IV

—Allá voy —dijo Calpena indicando a su amigo que se sentara—. Paréceme

haber contado a usted que los hermanos de mi padrino me mandaron a

París a instruirme en el comercio y la banca. Empecé a trabajar, digo,

a aprender, en la casa de comisión de Reischoffen y Bloss, alsacianos,

donde solo estuve tres meses, pasando después a la célebre casa de

banca de Ardoin, que opera por millones de millones, y hace empréstitos

a las naciones apuradas, negociando con los estados y con los reyes,

con los gobiernos y hasta con las revoluciones. En fin, esto es largo

de contar. Allí estaba yo muy bien. Llevaba toda la correspondencia

de la América española; me daban regular sueldo, y el principal me

distinguía y me trataba con mucho miramiento. Un día de febrero vimos

entrar a un señor alto y bien parecido, de ojos negros, cabello

rizado, patillas cortas, muy elegante y pulcro. Al punto corrió la voz

entre los dependientes:

—Es Mendizábal, el gran Mendizábal, el restaurador de la Monarquía

legítima en Portugal...

Entró en el despacho del barón, nuestro jefe, y a la media hora este me

llamó...

—Para presentarle al señor don Juan de Dios.

—No, señor: para mandarme que le acompañara por las calles de París,

que yo conocía perfectamente, y el señor Mendizábal no. Tenía que ir

a la casa Erlanger, _rue Drouot_, muy cerca de la nuestra, _Chaussée

d’Antin_. Cojo mi sombrero, y me pongo a la disposición del hombre

grande, en cuya compañía salí muy orgulloso. Por la calle me hizo mil

preguntas: quién era yo, cómo se llamaban mis padres, cuánto tiempo

llevaba de residencia en París y de aprendizaje en casa de Ardoin. Yo

le contesté como pude, y al llegar a las oficinas de Erlanger me mandó

esperar para que le condujese a otra parte.

—Nada, que le cayó usted en gracia —dijo Hillo restregándose las

manos—. Así se empieza, así.

—Al salir de la visita me preguntó si sabía yo cuál era la mejor

casa de París en guantes y perfumería, y le indiqué Damiani, en el

boulevard Saint-Denis. Tomó el hombre un coche de alquiler, que allí

llaman _fiacre_, y fuimos de compras. Debo decirle a usted que es algo

presumido, y que gusta de acicalarse y lucir su buena figura. De la

guantería fuimos a comprar un maletín de mano para viaje, con muchos

compartimientos y algún secreto para papeles reservados. Compró también

un calzador, tirantes y algunas otras baratijas que no recuerdo. Dejome

en mi escritorio, y él se fue a su hotel, en la _rue de l’Arcade_,

mostrándose en la despedida tan fino y al propio tiempo tan llano, que

yo estaba encantado. Díjome que, siempre que no le convidasen, comería

en el Palais Royal, en casa de Very, y se dignó invitarme, excusándome

yo todo turbado y confuso.

—Esto se llama caer de pie, amigo mío, o nacer en Jueves Santo. Siga

usted, que me parece que aún falta algo.

—Verá usted. A los dos días mandó un recado a mi principal, pidiéndole

un buen amanuense español que escribiese corrido, con buena letra

y mejor criterio. El barón me eligió a mí, y aquí me tiene usted,

encerrado con el señor Mendizábal en una cómoda estancia del hotel

_Meurice_, los dos frente a frente, con una mesa por medio, él dictando

y yo escribiendo. Hombre más incansable no he visto en mi vida. Cinco

horas me tuvo con la pluma en la mano. Dictó una larguísima carta a

Martínez de la Rosa, otra al Conde de Toreno, y dos o tres a personas

para mí desconocidas. Él estaba en bata, una bata elegantísima, y

zapatillas de terciopelo, con las que lucía su pie pequeño, que parece

de mujer. Casi era preciso escribir taquigrafía para poder seguirle.

Expresaba su pensamiento con rapidez; rectificaba pocas veces; no se

paraba en el estilo; iba derecho al asunto y a la idea, sin cuidarse

de la forma. Mandome volver al día siguiente, y me dictó tres o cuatro

decretos, uno de ellos suprimiendo las órdenes religiosas y haciendo

tabla rasa de todos los frailes, monjas, clérigos y beatas que hay en

estos reinos, estableciendo la reversión de todos los bienes al Estado

para venderlos... y ¡qué sé yo!

—¡María Santísima! Pero eso sería broma.

