlamentarias de la ley electoral, que terminaron con
la derrota de don Juan de Dios, y el compromiso de proponer a la reina
la disolución de los Estamentos, quebrantaron los ánimos del primer
ministro. Verdad que la batalla había sido ruda. La cuestión electoral
fue entregada sin detenido estudio a las iniciativas de una ponencia,
compuesta de cinco procuradores mal elegidos. Todo era desconcierto,
imprevisión, ignorancia de los métodos de gobernar. Salió, pues, un
grande ciempiés, que veían con gozo los moderados. En el partido de
Mendizábal no faltaba gente práctica; pero no supo o no quiso prestarle
ayuda, ilustrándole en el procedimiento parlamentario para sacar
adelante las leyes, y el hombre pasó las de Caín en una mortal semana
de estériles y rencorosos debates. Sobre si la elección debía ser
directa o indirecta, por provincias o por distritos, sobre si se daría
o no voto a las capacidades, estuvieron aquellos hombres, como locos,
agotando toda la retórica insustancial que viene siendo la función
abusiva de los cerebros políticos, y ha concluido por esterilizarlos.
No tuvo más remedio el Jefe del Gabinete, al término de esta desdichada
campaña, que disolver los Estamentos. La reina no le puso obstáculo,
y próceres y procuradores fueron mandados a sus casas. En la brega
perdió _don Juan y Medio_ la amistad de sus dos más ardientes
defensores, Istúriz y Alcalá Galiano, en quienes ya, desde diciembre,
se columbraban las ganitas de formar rancho aparte; juego escénico
que ha llegado a constituir el resorte más rutinario y más amanerado
de nuestra fastidiosa comedia política. Aunque a Mendizábal le llegó
al alma esta defección, no por eso se acobardó, y aún soñaba con que
el nuevo Estamento le proporcionaría medios eficaces de realizar sus
grandes propósitos. Pero si no desmayaba en sus alientos y ambiciones,
físicamente se sentía fatigado, pues la tarea de los últimos días de
enero y de los comienzos de febrero fue para rendir a un gigante. Bien
se le traslucía el cansancio en la palidez del rostro, y también en la
inclinación de su cuerpo, ya no tan espigado como cuando nos vino de
Inglaterra radiante de esperanzas. El buen señor propendía más a la
meditación; gustaba de la soledad, donde pudiese ahondar en los graves
problemas que la realidad le ofrecía; mostraba menos confianza en las
personas circunstantes, y un poquito de asco de la adulación, de aquel
incienso continuo con que algunos se recomendaban a su benevolencia.
En tal situación moral y física le encontramos una noche en su
despacho, a hora muy alta de la noche, engolfado en diversos asuntos
apremiantes, queriendo resolverlos todos, y aplicando desordenadamente
su atención a este y al otro con voluble inquietud. Había comido en
casa de Seoane, retirándose después a su ministerio con varios amigos,
a quienes despidió para poder trabajar. Deslizábase el tiempo entre
la actividad febril y súbitas caídas en la sima de la meditación.
Escribía, soltaba la pluma, revolvía papeles. Su pensamiento iba de un
asunto a otro, ondulante, vagabundo, como mariposa que no sabe en qué
flor quedarse. A lo mejor se posaba en una idea y en ella permanecía,
perdiéndose en un discurrir opaco, dulce imaginar que casi tocaba en la
somnolencia.
«Este Córdova..., este Córdova... —decía entre dientes escribiendo
al general en jefe del ejército del Norte—. ¿Será cierto que es la
clave de la situación? ¿Será cierto que vivimos en el gobierno porque
nos tolera, y que moriremos cuando se canse de vernos vivos?». Y
luego escribía, interrumpiéndose a menudo para pensar los conceptos,
cosa nueva en él, pues comúnmente enjaretaba un largo escrito como
el buen nadador que aguanta mucho tiempo en las profundidades sin
tomar aliento. Antes de terminar la carta al general, la dejó para
leer párrafos de otras ya leídas, que quería recordar... Y de pronto
contemplaba con vago mirar un montoncito de cartas que aún no habían
sido abiertas: las removía, se fijaba en los sobrescritos... Apareció
de pronto un portero con dos más, y al poco rato volvió con otra que
dejó sobre la mesa, sin que el señor ministro se dignara mirarla.
