XX

No se manifestaba en la mesa la sordidez de Jacoba Zahón, como

vulgarmente creían vecinos chismosos, y amigos desconocedores de las

interioridades de la casa. Del trato comercial procedía su fama de

avaricia, y cuanto se dijese en este terreno era poco, pues no ha

venido al mundo persona que con más cruel ahínco defendiera el ochavo.

Los del gremio la temían; gimieron siempre los parroquianos entre

sus uñas rapaces; en tratándose de negocio pingüe, no reparaba en

medios, ni había para ella compañerismo, ni delicadeza, ni caridad.

Reproducíanse en ella todas las cualidades de su marido, Bartolomé

Zahón, a quien llegó a sobrepujar en la frialdad de cálculo, en la

codicia desmedida y en la dureza de las condiciones de venta o empeño,

aprovechando siempre, sin miramiento alguno, las ocasiones ventajosas.

No perdonaba; hacía cumplir los contratos, implacable sacerdotisa de

la letra, y al propio tiempo los cumplía fielmente por su parte. Jamás

la cogió nadie en renuncio legal; jamás tuvo que ver con la justicia

humana. Vivía, pues, dentro de la estricta honradez social, del

respeto de las leyes y costumbres. No tomó nunca nada que en rigor

de derecho no fuera suyo, ni dio a nadie parte mínima de su legal

pertenencia. Con tal modo de ser se fue labrando su fama de miseria,

fundadísima en todo, menos en los cuentos que corrían acerca de la

mala vida que se daba. Como en su casa entraban pocas personas, y las

amistades y relaciones no pasaban de un círculo estrecho, pocos sabían

que la mesa de Jacoba no era escasa, que a veces era espléndida, y

que si ocurría tener que obsequiar a alguien, lo hacía con decente

abundancia y hasta con ostentación. Así queda explicado que la cena

de aquella célebre noche fuera excelente, y que Calpena la encontrase

muy superior a lo que había imaginado. Añádase que Lopresti era un

hábil cocinero, que guisaba a la italiana y a la francesa, y poseía

el secreto de algunos platos sabrosísimos a estilo de La Valette y de

Cagliari.

Por milagro de Dios, Jacoba se sintió, después de anochecer, muy

mejorada de los horrendos dolores que le habían retorcido el cuerpo, y

gozosa, renqueando de aquí para allí con el apoyo de su bastón, iba del

comedor a la cocina, o al revés; sacaba de los armarios una mantelería

riquísima (que había ido a parar allí sabe Dios cómo); exhumaba vajilla

fina, alguna hermosa pieza de plata repujada, y en fin, lo disponía

todo para lucimiento de su casa y satisfacción de su amor propio.

Dígase también que Jacoba Zahón, fuera de los asuntos mercantiles,

era bastante agradable, de mucho mundo, conocedora de los usos que

constituyen la etiqueta, de hablar ameno y correctísimo. Pero estas

cualidades, junto al mostrador, trocábanse en una ferocidad egoísta

que ponía los pelos de punta al infeliz que trataba con ella. En esto

seguía las tradiciones de su familia: no hacía más que manifestarse en

toda la plenitud de su ser, heredado de otros seres, consecuente con

lo que los Zahones llevaron siempre en la masa de la sangre. Malta en

tiempos remotos; después Mallorca, Gibraltar, Sevilla, y desde mediados

del siglo pasado, Cádiz, Córdoba y Madrid, fueron campo donde esta

planta zahónica creció con varia lozanía. Algunos se enriquecieron;

otros trabajaron con mediano fruto, y los últimos tuvieron no pocos

reveses, que remedió el tino económico de Bartolomé Zahón, y las dotes

rapaces de su mujer. En la época en que encontramos a esta señora, toda

estevadita, patizamba y hecha una calamidad, la casa no era más que

sucursal de la establecida recientemente en Córdoba por Laureano Zahón,

hijo único de doña Jacoba y su heredero. En Córdoba se había montado

un taller, y allí se acumulaba la pedrería más usual conforme a las

exigencias de una industria y comercio bastante activos. En Madrid solo

quedaba la compra y venta, la red tendida para recoger gangas, todo el

género vagabundo que siempre fluctúa en grandes poblaciones; quedaban

también valiosos préstamos con prenda, que doña Jacoba sabía hacer como

nadie, a cencerros tapados, sin pagar contribución de pestamista.

