Entró en aquel punto Milagro, que venía sin más objeto que hacer
asientos de facturas atrasadas, y se asombró no poco de ver aquel
aparato de festín, y a Calpena en la mesa. Pero como en aquella
casa todo era raro, y pasaban las cosas en contra de lo usual y
corriente, se guardó su sorpresa y no dijo nada. Pareció que a Fernando
contrariaba la importuna visita de su compañero de oficina; pero Aura,
más lista que la pólvora, se apresuró a tranquilizarle, diciéndole:
—Este infeliz es lo mismo que nadie, y además, también se pirra por el
_curaçao_. Le ofreceré una copita, ¿sí?
En esto propuso la señora pasar a la sala, y allá se fueron todos con
la botella por delante. Poseídos Aura y Calpena de una audacia loca,
cuyo móvil psicológico no se explicaban ni había para qué, se arrimaron
al extremo de uno de los mostradores, en el sitio menos alumbrado
por la lámpara, y a la mayor distancia posible de los bebedores de
_curaçao_. Doña Jacoba hizo plantar su sillón junto a estos, sin perder
de vista a la juventud, con quien desde su asiento a ratos hablaba,
y ordenó a Lopresti que pusiese luz en el gabinete próximo, y velas
en el piano, abriendo de par en par la comunicación de esta pieza,
la única bonita de la casa, con la sala o tienda. Milagro y Maturana
rompieron, con los primeros tragos, a hablar de política, metiendo
en ella su cucharada la Zahón, con ardientes alabanzas del primer
ministro, salvador del desdichado reino, remedio de todos nuestros
males. Y conforme aumentaban las ingestiones de bebida, la imaginación
de Maturana se lanzaba intrépida al simbolismo:
—Reina Cristina es la _Peregrina_ entre las perlas, y Méndez el
_Gran Mogol_ entre los diamantes. Carlos V es el diamante falso,
el _strass_..., tras, tras... Jacoba el _Ojo de Gato_, tallado en
_cabujón_... y tú, Milagro, eres la _Montaña de Luz_... solo que
todavía no te han tallado, hijo..., estás en bruto...
Con solo probar el delicioso licor, se le quitaban al buen Milagro
diez años de vida; y a medida que iba apurando el vasito, presentaba
síntomas diversos de exaltación cerebral. Al tercer trago le atacaba
infaliblemente una sensibilidad lacrimosa, con recuerdos tiernísimos
de su familia e invocaciones a la santa pobreza, a la caridad sublime,
a los más altos y puros ideales. Hacia el cuarto o quinto sorbo se le
iniciaba la tendencia a expresarse en forma poética, reverdeciendo las
aficiones de su edad juvenil, en la cual más le gustaba hacer versos
que comer, y era un adepto fidelísimo de la retórica que entonces se
gastaba.
—¡Ah! —decía con trémula voz, mirando al vaso—: ¡la reina..., angélica
Cristina, pía matrona!... Desde que vino de Parténope, vimos abierto
el Empíreo los buenos españoles... Cuando contemplo este doméstico
regocijo..., ¡ah!, viene a mi mente la imagen de mis pobres niños,
de mi dulce esposa, alma virtud... ¿Qué será de vosotros, _oh dulces
exuviæ_, el día en que fiera Parca me corte el hilo?... Mendizábal
tonante, aplaca el furor de Mavorte... La oliva sucede al laurel...
Somos felices... Vuelve el reino de Ceres prolífica... Comeréis, hijos
míos, blancos panes y bizcochos duros...
Doña Jacoba, sin catarlo, era atacada de somnolencia, que procuraba
vencer. En tanto, recogía cuidadosa la caja de las perlas, acomodando
en ella los paquetitos que contenían las divisiones hechas por
Maturana. Esto no le estorbaba para dirigir a la gallarda pareja estas
insinuaciones:
—Señor Calpena, cuéntenos usted algo de política... Aura, ¿por qué no
cantas?
Aprovechaban ellos las distracciones y cabezadas de la señora para
entregarse con efusión al ardiente coloquio que enlazaba sus almas, en
cláusulas cortas, balbucientes:
—¿Me había usted visto alguna vez?
—No, no... La impresión de usted en mi espíritu es antigua, eso sí...
