Salió don Fernando Calpena del ensayo de _Antony_ con un grave aumento
de la locura que ya por sus exaltados amores padecía, y al despedirse
de su amigo Juan Eugenio en la esquina de la calle de las Huertas, le
dijo que ni se había escrito ni se volvería a escribir un drama tan
excelente, verdadero evangelio de los desheredados a quienes oprime
la balumba del artificio social. El carpintero-poeta, cuya mente
conservaba un excelso reposo, no expresó nada en contra de tan radical
opinión; pero algo tenía que decir sin duda, solo que se lo reservaba
para más adelante, cuando los años y la experiencia le dieran la
autoridad de que entonces carecía. No hizo más que mirar a su amigo con
aquella expresión de intensísima agudeza, que conservó hasta su vejez,
y apretarle las manos. Al separarse le dijo:
—Tendré copiado el acto tercero el sábado, y en seguida podrás leerlo.
Aparece Isabel en la primera escena, vestida para la boda... Luego
entra don Rodrigo... En fin, ya lo verás. Adiós.
Y echó a correr hacia su casa, con pasito corto y vivaracho. Era
pequeñín, todo nervios, con una cara ratonil, graciosa y llena de
inteligencia, unos ojuelos que despedían lumbre, y una boca como la de
los ángeles feos, que también los hay, según dicen. Calpena le miró
alejarse, y melancólico se decía: «¿Por qué Dios no me dio a mí su
talento?... Bien podía habérmelo dado, sin quitárselo a él..., bien
podía...».
La transformación moral del enamorado joven se traslucía claramente
en lo físico: había enflaquecido; sus ojos, que antes eran hermosos
y alegres, brillaban después de la crisis con mayor hermosura, y su
alegría era extraña combinación de zozobra y delirio. Hablaba con
más viveza, amontonando ideas sobre ideas, empleando con frecuencia
imágenes felices. Vestía con elegante descuido, olvidado ya del
atildamiento presuntuoso que hacía de él un perfecto _estatuista_ en
capullo. Dejaba crecer la negra melena y la mantenía crespa, indómita,
dando a los rizos y mechones libertad para estirarse o encogerse como
quisieran. Había llegado a adquirir, con estas y otras costumbres
nuevas, un sello propio, personal, que le distinguía y señalaba entre
sus amigos. Estos eran cada día en mayor número desde que se lanzó a
la independencia, y los tomaba conforme le iban saliendo, aristócratas
o plebeyos: se mezclaba en la turbamulta humana con indecible gozo,
ávido de vivir, de ver, de apreciar y discernir, de ejercitar, en fin,
toda la energía intelectual y moral que a raudales brotaba de todas las
honduras de su alma renovada.
Hizo en aquellos días conocimiento con los Madrazos, Federico y Perico,
el uno precoz artista, el otro escritor y poeta, ambos excelentes
muchachos, entusiastas, locos por el arte y la belleza; con Ochoa,
inseparable de aquellos y cofundador de _El Artista_, para el cual
unos escribían y otros dibujaban; con Villalta, con Trueba y Cossío,
político audacísimo al par que escritor bilingüe, pues lo mismo
escribía en inglés que en español; con Dionisio Alcalá Galiano, hijo
de don Antonio, uno de los jóvenes más despiertos y más inteligentes
de aquel tiempo; con Revilla, Gonzalo Morón, Larrañaga y otros que en
la literatura, en la crítica y en la política empezaban a bullir; con
ambos Escosuras, con ambos Romeas, con Guzmán y Latorre; y al propio
tiempo intimó más con Espronceda, Mesonero, Roca de Togores, Ventura,
y otros que ya conocía. Aquella juventud, en medio de la generación
turbulenta, camorrista y sanguinaria a que pertenecía, era como un
rosal cuajado de flores en medio de un campo de cardos borriqueros,
la esperanza en medio de la desesperación, la belleza y los aromas
haciendo tolerable la fealdad mal oliente de la España de 1836.
Más firme cada día en la fe de sus amores, veía Calpena en Aura algo
más que una mujer bella, veía la mujer misma, con todas las cualidades
propias del sexo en grado superior. Por perfecta la tenía desde la
punta del pie a la última mata del cabello; perfecta era también
en su inteligencia, que exhalaba rayos; en su voluntad ardorosa,
rebelde a los términos medios; en sus caprichos, que escondían una
profunda psicología; en todo, señor, en todo, pues si Aura reía, toda
la naturaleza se alegraba con ella, y si lloraba, cielo y tierra se
cubrían de tristeza.
