VII

Aunque desconcertados por la enérgica manifestación de Caballero, que

al fin hubo de condenar las bajas intrigas, no cejaron Iglesias y

López en su propósito de catequizar al joven Calpena. Aún insistió don

Joaquín en que entregase el _lío_ a don Eugenio Aviraneta, sin pensar

en hacerlo cisco, como le aconsejara Fermín con implacable rigor; y

más atrevido Iglesias, propuso al joven, no que pusiese en sus manos

lo que era objeto de tantas cavilaciones, sino que permitiera ver su

contenido, prometiendo ambos guardar profundo secreto sobre lo poquito

que examinar pudiesen. Negose resueltamente don Fernando, y ellos

invocaron los principios liberales que sin duda el joven profesaba; los

grandes intereses del pueblo, al cual todos pertenecían; y añadiendo

a los halagos las promesas, ofrecieron traerle antes de tres días una

credencial de ocho mil reales en cualquier ministerio, si a satisfacer

su ardiente curiosidad se prestaba. Pero ni las demostraciones de

amistad ni las ofertas de colocación quebrantaron la delicada entereza

de don Fernando, el cual decididamente, con frase categórica y un tanto

áspera, les quitó toda esperanza, alentándole en esto su amigo Hillo

con muecas y manotadas expresivas. Replegáronse de mal talante los

patriotas al cuarto de Iglesias, y lo primero que hizo don Fernando al

entrar en el suyo fue guardar bajo llave, en los seguros cajones de una

cómoda, el contenido de su baúl, o aquella parte que convenía poner a

cubierto de cualquier sorpresa.

—Hace usted bien —le decía Hillo gozoso—, porque estos _libres_, como

ellos se llaman, no se paran en pelillos. Fuera del patriotismo, son

honrados, y por nada del mundo le quitarían a usted un botón ni un

cigarro de papel. Pero en mediando lo que ellos llaman _el interés de

la Confederación_ o de la libertad, aunque esta sea tan desacreditada

como la de la imprenta; como se trate de arma política con que puedan

descabellar al contrario y arrastrarle por el redondel, se ciegan, y

de noblotes y decentes se convierten en los primeros badulaques del

mundo.

De acuerdo en esto como en todo, pues los lazos de su amistad se

apretaban más cada hora, salieron a dar un paseo antes de comer.

—¡Qué hermoso apóstrofe el de Caballero! —decía, calle abajo, hacia la

de Alcalá, el buen clérigo Hillo—. Mejor será llamarlo _conminación_ o

_deprecación_...

—Llamémoslo _corrección fraterna_, que así deben nombrarse los hijos de

tal padre. Me ha gustado don Fermín. ¿Sabe usted que los otros parecen

locos?

—Y no es lo peor que lo parezcan, sino que lo sean, y que nos

comuniquen a nosotros su locura. Yo siento un gran desorden en mi

cabeza.

—Y yo. Le aseguro a usted que me falta poco para ponerme a gritar en

medio de la calle. ¿Conque es verdad que he conspirado sin saberlo?

¿Conque es verdad que traigo papeles que comprometen a la real

familia... o a los reales masones, o a los isabelinos, o al demonio

coronado? Y ahora consulto yo con usted una sospecha grave: ¿tendrá

alguna relación este enredo con los favores que recibo de mano

desconocida?... Esa personalidad misteriosa que en las tinieblas me

protege, ¿tendrá algo que ver con..., con no sé qué?... Yo desvarío,

se embarullan mis ideas. ¿Me encontraré envuelto, sin culpa ninguna,

en alguna endemoniada intriga? Dígame su franca opinión... Usted

es hombre de mundo, y conoce esta sociedad y estos manejos de la

política. Yo soy un inocente: vengo de un pueblo fronterizo y de

una ciudad extranjera, donde he vivido amarrado a un bufete de

comerciante... Yo no sé nada de esto. Ilumíneme usted; indíqueme si

debo hacer algo, o no hacer nada y dejar correr los acontecimientos...