Cuando la vi entrar por esa puerta, creí recobrar algo que se me había
perdido...
—¡Qué cosa más rara!... Esta noche, cuando subía yo la escalera, sentí
miedo, alegría y qué sé yo qué... No podía respirar..., por poco me
caigo.
—¿Y por qué pegaba usted a Lopresti?
—Es juego. Suelo darle así, con la sombrilla. A él le gusta, y
conozco yo que está de mal humor cuando no le pego. Es un perro
fiel, y me quiere con delirio. Esta tarde, al entrar, me dijo: «La
está esperando a usted un caballero muy guapo, de parte de su tío el
señor Mendizábal». Ya ve usted cuánto desatino. Me eché a reír..., y
le casqué más fuerte que otros días. ¿Oye usted? Jacoba me dice que
cante... ¿Qué debo hacer?
—Obedecerla, creo yo.
—Lo que agrade a usted haré, y nada más. ¡Qué extraño es lo que me
pasa! Hasta esta noche me ha costado siempre mucho trabajo someterme
a la voluntad de los demás. He sido voluntariosa, díscola, rebelde...
Pues ahora creo que si alguien me pegase, me alegraría, y mi mayor
gusto sería obedecer, ser mandada.
—¿Y si yo me tomase la libertad de decirle: «Aura, haga usted esto;
Aura, sería yo muy feliz si usted...?».
—¿Si yo qué...? Había de mandarme cosas buenas, las que ahora me
parecen buenas... Y también, también yo mandaría un poquito, que es muy
grato para una mujer verse obedecida. Obediencia y mandato, pienso yo
que deben ir juntos.
—Servidumbre y tiranía en una sola persona, en dos quiero decir —indicó
Calpena enteramente trastornado—. El amor nos hace dueños y esclavos
de la persona amada... Aura, esta noche, después que yo me retire..., y
mañana, mañana, ¿se acordará usted de mi?
—Se lo diré cuando vuelva.
—Según eso, ¿he de volver?...
Al llegar aquí sintió Calpena que se ponía tonto. A su primera audacia
sucedió una timidez aplanante, y no encontraba fórmula adecuada para la
expresión de sus afectos. Pero de súbito, en la tremenda revolución de
su alma, vino el golpe de osadía, y poco faltó para que diese un grito,
dejando salir, sin ningún recato ni miramiento, las llamaradas que le
abrasaban. Con su mirar fría le contuvo la Zahón... Poco después le
hizo Aura una pregunta insignificante:
—¿Cómo es su segundo apellido?
Y él replicó:
—Igual al primero... Aura, nos conviene que usted cante un poquito, y
es de todo punto indispensable que, cuando usted pase al gabinete ese
del piano, pase yo también y estos se queden aquí.
Pronto lo arregló Aura dirigiéndose a la próxima estancia y ordenando a
Fernando, desde la puerta, que tuviese la bondad de _volverle la hoja_,
pues no daba pie con bola sin mirar al papel... Y ya están allá; ya
desliza Aura sus lindísimos dedos sobre las teclas; él a su lado, sin
entender la escritura musical, hace como que atiende al papel, mira
embelesado a la divina cantora, y más embelesado aún, o transportado
al séptimo cielo, la oye. Canta ella el aria de _Semíramis, Bel raggio
lusinghier_, y después una canzoneta napolitana.
Duda Calpena si vive o muere, si duerme o vela. La voz de Aura le
penetra en el sentido como un himno de deidades lejanas, desconocidas,
apenas visibles en su envoltura de blancos cendales. A ratos siente
como un súbito rayo que le hiere, que le destroza, que le arrojaría
exánime al suelo, si un poderoso estímulo de su voluntad no le
contuviera. Desea que calle Aura; desea cogerla y llevársela consigo
en aquel mismo instante, como el hecho más natural del mundo. A su
timidez sucede una arrogancia que nada respeta, una prepotencia que
todo lo allana. Se siente capaz de saltar por encima de los obstáculos
más imponentes, y de atravesar con su hermosa conquista por entre las
multitudes, que a sus ojos se empequeñecen ya, y solo se compone de
figurillas despreciables, microscópicas... Aura sola es toda la vida,
Aura toda la ley, Aura el universo físico y moral, Aura cuanto existe
de Dios abajo.