Cerrando por fin los pliegos para Córdova, cayó la mente de don Juan en
un sombrío bache de ideas que le tuvieron suspenso, fija la vista en
los diferentes papeles que en la mesa había, sin ver nada. He aquí lo
que pensaba: «Olózaga acaba de decírmelo, y no me decido a creerlo...
En Palacio están hartos de mí..., estoy caído ya... Gobierno aún
porque no han encontrado el modo, decoroso para ellos, de ponerme en
la calle... Esto no puede ser. Olózaga es muy mal pensado, y tiene en
la masa de la sangre el odio a los Borbones... La reina me ha recibido
hoy con visibles muestras de aprecio... ¿Pero quién se fía...? Será
o no será sincera... ¡Dichosos reyes!... y nosotros medio locos aquí
por defenderles, por sostenerles en el trono; nosotros muriendo para
que ellos vivan... No, no es verdad que esté acordada mi caída, ni mi
sustitución por Córdova o Martínez de la Rosa. Creo en la lealtad de
Córdova..., que en su última carta, concretándose a cosas militares,
nada me dice de política... En Martínez lo creo..., de Toreno todo lo
temo; los fabricantes del Estatuto se mueren de tristeza lejos del
poder... Los señoritos esos de la _suprema inteligencia_ no acaban de
persuadirse de que el país no existe exclusivamente para ellos... El
país, _señores del anillo_, no es un fraque hecho a vuestra medida...
el país...». Estimulado al trabajo por un aguijonazo de su voluntad,
pasó la vista por otra carta, y quiso contestarla; pero no tardó en
distraerse de nuevo, pensando: «Debe de estar en lo cierto Olózaga...
Como que me lo ha dicho también Seoane... El señor don Fernando Muñoz,
a quien Romero Alpuente llama con mucha gracia _Fernando Octavo_, no se
recata para hablar pestes de mí: me llama _déspota_, y a Castroterreño
le dijo que yo soy un _Calígula_... ¡Calígula!... Este buen señor
sabe menos historia que yo. ¡Llamarme Calígula porque me apoyo en la
voluntad del pueblo, porque me inflama el amor del pueblo, porque
con y para el pueblo me propongo llevar hasta el fin mis planes...!
Aguárdese usted un poco, señor Muñoz, buen caballero y amigo mío. Gusta
usted, según dicen, de acercarse a los corrillos de las tertulias
aristocráticas y palatinas, y aplicar el oído y enterarse de lo que
charlan, para dar traslado _al Ama_, como usted dice... Pues lléguese
usted aquí y óigame esto que el _Ama_ debe saber... Juan Álvarez
Mendizábal ha caído en desgracia porque no quiere la cooperación
francesa para terminar la guerra, porque no accede ni accederá a que
_Palacio_ nos traiga acá otro duque de Angulema, que es lo que allí
pretenden...». Rápidamente giraba de un punto a otro su pensamiento...
La memoria le punzaba, haciendo dar a su atención un salto atrás. «Se
me olvidó decir a Córdova que no deje de poner diez mil bayonetas en
el Baztán..., explicarle los motivos por que prefiero la intervención
inglesa a la francesa...». Y no tardó en enlazar esta idea con otra:
«Williers me apoya, Williers no me falta. Bien claro me lo dijo anoche,
añadiendo que no recele de Córdova. Él y Córdova son uña y carne. Se
escriben todos los días... Pero me decía en París mi amigo Maury, el
poeta, que no me fíe nunca de los diplomáticos. Esta noche, charlando
en casa de Seoane, dijo aquel joven, secretario que fue de Ofalia, no
recuerdo su nombre..., dijo que Williers juega con dos cartas... Yo no
hice caso... Confío en Williers. Su apoyo es sincero. ¡Que no tenga
uno, en esta posición, un lente milagroso para ver las almas, para ver
el pensamiento de los que nos hablan!».
Y divagando siempre, encontrose frente _al Ama_, y le dijo: «Señora
Ama, para que Vuestra Majestad se ahorre el pretexto de que no hago
nada, voy a demostrar ahora que no quiero que la posteridad ignore
quién ha sido Mendizábal... Todo lo paso, menos que los niños de
las escuelas, dentro de cincuenta años, pregunten: “¿Quién fue ese
Mendizábal?...”». Buscó en la mesa un papel que le habían traído
poco antes para que lo examinara, por si deseaba corregir algo en
él, y no hallándolo tan fácilmente como creía, se impacientó. «...