Por causa de los achaques de su madre, el Zahón de Córdoba tiraba a

suprimir completamente la casa de Madrid, llevándose todo allá, y así

lo había convenido con doña Jacoba; pero dificultaba la traslación la

plaga de bandidos y ladrones que había por entonces en Sierra Morena,

sin que justicia, ni policía, ni aun el ejército pudiesen con ellos.

El envío de alhajas se hacía muy lentamente, aprovechando coyunturas

favorables que no se presentaban todos los días. Además, doña Jacoba,

por ley de inercia, lo dificultaba también. El hábito de traficar, de

allegar dinero, podía más que todos los planes dictados por la razón:

sin darse cuenta de ello, dilataba las remesas, y cuando se proponía no

hacer más negocios, se le entraban por la puerta gangas increíbles...

En fin, que la codicia y la costumbre daban un carácter de sólida

petrificación al establecimiento de la calle de Milaneses.

De las relaciones de la Zahón con Maturana conviene dar alguna noticia.

Ya se ha visto que era don Carlos el primer perito y tasador de

pedrerías que por aquel tiempo había en España. Criado en los talleres

del gran Martínez, y trabajando de continuo para Palacio y la grandeza,

su práctica era al fin tan notoria como había sido su habilidad. Sus

viajes frecuentes le afinaron el gusto; el trato mercantil y el roce

social hicieron de él un hombre en quien la urbanidad no desmerecía

de la inteligencia. Exonerado de su cargo de diamantista de Palacio,

a la vuelta del rey, sin otro motivo aparente que la protección que

le dispensara el Príncipe de la Paz, hubo de lanzarse al comercio con

buena suerte: del 15 al 35 había reunido un buen capital. No tenía

taller, ni tienda, ni le hacían falta para nada, pues procuraba colocar

prontamente el género, y remitía sus dineros a París, a la casa del

señor Aguado, marqués de las Marismas, de su absoluta confianza.

En tiempos bastante lejanos, cuando a Jacoba no le habían salido las

corcovas que agobiaban su cuerpo y afligían su existencia, y cuando

Maturana, aunque de cuerpo chico, era un hombre de alientos, no exento

de gracia, corrieron voces de si se entendía o no se entendía con la

mujer de Bartolomé Zahón; pero todo ello fue malicia, malquerencia

de compañeros envidiosos. Siempre entró don Carlos en casa de sus

amigos con la mayor limpieza de intenciones, y si allí permanecía

largo tiempo, era por menesteres periciales y mercantiles. Vivía el

diamantista honradamente con su mujer, que nunca salió de Madrid, y

tenía dos hijas, casada la una con un teniente de la Guardia, y otra

con un capitán de lanceros.

Mirábale siempre Jacoba como un buen amigo, con quien se asociaba

en cualquier negocio que uno solo no pudiera emprender. La opinión

de Maturana en asuntos de pedrería era para ella cosa sagrada, y la

confianza entre los dos, comercialmente hablando, no se alteró jamás.

Verdad que Jacoba, como hembra envidiosa, de un egoísmo implacable, no

podía ocultar su rabia cuando Maturana hacía un buen negocio en que

ella no llevara parte, y le contradecía, le hostilizaba por todos los

medios, vengándose de su suerte con burlas y recriminaciones. Pero

esto no estorbaba para la confianza, que era incondicional, absoluta.