En uno de los que podríamos llamar entreactos, el ardoroso galán,
revolviendo papeles de música, como para escoger, le dijo:
—Aura, cuando entraste esta noche y nos vimos, ¿no comprendiste que te
adoraba?
Acalorada por la turbación que al rostro en centellas le subía, Aura se
abanicó con una pieza de música. No se hizo cargo el joven de que la
había tuteado, y ella, sin parar mientes en la forma familiar usada por
primera vez, pasó maquinalmente sus dedos por las teclas.
—El piano me responde por ti, Aura —prosiguió don Fernando—; el
piano me dice que tú también me quieres, que no me dejarás morir de
desesperación... Un instante ha bastado para hacerme pasar de una vida
a otra vida, de la vida muerta a la vida viva... Si es verdad esto que
pienso, no necesitas decírmelo. Me lo confirmarás callando...
—Si callo, y tú lo dices todo..., verá Jacoba que..., que tú me
quieres, que me estás enamorando; y si hemos de hacerle creer que yo no
te quiero, porque así nos convenga..., mejor será, tontín, que hable, y
que me ría, ¿sí?... como hacen las muchachas que coquetean...
—Conviene que cantes otro poquito... Dos palabras antes del canto:
Hagamos de nuestros corazones un mundo aparte, solo para nosotros...
—Mundo aparte... —murmuró Aura con firme acento, arrojando sobre los
ojos de su amante toda la luz y el fuego de los suyos—. En un momento
hago yo toditos los mundos que quiera.
—Aura, no hables más o me muero... —dijo Calpena casi delirante,
violentándose para no gritar—, y si no me muero, te arrebato ahora
mismo de esta casa y te llevo a la mía... Canta por Dios, canta un
poquito.
—Y tú te callas... Después hablaremos.
—Un momento... ¿Dónde, cómo?
—Luego te lo diré... Silencio ahora.
Mientras cantaba con sublime expresión un trozo de la _Medea_ de
Cherubini, Jacoba y sus dos amigos, en la otra estancia, hablaban con
elogio del joven Calpena. Propiamente, la Zahón lo decía todo, y ellos,
bajo la influencia del dulce elixir que alegraba sus gastados cerebros,
apoyaban con fáciles exclamaciones y con expresivos movimientos de
cabeza las palabras de la diamantista. Maturana se había encerrado en
los monosílabos; Milagro, por el contrario, se lanzaba a la verbosidad
más desenvuelta; doña Jacoba tuvo que cogerle por un brazo, obligándole
a recobrar su asiento, y a contestar formalmente a lo que tres o cuatro
veces le había preguntado sin obtener respuesta.
—No vuelvo a admitirle a usted en mi casa —le dijo— si no me contesta
con claridad. A ver: si usted lo sabe, me lo tiene que decir... No
valen misterios conmigo.
—Señora mía —respondió don José plantándose la mano abierta sobre el
pecho—. Por el nombre que llevo, nombre ilustre si los hay; por la
salud de mis hijos, por el amor purísimo de mi esposa, digo y juro que
este mozo gallardo es hijo del mismísimo don Juan Álvarez Mendizábal,
mi augusto jefe.
—Me lo figuraba —dijo Doña Jacoba con mirada resplandeciente—. Pero me
falta saber otra cosa... ¿Y la madre?..., ¿quién es la madre?
—¡La madre!..., ¡la madre!... —murmuró Milagro como en grande
confusión, pasándose la mano por el cráneo.
—Sí, hombre..., ¿quién es la madre?
—¡La mamá!... ¡Ah!, ya recuerdo... Con el maldito néctar se le va a
uno la memoria... Pues la madre... silencio, que no nos oiga nadie...,
es... ¡una reina!
—¡Una reina! —exclamó don Carlos con espantados ojos.
—Chitón... Es un secreto... Y créanme a mí..., peligran las cabezas
de los insensatos que lo divulguen... —dijo Milagro puesto en pie,
aplicando su dedo índice a los morros alargados—. ¡Una reina!...
Chist... Aunque me amenacen de muerte, no saldrá de mi humilde labio el
nombre del reino en que reina la señora reina que...