—¿Broma? Ya verá usted las que gasta ese sujeto. No habíamos concluido

aquella degollina de frailes y la repartición de sus riquezas, cuando

entró un señor inglés, que debía de ser diplomático, pariente, sobrino,

hijo quizás del embajador en Madrid, que no sé cómo se llama.

—_Mister_ o _sir_ Jorge Williers. Adelante.

—Y hablaron en inglés, y no entendí una palabra... Bueno: pues en

esto son anunciados tres españoles, y don Juan les manda pasar. ¡Ay,

qué alegría, qué abrazos, qué tarabillas, hablando todos a un tiempo!

Evocaban recuerdos de la juventud, alababan lo pasado, denigraban lo

presente con saña y cuchufletas... La conversación fue continuada

en castellano, después de hacer Mendizábal con gran ceremonia la

presentación del inglés a los españoles, y viceversa. Pregunté al

señor don Juan si debía retirarme, y me mandó que me quedara, lo que

me supo muy bien. ¡Qué gusto estar mano a mano con aquellos señorones,

calladito, oyendo todo lo que decían, que era sabroso, picante y muy

instructivo, pues yo poco o nada sabía de España! Mandó don Juan al

mozo que sirviese vino de Porto, y con esto las lenguas se soltaron aún

más de lo que estaban.

—Recordará usted los nombres de esos tres españoles, que de fijo

hablarían pestes de su patria.

—Los nombres no los recuerdo; las caras, sí: de seguro son personajes

de acá, y puede que alguno esté hoy en candelero. El uno puso de vuelta

y media a ese Martínez de la Rosa; el otro no dejó hueso sano al conde

de Toreno, que entonces era ministro, y el tercero le hincó el diente

venenoso a la reina Cristina y a su marido don Fernando Muñoz.

—¡Lástima que usted no se fijara en los nombres!

—Continúo. Pues hablando, hablando de lo revuelto que está todo, de

lo mal que gobiernan los que gobiernan, de las cosas gordas que se

preparan, la conversación recayó en los asuntos de Portugal, y uno de

ellos dijo que en Lisboa había salido un folleto poniendo de oro y azul

a Mendizábal, y negando que tuviera arte ni parte en la restauración

de doña María de la Gloria. Armose entonces gran tremolina. Don Juan

Álvarez daba golpes en el brazo del sillón, acusando de envidiosos y

calumniadores a algunos españoles residentes en Portugal; indignose el

inglés, echando venablos en su lengua, y los otros atribuían todo a

intrigas de los _moderados_ (no sé qué gente es esta que aquí llaman

_moderada_), por arrojar lodo a la figura del grande hombre que se

indicaba ya como el único que podía enderezar al país. No sé cuál de

ellos manifestó no estar al corriente de lo de Portugal, por haber

vivido fuera de la península durante los años de aquellas tremolinas...

(paréceme que el tal es militar y de los que aquí llaman _ayacuchos_),

y entonces don Juan Álvarez, a instancias de todos, refirió

puntualmente las grandes empresas a que prestó su auxilio.

—Y se despacharía a su gusto, abultando los peligros, y presentándose

como enviado de la Providencia divina.

—Solo puedo asegurarle a usted que en lo que relató se ve la verdad,

así como una energía pasmosa, fecundidad de arbitrios, recursos

ingeniosos, entusiasmo para encender más la voluntad, maña para suplir

a la fuerza. Lo que sí me pareció notar es que el buen señor se regodea

contando sus empresas: gusta de hablar de sí mismo, y de hacer ver que

sin él no se hubiera hecho nada, lo que en muchos casos parecía verdad.

—Psh..., todo se redujo a proporcionar a don Pedro un empréstito...

Sin dinero no se hacen revoluciones. Mendizábal, por su metimiento en

las casas mercantiles de Londres, fácilmente levantaba fondos para

quitar y poner reyes. Si para echar a los reyes se necesita dinero, el

volver a traerlos cuesta mucho más. No anda sin unto el carro de las

restauraciones.