Es mucho cuento... ¡Si lo tuve en mi mano hace dos minutos...! ¡Ah,
no me negará la señora reina que está influida por el embajador de
Francia...! Menudean las cartas del hijo de _Igualdad_... ¡Francia,
Francia! De allí ha venido siempre la perdición de nuestros reyes
borbónicos... ¡Francia...! ¿Pero dónde lo he puesto, señor...? Y de
los de acá, Martínez es el inspirador de Vuestra Majestad. Reconozco
lealmente que Martínez es un hombre honrado..., pero..., padre del
Estatuto, le molesta que mi personalidad anule su personalidad... Yo
no he fabricado Estatutos; pero sé hacer países... Yo no soy poeta;
pero soy hacendista, y en este momento voy a cantar una oda, que no le
cabe en la cabeza al señor Martínez..., porque yo, señor Martínez, no
sabré latín; pero sé... ¡Ah! aquí está... ¿Pero dónde te habías metido,
papel? ¿Quién te puso en este montoncito de las cartas de mujeres?...».
Fijó su atención en el largo escrito, y leyó cuidadosamente,
recreándose en cada párrafo, en cada palabra, en cada letra. El
preámbulo era frío, despiadado, cruel. El artículo primero, semejante
a una inmensa hoz, decía con aterrador laconismo: «Quedan suprimidos
todos los monasterios, conventos, colegios, congregaciones y demás
casas de comunidad o de instituto religioso de varones, inclusas las de
clérigos regulares y las de las cuatro órdenes militares existentes en
la Península, islas adyacentes y posesiones de España en África...».
Continuando la detenida lectura, algo hubo de encontrar en el artículo
quinto que no le gustaba. Trazó la enmienda entre líneas, y después
de borrar y escribir de nuevo al margen, tiró de la campanilla. A
poco de penetrar el portero y de recibir una breve orden del ministro,
presentose un señor de mezquina estatura, con anteojos de oro sobre
el huesudo caballete de su nariz de trompa; traía en la mano un papel
semejante al que don Juan de Dios acababa de leer.
—Mire usted, Sánchez —le dijo el ministro dándole el decreto—, hay
que modificar la disposición referente a los conventos de monjas que
deben quedar. No están claras las atribuciones de las juntas que
han de determinar el número de religiosas... Prevengamos las malas
interpretaciones, los abusos. Vea usted cómo he redactado el párrafo
segundo del artículo quinto... Ponerlo todo en limpio y que lo vea
Argüelles... Ese otro decreto (el que Sánchez le traía recién copiado),
no necesita más enmienda. Perfectamente claro y preciso...
Recreose también en su texto, fríamente ejecutivo, revolucionario. Como
quien no rompe un plato, el artículo primero decía: «Quedan declarados
en venta, desde ahora, todos los bienes raíces de cualquier clase que
hubiesen pertenecido a las comunidades y corporaciones religiosas
extinguidas, y los demás que hayan sido adjudicados a la nación por
cualquier título o motivo, y también los que en adelante lo fueren,
desde el acto de su adjudicación».
—¿No tenemos ya nada que corregir aquí? —preguntó el de la aventajada
nariz.
—Absolutamente nada.
—¿De modo que...?
—A la _Gaceta_ con él...
—¡A la _Gaceta_! —replicó el funcionario, recogiendo de manos de su
jefe el terrible documento.
—Daremos el otro dentro de unos días... Me lo trae usted mañana, puesto
en limpio... Y ahora... Media noche ya..., pueden ustedes retirarse...
Yo me quedaré un rato más examinando esta correspondencia... Que se
aguarde Milagro.
Volvió a quedarse solo; y tan grande excitación sentía, que tuvo
que espaciar sus ideas y sacudir sus nervios, paseándose de largo a
largo en la vasta pieza. «¡Para que digan que no hago nada!... ¡Qué
revolución, qué colosal sacudimiento!... Entrego a la clase media...
_cuatro mil millones_..., ¿qué digo? más, mucho más». Volvió a la mesa,
y rápidamente trazó algunos números... «_Seis, siete mil millones_, y
aún me quedo corto...». Mirando al espacio, quedose como en un embeleso
dulce o embriaguez financiera... Su mente se lanzaba a las presunciones
del porvenir, nadando en un océano tan revuelto como profundo, con olas
de cifras cada vez más hinchadas...