—Pues, mi amigo don Fernando, creo, y no hay que asustarse, que se

halla usted metido de hoz y de coz en un lío estupendo... Dígame ante

todo: ¿es cierto que trae usted esa caja?

—Sí, señor; a usted puedo decírselo. Traigo un paquete bastante pesado

y voluminoso. Me lo dio una señora que en Olorón visitaba mucho a

los hermanos de mi padrino... Díjome que se presentaría a recibir el

encargo la persona a quien viene rotulado, y es también una señora, y

se llama doña Jacoba Zahón.

—Eso de Zahón me huele a masonería. Y la señora que lo entregó a usted,

¿quién es?

—Allí la llamaban la Marquesa, y decían de ella que politiqueaba, que

sostenía larga correspondencia, y que en Tours y en Burdeos estuvo en

relaciones íntimas con algunos emigrados liberales.

—¡Ah... por san Benito de Palermo!... Ya veo, ya veo claro... digo, no,

no veo más que oscuridades y fantasmas... Señora allá que manda, señora

aquí que recibe... Aviraneta... La _Confederación isabelina_..., el

degüello de regulares..., Mendizábal... Usted recibido y aposentado en

Madrid por personas desconocidas que no dan la cara..., usted vestido

por Utrilla..., usted obsequiado con billetes de teatro y con otros

regalitos que no habrá querido decirme... ¡Ay!, don Fernando de mi

alma, como mi religión me ordena no creer en brujas, y mi experiencia

me permite creer en enjuagues masónicos, yo le veo a usted tocado de

locura, y me vuelvo loco también, porque no entiendo una palabra de

este intrincado negocio.

—¡Y luego decimos que somos clásicos!

—¡Clásicos! Eso quisiéramos. El mundo está tocado de insana demencia...

Ya no pasan las cosas como antes, con aquella pausa y regularidad de

otros tiempos; todo está trastornado; reina la sorpresa, mangonea el

acaso, y los acontecimientos se suceden sin ninguna lógica. Ya no hay

reglas, mi querido don Fernandito. Esto es el caos, la barbarie, la

anarquía de las almas. Corre un viento de desorden, y en la naturaleza

no hay aquella serenidad, aquella calma majestuosa... ¿Digo mal?

—Dice usted muy bien. Yo me noto lanzado en este vértigo, en este

espantoso remolino.

—Todo por ese maldito... Hasta me repugna pronunciar su nombre.

—Ese maldito... ¿qué?

—¿Sabe usted, Fernando Calpena —dijo el clérigo con solemne gravedad,

parándose en firme—, quién tiene la culpa de esta locura que nos saca

de quicio, de esta llamarada que nos abrasa el rostro, de esta comezón

que nos hace bailar la tarántula?

—¿Quién tiene la culpa?...

—¡Qué! ¿No lo acierta? Pues tienen la culpa Víctor Hugo y Dumas, esos

dos infames progenitores del romanticismo... ¡El romanticismo! Ese es

el remolino, ese es el vértigo, esa es la locura...

—Don Pedro —dijo Calpena, sin encontrar pertinente lo que afirmaba su

amigo—, ¿qué tiene que ver...? ¡Dumas, Víctor Hugo!... son dos grandes

poetas...

—Que han desatado las tempestades en nuestra literatura, y tras el

desquiciamiento de la literatura ha venido el de la política, y

luego el de la vida toda... Yo, a esos dos, les mandaría cortar la

cabeza, sin cargo alguno de conciencia, como a malhechores del género

humano, y me quedaría tan fresco... ¿No ve usted que ya no hay orden

ni reglas en el curso de los hechos que constituyen la vida? ¿No ve

usted que ya todo es exaltación, misterio, fantasmas, lo desconocido,

lo imponderable?... Pues espérese usted un poco, que ya empezarán los

espectros, las tumbas, los cipreses funerarios... En fin, vámonos a

comer, que yo, la verdad sobre todo, tengo ya ganas. Y esta tarde nos

iremos a dar un largo paseo por las afueras, para que usted me cumpla

su promesa de contarme algo de su vida, y del cómo y el por qué de

haber venido a este maldito Madrid.