—Perdone usted. Mendizábal hizo bastante más que proporcionar a don

Pedro los cuartejos que necesitaba. Ya comprende usted que mientras

el grande hombre refería sus hazañas, yo ni le quitaba ojo ni perdía

silaba. Todo lo oí, y se me ha quedado bien presente... Hizo verdaderos

prodigios, y se mostró gran financiero, gran político, y hasta gran

militar, con unas facultades de organización que ya las quisieran más

de cuatro... Don Pedro y su hija se habían refugiado en las islas

Terceras, y allí pasaban su triste vida mirando al cielo, esperando su

salvación de la Providencia. Pero esta no les hacía maldito caso, y

los ingleses, a quienes el buen emperador brasileño pedía recursos, no

soltaban ni un chelín. En una de sus excursiones a Londres, el aburrido

Don Pedro y Mendizábal se conocieron. Don Juan le dio alientos; le

indujo a perseverar en su empresa, minando la tierra para procurarse

hombres y pecunia, ambas cosas necesarias para conquistar reinos, y

empezó por facilitarle un empréstito de la casa Ardoin, mi casa, señor

Hillo, la casa donde fui triste aprendiz con ciento cincuenta francos

de sueldo al mes... Cien mil libras esterlinas entraron en el bolsillo

de don Pedro, y con ellas renació la esperanza de sentar en el trono a

la niña. El hombre se metió de hoz y de coz en la causa portuguesa, y

no habría hecho más si doña María de la Gloria fuera su propia hija.

—Bien, bien: así han de ser los hombres.

—En un santiamén compró dos fragatas por cuenta de la Regencia, que

tal era el gobierno constituido por don Pedro en la capital de las

Terceras. Advierta usted que en estas compras empleaba sus recursos,

sin más garantía que una palabra del emperador. Adquiridos los barcos,

agenció en la City más dinero, más, y en seguida, a buscar hombres,

soldados. Mientras en las Terceras se organizaban unos seis mil,

en Plymouth, puerto de Inglaterra, se alistaban más. Mendizábal,

que en todos estos asuntos ponía siempre una vehemencia y un ardor

increíbles, y así lo declara él mismo, no tenía sosiego... Creo yo

que las empresas políticas le seducen, le enloquecen; pone en ellas

toda su alma y una actividad febril... El hombre se multiplicaba.

Sus propios asuntos perdían para él todo interés. No vivía más que

para la Monarquía liberal portuguesa. Él mismo lo dice: «Cuando se le

enciende el patriotismo no vive, no desmaya hasta conseguir lo que se

propone». Cien vidas propias daría él por exterminar a los sectarios

del usurpador absolutista don Miguel, que es allí lo mismo que aquí

nuestro don Carlos María Isidro... No contento con los alistamientos

que había hecho en Inglaterra con ayuda del duque de Palmela, se

planta en Bélgica, y en cuatro días, auxiliado por su amigo el general

Van Halen, busca y encuentra, organiza y equipa un regimiento de mil

flamencos con sus jefes y todo... En Ostende les embarcaron en un buque

de vapor fletado en Londres, y reunidos en Plymouth con los ingleses

y portugueses, zarpó la expedición contra Oporto, mandada por el

mismo don Pedro. Dominaban en Oporto los liberales, por lo que no le

fue difícil al padre de doña María la ocupación de aquella capital.

Pero el don Miguel acudió con mucha tropa, puso cerco a la plaza, y

si bien no pudo entrar en ella, tampoco los _mariístas_ podían salir.

Allí hubiera sucumbido don Pedro, si Mendizábal, desde Londres, no le

animara a la resistencia ofreciéndole nuevos auxilios. ¿Qué hizo el

hombre? Pues buscar más dinero; reunir más soldados; formar al propio

tiempo una escuadra, cuyo mando se ofreció al célebre almirante inglés

Napier. Escuadra y segundo ejército debían operar en los Algarbes, para

sublevar en pro de la reina a las poblaciones del sur, y atacar por

retaguardia el ejército miguelista. Todo se hizo tal y como lo había

dispuesto don Juan... La segunda expedición se dirige a Oporto, donde

refuerza a los combatientes asechados por don Miguel; después parten

dos mil hombres a los Algarbes, desembarcando felizmente. Allí se pasan

a los liberales algunas tropas del absolutismo: entre todas invaden el

Alentejo. La escuadra mandada por Napier desbarata la miguelista en

el cabo de San Vicente; don Pedro sale de Oporto y bate a don Miguel.

Replegándose a Lisboa, recibe este otro achuchón tremendo de las tropas

liberales, y ya tenemos al emperador entrando triunfante en su capital,

a la niña doña María de Braganza en el trono, y al don Miguel escapando

para el extranjero como alma que lleva el diablo.

—Y hecho todo eso, que si es como usted lo cuenta, no dudo en

calificarlo de maravilloso, el don Juan Álvarez se volvió a su

escritorio de Londres tan fresco, a contar millones, calcular

empréstitos, extender letras de cambio, mirando dónde salta otra reina

que socorrer, y otro usurpador malsín a quien poner en la puerta.

—Que no faltan, como usted ve.