La Zahón le entregaba sin ningún recelo sus llaves; y él, en justa

correspondencia de esta fe ciega, le dejaba en depósito, cuando se iba

al extranjero, cosas de grandísimo valor. En suma, socios alguna vez,

rivales otras, amigos siempre.

Sentáronse a la mesa las dos damas y sus dos invitados a punto de

las nueve. Todo estaba muy bien dispuesto, aunque con un poquito de

precipitación. Pudo admirar Calpena piezas hermosísimas de porcelana y

de plata antigua; todo era heterogéneo, revelando, más que la casa del

rico, la del comerciante o el coleccionista. Uno de los candelabros,

de dos velas con guardabrisas, era evidentemente de iglesia, y había

servido en mejores días para alumbrar el Santísimo; el otro, de estrado

de casa grande; y por este estilo variaban las formas y abolengo de

cuanto allí se ostentaba. De lo que cenaron, nada había que decir, como

no fuera para elogiarlo sin reservas. Todo era bueno, con tendencias

a la condimentación italiana, y revelaba la buena mano culinaria del

atiplado maltés. La mujer, vecina del tercero, que servía, hízolo con

destreza, y Jacoba no tuvo que reprenderla más que dos veces..., por no

perder la costumbre.

Obtenida venia de sus huéspedes para no cambiar de vestido, la Zahón

ostentaba en la cabecera de la mesa su cara austriaca, su escofieta,

sus jorobas y los trapos con que las envolvía. A su derecha se sentaba

don Fernando, a su izquierda Maturana, Aura enfrente. No apartaba los

ojos, y menos el pensamiento, de la hermosa doncella el enamorado

Calpena, y pudo observar que en el comer no revelaba salvajismo ni

desconocimiento de los hábitos sociales, sino todo le contrario: «Ella

será salvaje en sus afectos, de inteligencia inculta; pero en sociedad

sabe lo suficiente para dar relieve a sus extraordinarias gracias

naturales... ¡Qué mujer, Dios mío! ¿Pero de dónde ha salido este sol

que viene a alumbrar mi vida?.. Ahora veo cuanto hay en el universo...

Antes creía ver, y no veía nada».

Entabló Maturana la conversación hablando de perlas.

—Ya le dejo a usted los tres apartados, a saber: primera calidad, en

_elencos_ y _avemarías_; segunda calidad, en aljófares, _timpanías_ y

_berruecos_, y, por último, género _muerto_. Otro día que venga yo a

buena hora pesaremos todo lo selecto, formando igualdades. En el primer

apartado tiene usted un par de perlas de perfecta redondez y oriente

superior, que juntas no pesan menos de 27 quilates. Sé quién daría

por ellas 350 duros. Las _muertas_, si usted quiere, me las llevaré

a París, donde conozco un platero que ha descubierto la manera de

devolverles la irisación por una _alquimia secreta_, en la cual entran,

según dicen, 83 drogas. Entre las _avemarías_ de segunda, veo una

tandita de iguales, lindísimas, que, si no estoy equivocado, son las

del medio collar que le cedió a usted Negretti, el papá de Aurorita.

De esto tomó pie don Fernando para llevar la conversación a la familia

de Aura, anhelando explorar aquel interesante mundo desconocido. Algo

descubrió de lo que deseaba, y otras cosas quedaron en el misterio.

Con mucha gracia describió la joven algunos pasajes de su infancia;

y respecto a su nacionalidad, que fue motivo en la mesa de grandes

controversias, dijo lo siguiente:

—Verá usted, don Fernando, el surtido de sangres que llevo en mis

venas. Mi padre era hijo de un corso y de una española, la cual, mi

abuela, era hija de portugués y catalana. ¿Qué tal? Pues voy ahora con

mi madre. Verá usted qué lío. Mi madre era hija de un francés y de una

griega, y no había nacido en ningún país, sino en medio de la mar,

viniendo sus padres de Salónica, donde tenían comercio de oro y plata.