—Volvámonos a casa —dijo Calpena sobresaltado, pues temía un golpetazo

repentino de la suerte, como contrapeso de tantas venturas—, y veremos

cuál es la sorpresa de esta tarde.

—¡Qué!... ¿Teme que venga de sopetón la mala?... Deseche usted ese

recelo, porque si viniera la mala, caería sobre mí. Quiero decir que

aquí está Pedro Hillo para recogerla, pues yo seré su pararrayos,

señor don Fernandito. No dude que si salta la chispa caerá sobre este

cura..., y usted libre, usted siempre feliz... Si no, al tiempo.

Sorpresa hubo, en efecto; mas no desagradable, como Calpena temía.

Al entrar le dio Méndez un paquetito que acababan de traer. Pálido y

ceñudo, el joven no se atrevía a cogerlo. Hízolo Hillo, tomó el peso, y

se echó a reír diciendo:

—Que me excomulguen si esto no es dinero contante y sonante.

El paquetito era como una carta muy abultada, o como un libro de poco

volumen, esmeradamente envuelto en papel superior, cerrado con lacres.

Estos no tenían sello con letras o escudo. Antes de abrirlo, preguntó

don Fernando a Méndez quién lo había traído.

—Ha sido el mismo señor, ese que llaman _Edipo_.

—No puede ser más clásico —observó don Pedro—. A ver, a ver..., abra

usted.

—Podría usted haberle dicho que se esperara. Yo le habría

interrogado... En fin, veamos qué es esto.

Metiose en su cuarto con Hillo, y en pocos segundos quedó aquel nuevo

enigma descifrado a medias, pues si debajo del envoltorio apareció

una elegantísima y perfumada cartera de piel, con un cartoncillo en el

cual resplandecían ocho medias onzas prendidas con un cruce de seda

encarnada, no se encontró papel escrito, ni tarjeta, ni cifra por donde

la procedencia pudiera ser conocida.

—Muy bien —dijo el presbítero restregándose furiosamente las manos—.

Eso no podía faltar... Aparece la lógica en medio de este barullo

romántico... Le mandan a usted dinero para el bolsillo, pues un joven

vestido por Utrilla, un caballero que ocupará altas posiciones, que

figurará entre los más elegantes de Madrid, no es bien que ande sin

pólvora... Ea, no se devane ahora los sesos... Ya parecerá, señor, ya

parecerá el donante. Vámonos al comedor, que con estas sorpresas se me

aguza el apetito.

Comieron solos, porque Iglesias, convidado por López, se había ido a la

fonda de Genieys; don Fernando hablaba poco; a Hillo se le despertó la

locuacidad con tanta fuerza como el apetito, y trataba de apartar al

joven Calpena de la sombría cavilación en que había caído...

—Antes dije a usted que estábamos locos, y ahora añado que bendita sea

la locura si viene siempre así. Mientras lluevan medias onzas, ora sean

en pasta, ora transformadas en cosas de diferente utilidad, no llore

usted, joven. Si luego nos cae alguna rueda de molino, tiempo habrá de

lamentarlo. Y hablo en plural, porque si mi delicadeza no me permite

participar de los beneficios exclusivamente destinados a usted, deseo

y quiero ser partícipe de los males, cuando Dios se fuere servido de

enviarlos. Conque reposemos un rato la comida, y luego nos iremos a

estirar las piernas al Retiro.

Hiciéronlo así, y descansando de su caminata a la sombra de unos

copudos negrillos, en sitio sosegado, allá por el Baño de la Elefanta,

don Fernando se franqueó con su amigo, ofreciéndole los datos

biográficos que anhelaba conocer, como clave o guía para descubrir la

_misteriosa mano_.

