Todos los biógrafos del insigne Milagro están acordes en afirmar que
al salir este de casa de la Zahón para dirigirse con inseguro paso a
la suya, quitose el sombrero y con él se abanicó, ávido de frescura y
de bañar en aire limpio sus sienes abrasadas, su cráneo sudoroso. Y
añaden que con el aire y el ejercicio se le aclararon de tal modo las
entendederas, que al atravesar la plazuela de Provincia, camino de la
Concepción Jerónima, donde vivía, empezó a sentir en su conciencia la
garrafal tontería que a propósito del señorito Calpena se había dejado
decir, bajo la acción tóxica del nunca bastante maldecido _curaçao_...
«¿Pero he dicho yo esa barbaridad, señor? —pensaba, parándose y mirando
al cielo—. ¿Lo habré soñado?... No, no; lo he dicho... aún me parece
que me estoy oyendo cuando solté el trueno gordo, cuando afirmé que
Mendizábal... ¡Jesús!..., y nada menos que una reina... Vamos, que
me daría una tremenda bofetada en castigo de tanta necedad, de tanta
estupidez... ¡Una reina..., Mendizábal!... ¡Válgame Jesús bendito!
¡Que un hombre formal como tú, oh Milagro, haya repetido, dándolo por
cosa verídica, esos ridículos dicharachos con que se mata el tiempo
en las oficinas!... Pues digo, si el señor ministro se entera de que
yo... ¡Válgame mi santo Patriarca...!». Al pensar esto, se le erizaron
sobre el cráneo los escasos cabellos que poseía... Consternado, intentó
volver a la calle de Milaneses para desdecirse de todos aquellos
embustes que no eran más que cháchara insustancial de gente ociosa
y frívola; pero no se determinó a desandar el camino, juzgando muy
oportunamente que _peor era meneallo_. Siguió, pues, hacia su vivienda,
haciendo propósito de rectificar serenamente, en noches sucesivas, los
groseros dislates de aquella noche, y se recogió taciturno, caviloso.
Su mujer le sintió desvelado, dando suspiros y pronunciando monosílabos
con que a sí propio se ponía de oro y azul. ¡Infeliz Milagro!
Embebecidos en su amorosa charla, los amantes no repararon en la
salida de don José, que les dijo «¡Adiós!» desde la puerta del
gabinete; ni se cuidaban de ser vistos u oídos por doña Jacoba, que
hablando permanecía con el diamantista, entre cabezadas. Habían
alzado, sin darse de ello cuenta, una valla anchísima entre su pasión
y el mundo, y nada temían; la pasión crecía por momentos, como una
enfermedad fulminante, y a las pocas horas de iniciada, ya no cabía
dentro de la reducida esfera del secreto: se salía, se ensanchaba,
quería ser patente a los ojos extraños, o por lo menos no temía ser lo
bastante poderosa en sí para afrontar la opinión y cuantos obstáculos
esta le ofreciera. Mejor que el narrador lo expresan ellos mismos:
—Antes de verte, antes de esta noche bonita —decía Aura—, yo, sin saber
por qué, tenía la seguridad de que no estaba sola en el mundo. Cuando
te vi, se me quitó de encima del alma el peso terrible de mi soledad.
Y él:
—¡De ayer a hoy, qué abismo! Ayer iba tras de tu sombra; hoy te
poseo... Había de llegar, puesto que hay Dios, este divino abrazo de
nuestras almas.
Y por aquí seguían, en un vértigo de fogoso idealismo, locos, ávidos de
amplificar cada concepto con otro más apasionado y sutil.
Viendo que Maturana se ponía en pie, Calpena hizo lo mismo, y dijo a su
amante, consternado:
—Horror de los horrores. Don Carlos se despide. También yo tendré que
retirarme...
—Mañana volveremos a vernos... lo más temprano posible.
—¡Mañana! Es muy lejano eso...
La mujer, en lances de pasión, posee más iniciativa y más arbitrios
que el hombre. En voz muy baja propuso Aura algo que Calpena oyó con
alegría. Cuchichearon... Despidiéronse luego en alta voz. Al poco
rato, doña Jacoba daba al señor don Fernando la venia para retirarse,
y con afectuosos apretones de manos le ofrecía su casa, y le rogaba
que viniese a honrarla con toda la frecuencia que le permitieran sus
obligaciones al lado del señor ministro. Juntos salieron el joven y
Maturana; separáronse en la esquina de la calle de Santiago; vivía el
diamantista en una de las casitas del Patrimonio, plaza de la Armería,
junto a la casa de Pajes.