Pues, señor: bastantes días habían pasado desde el ensayo del _Antony_;
bastantes, sí, porque ya se había estrenado el revolucionario drama de
Dumas, cuando ocurrió lo que ahora se referirá. Ello fue al principiar
febrero, pasadas las tremolinas parlamentarias de fin de enero, cuando
se discutió la ley electoral y derrotaron al gobierno, y el señor
de Mendizábal, entre la espada y la pared, no tuvo más remedio que
disolver los Estamentos y convocar nuevas Cortes. Y como el diablo,
cuando no tiene que hacer, se entretiene en coger moscas, don Juan de
Dios, libre de la fatiga del Parlamento, que tan agobiado le traía, se
dedicó a remover el personal de su ministerio: todo era traslaciones,
cesantías, empleados que venían no se sabe de dónde; otros que se
iban a sus casas a _mascar el vacío_, como dijo un cesante de aquel
tiempo... En fin, que una tarde, hallándose Calpena en su oficina
aburridísimo, esperando ansioso la hora, antes que esta llegó un
antipático, maldecido papel... ¡Ay!, era nada menos que su traslación
a Cádiz, a las secciones recientemente creadas para la Liquidación de
Créditos. El efecto que esto le hizo fue deplorable: vio en ello la
malquerencia de un oculto enemigo, y echaba pestes contra los malos
gobiernos y contra el propio don Juan de Dios, a quien desde aquel día
retiró su admiración y cariño.
En aquel estado de amargura y rabia le encontró Hillo una mañana,
cuando de vuelta de misa disponíase a endilgar la ropa _corta_, para
echarse a la calle.
—¡Pero, chico —le dijo—, si estás de enhorabuena! Vas a Cádiz, _la
cuna de nuestras libertades_, como decís los patriotas, y allí vivirás
como un príncipe, y harás conquistas, y beberás la rica manzanilla,
y tienes ancho campo para conspirar con los Riegos de hogaño por la
Constitución del 12.
—Ni usted sabe lo que se dice, ni yo voy a Cádiz —replicó Fernando de
malísimo talante—. Pensaré de hoy a mañana lo que debo hacer, y se lo
diré a usted... Veo la mano, sí; veo la mano que en las tinieblas me ha
descargado este golpe de maza... Pero no caeré, no: si creen que voy a
desplomarme, a rendirme y a pedir perdón, se equivocan. Abur.
Se marchó con esta seca despedida, y don Pedro no volvió a verle hasta
el día siguiente. No pocas noches dormía fuera de casa. Leyendo dramas
o charlando de literatura en casa de algún amigo, se le pasaban las
horas insensiblemente, y sorprendido por la aurora en esta febril
tarea, se quedaba dormidito en un sofá o en el santo suelo, ya en el
hospedaje de Álvarez, ya en el de Pepe Díaz. También don Pedro andaba
un poco salido: entre diez y once de la mañana se vestía de paisano
y se lanzaba al divagar callejero; por tarde y noche frecuentaba los
cafés, y hacía en unos y otros diversas amistades. En el de Solís
encontró a Calpena con un chicarrón que iba cargado de dramas: le vio
desde lejos, se acercó en el momento en que salía, le fue siguiendo, y,
por fin, le dio alcance en la calle del Turco.
—Voy contigo —le dijo poniendo en práctica las instrucciones
últimamente recibidas—. Tenemos que hablar. ¿No sabes lo que ocurre?
Pues que mañana nos largamos.
—¿A dónde, mi reverendo amigo y capellán?
—A Cádiz: tengo yo también allí un asuntillo. ¡Qué oportunidad! Me
acompañas y te acompaño.
—Irá usted solo. Mejor va uno solo que mal acompañado. Yo, señor don
Pedro Hillo, no salgo de Madrid... Y no me ponga usted la cara fosca y
patibularia, porque como no es usted mi padre, ni mi tío, ni menos mi
abuelo, y tan solo es un amigo muy apreciable, yo no estoy en el caso
de que usted me riña.
—Hombre, reñirte, no —repuso Hillo con mansedumbre—. Somos tan solo
amigos, dices bien, y ninguna autoridad tengo sobre ti, como no sea la
que me dan los años. ¡Triste autoridad!... Bueno, bueno: no quieres ir
a Cádiz. _Ergo_, ¿renuncias a tu destino?