Yo nací en un pueblo cerca de Londres, que lo llaman Rochester, y a los

tres años me llevaron a Mallorca. De niña hablaba inglés; pero luego

se me olvidó, y solo recuerdo algunas palabras. De Mallorca pasé a La

Valette, en Malta, donde hablé italiano, y volví a saber un poquito de

inglés. A los diez años, vuelta a Mallorca, después a Cádiz, y de Cádiz

a Madrid, donde me parece que estoy ahora, aunque no lo aseguro: tengo

mis dudas de que esté yo ahora donde ustedes me ven..., si es que me

ven, que también lo dudo...

—No le haga usted caso, señor de Calpena —indicó la Zahón benévola—.

Todo el día la tiene usted pensando y diciendo estas extravagancias. Es

un genio inflamado, y tan desigual, que si le da por reír y alegrarse,

nos atruena la casa con sus gorjeos; y si le da por las tristezas y

por lo fúnebre, nos pone a todos con el corazón en un puño. Trabaja

como nadie, y hace mil primores cuando le da la ventolera; y cuando se

pone a ser holgazana, no hay quien la aventaje. No es constante más que

en dos cosas: limpieza, así de su persona como de cuanto cae bajo su

mano, y caridad. No deje usted en su poder cosa de valor, porque, de

seguro, se la da al primero que se la pide... hablo de cosas metálicas

o comestibles, ¿me entiende usted?

—Sí, señora: entiendo perfectamente.

—Oiga usted más: rarísima vez coge en su mano un libro... aunque aquí

no faltan... La hemos puesto maestro de piano y canto, y de baile.

¿Querrá usted creer que toca muy lindamente, y que baila con toda la

gracia de Dios?

—Lo creeré si nos da esta noche una muestra de sus habilidades, en el

piano y canto sobre todo, pues la danza es más bien para lucida en

sociedad.

—¿Y si no, no lo cree? Pues no toco —dijo Aura—. Tiene que creerlo

antes. En estas cosas es necesaria la fe.

—Bueno, pues la tengo... Sin oírla cantar, ya estoy proclamando que se

deja usted tamañita a la Todi.

—Eso es burla. No tanto, señor mío. Pero no vaya a creer que salgo

ahora con modestias ridículas. Sepa usted que canto muy bien. Digo, muy

bien, no; me quedo en el bien a secas. Ni me quito ni me pongo nada...

Pero no cantaré esta noche..., digo, sí cantaré, con tal que don Carlos

me prometa no dormirse.

—Lo prometo... —dijo Maturana—, sin responder, hija mía, sin responder

de nada.

—Yo emprendería la completa educación de Aura —dijo Jacoba, que no

sabía cómo llegar al asunto que era su objeto principal aquella noche—

si se me dieran medios suficientes para ello. Y no es que la niña

carezca de patrimonio, pues lo tiene sobrado: solo que está en manos

que lo escatiman, que lo tasan en demasía, como si desconfiaran de

mí... Señor don Fernando, yo espero de usted un favor muy señalado. Me

consta su amistad con nuestro gran ministro, el señor de Mendizábal; sé

que Su Excelencia...

—Señora, ya dije... —interrumpió don Fernando lleno de confusión—. El

señor ministro me trata como a todos sus subordinados, con cortesía...

y nada más.

—A un lado las modestias, caballerito —añadió la diamantista—, y no

me salga usted con negativas, que solo sirven para demostrarnos su

delicadeza... Pues sí señor: espero de usted una prueba de amistad

hacia mí y de interés por Aura. ¿No adivina lo que quiero? Que usted me

ponga en comunicación con su jefe, y si es posible, y quiere extremar

el favor, que antes de llevarme a la audiencia, le hable de mí, pues

me figuro que el señor Mendizábal tiene de esta servidora una idea

equivocada. Sin duda le han llevado algún cuento... En fin, yo quiero

ver a Su Excelencia, deseo hablarle, y que usted tome mi empeño como

cosa propia...

