—Le entregaron a usted ese paquete en Olorón. Lo había traído de
Burdeos una señora... No..., no se ponga usted colorado, después de
haberse puesto pálido. No se trata de ningún delito. Le dan a usted un
encargo, y usted lo cumple puntualmente. No pretendo yo..., pues no
faltaba más..., que usted me revele cosas sobre las cuales debe guardar
secreto. No, no señor. Lo que sí puedo decirle es que el sujeto que
debía recoger ese paquete o caja de manos de usted, para entregarlo al
señor ministro, ya no vendrá a desempeñar esa comisión, porque anoche
le han preso, y se halla incomunicado en el Saladero.
Perplejo un buen rato quedó Calpena ante la osada interpelación de
Nicomedes, que con brusquedad tan impertinente quería producir efecto,
y ver confirmados sus informes en el rostro del simpático mozo; pero
rehecho este prontamente del estupor, le contestó con tanta dignidad
como cortesía:
—Nuestra amistad, señor de Iglesias, que yo estimo mucho, no es tan
antigua que a mí me permita informarle de si traigo o no encargos para
determinadas personas, ni a usted preguntármelo en forma afirmativa, la
cual revela una confianza un poquito prematura. Va usted demasiado a
prisa, amigo don Nicomedes. Cuatro días hace que nos conocemos.
—Sentiría, señor Calpena, que usted interpretase mal lo que acabo de
indicarle —dijo el otro recogiendo velas—. No pretendo que usted me
revele el secreto de los encarguitos que le han confiado, ni eso a mí
me importa. Creí yo que nuestra amistad, con ser de cuatro días, es ya
bastante firme para que yo pueda tomarme la confianza de prevenirle
contra ciertos peligros... Porque usted es un joven tan honrado como
inexperto, y podría, con el candor propio de los pocos años, prestarse
a ciertos mensajes, de cuya gravedad no tiene la menor idea.
—Se me figura, amigo Iglesias, que la calentura patriótica que usted
padece le hace ver peligros y misterios en los actos más sencillos.
—No sabe usted dónde está, y yo tendría mucho gusto, si no se empeña en
creer demasiado fresca nuestra amistad; tendría yo sumo placer, digo,
en iniciarle en la vida política, puesto que a ella piensa, según veo,
dedicarse.
—No he pensado en tal cosa. La vida política no se ha hecho para mí.
—El señor —dijo Hillo con cierta timidez— es de los que se lo
encuentran todo hecho, y no necesita de que nadie le inicie, pues tiene
mentores y padrinos, en la sombra, que no le permitirían dar un mal
paso.
—Si hace usted caso de este clérigo —dijo Iglesias con humorismo—, el
sotana más honrado del mundo, pero al propio tiempo el más candoroso,
está usted perdido, Calpena. Haga usted caso de mí, y déjese llevar. En
la sombra no hay mentores ni garambainas. Todo eso es romanticismo de
clase averiada... Vamos a cuentas. Lo primero, perdóneme si le hablé
con cierta impertinencia del encargo que trae...
—Yo no he traído papeles para el señor Mendizábal —replicó don
Fernando—, ni me habían de escoger a mí para tales mensajes.
—No abre usted la boca sin que nos dé una nueva prueba de su
inexperiencia candorosa... Puesto que aquí todos somos amigos, déjeme
usted que hable y le ponga al tanto de la situación... Y antes me
permitirá que le presente a dos amigos, que espero lo serán de usted en
cuanto les conozca.
Cuando esto decía, dejáronse ver en la puerta dos sujetos, que eran los
de la encerrona con Iglesias, ambos como de treinta a cuarenta años, y
al entrar revelaron por su soltura y buenos modos ser de lo más selecto
entre la juventud intelectual de aquellos tiempos. Bien supo Iglesias,
al presentarles, recalcar sus nombres:
—Mi amigo Joaquín María López..., mi amigo Fermín Caballero.
Era este de color moreno; facciones bastas y rudas, del tipo
castellano, común en campos más que en ciudades; bigote negro con
mosca; cabello encrespado, que parecía un escobillón; complexión dura;
el habla ruda y clásica, de perfectísima construcción castiza. El otro
revelaba su estirpe levantina en la finura del cutis y la viveza del
mirar, en la vehemencia de la expresión y en la flexibilidad y gracia.
Recibiolos Calpena con franca urbanidad, y se sentaron todos, teniendo
uno de ellos que hacer sofá de la cama de Hillo, y este no cabía en sí
de gozo viendo tan honrada su pobre mansión.
—Trasladamos el _Sublime Taller_ desde los alcázares de Iglesias a las
góticas arcadas de Hillo... —dijo con gracia López—. La Iglesia nos
ampara, nos acoge en su santo regazo.