Consta en las monografías del buen Maturana que en el trayecto hasta
su domicilio se agarró más de una vez a las paredes para no medir
el suelo; y algún biógrafo añade que hubo de subir a gatas la corta
escalera de su casa, y que se acostó al instante, muy arrepentido de
sus recientes abusivas relaciones con el _curaçao_. «No está bien, no
está bien —decía, desnudándose al revés, quitándose las botas antes
que el sombrero, y las medias antes que la corbata—. Un artífice, un
tasador no debe... no, señor... Es muy expuesto...». Felizmente, era
en él añeja costumbre no aceptar invitación de cena o merienda cuando
llevaba en su cartera piedras de valor. Aquella noche no llevaba nada.
Tardó en dormirse, y daba vueltas en su abrasado cerebro a las ideas
sugeridas por Milagro:
«¡Vaya con don Juan Álvarez!... No hay grande hombre que no tenga sus
enredos... Ya, ya se ve claro por qué arrambla todos los bienes del
clero, que no es flojo botín. Naturalmente, ese dineral lo quiere
para sí. Parece tonto, y pide para las ánimas... ¡Tremendas hormigas
nos trae Dios acá! Bueno, hombre, bueno: cójase usted media España, y
constituya un reino para el niño, para ese hijo de reina... Y ya veo a
dónde va a parar con eso de coger todas las campanas de las iglesias y
monasterios. Hará un palacio de bronce, todo de bronce, en el que las
pisadas de los que entran y salen suenen como campanadas... ¡Ji, ji!...
¡Qué extraño!... El palacio del sonido..., tin, tan... Otra: lo mejor
sería que afanase las innumerables alhajas de las Santísimas Vírgenes
y toda la plata y oro de las reverendas catedrales, echándolo al
mercado... ¡Por Belcebú, qué negocio, qué pujas!... No quiero pensarlo.
De Londres, de Ámsterdam y de Fráncfort vendrá la nube de marchantes...
Mucho ojo, Maturana... ¡Por san Carojulián bendito, no te descuides!...
Y tiene que venir, tiene que sacarse a subasta. Porque todo, digo yo,
no ha de ser para el niño...».
El niño, el hijo de reina, se paseaba en la inmediata calle de
Santiago. Aura le había dicho: «Mi habitación corresponde al último de
los tres balcones por la otra calle. Cuando Jacoba duerma, me asomaré».
El hombre hacía su centinela entre las esquinas del Bonetillo y de
Mesón de Paños, temeroso de perder, si se alejaba, el sublime momento
en que su amada en el balcón apareciese. La noche era oscura; dieron
las doce en el reloj de Palacio; no se veía por allí más gente que
las pocas mujeres que entraban por el Bonetillo y se deslizaban calle
abajo, y algún hombre que en la misma dirección iba, o hacia las
tabernas de la plaza de Herradores. El sereno se hacía presente por la
luz de su farolillo, allá junto a los altos muros de San Felipe Neri.
Media hora pasó Calpena en gran ansiedad, recelando que doña Jacoba,
enterada del propósito de los amantes, lo estorbase encerrando a la
dama o conminándola con algún castigo. Paseo arriba, paseo abajo,
sin quitar ojo del balcón, pensaba en aquella su mudanza súbita,
tan semejante a la explosión de un volcán. Toda su vida era nueva;
todas sus ideas habían cambiado, dispersándose las de ayer y entrando
con empuje dominante las de hoy. Ningún sentimiento de los de ayer,
refiriérase a la política, a los amigos, a la sociedad, en él
persistía. De aquel espacio luminoso, donde flotaba la ideal imagen
de Aura, venían nuevos conceptos de todas las cosas. Impaciente por
la tardanza de ella, ni por un momento pensó que pudiera burlarle:
tenía confianza absoluta en su firmeza y lealtad. Tampoco le amargó
la sospecha de que Aura hubiese conocido el amor antes de conocerle a
él. Era mujer nueva, como la esposa de Adán. Dios les había criado
destinándoles el uno al otro, y no estaba en el orden del universo que
hubiesen precedido al feliz hallazgo otros encuentros, ni aun siquiera
fortuitos y sin importancia. Tal era su ardor ciego y entusiasta, tal
su fe en aquella felicísima obra de integración, dispuesta por el
destino de ambos.
Al fin... oyó ruido en el balcón, y apareciose en él una forma blanca.