Interesado en el asunto, por tratarse de la mujer que le fascinaba,

Calpena quiso saber más, y descubrir qué relación podía existir entre

la hermosa hija de Negretti, nieta de tan distintos abuelos, y el gran

Mendizábal, relación cuyo simple anuncio le sorprendía y anonadaba.

¿Qué era, santo Dios? Solo por tirarle de la lengua a la Zahón y

adquirir mayor conocimiento, cedió en aquel punto de sus supuestas

confianzas con el ministro, y ni afirmaba ni negaba, dando a entender

que favorecería las pretensiones de la jorobada, siempre que se le

diese alguna explicación de ellas. Por este medio sutil pudo averiguar

que don Juan Álvarez era testamentario de Jenaro Negretti y depositario

de su fortuna, con algo más de lo que referido queda.

No se paraba en barras la codiciosa diamantista, y desde que Mendizábal

vino a España y se puso a ministro, acarició la idea de que debía

transferirle a ella las facultades que le otorgaba el testamento de

Negretti. ¡Cosa más natural! Pues ¿cómo podía administrar holgadamente

los bienes de la niña, un hombre abrumado de quehaceres políticos, con

tantas cosas dentro de la cabeza? ¡Que la Hacienda, que el empréstito,

que las juntas, que el Estatuto, que los frailes...! Imposible atender

a todo, señor. De su peso se caía que debía entenderse con la Zahón, y

pedirle por favor que se encargase de la tutela y gobierno de bienes de

Aurora Negretti, pues algo habría en el testamento que tal abrogación

consintiera. No se le apartaba del magín esta temeraria idea, y si

el horrible acceso reumático que en aquellos meses sufría no la

imposibilitara totalmente, ya se habría presentado a don Juan de Dios,

a fin de proponerle lo que para él era un alivio y para ella una carga

muy de su gusto. Bien clara está la razón de que, suponiendo al don

Fernando cordialmente ligado a Su Excelencia, le recibiera con finuras

y agasajos, y echara la casa por la ventana en aquel desusado convite.

En los postres sirvieron _curaçao_, que era quizás la única pasión o

debilidad del viejo Maturana. Aquel dulce licor le hacía desmentir

muy de tarde en tarde sus hábitos de formalidad y grave continencia.

Siempre que allí comía o cenaba, Jacoba, por hacerle rabiar, aseguraba

no tener _curaçao_; por fin, después de mucho trasteo, hacía traer

la bebida y le daba un poquito, cuatro lágrimas, y así se divertía

con él, vengándose de alguna trastadilla que en los negocios le había

jugado. Pero aquella noche, antes de que la señora empezase el sainete,

le convidó Aura, y sacando del aparador la botella, le sirvió cuanto

él quiso, y después a Fernando. Mientras don Carlos paladeaba con

embeleso los primeros sorbitos y Jacoba le afeaba su vicio con afectado

enojo, Calpena charló brevemente con Aura, cuando esta a su asiento

volvía. Doña Jacoba no reparaba en ello, o se hacía la distraída, que

también pudo ser, y Maturana se halló bien pronto bajo la influencia

embelesadora del rico néctar.

—¿Y qué?, ¿canta usted o no?

—No..., me temo que don Carlos no se duerma si canto. Pero si usted se

empeña en ello...

—Deseo que usted cante... Si hablando es su voz tan divina, ¿qué

será...?

—¿Cantando? Pues más divina todavía... Bueno; pero conste que si usted

me manda cantar, hace una gran tontería.

—¿Qué está usted diciendo?

—Que hay otra cosa mejor que el canto mío.

—¿Qué...?, ¡por Dios!

—Hablar..., que hablemos.

—Chist..., silencio.

Mendizábal · 第 22 / 36 题