XXVIII

Separáronse. A los pocos días se despidió Calpena de la casa de Méndez,

porque en su nueva vida independiente, abandonado de la invisible

protección, necesitaba aposentarse con mayor economía. Tanto Méndez

como su hija y esposa con lágrimas en los ojos viéronle salir, y le

abrumaron con amabilidades quejumbrosas, mostrando lástima de su

partida, por un _punto de quijotismo_, como decía el patrón, el cual

añadió a esta frase sanos consejos y exhortaciones atinadísimas.

—¡Vaya que dejar un empleo tan bueno por no ir a Cádiz! —clamaba doña

Cayetana, oprimiéndose el pecho, que rebotaba contra la garganta.

—Y ¿por qué no han de dejarle aquí? —decía Delfinita bizcando más el

ojo—. También es tema querer echarle de Madrid... Todo por una mala

novia...

En fin, que el hombre se fue. Hillo no se hallaba en casa cuando estas

patéticas escenas ocurrían. Y por cierto que andaba el tal curita hecho

un paseante en corte, vestidito de seglar, con bastón y sombrero de

copa, todo el santo día de mazo en calabazo, y no ciertamente en las

mejores compañías. Muchos, ignorantes de los móviles de su conducta,

le tenían por echado a perder; otros sospechaban que los jacobinos y

masones le habían seducido, atrayéndole a sus conciliábulos oscuros.

Su buen nombre eclesiástico no ganaba nada con esto; pero a él le

importaba ya una higa la opinión clerical, y todo lo que no fuera el

honrado objeto de sus trabajos y pesquisas.

Como Calpena no ocultaba su domicilio, calle de las Urosas, allá se

iba don Pedro a diferentes horas, sin dar a sus visitas apariencias

de persecución o de fisgoneo policiaco. Siempre buscaba un pretexto,

comúnmente literario, y hasta llegó a fingir que escribía un

_Florilegio de Refranes_, y que necesitaba compulsar textos muertos y

vivos. Igualmente iba en busca de Miguel de los Santos; pero siempre

con mala suerte: no se podía hacer carrera de aquel chico, dotado de

excelsas cualidades, que desvirtuaba con su pereza.

—Miguelito —le decía Hillo, que al poco tiempo de amistad ya le

tuteaba—, tú vales mucho y no serás nunca nada.

Acontecía no pocas veces que iba a buscarle a las nueve de la mañana y

le encontraba en el primer sueño. Algunos días tomaba el desayuno a las

cinco de la tarde. Con semejante vida, ¿qué había de hacer el hombre,

ni de qué le valía su grande ingenio? No concluyó jamás nada de lo que

empezaba. De sus propias obras se aburría, a fuerza de admirar las

ajenas; amaba a sus amigos entrañablemente; de sí mismo no hacía ningún

caso.

Lo que a Hillo mayormente le incomodaba era no encontrar en él eficaz

ayuda para traer a Fernando al buen camino, y siempre que de esto le

hablaba, salía el bueno de Miguelito con unas filosofías que dejaban

helado al pobre don Pedro. Quería este aplicar a todo los principios

que establecen el gobierno de los individuos por la familia, y de la

familia por el Estado, organizando una especie de colegio universal,

y Álvarez profesaba un donoso fatalismo con profundas raíces en su

mente. Sacaba de quicio al buen capellán el humorismo con que Miguel

de los Santos trataba las cosas más graves; aquella pachorra, aquel

mirar tierno con que afirmaba el imperio absoluto, soberano, de la

fatalidad. Todo pasa como debe pasar, y es inútil y ridículo pretender

desviar personas y cosas del camino que les imprime la escondida

fuerza que todo lo gobierna. De esto resulta que no debemos tomar a

pechos ningún humano incidente. Desgracia y ventura no son más que

términos de relación, convencionalismos. Así como no podemos influir

en los fenómenos meteorológicos, nos está vedado el oponernos al

fenómeno histórico, afecte a las naciones, afecte a los individuos...

Lo único que sacó en limpio don Pedro fue alguna que otra noticia

íntima referente a los amores de Calpena. La Zahón, que ya venía algo

esquinada, sin que se sepa por qué, vio con malos ojos la renuncia que

hizo Fernando de su destino: si primero le había tenido por príncipe

con disfraz, luego le tuvo por un ladino pelagatos, que husmeaba la

dote de Aura; y deseando poner punto en tales relaciones, empezó por

limitar las entrevistas de los novios y dificultar el carteo. De todo

esto resultaba la espantosa murria de Calpena en aquellos días. Su

exaltada mente le sugería sin duda proyectos audaces, caballerescos,

traduciendo a la realidad el peregrino enredo de los dramas románticos.