—Pero Portugal es chico: puedo compararle a un juguete, para estas

cosas de revoluciones y quita y pon de tronos. Ahora veremos cómo se

las arregla aquí el gaditano; aquí, donde salimos de una zaragata para

entrar en otra, donde nos peleamos por los derechos a la corona, por

las Juntas, por la Milicia Urbana, por una letra de más o de menos en

la Constitución, y por lo que dicen o dejaron de decir Juan y Manuela.

Vamos a ver a los hombres guapos; a los salvadores de sociedades;

a los que sacan el dinero de debajo de las piedras para equipar

soldados; a los genios, como ahora se dice; a los que calman las olas

revolucionarias con el _quos ego_... del amigo Neptuno.

—Adelante: va muy bien. Está usted empleando una forma de ironía muy

bella. Es lo que llamamos _cleuasmo_.

—Dispense usted. Esta forma irónica se llama _carientismo_. Consiste, y

bien lo recordará usted; consiste...

—Sea lo que fuere, amigo Hillo, mi parecer es que Mendizábal no ha

venido aquí por ambición, sino por patriotismo. Oí contar que se

hallaba muy tranquilo en Londres cuando recibió el nombramiento de

ministro de Hacienda, que le dejó estupefacto.

—Y estupefacto se ha venido aquí por Portugal; y en cuanto llegó a

Badajoz, empezó a largar decretos... Bueno: le concedo a usted que esto

sea patriotismo; pero es un patriotismo... romántico, y lo romántico

sepa usted que a mí no me gusta. En literatura me apesta, y a ese

francés que llaman Víctor Hugo le mandaría yo cortar el pescuezo: en

política tengo por más funesto aún el romanticismo.

—Puede que esté usted en lo cierto; pero el señor Mendizábal es ante

todo hacendista, y en esto no creo yo que quepan romanticismos. Los

números, ¡ay!, los números, amigo mío, son clásicos.

—Allá lo veremos; y pues ya tenemos al hombre con las manos en la masa,

pronto hemos de saber si yo me equivoco o se equivoca usted.

—Yo no profetizo: yo espero, y...

—¿Cree usted firmemente que don Juan Álvarez enderezará esta

desquiciada nación?

—No lo aseguro; pero confío en que lo hará.

—Pues yo no.

—¿En qué se funda?

—No dudo que le sobren buena intención, voluntad firme, actividad,

talento; pero...

—¿Pero qué?

—Que con sus buenas cualidades incurrirá en el defecto de todos

los ilustres señores que nos vienen gobernando de mucho tiempo acá.

Talento no les falta, buena voluntad tampoco. Y fracasan, no obstante,

y continuarán fracasando unos tras otros. Es cuestión de fatalidad en

esta maldita raza. Se anulan, se estrellan, no por lo que hacen, sino

por lo que dejan de hacer. En fin, amiguito, nuestros mandarines se

parecen a los toreros medianos: ¿sabe usted en qué? Pues en que no

_rematan_...

—¿Qué significa eso?

—No se ría usted del toreo, arte que me precio de conocer, aunque no

prácticamente. Y sepa usted, niño ilustrado, que hay reglas comunes

a todas las artes... De mi conocimiento saco la afirmación de que

nuestros ministriles no _rematan la suerte_.

—¿Y cree usted que Mendizábal...?

—Hará lo que todos. Empezará con mucho coraje, y un trasteo de primer

orden..., pero se quedará a media suerte. Usted lo ha de ver... Que no

remata, hombre, que no remata... Y créame usted a mí: mientras no venga

uno que remate, no hemos adelantado nada.

V

Alejose hacia su cuarto, accionando festivamente, y en dirección al

suyo iba también Calpena, cuando le detuvo el patrón señor Méndez, y le

dijo entre risueño y respetuoso:

—Ahí tiene usted el sastre.

—¿Qué sastre?

—Pues el cortador mayor del señor Utrilla, que viene a tomarle medida.

Le mandé pasar a la sala, donde espera hace un cuarto de hora.

—Ese señor se equivoca. Yo no he llamado a ningún sastre.

—Aunque no le haya usted llamado, él viene, y cuando viene, él sabrá

por qué. Déjese tomar medida, y que le hagan cuanta ropita necesite

para ponerse bien guapo.

—¿Pero está usted loco?... ¿No hay más que encargar ropa? Y luego...,

señor Méndez..., luego vienen las cuentas, ¿y qué hacemos? ¿Soy acaso

un señor Mendizábal, que con cuatro rasgos de pluma fabrica millones?

