Separáronse. A los pocos días se despidió Calpena de la casa de Méndez,
porque en su nueva vida independiente, abandonado de la invisible
protección, necesitaba aposentarse con mayor economía. Tanto Méndez
como su hija y esposa con lágrimas en los ojos viéronle salir, y le
abrumaron con amabilidades quejumbrosas, mostrando lástima de su
partida, por un _punto de quijotismo_, como decía el patrón, el cual
añadió a esta frase sanos consejos y exhortaciones atinadísimas.
—¡Vaya que dejar un empleo tan bueno por no ir a Cádiz! —clamaba doña
Cayetana, oprimiéndose el pecho, que rebotaba contra la garganta.
—Y ¿por qué no han de dejarle aquí? —decía Delfinita bizcando más el
ojo—. También es tema querer echarle de Madrid... Todo por una mala
novia...
En fin, que el hombre se fue. Hillo no se hallaba en casa cuando estas
patéticas escenas ocurrían. Y por cierto que andaba el tal curita hecho
un paseante en corte, vestidito de seglar, con bastón y sombrero de
copa, todo el santo día de mazo en calabazo, y no ciertamente en las
mejores compañías. Muchos, ignorantes de los móviles de su conducta,
le tenían por echado a perder; otros sospechaban que los jacobinos y
masones le habían seducido, atrayéndole a sus conciliábulos oscuros.
Su buen nombre eclesiástico no ganaba nada con esto; pero a él le
importaba ya una higa la opinión clerical, y todo lo que no fuera el
honrado objeto de sus trabajos y pesquisas.
Como Calpena no ocultaba su domicilio, calle de las Urosas, allá se
iba don Pedro a diferentes horas, sin dar a sus visitas apariencias
de persecución o de fisgoneo policiaco. Siempre buscaba un pretexto,
comúnmente literario, y hasta llegó a fingir que escribía un
_Florilegio de Refranes_, y que necesitaba compulsar textos muertos y
vivos. Igualmente iba en busca de Miguel de los Santos; pero siempre
con mala suerte: no se podía hacer carrera de aquel chico, dotado de
excelsas cualidades, que desvirtuaba con su pereza.
—Miguelito —le decía Hillo, que al poco tiempo de amistad ya le
tuteaba—, tú vales mucho y no serás nunca nada.
Acontecía no pocas veces que iba a buscarle a las nueve de la mañana y
le encontraba en el primer sueño. Algunos días tomaba el desayuno a las
cinco de la tarde. Con semejante vida, ¿qué había de hacer el hombre,
ni de qué le valía su grande ingenio? No concluyó jamás nada de lo que
empezaba. De sus propias obras se aburría, a fuerza de admirar las
ajenas; amaba a sus amigos entrañablemente; de sí mismo no hacía ningún
caso.
Lo que a Hillo mayormente le incomodaba era no encontrar en él eficaz
ayuda para traer a Fernando al buen camino, y siempre que de esto le
hablaba, salía el bueno de Miguelito con unas filosofías que dejaban
helado al pobre don Pedro. Quería este aplicar a todo los principios
que establecen el gobierno de los individuos por la familia, y de la
familia por el Estado, organizando una especie de colegio universal,
y Álvarez profesaba un donoso fatalismo con profundas raíces en su
mente. Sacaba de quicio al buen capellán el humorismo con que Miguel
de los Santos trataba las cosas más graves; aquella pachorra, aquel
mirar tierno con que afirmaba el imperio absoluto, soberano, de la
fatalidad. Todo pasa como debe pasar, y es inútil y ridículo pretender
desviar personas y cosas del camino que les imprime la escondida
fuerza que todo lo gobierna. De esto resulta que no debemos tomar a
pechos ningún humano incidente. Desgracia y ventura no son más que
términos de relación, convencionalismos. Así como no podemos influir
en los fenómenos meteorológicos, nos está vedado el oponernos al
fenómeno histórico, afecte a las naciones, afecte a los individuos...
Lo único que sacó en limpio don Pedro fue alguna que otra noticia
íntima referente a los amores de Calpena. La Zahón, que ya venía algo
esquinada, sin que se sepa por qué, vio con malos ojos la renuncia que
hizo Fernando de su destino: si primero le había tenido por príncipe
con disfraz, luego le tuvo por un ladino pelagatos, que husmeaba la
dote de Aura; y deseando poner punto en tales relaciones, empezó por
limitar las entrevistas de los novios y dificultar el carteo. De todo
esto resultaba la espantosa murria de Calpena en aquellos días. Su
exaltada mente le sugería sin duda proyectos audaces, caballerescos,
traduciendo a la realidad el peregrino enredo de los dramas románticos.