—¿Querrá usted creer —dijo Álvarez— que a nuestro amigo se le ha

ocurrido aplicar al caso de la calle de Milaneses el procedimiento del

narcótico? Sí..., dar a la señorita un bebedizo para que se quede tiesa

y fría, simulando la muerte... Vamos, como en _Romeo y Julieta_ y en

_Catalina Howard_, y luego cargar con la difunta, que no es difunta

más que de mentirijillas, y... ya supondrá usted lo demás. De las

distintas clases de raptos, pienso que no se le ha quedado ninguna por

estudiar..., y ya verá usted cómo sale por algún registro inesperado,

teatral, y a todos nos deja con la boca abierta.

Y mientras Miguelito poníale ante los ojos estas probables

contingencias de trágicos lances, la invisible tutora le empujaba cada

día con más apremio hacia el remolino que la voluntad y la pasión de

Calpena iban formando. En una de las últimas comunicaciones de la

_velada_, le decía entre otras cosas:

«Por Dios, no olvide usted lo que tanto le he recomendado: que le

siga a esa zahúrda donde vive, que procure por cualquier treta

ingeniosa introducirse en ella. Cuide usted de que nadie le

falte, pues su abandono no es más que aparente. Sin que él pueda

sospecharlo, páguele usted su hospedaje, y encargue a los dueños de

la casa que finjan el mal humor de todo patrón que no cobra... Y

otra cosa espero de su hidalga cooperación. Sé que se junta de noche

con los patriotas exaltados, que asiste a sus nefandas logias y a

sus ritos extravagantes. Sin duda, al verse solo y perdido, trata de

reformar el mundo, armándonos aquí otra revolución como la francesa,

con su convención, guillotina y todo... Pues es preciso, mi querido

amigo y capellán, que usted se meta también en esas logias y cavernas

endemoniadas. ¿Qué le importa a usted, si su masonismo es fingido,

y conserva en su conciencia el amor de la verdad y el desprecio

de tales majaderías? Métase usted en la boca del lobo, sin rebozo

alguno, ni temor de que le crean jacobino. Nada debe usted recelar,

pues aquí estoy yo para sacarle de cualquier mal paso. Adelante, y no

vacile en hacernos esta grande y noble caridad. A nadie tiene usted

que dar cuenta más que a Dios y a mí, y Dios sabe la rectitud con que

procede mi buen capellán, penetrando en los antros donde se forjan

las revoluciones y el ateísmo. De allí saldrá usted como entre, y si

consigue sacarme de ese y otros peores infiernos a esa querida alma

extraviada, tendrá usted dos recompensas: la temporal y la eterna».

—Bueno, señor, bueno —murmuraba don Pedro, cayendo en profundas

meditaciones.

Y al día siguiente le decía la incógnita:

«No solo le seguirá usted a todos los sitios a donde le lleve su

reciente amistad con los patriotas furibundos, sino que debe penetrar

en casa de la Zahón. Dos días llevo pensando en el medio mejor para

realizar este metimiento, y creo haber encontrado uno magnífico,

superior. Verá usted: la Zahón es socia, compinche o comadre de

Maturana, el diamantista. Maturana, corredor y traficante de alhajas

y obras de arte en toda Europa, gran perito, gran joyero, gran

chalán, posee un abanico magnífico que ha pertenecido a la Pompadour,

a la emperatriz Josefina, a Pepita Tudó, a la reina Hortensia, a

Mademoiselle Mars y a otras personas que no han adquirido celebridad.

Es pieza de gran valor histórico y artístico, y con él pensó

Maturana hacer un buen negocio ofreciendo su compra a la reina

Cristina. Pero Su Majestad, que ahora está por lo positivo y prefiere

emplear su dinero en salinas, en minas, en empresas de utilidad, le

ha ofrecido muy poco dinero, con lo cual ha estado el hombre fuera

de sí, tirándose de los pelos. Por fin, creo que se entendió con la

Zahón: han hecho un cambalache, dándole él su abanico a cambio de una

colección de perlas. Hállase, pues, hoy la hermosa obra de arte en

manos de la jorobada. Nada tiene de particular que el señor de Hillo,

variándose el nombre y fingiendo el empaque de un señor aficionado

a lo antiguo, se presente en la joyería de la calle de Milaneses,

y pida que se le muestre el abanico para comprarlo. Usted lo ve,

lo examina por un lado y otro, mira bien el país, el varillaje, el

clavillo, diciendo algo que revele al conocedor de estas cosas;

elogia la perfección del trabajo de Lefebvre y el mérito de Lancret,

pintor de la cabritilla...».