—Las cuentas no son cuenta de usted, sino de quien las pague. Entre el

señor en su cuarto, y escoja las telas, y déjese que le midan el cuerpo

a lo largo y a lo ancho...

—Que pase ese hombre —dijo Calpena prestándose a todo, con la

esperanza de salir de la confusión en que, desde su venturosa llegada a

Madrid, vivía.

En presencia del oficial, hombre finísimo, colorado y regordete, que

iba cargado de muestras de diferentes paños, don Fernando no pudo

resistir a la fascinación que ejercía sobre él, joven y gallardo, la

idea de vestirse elegantemente. Ante todo quiso saber cómo y por qué

los afamados sastres acudían en busca de parroquia sin que nadie les

llamase; pero sus interrogaciones prolijas y capciosas no lograron

aclarar el enigma.

—Mi principal, el señor Utrilla —le dijo aquel relamido sujeto—, me

ha mandado acá con muestras y encargo de tomar a usted medida para

diferentes piezas. Hubiera venido él en persona con mucho gusto; pero

está malo de un pie, y hoy no puede salir de casa. De quién ha recibido

las órdenes para estas hechuras, yo no lo sé, señor mío, ni es cosa que

me corresponde averiguar.

—Pues yo —afirmó Calpena— no me dejo medir el cuerpo mientras no

sepa... ¿Será tal vez alguna broma impertinente?

—Eso, de ningún modo... Utrilla no se presta a tales bromas... Crea

usted que, cuando me ha mandado aquí, es porque ha recibido órdenes

de personas que saben el cómo y por qué de lo que encargan. Conque...

tomemos esos puntos, y no piense usted en nada más que en vestirse como

le corresponde.

—Accedo, sí, señor —replicó don Fernando en el tono de quien se presta

a seguir un bromazo de buen género, y seducido además por la idea de

ver realizada su ilusión juvenil de vestir buena ropa—. ¿Sabe usted el

cuento del perrito y del trasquilador?

—Sí, señor —dijo el otro, ayudándole a quitarse levita y chaleco—. Es

un cuento viejísimo...

—Pues ahora mida usted todo lo que quiera, y hágame todas las prendas

de vestir que haya dispuesto... el amo del perrito.

—Me han dicho que dos levitas, fraque, un traje de mañana..., cuatro

pares de pantalones variados.

—Ande usted, maestro... Y si quiere dejarle borlita en el rabo,

déjesela usted.

—La ropa más precisa para un joven _introducido_ en sociedad. ¿Qué

menos? ¡Ah!, me olvidaba. También le haremos capa de sedán finísimo,

con forros de piel de chinchilla.

—Me parece muy bien... ¿Y las levitas, cómo han de ser?

—El señor de Utrilla acaba de llegar de Londres... Precisamente al

bajar de la diligencia se estropeó el pie. Pues ha traído las últimas

novedades que se han puesto al uso en aquella capital. Las levitas

son ahora cortas y de poco vuelo en los faldones; pero siguen muy

entalladas, marcando bien la cintura. Las que ha traído el señor

Mendizábal, y que tanto llaman la atención, son ya antiguas, y en

Londres no las usan más que los _lores_, que es como si dijéramos los

señores próceres protestantes, que tienen asiento en lo que llaman

Parlamento inglés, o sea las Cortes liberales de allá.

—Hombre, bien... ¿Conque entalladas y de faldón corto?

—Menos largo que el año pasado —dijo el sastre, tomando y anotando las

medidas con singular presteza—. Los cuellos son ahora más largos, y

bien caídos sobre los hombros; los botones grandes... Haremos una de

las levitas, si a usted le parece, con cordones a la húngara...

—Perfectamente. Despáchese usted a su gusto... ¿Y los paños?

—Fíjese usted en este color verde oscuro, que es la gran novedad que ha

traído Utrilla. Se llama _Lord Grey_, y es el gran _furor_ en Londres.

—Pues hagamos _furor_ aquí... Pero las dos levitas no serán iguales.

—Haremos azul gendarme, _Conde Orsay_, la de cordones. ¿Qué le parece?

—Acertadísimo... ¿Y cuándo podré estrenar?

—Lo activaremos todo lo posible... Tenemos mucho trabajo, y velamos

para servir a tantísima parroquia.

—Pero no me dejarán ustedes para lo último, como parroquiano pobre...

—Será usted de los primeros... Y que tiene un talle de primer orden, y

una forma de cuerpo que no hay más que pedir. Le caerá a usted la ropa

que ni pintada.