—La Iglesia —replicó Hillo, sentándose en un cofre— oye y calla, mas no
otorga. En el regazo de la Iglesia no entran más que los arrepentidos.
—_Amén_ —dijo Caballero—, y expliquemos en pocas palabras la llaneza
con que asaltamos la morada de estos buenos señores.
—El caso es el siguiente... Permíteme —indicó Nicomedes, que no gustaba
de que otros dijesen lo que él podía decir—. Sabemos que el gobierno
por una parte, la reina por otra, despachan agentes al campo y corte de
don Carlos, a los cuales encargan que se finjan rabiosos absolutistas
para ganar la confianza de los íntimos del pretendiente. El objeto es
introducir allí la discordia, y acabar con el absolutismo por su propia
descomposición. Al propio tiempo, los facciosos tienen aquí infinitos
emisarios que hacen el propio juego, de lo cual resulta, señores, un
tan espantoso lío, que ni aquí ni allí nos entendemos, y no sabemos ya
cuáles son los adeptos legítimos y cuáles los apócrifos...
—Pero hay otra cosa peor —interrumpió López, que, como buen orador,
gustaba de expresar por sí las ideas de los demás—; hay otra cosa.
Hierven discordias mil en la corte del pretendiente, por ser muchos los
carlistas de viso que desean la transacción, siempre que el gobierno
liberal les reconozca grados, emolumentos y honores.
—Andan estos —prosiguió Caballero, que hablaba poco y bien— en continuo
tejemaneje de Oñate a La Granja y de La Granja a Oñate, zurciendo
voluntades y buscando la reconciliación de antiguos conmilitones,
ahora desavenidos; y como, si lograran su objeto habrían de sobrevenir
grandes males a la nación, nosotros, que miramos por la permanencia del
sistema representativo, haremos cuanto esté de nuestra parte porque
todas esas artimañas resulten fallidas.
—Y además..., hay —apuntó Nicomedes— una tenebrosa y hasta hoy
indescifrable conjura de la infanta Carlota...
—Señores —declaró don Pedro poniéndose en pie—, la Iglesia, como dueña
del local en el cual, por su tolerancia, que no por su gusto, se
celebra esta nefanda reunión, recomienda a los señores preopinantes que
no hablen de las reales personas.
—Tiene razón nuestro noble castellano —dijo López con sorna—. No
nombraremos a ninguna persona real; pero podemos designar por su nombre
griego al que lo recibió y adoptó conforme a rito, cuando y donde todos
sabemos. Hablaremos, pues, de _Dracón_.
—¡Alto! —gritó Hillo poniéndose en pie—, porque el designado con
notoria irreverencia con ese nombre, que huele a chamusquina masónica,
es Su Alteza el infante don Francisco. Al menos yo lo he oído así, y no
permito, señores, no permito...
—Bueno, bueno —dijo Caballero—: no lastimemos los sentimientos
religiosos y monárquicos con tanta sinceridad manifestados por este
buen señor. A _Dracón_ todos le conocemos, y no hay que hacer misterio
de él ni de su nombre de batalla. Creo que se exagera la importancia
del tal: de mí sé decir que no creo que exista plan ninguno verosímil
fundado en la personalidad del infante.
—Poco a poco —apuntó Nicomedes—. Fermín, a ti te consta que sí lo hay.
—No..., lo que me consta es que algunos cándidos han echado a volar ese
nombre, denigrándolo con la suposición de que teníamos en la persona
que lo lleva un nuevo pretendiente. Y esto es absurdo; esto no cabe en
cabeza humana, ni aun en la de un español de 1835, que es la cabeza que
nos ofrece la historia como más destornillada.
—Y, sin embargo, hay quien lo dice.
—Y quien lo cree, y lo sostiene como cosa muy práctica.
—Y no falta quien asegure que es la única salvación del país.
—Señores, son muchas salvaciones para un solo país... Salvadora
la reina Cristina, salvador don Carlos, salvador Mendizábal, y
ahora también don Francisco nos quiere salvar... Vamos, con tantas
salvaciones, España va al abismo.
—Señores, no desvariemos —indicó Hillo—. El señor infante don
Francisco, que es persona discreta, no ha puesto sus ojos en el
trono... Se contentará por hoy con sentarse en el Estamento de próceres.
—Pretensión contraria a las leyes, tras de la cual hemos de ver y vemos
una ambición política muy sospechosa, señores, muy sospechosa.
—No exageremos... Cuando más, cuando más, _Dracón_ aspira a la
Regencia...
—¡Otra te pego!...