Traía después de esto la carta una prolija descripción del país, dando

noticia de todas las figuras, de sus trajes, etc., y concluía:

«Para que no se maraville mi señor don Pedro de que tan bien conozca

yo el abanico, le diré que lo he tenido en mi mano más de una vez, y

lo he mirado y remirado... Vaya, lo diré todo: esa artística joya ha

sido mía. La poseí dos años, sin que nadie lo supiera... Es decir,

alguien lo supo; pero no Maturana... Una vez que usted la vea bien,

pide precio, y cualquiera que sea, se descuelga con la muletilla

de que le parece caro, y ofrece pensarlo. Después se hace mostrar

perlas y diamantes, lo ve todo, y se retira diciendo que volverá.

Al día siguiente vuelve, y manifiesta resueltamente y sin rodeos, a

la Zahón que le compra el abanico al precio propuesto, siempre que

ella se comprometa a romper de una manera radical las relaciones

de Fernando con la chiquilla de Negretti. Esta manera radical no

puede ser otra que sacar de Madrid a esa loquinaria, y llevársela

a Córdoba o Cádiz, donde también tienen casa de comercio; pero de

tal modo y con tal sigilo efectuada la salida que no pueda Fernando

saber a dónde se la llevan, ni, por tanto, pensar en seguirla. ¿Qué

le parece, mi bondadoso capellán, este pensamiento mío? Si lo estima

feliz, mañana, cuando salga la primera vez de su casa, sobre las

diez, póngase el sombrero bien terciado al lado derecho, de modo que

le caiga sobre la ceja... Si lo encuentra mal, colóquese el susodicho

aparato tapacabezas en forma rectilínea, bien aplomado, el ala todo

lo horizontal que sea posible».

Salió Hillo al siguiente día con el sombrero bien derecho. Conceptuaba

peligroso y contraproducente el recurso del abanico para avistarse con

la Zahón; discurría que siendo esta mujer avariciosa, y además muy

ladina, si se le ofrecía dinero por el quebrantamiento de relaciones,

vería en esta oferta el reclamo de gentes poderosas. Era, pues, lógico

que, encendida su ambición, pensara en afianzar las relaciones de los

dos amantes antes que en destruirlas, o bien pediría más, mucho más que

el precio relativamente corto del histórico abanico.

«Por esta vez —se decía Hillo—, no ha sido usted, mi señora incógnita,

tan lista y perspicaz como de costumbre; y permítame que se lo exprese

con el pensamiento, ya que de otro modo no pueda expresárselo... ¡En

buena nos metíamos si esa mercachifle astuta llegara a entender que es

Fernandito en el orden social persona muy distinta de lo que parece!

Déjeme usted a mí, señora invisible, que ya me arreglaré yo para llegar

al fin que todos deseamos».

En efecto, tomadas de un platero de la Concepción Jerónima, amigo suyo,

dos lecciones de arte del diamantista, y aprendidos cuatro terminachos,

se fue a casa de la Zahón, y trató con ella, arrancándose a comprarle

unos aljófares y media docena de _rosas_, todo ello de poco valor.

En su segunda visita le habló del asunto con habilidad, enjaretando

embustes muy sutiles, para llevar al ánimo de la corcovada sentimientos

contrarios a los fines de Calpena. Harta ya Jacoba de un noviazgo que

ninguna ventaja le traía, acabó de abominar de él con las tremendas

cosas que don Pedro le dijo, y se propuso tomar sin pérdida de momento

las medidas necesarias para mandar a paseo al joven romántico, y

quitarle de la cabeza a la niña su desatinada pasión. Todo lo temía

ya. Calpena, si le dejaban, consumaría el rapto de su _Julieta_ con

todo el salero, con toda la audacia de que ofrecían ejemplos mil las

obras poéticas de aquel tiempo. Urgían, pues, resoluciones eficaces,

perentorias; despedir a don Fernando, y empaquetar a la chiquilla para

Córdoba.