—Y en fraques, ¿qué se lleva?

—Los fraques son ahora sin cartera; faldones nada de anchos, y los

cuellos de la misma forma que las levitas. El señor Mendizábal los trae

negros, verdaderamente _fachonables_ por el corte y lo bien sentados.

—¿Y el mío será también negro?

—No, señor: a usted, por la edad, le corresponde... café claro.

—¡Magnífico!... Y en pantalones ¿qué tenemos?

—Sigue la moda de las telas escocesas; pero sin exagerar el tamaño de

los cuadros. Haremos a usted dos _patencur_, y dos más ligeritos: uno

negro para entierros, y otro claro. Se llevan estrechos, sin tocar en

el extremo. Chalecos, se le harán a usted seis: dos de seda en claro,

uno en oscuro, dos _piqué_ y uno escocés.

—¡Maravilloso! Y en tanto que me confeccionan todo eso, me estaré

en casa, escondidito, leyendo las _Mil y una noches_, única lectura

a que debo aplicarme ahora para hacerme a estas sorpresas... Adiós,

maestro... Y que se esmeren en el corte... ¿Cuándo probamos? Estoy aquí

a su disposición todo el día. ¿Pues cómo voy a salir a la calle con

estos adefesios de ropa que he traído de mi pueblo?... Vaya con Dios...

y no me olvide, maestro.

Retirose el sastre, y don Pedro Hillo, que acechaba en la puerta

aguardando que el joven estuviese solo, entró de rondón con los brazos

abiertos, diciendo muy gozoso:

—Pero, niño, ¡le regalan ropa elegante, y todavía gruñe! Rarísimos son

en el universo estos fenómenos de salirle a uno sastres _ex-machina_,

que le miden, le cortan, le cosen, y después no cobran. Casos tales

acaecen solo de siglo en siglo, y hay que saber aprovecharlos. ¡_Oh

fortunate nate_! Yo, que para hacerme una sotana tengo que ahorrar

seis meses en la comida, le declaro a usted simple de solemnidad si

no acepta calladito esas mercedes anónimas. Por la sagrada orden que

profeso, declaro también que a mí no me ha pasado jamás cosa semejante,

y que las deidades misteriosas y las manos ocultas no han existido para

mí. A usted me arrimo, por si se me pega algo y halla en su ventura

mi desventura algún remedio. Ya, ya sé..., me lo ha dicho Méndez, que

anoche recibió usted un abultado pliego. Abrió, ¿y qué era? Billetes

para los teatros del Príncipe y la Cruz. Dígame: ¿no ha recibido

también para los toros?

—Todavía no —dijo Calpena sonriente—; pero por lo que voy viendo, ya

no dudo que los tendré la víspera de la primera corrida. Y como de los

teatros mandan dos, para que vaya con algún amigo, iremos juntos a la

plaza.

—Ya le mandarán también, cuando empiece el tiempo de las máscaras,

para los bailes de _Trastamara_ y del _Café de Solís_. Pero a eso no

podré acompañarle... Le daré consejos, porque de fijo han de salirle

aventuras y le acosarán mascaritas...

—Ya adivino sus consejos.

—¿A que no?

—Que remate la suerte.

—No, no es eso, sino todo lo contrario. Que se prevenga contra las

celadas que pudieran tenderse a su voluntad honesta, virginal. Este

Madrid es muy malo. No se fíe usted de las caras tapadas.

—De las manos ocultas debo fiarme, según dice.

—No es lo mismo. Esa mano desconocida le viste a usted, le da de comer,

atiende a sus necesidades. Las caritas encapuchadas podrían hacer lo

contrario: desnudarle, quitarle el pan de la boca y reducirle a la

ruina y la miseria. Existirán tal vez, ¿quién asegura que no?, manos

escondidas que quieran perderle, como las hay que trabajan por su bien.

Lo primero que usted debe hacer es averiguar en qué cielo habita esa

deidad misteriosa, para poder rezarle y pedirle lo que le convenga.

—¿Qué le pediría usted para mí si estuviese en mi lugar?

—Lo primero, un destino de Hacienda o de _lo Interior_ con doce mil

realetes... Y puesto a pedir, yo que usted pediría también la cátedra

de Alcalá para un amigo.

—Para usted eso y mucho más.