Era principal el cuarto, y la distancia entre el balcón y la calle como
de cuatro varas. Arrimose el galán a la pared, y Aura echaba medio
cuerpo fuera del antepecho, doblándose como un junco, para que el
espacio entre las enamoradas voces fuese lo más corto posible. Explicó
primero su tardanza, motivada por lo que Jacoba tardara en dormirse, a
causa de sus dolores, siendo preciso darle friegas y ponerle bayetas
calientes. Ya parecía dormida, y Lopresti, fiel esclavo, quedaba
encargado de la centinela, para avisar en caso de que la enferma
remusgara. Recayó luego la conversación en un punto interesantísimo:
—¿Tú quién eres? Conozco en ti al hombre que quiero, y me basta. Pero
deseo saber quién eres para los demás. Lo mismo me da que seas noble,
que seas plebeyo, que seas mucho, que no seas nada, pues siendo para mí
el único, me basta... ¿Te enteras bien de lo que te pregunto?
—Sí, vida y gloria mía... Yo no soy nadie. Ignoro quiénes son mis
padres. Vivo de la protección misteriosa de una persona desconocida,
por quien estoy en Madrid, por quien disfruto ese destinillo, y no sé
más. ¿Verdad que es raro?
Contó en seguida concisamente su vida toda: su crianza en Vera, lo del
padrino, la estancia en París, la traslación a Madrid y todo lo demás
que ya se sabe, poniendo en su relato tal sinceridad y sencillez, que
Aura se embelesaba oyéndole; y si no estuviera enamorada hasta la
médula, es de creer que solo con aquella historia tan poética y linda
se prendaría locamente del pobre desheredado. Refirió ella que no había
conocido a su padre ni a su madre: habíanla criado parientes egoístas
que jamás le demostraron vivo afecto. Creíase sola en el mundo, hasta
que Dios le deparó el compañero de su existencia, su salvador, su
_única familia_. ¡Qué hermosura ser los dos solos en sí, reconocerse
en medio de los espacios de la vida, como pajarito y pajarita que se
encuentran en la espesura de la selva, y, saludándose con sus piquitos,
se unen para siempre! No faltaba sino que se declararan libres, sin más
obligaciones que las que cada uno para con el otro había contraído, por
vía de unión divina, como si Dios les echara un lazo y les dijera lo
que dicen los curas cuando casan. De pronto, Aura tuvo una idea, y la
expresó al instante con infantil candidez:
—¿No sabes?... Como aún no hemos tenido tiempo de decirnos todas las
cosas, no te has enterado de que yo soy rica. Sí, hijo, sí. ¿Pensabas
que éramos nosotros unos pobrecitos, dejados de la mano de Dios? Mi
padre, Jenaro Negretti, dejó mucho dinero. Lo tiene guardado el señor
de Mendizábal, que es quien le da a Jacoba para mis gastos... Conque ya
ves. No hay que apurarse... Estamos en grande, y seremos los reyes del
mundo.
—Pues yo —dijo el amante con tristeza— soy pobre: nada tengo; pero no
me faltan alientos, ni tampoco, creo yo, disposiciones para trabajar...
También te digo una cosa, Aura: bien podría suceder que de la noche a
la mañana recibiera yo, como caída del cielo, una fortuna grande... Se
han dado casos: yo he leído de algunos casos...
—Pues si sale lo que esperas, ¡oh Dios mío, cuánta felicidad!...
Eso sería lo más lindo del mundo. Resultaríamos en posesión de unos
dinerales que no nos harían maldita falta... Si quieres que te diga
la verdad, a mí no me hace dichosa el dinero, ni creo que sirvan las
riquezas más que para disgustos. Con poseerte a ti me basta; y si
mañana viniera el señor Mendizábal y me dijera: «Niña, no tienes ni un
maravedí», yo me quedaría tan fresca. ¿Y tú?
—Pienso como tú piensas, y siento todo lo que tú sientes... Quien nos
ha puesto hoy el uno junto al otro, se cuidaría de darnos lo necesario,
si por nuestra parte no lo tuviéramos. Es hermosísimo, sí, lanzarse
a la vida sin más alas que las inmensas del amor. Somos jóvenes,
nos adoramos... Esto es la suma dicha. ¡Qué bueno es Dios! ¡Y la
naturaleza, qué hermosa! ¡Y nosotros, qué bien hicimos en nacer!...
Si tú o yo nos hubiéramos quedado por allá, ¡qué insigne tontería
habríamos hecho!
—Es verdad; porque no naciendo, ¿cómo podría yo quererte con toda mi
alma?
—Oye otra cosa, vida mía... Si te parece, nos casaremos pronto, muy
pronto.
—Sí, sí —dijo Aura con tan vivo movimiento de inclinación, que pareció
querer arrojarse a la calle—. ¿Cuándo?
—Pronto. Mañana...
—¿Mañana?... ¿Y hoy por qué no?... ¡Pero qué tonta soy! Eso no puede
determinarse así en días, en horas. Tengamos paciencia y formalidad. Lo
que acabo de decir es muy desvergonzado. ¿Me lo perdonas?