—¿Querrá usted creer —dijo Álvarez— que a nuestro amigo se le ha
ocurrido aplicar al caso de la calle de Milaneses el procedimiento del
narcótico? Sí..., dar a la señorita un bebedizo para que se quede tiesa
y fría, simulando la muerte... Vamos, como en _Romeo y Julieta_ y en
_Catalina Howard_, y luego cargar con la difunta, que no es difunta
más que de mentirijillas, y... ya supondrá usted lo demás. De las
distintas clases de raptos, pienso que no se le ha quedado ninguna por
estudiar..., y ya verá usted cómo sale por algún registro inesperado,
teatral, y a todos nos deja con la boca abierta.
Y mientras Miguelito poníale ante los ojos estas probables
contingencias de trágicos lances, la invisible tutora le empujaba cada
día con más apremio hacia el remolino que la voluntad y la pasión de
Calpena iban formando. En una de las últimas comunicaciones de la
_velada_, le decía entre otras cosas:
«Por Dios, no olvide usted lo que tanto le he recomendado: que le
siga a esa zahúrda donde vive, que procure por cualquier treta
ingeniosa introducirse en ella. Cuide usted de que nadie le
falte, pues su abandono no es más que aparente. Sin que él pueda
sospecharlo, páguele usted su hospedaje, y encargue a los dueños de
la casa que finjan el mal humor de todo patrón que no cobra... Y
otra cosa espero de su hidalga cooperación. Sé que se junta de noche
con los patriotas exaltados, que asiste a sus nefandas logias y a
sus ritos extravagantes. Sin duda, al verse solo y perdido, trata de
reformar el mundo, armándonos aquí otra revolución como la francesa,
con su convención, guillotina y todo... Pues es preciso, mi querido
amigo y capellán, que usted se meta también en esas logias y cavernas
endemoniadas. ¿Qué le importa a usted, si su masonismo es fingido,
y conserva en su conciencia el amor de la verdad y el desprecio
de tales majaderías? Métase usted en la boca del lobo, sin rebozo
alguno, ni temor de que le crean jacobino. Nada debe usted recelar,
pues aquí estoy yo para sacarle de cualquier mal paso. Adelante, y no
vacile en hacernos esta grande y noble caridad. A nadie tiene usted
que dar cuenta más que a Dios y a mí, y Dios sabe la rectitud con que
procede mi buen capellán, penetrando en los antros donde se forjan
las revoluciones y el ateísmo. De allí saldrá usted como entre, y si
consigue sacarme de ese y otros peores infiernos a esa querida alma
extraviada, tendrá usted dos recompensas: la temporal y la eterna».
—Bueno, señor, bueno —murmuraba don Pedro, cayendo en profundas
meditaciones.
Y al día siguiente le decía la incógnita:
«No solo le seguirá usted a todos los sitios a donde le lleve su
reciente amistad con los patriotas furibundos, sino que debe penetrar
en casa de la Zahón. Dos días llevo pensando en el medio mejor para
realizar este metimiento, y creo haber encontrado uno magnífico,
superior. Verá usted: la Zahón es socia, compinche o comadre de
Maturana, el diamantista. Maturana, corredor y traficante de alhajas
y obras de arte en toda Europa, gran perito, gran joyero, gran
chalán, posee un abanico magnífico que ha pertenecido a la Pompadour,
a la emperatriz Josefina, a Pepita Tudó, a la reina Hortensia, a
Mademoiselle Mars y a otras personas que no han adquirido celebridad.