—Señores conferenciantes —dijo Hillo con festiva severidad—, que no
permito, que no puedo consentir afirmaciones tan contrarias al decoro
de la real familia... Si siguen Sus Señorías por ese camino, mandaré
que les lleven al corral.
—¿Somos gallinas?
—Toros de sentido..., de excesivo sentido, maliciosos, imposibles
para la brega, por lo cual creo que no puede acabar bien la elocuente
corrida que estamos celebrando.
—¡Ja, ja, ja!... Muy bien. En fin, concretemos: seamos explícitos y
lacónicos, porque este joven (por Calpena) dirá, y con razón, que le
estamos embromando. ¿Verdad, señor Calpena, que no entiende usted qué
relación puede existir entre su persona y estas cosas desordenadas que
acaba de oír?
—En efecto: no se me alcanza qué concomitancia pueda tener mi humilde
persona con esos agentes reservados, con esas intrigas, con el señor
_Dracón_ y demás...
—Hemos sabido —dijo Nicomedes con campanuda solemnidad— que de Francia
se remitió un paquete de interesantes papeles a Madrid... No vaya
usted a creer que intentamos sustraer ese tesoro, y apropiárnoslo por
medios contrarios a la hidalguía. En poder de usted se halla todavía el
encargo. La persona que debía recogerlo ha sido presa, y probablemente
no saldrá pronto de la cárcel. Es muy posible que alguien intente
apoderarse del paquete, diciendo a usted que viene de parte de su
legítimo dueño. Yo le suplico, señor don Fernando, que no lo suelte,
aunque los que vengan a pedirlo le presenten esquela del mismo señor
don Eugenio Aviraneta, a quien viene dirigido, porque tanto el recado
como la esquela, serán falsos de toda falsedad.
—Pues correspondo a su franqueza —dijo don Fernando, a quien todos oían
con vivísima atención— que no traigo yo encargo ni cosa alguna para ese
señor que acaba de nombrar; y si algo hay en mi baúl, que me confiaron
en la frontera personas de toda mi confianza, y que no conspiran ni han
conspirado nunca, lo entregaré a quien venga a reclamarlo, siempre que
acredite, por usual conocimiento, ser la persona a quien viene rotulado.
—Pues aún me resta que decir algo para que vean todos mi sinceridad
y nobleza. Antes dije a usted que el paquete venía dirigido a
Mendizábal; pero esto lo hice sin más objeto que desconcertarle a
usted, con la idea de que su turbación le arrastrase a revelarme algo
que yo quería saber: lo que usted trae no viene dirigido a Mendizábal,
ni tiene nada que ver directamente con nuestro célebre gaditano. Pero
personas muy altas, muy altas, fíjese bien en lo que afirmo, pudieran
tener noticia de que el señor Calpena es portador de papeles graves, y
en este caso no dejarían de intentar por todos los medios apoderarse de
ellos.
—En vez de aumentar la confusión de este excelente joven —indicó
Caballero—, procuremos disiparla, amigo Nicomedes, y al propio tiempo,
convenzámosle de que no pretendemos apoderarnos de secretos que no se
nos quieren confiar.
—Justamente —dijo López—, y empecemos por declarar que ignoramos, o por
lo menos, que no sabemos con exactitud qué documentos se han confiado
a su discreción. Puede ser algo que exclusivamente interese a la
familia real; puede ser del común interés de los partidos militantes.
Me inclino a creer esto. El propio Aviraneta no sabe lo que es, o no
quiere decírnoslo.
—No lo sabe —afirmó Iglesias—. Así me lo aseguró ayer, y debemos
creerlo.
—_Hame dado en la nariz_ —dijo Caballero— que lo que han remitido a don
Eugenio es todo el fárrago de papeles concernientes a la _Confederación
isabelina_, de infausta memoria. Él mismo se lo llevó a Francia no
sé con qué objeto, y de allá se lo remiten para que lo utilice aquí
en contra nuestra, y en pro de los Torenos y Martínez... Yo, señores
míos, me fío poco de Aviraneta, y no quisiera que mis amigos tuvieran
interés por nada que al infatigable conspirador se refiera... Fíjese
usted, señor Calpena, en lo que voy a decirle, para que no se embrollen
sus ideas con la extraordinaria confusión que ha de resultarle de lo
que decimos. Los estatuistas nos acusan de haber preparado, dispuesto,
organizado, en una palabra, el degüello de los frailes, el asesinato de
Canterac y otros abominables hechos de que usted tendrá conocimiento.