—Renuncio, sin _ergo_; presento la dimisión...; le digo al señor
Mendizábal que vaya él si quiere...
—Pues, hijo, siento hacerte una observación que te va a saber muy
mal..., pero qué remedio, es mi deber hacértela, para que medites el
caso, y resuelvas según tu libérrima voluntad... Ya leo en tu cara que
lo has adivinado. Palideces...
—Palidezco de verle a usted tan meticuloso, empleando rodeos y
perífrasis para decirme algo que podrá ser amargo y triste, pero que no
me anonada, no, señor, no me anonada...
—¿Sabes...?
—Y si no sé, sospecho... Vaya, suélteme usted pronto el rayo.
El bigardón que llevaba a cuestas mediano fardo de dramas y tragedias
en cuatro y cinco actos, con prólogo y epílogo, comprendiendo que
trataban de asunto delicado, se largó, dejándoles en su grave contienda
en medio de la calle.
—Pues lo que debía suceder ha sucedido. La deidad próvida, la dulce
enmascarada, nuestra grande amiga, nuestra...
—Hombre, acabe usted de una vez. Total, que se ha incomodado porque no
quiero ir a Cádiz. ¿Y cómo sabe mi resolución?
—No la sabe, la teme, y dice en su última carta que si no vas, no
cuentes más con ella.
—Creo —dijo Calpena con gravedad— que no falto a la gratitud
respondiendo que no acepto la protección en esa forma despótica,
altanera. Se obedece ciegamente a una madre, a un padre, aun cuando
la obediencia nos destroce el corazón; pero ¿quién puede exigir
que sacrifiquemos libertad, dignidad, vida, a los caprichos de un
fantasma? ¿Que no es fantasma dice usted? Pues que se quite la gasa,
el capuchón... Abandonado estuve, abandonado estoy... ¿Qué me ha dado
el fantasma? ¿Me ha dado un nombre? ¿Me ha dado algo más que algunos
trajes y algún dinero? ¡Y a cambio de estos beneficios, pide que me
convierta en un párvulo sin voluntad, sin iniciativa para nada! Amigo
Hillo, antes que el bienestar adquirido con una pasividad humillante,
pueril, ridícula, quiero una pobreza con dignidad... No, no entra en
mis ideas vivir de lo que se me arroja en mitad de la calle; soy joven,
no me falta inteligencia: quiero vivir por mí y para mí...
—Todo eso está muy bien —dijo el clérigo—. Quieres trabajar, lucir tus
facultades. ¡Magnífico! Pero, tonto, si con la protección del fantasma
lo harás mejor que solo y abandonado. ¿A qué luchar desesperadamente,
para sucumbir...? En cambio, con la base de tu destinito...
—No sea usted inocente, don Pedro. ¡El destinito! ¡Vivir amarrado al
pesebre de la administración! ¿Pero no comprende usted que el que una
vez prueba las facilidades de ese pesebre, ya está enviciado para toda
la vida, ya no se pertenece, ya es una máquina que los ministros paran
o echan a andar, según les acomoda? No, no me digan que sea máquina...
En los empleos tiene usted la explicación de la inercia nacional, de
esta parálisis que se traduce luego en ignorancia, en envidia, en
pobreza...
—Muy bonito como teoría..., pero...
—De esto hablamos anoche largamente Larra y yo, y renegamos de los
empleos, que son como el opio o el hastchís para esta nación viciosa,
indolente. Por mi parte, digo que antes comerán en un mismo plato
constitucionales y facciosos, antes se volverán chaquetas las levitas
de don Juan Álvarez, que yo resignarme a ser toda mi vida funcionario
público.
—Has empleado lindamente la figura que llamamos _imposible_ o
_adynaton_.
—Déjese ya de retóricas, don Pedro. ¿Cree usted que están los tiempos
para retóricas? Eso pasó. Aquí vendrá un desquiciamiento si no vienen
nuevas ideas, aire nuevo, a regenerarnos...
Y abriendo los brazos en plena calle, parados uno frente a otro, dijo a
su amigo:
—Déjeme usted ser libre, déjeme usted probar mis fuerzas... No quiero
protección anónima. Si conoce usted a la divinidad encapuchada, dígale
que quiero pertenecerme, pensar por mí mismo y poner en ejecución lo
que pienso... ¿Que me estrello? Bueno. Pues estrellado y con media
vida, podré decir: «¡Viva la independencia! ¡Viva la dignidad humana!».