—Los primeros recuerdos de mi infancia —contó Calpena— se refieren

a Vera, y a la casa del cura de aquel pueblo. Pero yo nací y fui

bautizado en Urdax, no constando en la partida más que el nombre de

mi madre, Basilisa Calpena. Ni la conocí nunca, ni he sabido de ella,

pues la mujer que me crio se llamaba Ignacia, natural de Zugarramundi,

habitante en Vera, en una casita próxima a la del cura. No tenía yo

dos años cuando este me llevó consigo, y ya no me separé de él hasta

su muerte, ocurrida el año 32. Llamábale yo padrino, y él a mí ahijado

y a veces hijo. Era el hombre más excelente que usted puede imaginar,

sin tacha como sacerdote, verdadero pastor de sus feligreses; tan

caritativo que todo lo suyo era de los pobres; entendido en mil cosas,

principalmente en agricultura, en astronomía empírica y en humanidades;

gran latino, tan modesto en sus hábitos y tan apegado a la humilde

iglesia en que desempeñaba su ministerio que rechazó la oferta de una

capellanía de Roncesvalles y del deanato de Pamplona. Para mí, don

Narciso Vidaurre, que así se llamaba, era la primera persona del mundo,

y en él se condensaron siempre todos mis afectos de familia, pues él

era para mí como padre y maestro. Si no me había dado la vida, me dio

la crianza, la educación, y me enseñó a ser hombre, infundiéndome

la dignidad, la confianza en mí mismo, y preparándome para los mil

trabajos de la vida. Desde niño me enseñó todo lo concerniente, en lo

moral y en lo social, a personas principales..., quiero decir que me

crio para señor, no para sirviente ni para la vida oscura y zafia del

campo. Aunque no con puntualidad, don Narciso recibía cantidades para

mi sostenimiento, educación y demás. Ellas venían unas veces de Madrid,

otras de Burdeos o París. De esto me enteré yo en mi niñez; pero él

nunca me dijo nada, y aunque a veces aludía vagamente a mis padres,

dándome a entender que existían, y que yo podría conocerles andando

el tiempo, jamás me habló concretamente de asunto tan delicado. Sin

duda, no se creía con facultades para hacerme tal revelación; o tal

vez aguardaba a que yo cumpliese determinada edad. No sé, no sé, amigo

Hillo... Mis confusiones son ahora las mismas que hace algunos años.

Quizás, si mi padrino viviera, ya habría cesado mi ignorancia de cosa

tan importante; quizás...

—Permítame... Entre paréntesis... —dijo don Pedro, que ponía profunda

atención en el relato—. Una pregunta: ¿en aquel tiempo recibía usted,

también favorcitos misteriosos de la _mano oculta_?

—En tiempo de mi padrino, jamás. En París, una vez sola. Ya llegará

oportunidad de contarlo... Seguiré con método.

—Permítame otra pregunta: ¿ese señor murió de repente?

—Sí..., de un ataque apoplético. No le dio tiempo a nada.

—Claro..., si hubiese tenido tiempo, lo natural y lógico era llamarle a

usted..., decirle: «Hijo mío, tal y tal...».

—Su muerte fue para mí un golpe tremendo. Parecíame que se acababa el

mundo, la humanidad; que yo me veía condenado a soledad eterna, a un

desamparo tristísimo... Aquel santo hombre era para mí la única y total

familia, el maestro, el amigo, el inspirador de todos mis pensamientos,

guía de todos mis actos... Dejome un horrible vacío...

—Dispense... Otra pregunta: ¿no tenía el buen don Narciso, como es uso

y costumbre en la clase de curas, alguna familia de sobrinas, amas?...

¿O es que vivía enteramente solo?

—Tenía una hermana más vieja que él, doña María del Socorro, que le

llevó tres años por delante en el morir; buena señora, aunque algo

regañona y descontentadiza, y un hermano que no vivía en Vera... Muerta

doña María, siguieron gobernando la casa una sobrina, que al poco

tiempo casó con uno de Fuenterrabía, y dos antiguas criadas de la

familia, que aún sirven al sucesor en el curato, un sobrino segundo,

llamado Avelino, buen muchacho, pero que no es ni la sombra de su

tío... No nacerá otro don Narciso Vidaurre, el santo, el justo, el

sabio, el discreto, el...

Mendizábal · 第 10 / 36 题