Se nos quiere denigrar, inutilizar para la gobernación del reino. Si
hay responsabilidad, no pueden ellos eludirla, pues en los terribles
días de julio del año pasado era Presidente del Consejo el señor
Martínez de la Rosa; ministro de la Gobernación el señor Moscoso, y
corregidor de Madrid el señor marqués de Falces. ¿Sabéis lo que, en
mi presunción, contiene la estafeta que ha traído el señor Calpena?
Pues el plan de Constitución que hicimos Olavarría y yo; la exposición
dirigida a Su Majestad por Flórez Estrada, condenando el Estatuto; el
proyecto de asonada general; el plan de ministerio, presidido por Pérez
de Castro; los compromisos contraídos por Palafox y Calvo de Rozas,
con el nombre de _trabajos militares_, y, por último, el informe de
la Comisión que nombramos para proponer al gobierno el mejor sistema
de _extinción de frailes_. Todo eso y algo más había. Aviraneta,
como iniciador de la _Isabelina_, arrambló con el archivo cuando la
persecución de la policía le obligó a emigrar a Francia. ¿Trataría de
hacer algún negocio con Luis Felipe? ¿Habrá entrado en contubernios con
don Carlos? Yo no lo sé... Ya os he dicho que no me fío de ese hombre,
y que de su refinada astucia y doblez lo temo todo. Vosotros creéis
en Aviraneta; yo no. Para mí es un monstruoso talento, el más sutil y
agudo para la intriga. El año pasado conspiraba o aparentaba conspirar
con nosotros. Este año trabaja secretamente por los enemigos del
progreso. Vosotros creéis en sus alardes de patriotismo revolucionario;
yo no. Vosotros confiáis en su lealtad; yo desconfío hasta de su
sombra. Si le ayudáis, ayudáis al desprestigio de Palafox, de don
Jerónimo Valdés, de San Miguel, de los patriotas Quiroga y Palarea, de
Salustiano, del propio Mendizábal, pues ya sabéis que don Juan Álvarez
comunicó desde Londres su propósito de constituir allí un _Círculo
isabelino_, y de facilitar fondos para la _causa_, y en esfera más
modesta ayudáis también a vuestro propio vilipendio y al mío...
—Fermín, Fermín —dijo Iglesias apretando los puños, encendido el
rostro—: tú siempre pesimista, tú siempre malévolo y suspicaz,
desconfiando de los hombres más adictos a la idea, de los que han
sabido padecer por ella persecuciones horribles.
—Y tú, Nicomedes, siempre iluso y confiado, pobre enfermo de la
_calentura patriótica_, ni aprendes nada de la experiencia, ni
atiendes a las lecciones del tiempo. Tanto a ti, pobre Iglesias,
como a ti, Joaquín, almas crédulas, espíritus generosos, os digo que
desconfiéis de Aviraneta, que no le ayudéis en sus maquinaciones, que
le dejéis solo en la febril inquietud de su conspirar instintivo,
genial, por amor al arte, por ley de su naturaleza.
Y cambiando bruscamente al tono familiar, antes que sus atontados
amigos pudieran replicarle, se levantó y formuló la despedida en estos
términos:
—Ya he sermoneado bastante, y ahora me voy, que tengo que trabajar.
Holgazanes, quedaos con Dios.
—Fermín, aguarda, siéntate... que aún tenemos mucho que hablar.
—¡Hablar! La maldita palabra. Es la sarna del país. España llegará
al fin del siglo sin haber hecho nada más que rascarse, es decir,
hablar... Quedaos con Dios... Y usted, señor de Calpena, al aceptarme
por su amigo, me va a permitir que le dé un consejo. Es usted muy
joven; yo tengo treinta y seis años y alguna experiencia. No haga
caso de estos pobres orates. Si quiere usted seguir el consejo de
un patriota honrado, que no padece la famosa _calentura_, y profesa
sus ideas con fría convicción, no sirva usted de correo a los
conspiradores de oficio. Y pues le han cogido de sorpresa, encargándole
comisiones que no habría aceptado con conocimiento, vénguese por el
método inquisitorial... En vez de entregar los papeles al señor de
Aviraneta, arrójelos a las llamas. Ganará usted mucho en tranquilidad
de conciencia.
—¡Quemarlos! ¡Eso no! —gritó Iglesias.
—Créame a mí...
—No le crea, no, Fernando. Es de Cuenca, que es como decir leñador y
carbonero...
—Carbón, sí; carbón haría yo de todo ese fárrago de sandeces —dijo
Caballero con arrogancia, enarbolando su bastón—. Nuestro pasado
político, amigos revolucionarios, debe ir al fuego... Quemad la broza,
que las ideas, no temáis..., esas no arden.
Y encasquetándose el sombrero, que era de los voluminosos que entonces
se usaban, salió del cuarto y de la casa con resuelto y presuroso andar.