Un poquitín alborotada quedó la conciencia del buen presbítero después

de su última conferencia con Jacoba, porque, en verdad, las atrocidades

que allí soltó traspasaban quizás la medida de la intriga inocente.

«¡Qué pensaría Fernando de mí —se dijo, andando taciturno hacia su

casa— si supiera que le he presentado como un desalmado hipócrita...,

si supiera, ¡ay!, que le supuse en connivencia con Luis Candelas, y

otros eminentísimos ladrones!... Pero la buena voluntad me absuelve de

esta triquiñuela, y Dios, que ve los corazones, sabe que en el mío no

hay más que amor al bien, deseo de impedir el extravío de un ilustre

caballero, llamado a grandes destinos... Creo que no solo Dios, sino

el mismo Fernando me absolverá cuando le haya pasado esta calentura...

¡Ah, y entonces los dos nos reiremos de los disparates, de las

abominaciones que dije!...».

Y a la mañana siguiente le escribía la _velada_:

«Antes de enterarme, por lo que me manifestó quien pudo observarlo,

de la postura recta de su sombrero, señor de Hillo, señal de su

desconformidad con lo que le propuse, ya había yo reconocido que

anduve muy descaminada en aquel plan de comprar con el precio

del abanico la liberación de Fernando. ¡Que despropósito! ¡Cuánto

me alegro de que usted opinara de distinto modo, según declaró su

_góndola_!... Es que con el cavilar continuo, mi cabeza se pone

a veces perdida, señor capellán, y si _dormitó el buen Homero_,

como dicen ustedes los retóricos, ¿qué extraño es que no solo

dormite yo, sino que sueñe disparates? Despejada mi razón, he visto

claro que si la diamantista huele dinero, estamos perdidos. Usted

seguramente habrá imaginado y puesto en ejecución otros artificios

por llegar al fin que anhelamos. Eso no quita que yo desee adquirir

el abanico, y lo adquiriré, Dios mediante, cuando salgamos de este

atolladero. No quiero que aquella preciosidad, que ya estuvo en mis

manos, vaya a parar a otras, ni aun a las de la misma reina. En

este anhelo mío se manifiesta la mujer más de lo que yo quisiera, y

quizás me vea usted frívola, caprichosa... Perdóneme, y cierro este

paréntesis para decirle que no desmaye, que veo cercano el peligro.

Si Fernando consigue apoderarse de Aura y desaparece, cualquiera les

coge después... ¡Y si contrariados en sus amores, enloquecidos por

la pasión, resuelven suicidarse juntos...! ¡Dios mío, qué horror!

Crea usted que esta idea me persigue desde anoche... No duermo nada

pensando en los distintos procedimientos de matarse que inventa

el romanticismo, y que los malditos poetas han puesto de moda,

infundiéndolos a la juventud exaltada, con el continuo ejemplo de

dramas y novelas... Estemos alerta... y si hay vislumbres de suicidio

mutuo, entonces, ¡ah!, entonces no hay más remedio que transigir...

Todo, todo, antes que ver morir a Fernando... Eso no, eso no...,

repito que eso no... Concluyo, mi señor capellán, advirtiéndole

que en la logia de la plazuela del Carmen andan ahora en grandes

peloteras. _Los libres_ se desatan, y en su delirio, en la fiebre

del motín y de la bullanga, ayudan a los estatuistas a derribar a

Mendizábal... Los de la _moderación_, que se traen ahora un cierto

tacto de codos con el absolutismo, se proponen no dar tiempo a _don

Juan y Medio_ para la realización de su plan de reformas. Tiran a

impedir que decrete la supresión de monacales y la venta de sus

bienes, porque calculan que con los recursos de la enajenación

se haría fuerte el hombre, rodeándose de un baluarte de plata y

oro... ¡Y esos badulaques, esos patriotas exaltados no ven que son

instrumento de los que abominan de la libertad! ¡Siempre lo mismo!...

Conque ya sabe: métase allá, y no vacile en ponerse al lado de los

que alboroten en pro de Mendizábal. No nos conviene que caiga tan

pronto don Juan: lo necesitaremos más adelante, quizás muy pronto.

Adiós, señor capellán; en sus oraciones no deje de encomendarme a

Dios».

Mendizábal · 第 30 / 36 题