—Las manos mágicas deben extender sus caricias a los buenos amigos. A

Roma con Santiago he revuelto yo para conseguir esa humilde plaza, y

aquí me tiene usted esperando a que san Juan baje el dedo. Si hubiera

para mi una mano oculta, esa mano, en medio de las tinieblas de lo

incógnito, me daría una bofetada. Estoy dejado de la mano de Dios,

por lo que voy creyendo que Dios está en todas partes menos en las

oficinas, y que, si acaso está, no tiene en ellas la mano, sino el pie.

—No hay que desmayar. Hagamos un trato. Búsqueme usted a la persona que

ha mandado a Utrilla tomarme medidas, y si me la encuentra, prometo

a usted solemnemente que el primer favor que pediré a mi desconocida

providencia es esa colocación que usted desea..., esto en el caso de

que nos resulte influyente.

—¡Influyente!... ¡Por Dios, don Fernandito, no me venga usted con

inocencias! Esa persona desconocida tiene que ser muy alta, pero muy

alta.

—¿En qué lo conoce?

—A ver..., pronto, enséñeme usted la carta en que venían las

localidades de teatro.

—No es carta... Es un pliego cerrado con obleas... Aquí lo tiene usted.

—A ver, a ver... ¡San Canuto, qué papel más fino!... Este papel, puede

usted asegurarlo, no se encuentra en ninguna tienda de Madrid... ¿Y la

letra del sobre?... ¡Ay qué letra, san Bartolomé! ¿Es de mujer? ¿Es de

hombre?... Señor don Fernando, no se asuste de lo que voy a decirle. La

mano que ha escrito esto es de sangre real.

—¡Atiza!

—¡De sangre real!... Y si no, al tiempo... ¡Ay, señor don Fernandito de

mi alma, allá va una profecía! Déjeme usted ser profeta, y adivino,

y augur, y brujo, si usted quiere. Antes de cuatro días recibe usted,

como llovido del cielo, el nombramiento... de...

—¿De qué?

—Vamos..., de Caballerizo Mayor del Reino, digo, de Palacio... Y si no

es esto, será de otra cosa de mucha categoría.

Rompió a reír Calpena, y dijo a su amigote:

—Pero, señor don Pedro, ¿somos clásicos, o no somos clásicos?

—Sí, sí, tiene usted razón: no desvariemos, ilustre joven; pero por de

pronto, yo, el más desgraciado de los nacidos, quiero hacer constar

que anhelo ser su amigo de usted. Sí, sí: seamos amigos; déjeme usted

arrimarme al ser más afortunado, más resplandeciente de felicidad que

he visto en mi vida. Es usted el sol, y yo me muero de frío.

—Bueno, seamos amigos —replicó don Fernando, no sin cierta emoción—. Y

pues el día está hermosísimo, vámonos de paseo, y le contaré a usted

muchas cosas que ignora, y que quizás le hagan rectificar sus juicios

acerca de mí como depositario de la dicha terrestre. Diré a usted quién

soy, de dónde vengo, por qué estoy en Madrid...

—Todo eso me interesa extraordinariamente... Ya me lo contará usted

otro día; hoy no puede ser... Ni usted ni yo debemos salir hoy. Nos

estaremos aquí toda la mañana acechando a Iglesias.

—¿Pero Iglesias no duerme aún?

—Aún estaría en el primer sueño, o empezando el segundo, si no

hubieran venido a despertarle muy temprano, serían las siete, dos de

sus amigotes. Sin duda ocurren cosas gravísimas. ¿Y sabe usted quiénes

son esos dos que entraron, y, tirándole de una pata, le sacaron de la

cama? Pues yo tampoco lo sé a punto fijo, porque soy poco fuerte en

fisonomías. Uno de ellos me parece que es el conde de las Navas; el

otro tan pronto me parece Fermín Caballero, como Seoane... De que son

pájaros gordos del jacobinismo, no tengo duda...

—¿Y a nosotros qué nos importa?

—A usted, hombre feliz por obra y gracia de la providencia enmascarada,

nada le altera. ¿Ha leído usted _El Español_ de hoy?... ¿A que no?...

¿A que tampoco ha leído _El Mensajero_ ni _El Eco del Comercio_? En

mi cuarto los tengo. Vienen los tres diarios echando bombas, cada uno

según el son a que baila. Yo me alegro, para que se arme de una vez.