—Pues si el _hoy_ te parece demasiado presuroso, diré: _ahora mismo_.
—Quita allá, hombre... ¿Acaso el casarse es cosa de un soplo? No, niño
mío, no seas tan arrebatado. Ten juicio. Pues apenas hay que preparar
cosas: ropa, papeles, y, ante todo, casa.
—¡Casa! Tenemos el mundo por nuestro... Dime —añadió el galán, casi
loco ya, señalando hacia la bóveda celeste—, ¿te gusta ese techo?
—Es precioso... Pero ahora, desde que te quiero, todo me parece cielo,
y la oscuridad, claridad, y la noche tan bonita como el día, casi más,
y Jacoba me parece amable, y todas las personas muy buenas... Pero
tengamos calma, y esperemos.
—Sí, esperaremos. ¿Qué nos importa retrasar la felicidad, si la tenemos
segura, si es nuestra ya?
Asaltado de una idea triste, cosa natural en aquella irradiación de
ventura, Calpena no vaciló en expresarla:
—Dime, amor mío, si Jacoba, que me parece persona egoísta..., no sé en
qué me fundo, pero me lo parece...
—Y lo es: tú tienes mucho talento y todo lo aciertas. Sigue.
—Pues si Jacoba, y lo mismo podría decir de otro cualquier pariente
tuyo, se opusiese, por móviles de interés, a que nosotros nos amáramos:
no, no, a eso no pueden oponerse..., quiero decir, que se opongan a que
nos casemos...
—Eso no puede ser..., porque nosotros saltaríamos por encima de todas
sus artimañas, y pisoteándoles nos juntaríamos y nos casaríamos, ¿sí?
—Pero suponte tú que contra toda nuestra buena voluntad y contra las
energías de nuestra pasión, lograran separarnos, imposibilitarnos
materialmente de...
—No, no puede ser, no será —dijo la enamorada con expresión de voluntad
tenacísima—. ¡Pues si Jacoba fuera tan mala que...! No, no quiero
pensarlo.
—¿Qué harías?
Aura se irguió, y apretando en su nervioso puño, con fuerza de mujer
furiosa, el hierro del balcón, dijo:
—¡La mataría!
—No, no tendrías que tomarte ese trabajo, mi bien, mi vida, mi
encanto, porque antes la habría matado yo.
—Y luego iríamos juntos al presidio, ¿sí?
—No pensemos en eso, que no ha de suceder. Yo digo: ¡qué más querrá
Jacoba!...
—Claro: ¡qué más querrá ella! No te creas, Jacoba es buena, siempre
que no la arrastra a la maldad la infame codicia. Por un brillante de
buenas aguas, o por una docena de turquesas de _roca vieja_, sería
capaz de sacrificar a su padre.
A todas estas se les iba pasando la noche. Las primeras claridades del
alba trajeron a la calle alguna gente de los mercados próximos, y el
sereno pasó varias veces, dirigiendo a Calpena miradas recelosas. Aquí
y allá sonaban porrazos; los gallos del comercio de aves en la calle
de la Caza cantaban anunciando el día. Sobre esto llamó Calpena la
atención de Aura, indicándole con pena que ya era hora de retirarse.
—¿Qué prisa todavía?... Esos pobres gallos enjaulados están tan
aburridos por la falta de libertad, que anuncian la aurora antes de
tiempo.
—Ya es de día... ¿No lo ves?
—¿Y qué? Mejor. Así podremos vernos las caras.
De improviso se abrió una de las puertas del piso bajo de la casa,
y Calpena se vio sorprendido por un mozo, soñoliento, que salía con
una escoba. Luego se abrieron dos puertas más: una cacharrería y un
despacho de huevos. Imposible seguir más tiempo allí. Los hados fieros
ordenaban la suspensión del coloquio dulcísimo, y que los amantes
guardasen la ley del recato ante el público, pues cada cosa tiene
su ocasión y lugar propios. ¡Bonita idea tendría de la señorita de
Negretti el vecindario de Milaneses si la veía colgada al balcón, al
amanecer de Dios, picoteando con su novio! Antes que ella comprendió
él la inconveniencia de prolongar la alborada de amor, y así se lo
dijo. Convenidos el cómo y cuándo de verse en el curso del día,
Calpena se arrancó con esfuerzo del celestial muro. El día se recreaba
iluminando con sus primeras claridades la ideal belleza de Aura, quien
no se apartó del balcón hasta que hubo recibido el último saludo de
don Fernando. Se fue y volvió el galán como unas tres o cuatro veces,
jugando al escondite en la esquina de la calle Mayor, hasta que al fin,
siendo preciso poner término al juego... se arrancó de veras.