Es pieza de gran valor histórico y artístico, y con él pensó
Maturana hacer un buen negocio ofreciendo su compra a la reina
Cristina. Pero Su Majestad, que ahora está por lo positivo y prefiere
emplear su dinero en salinas, en minas, en empresas de utilidad, le
ha ofrecido muy poco dinero, con lo cual ha estado el hombre fuera
de sí, tirándose de los pelos. Por fin, creo que se entendió con la
Zahón: han hecho un cambalache, dándole él su abanico a cambio de una
colección de perlas. Hállase, pues, hoy la hermosa obra de arte en
manos de la jorobada. Nada tiene de particular que el señor de Hillo,
variándose el nombre y fingiendo el empaque de un señor aficionado
a lo antiguo, se presente en la joyería de la calle de Milaneses,
y pida que se le muestre el abanico para comprarlo. Usted lo ve,
lo examina por un lado y otro, mira bien el país, el varillaje, el
clavillo, diciendo algo que revele al conocedor de estas cosas;
elogia la perfección del trabajo de Lefebvre y el mérito de Lancret,
pintor de la cabritilla...».
Traía después de esto la carta una prolija descripción del país, dando
noticia de todas las figuras, de sus trajes, etc., y concluía:
«Para que no se maraville mi señor don Pedro de que tan bien conozca
yo el abanico, le diré que lo he tenido en mi mano más de una vez, y
lo he mirado y remirado... Vaya, lo diré todo: esa artística joya ha
sido mía. La poseí dos años, sin que nadie lo supiera... Es decir,
alguien lo supo; pero no Maturana... Una vez que usted la vea bien,
pide precio, y cualquiera que sea, se descuelga con la muletilla
de que le parece caro, y ofrece pensarlo. Después se hace mostrar
perlas y diamantes, lo ve todo, y se retira diciendo que volverá.
Al día siguiente vuelve, y manifiesta resueltamente y sin rodeos, a
la Zahón que le compra el abanico al precio propuesto, siempre que
ella se comprometa a romper de una manera radical las relaciones
de Fernando con la chiquilla de Negretti. Esta manera radical no
puede ser otra que sacar de Madrid a esa loquinaria, y llevársela
a Córdoba o Cádiz, donde también tienen casa de comercio; pero de
tal modo y con tal sigilo efectuada la salida que no pueda Fernando
saber a dónde se la llevan, ni, por tanto, pensar en seguirla. ¿Qué
le parece, mi bondadoso capellán, este pensamiento mío? Si lo estima
feliz, mañana, cuando salga la primera vez de su casa, sobre las
diez, póngase el sombrero bien terciado al lado derecho, de modo que
le caiga sobre la ceja... Si lo encuentra mal, colóquese el susodicho
aparato tapacabezas en forma rectilínea, bien aplomado, el ala todo
lo horizontal que sea posible».
Salió Hillo al siguiente día con el sombrero bien derecho. Conceptuaba
peligroso y contraproducente el recurso del abanico para avistarse con
la Zahón; discurría que siendo esta mujer avariciosa, y además muy
ladina, si se le ofrecía dinero por el quebrantamiento de relaciones,
vería en esta oferta el reclamo de gentes poderosas. Era, pues, lógico
que, encendida su ambición, pensara en afianzar las relaciones de los
dos amantes antes que en destruirlas, o bien pediría más, mucho más que
el precio relativamente corto del histórico abanico.
«Por esta vez —se decía Hillo—, no ha sido usted, mi señora incógnita,
tan lista y perspicaz como de costumbre; y permítame que se lo exprese
con el pensamiento, ya que de otro modo no pueda expresárselo... ¡En
buena nos metíamos si esa mercachifle astuta llegara a entender que es
Fernandito en el orden social persona muy distinta de lo que parece!
Déjeme usted a mí, señora invisible, que ya me arreglaré yo para llegar
al fin que todos deseamos».
En efecto, tomadas de un platero de la Concepción Jerónima, amigo suyo,
dos lecciones de arte del diamantista, y aprendidos cuatro terminachos,
se fue a casa de la Zahón, y trató con ella, arrancándose a comprarle
unos aljófares y media docena de _rosas_, todo ello de poco valor.
En su segunda visita le habló del asunto con habilidad, enjaretando
embustes muy sutiles, para llevar al ánimo de la corcovada sentimientos
contrarios a los fines de Calpena. Harta ya Jacoba de un noviazgo que
ninguna ventaja le traía, acabó de abominar de él con las tremendas
cosas que don Pedro le dijo, y se propuso tomar sin pérdida de momento
las medidas necesarias para mandar a paseo al joven romántico, y
quitarle de la cabeza a la niña su desatinada pasión. Todo lo temía
ya. Calpena, si le dejaban, consumaría el rapto de su _Julieta_ con
todo el salero, con toda la audacia de que ofrecían ejemplos mil las
obras poéticas de aquel tiempo. Urgían, pues, resoluciones eficaces,
perentorias; despedir a don Fernando, y empaquetar a la chiquilla para
Córdoba.