Esta visita de los compinches de Iglesias tan a deshora, significa

que anoche hubo gran trapatiesta en la casa de Tepa, entiéndase

_logia_, y en los cafés donde rebulle la patriotería. Parece que

las Juntas no quieren disolverse, las de Andalucía sobre todo, y

he aquí al señor Mendizábal en un brete, porque nos ofreció poner

fin a esta horrible anarquía, y en los primeros días creímos que lo

lograba. Pero aquí, para que usted se vaya enterando, tanto puede

la envidia de los propios, como la mala voluntad de los extraños; o

en otros términos, que los amigos, o sea el agua mansa, son más de

temer que los enemigos. ¿No lo entiende? Pues quiere decir que los

_estatuistas_ templados caídos del poder con Toreno, se introducen

en los conciliábulos de los patriotas, fingiéndose más exaltados que

estos, para sembrar cizaña, y al propio tiempo los _libres_ que aún

no tienen empleo se van a las sacristías del otro bando y atizan

candela, para que los diarios de la _moderación_ se desborden y se

encienda más el furor de las Juntas. Estas nos ofrecen un espectáculo

delicioso. Una pide que se restablezca la Constitución del 12; otra que

se modifique el Estatuto, y entre todas arman una infernal algarabía.

El señor Mendizábal pretende gobernar en medio de esta jaula de locos

furiosos. Manda tropas contra las Juntas, y los soldados se pasan a la

patriotería... Y los carlistas, en tanto, bañándose en agua rosada,

preparándose para venir hacia acá, porque Córdova no les ataca mientras

no le manden refuerzos... Estamos en una balsa de aceite... hirviendo.

¡Qué gratitud debemos al Señor Omnipotente por habernos hecho

españoles! Porque si nos hubiera hecho ingleses o austríacos o rusos,

ahora estaríamos aburridísimos, privados de admirar esta entretenida

función de fuegos artificiales.

—¿Y esos que están en el cuarto de Iglesias...?

—Son patriotas furibundos... de buena fe; de los que creen que

con degollar frailes, azotar monjas y hablar pestes de todos los

ministros, se arregla la nación. Sin quererlo, les preparan la suerte a

los moderados. Algunos creen en Mendizábal, y otros le repudian porque

no va por calles y plazuelas perorando, con un pendón en la mano... A

todos tiene que contentar el señor de las largas levitas. Trabajo le

mando... Si quiere usted que olfateemos lo que traman los compinches

de Iglesias, vámonos a mi cuarto, donde al paso que usted lee _El

Español_ y _El Eco_, yo me daré mis mañas para pescar al oído alguna

palabreja... Véngase usted para acá.

Fuéronse de puntillas al cuarto de don Pedro, y desde él oyeron gran

batahola en el de Iglesias; y no pudiendo este resistir el fuerte

estímulo de su curiosidad, se coló en la caverna de los conjurados,

pretextando recoger un tomo de las _Palabras de creyente_, de

Lamennais, que había prestado a su amigo. No tardó en volver risueño

con el libro, y con preciosas noticias de la conspiración, que

resultaba la más inocente que en cerebros revolucionarios pudiera caber.

—Nuestro gozo en un pozo, amigo Calpena. No tratan de ahorcar a medio

mundo, ni de sublevar a la tropa, ni de meter más fuego a las Juntas.

Las Juntas y toda esa marimorena les importa tanto a esos ángeles de

Dios como las coplas de Calaínos. Lo que les trae tan levantiscos es

que las elecciones para el Estamento están próximas, y ellos, cosa

muy natural, quieren ser procuradores. Mendizábal conferenció anoche

con Caballero, y parece que le asegura la elección por Cuenca. Los

otros dos, y alguno más que vendrá después, andan a la husma de las

procuras, y quieren estar bien con Mendizábal y con el ministro de la

Gobernación, don Martín de los Heros. Vea usted el secreto de estos

aquelarres misteriosos.

—¿Será posible, amigo Hillo, que yo, provinciano y desconocedor del

mundo y de Madrid, tenga más malicia, más trastienda que usted, que

lleva ya no sé cuántos años de andar en este terreno? Dígolo porque me

figuro que Iglesias y sus amigotes le han engañado como a un chino. Al

verse sorprendidos por la brusca entrada de usted en el escondrijo, han

variado de conversación.

—Por san Félix de Cantalicio, pienso que está usted en lo cierto... Me

han dado el trapo. Soy toro noble.

Aún no había concluido la frase, cuando entró Iglesias resueltamente

en el cuarto de Hillo, y llegándose a don Fernando con resuelto ademán

y sonrisa un tanto maliciosa, como de hombre muy corrido para quien no

hay nada secreto, le dijo:

—Ya sabemos, amigo Calpena, que ha traído usted de Francia un

voluminoso paquete de papeles para el señor Mendizábal.

Quedose un tanto suspenso el joven, y no supo qué responder.

Mendizábal · 第 8 / 36 题