Un poquitín alborotada quedó la conciencia del buen presbítero después
de su última conferencia con Jacoba, porque, en verdad, las atrocidades
que allí soltó traspasaban quizás la medida de la intriga inocente.
«¡Qué pensaría Fernando de mí —se dijo, andando taciturno hacia su
casa— si supiera que le he presentado como un desalmado hipócrita...,
si supiera, ¡ay!, que le supuse en connivencia con Luis Candelas, y
otros eminentísimos ladrones!... Pero la buena voluntad me absuelve de
esta triquiñuela, y Dios, que ve los corazones, sabe que en el mío no
hay más que amor al bien, deseo de impedir el extravío de un ilustre
caballero, llamado a grandes destinos... Creo que no solo Dios, sino
el mismo Fernando me absolverá cuando le haya pasado esta calentura...
¡Ah, y entonces los dos nos reiremos de los disparates, de las
abominaciones que dije!...».
Y a la mañana siguiente le escribía la _velada_:
«Antes de enterarme, por lo que me manifestó quien pudo observarlo,
de la postura recta de su sombrero, señor de Hillo, señal de su
desconformidad con lo que le propuse, ya había yo reconocido que
anduve muy descaminada en aquel plan de comprar con el precio
del abanico la liberación de Fernando. ¡Que despropósito! ¡Cuánto
me alegro de que usted opinara de distinto modo, según declaró su
_góndola_!... Es que con el cavilar continuo, mi cabeza se pone
a veces perdida, señor capellán, y si _dormitó el buen Homero_,
como dicen ustedes los retóricos, ¿qué extraño es que no solo
dormite yo, sino que sueñe disparates? Despejada mi razón, he visto
claro que si la diamantista huele dinero, estamos perdidos. Usted
seguramente habrá imaginado y puesto en ejecución otros artificios
por llegar al fin que anhelamos. Eso no quita que yo desee adquirir
el abanico, y lo adquiriré, Dios mediante, cuando salgamos de este
atolladero. No quiero que aquella preciosidad, que ya estuvo en mis
manos, vaya a parar a otras, ni aun a las de la misma reina. En
este anhelo mío se manifiesta la mujer más de lo que yo quisiera, y
quizás me vea usted frívola, caprichosa... Perdóneme, y cierro este
paréntesis para decirle que no desmaye, que veo cercano el peligro.
Si Fernando consigue apoderarse de Aura y desaparece, cualquiera les
coge después... ¡Y si contrariados en sus amores, enloquecidos por
la pasión, resuelven suicidarse juntos...! ¡Dios mío, qué horror!
Crea usted que esta idea me persigue desde anoche... No duermo nada
pensando en los distintos procedimientos de matarse que inventa
el romanticismo, y que los malditos poetas han puesto de moda,
infundiéndolos a la juventud exaltada, con el continuo ejemplo de
dramas y novelas... Estemos alerta... y si hay vislumbres de suicidio
mutuo, entonces, ¡ah!, entonces no hay más remedio que transigir...
Todo, todo, antes que ver morir a Fernando... Eso no, eso no...,
repito que eso no... Concluyo, mi señor capellán, advirtiéndole
que en la logia de la plazuela del Carmen andan ahora en grandes
peloteras. _Los libres_ se desatan, y en su delirio, en la fiebre
del motín y de la bullanga, ayudan a los estatuistas a derribar a
Mendizábal... Los de la _moderación_, que se traen ahora un cierto
tacto de codos con el absolutismo, se proponen no dar tiempo a _don
Juan y Medio_ para la realización de su plan de reformas. Tiran a
impedir que decrete la supresión de monacales y la venta de sus
bienes, porque calculan que con los recursos de la enajenación
se haría fuerte el hombre, rodeándose de un baluarte de plata y
oro... ¡Y esos badulaques, esos patriotas exaltados no ven que son
instrumento de los que abominan de la libertad! ¡Siempre lo mismo!...
Conque ya sabe: métase allá, y no vacile en ponerse al lado de los
que alboroten en pro de Mendizábal. No nos conviene que caiga tan
pronto don Juan: lo necesitaremos más adelante, quizás muy pronto.
Adiós, señor capellán; en sus oraciones no deje de encomendarme a
Dios».