--A todos nos llega, tarde ó temprano, nuestro sorbo de _jieles_ --me
dijo Severiano, cuando solos hablábamos de esto--. Yo también he tenido
que apechugar... sólo que mi potingue me pareció al principio muy
amargo, y ahora se me vuelve dulce... Pero no te digo más. Esto es una
charada. _La solución en el próximo número._
No le contesté nada, porque aunque empezaba á recobrar la palabra,
no quería hablar ni aun delante de mi amigo de más confianza. Dirélo
claro: mi voz me era odiosa, antipática, y valía la pena de condenarme
á perpetuo mutismo por no oirme yo mismo. La verdad, señores: la voz
que me quedó después de la horrible crisis era inaguantable; una voz
atiplada, chillona y aguda, que me recordaba la de los cantores de
capilla. Cuando me hice cargo de este fenómeno, entróme horror y asco
de mi propia palabra. ¡A qué pruebas me sujetaba Dios! Comprendía el
no vivir más que á medias, el ser un Nabucodonosor, el no tener otras
sensaciones que las de la comida, el no poder andar sin auxilio; pero
hablar de aquella manera... francamente, y con perdón de la Justicia
Divina, me parecía demasiado fuerte. Dicho se está que ni que me
asparan chistaba yo delante de nadie, mucho menos delante de Camila.
--¿Por qué estás tan callado? --me decía ésta--. Ramón me ha dicho que
ya pronuncias. ¿Qué te pasa, que estás ahí con ese lápiz, pudiendo
expresarte bien?
--No creas á Ramón, borriquita --escribí--. Me he quedado absolutamente
mudo. Mejor: así estoy seguro de no decir ningún disparate.
--De poco te valdrá no decirlos si los piensas --me contestó con
admirable sentido.
¡Y qué observación tan oportuna! Sobre esto de pensar disparates tengo
que relatar una cosa que no quisiera se me quedase en el tintero. Una
mañana que estábamos solos Severiano y yo, le dije, no recuerdo si
por escrito ó con mi famosa vocecilla, que hallándome amenazado de un
segundo ataque, mortal de necesidad, quería hacer mis disposiciones. Lo
que salvara de mi fortuna dejaríalo íntegro á Camila y Constantino. A
mi amigo le pareció muy natural, y entonces dije yo:
--Quizás esta herencia les perjudique en su opinión. ¿De qué manera se
evitaría?
--No me ocurre ninguna.
--¿Te parece que en mi testamento nombre heredero al niño que va á
tener Camila?
--¡Claro, tu nene...!
Lo dijo con tal acento de convicción, que creí que me apuñalaba.
Protesté con gritos roncos y con gestos convulsivos.
--Infame calumniador, si no te retractas, te muerdo. ¿Tú sabes la
atrocidad que has dicho...?
Hablé mucho, gemí é hice garabatos, sin poder convencerle. ¡Desgracia
mayor! Yo me daba á los demonios.
--Tú mismo has confirmado lo que yo sospechaba --aseguró mi amigo
con su calma habitual--. La otra noche, á eso de las doce, dormías,
y en sueños dijiste: ¡_Belisario... hijo mío_! y con una expresión
de cariño, con un tono de padrazo bonachón y meloso... Parecía que
estabas besando al pobre angelito que no ha nacido todavía, ni nacerá
hasta Noviembre, según dijo ayer su mamá.
--¿De veras que pronuncié yo esas palabras? --dije, quedándome como
lelo--. Pero, hombre, ¿no sabes que soy idiota? ¿No sabes que soy una
bestia...? Es triste que mis ladridos se tomen por razones, y mis
absurdos por verdades.
No hablé más, porque el horror de mi voz de tiple me impuso silencio.
Más adelante enjareté á Severiano tantos y tantos argumentos en defensa
de Camila, que al fin me parece quedó convencido.
Pero estuve confuso mucho tiempo, pensando en que si yo no decía
disparates despierto, en sueños no sólo los pensaba, sino que se me
salían por la boca. ¿Me habría oído Camila aquel desatino y otros tal
vez? ¿La frase suya de los _disparates pensados_ provenía de haberme
oído hablar cuando dormía? Esto me puso en gran desasosiego. Yo no
recordaba nada de lo que soñaba. ¡Tremenda cosa tener que acusarme de
actos de que era, en rigor de conciencia, irresponsable! La conciencia
de antaño seguía sin duda funcionando por sí y ante sí, á pesar de no
estar ya vigente. La ley nueva me eximía de responsabilidad; pero aun
así no estaba yo tranquilo. Encargué á Ramón que me despertase si me
sentía hablar de noche, y á Severiano le dije:
--Voy á dormir; coge mi bastón, ponte en guardia, y si me oyes alguna
barbaridad, pega. Es el animal que gruñe.
Porque, lo digo con orgullo, no sé lo que me pasaría en aquellas
misteriosas, obscuras y siempre veladas regiones del sueño; pero
despierto era yo la persona más buena del mundo. Creedlo: tenía todas
las virtudes, toditas; me atrevo á decir que era un santo. Fuera de
aquel cariño paternal que sentía por los Miquis, en mí no había ninguna
pasión. No deseaba el mal de nadie, no se me ocurría seducir á ninguna
casada ni engañar á ningún esposo. Hasta me pasó por las mientes, en
aquellos entusiasmos de mi virtud fiambre, que si recobraba la salud,
debía escribir una obra sobre los inmensos bienes de la templanza,
haciendo ver los perjuicios que para el cuerpo y el alma acarrea la
contravención de esta divina ley, y abominando de los que la tienen
en poco. Y cuando mis tíos Rafael y Serafín iban á verme, departía
con ambos (perdido el miedo á la fealdad de mi órgano vocal) sobre lo
deliciosa que es una vida consagrada exclusivamente al bien, y echaba
mil pestes contra los tontos que no saben meter en un puño las pasiones
humanas. Como saliera de la boca de mis tíos alguna anécdota sobre la
cual pudiera yo hacer pinitos de moral, al punto los hacía, poniendo á
los viciosos y libertinos como ropa de Pascua; subiendo hasta el cuerno
de la luna á los virtuosos, comedidos y morigerados, y descargando al
fin todo el peso de mi indignación sobre los hombres infernales... sí,
infernales (no me cansaría de emplear este duro calificativo), que
llevan la perturbación al hogar ajeno y siembran por el inmenso campo
de la familia humana las perniciosas semillas...
No sigo, porque me remonto demasiado. Mis nobles tíos abundaban en
mis sanas ideas. Ambos estaban tan arrumbados físicamente como yo,
igualándome en planes de virtud y en limpieza de conciencia. Las cosas
que decían en coro conmigo debieran escribirse; pero no las escribo.
Eramos tres sabios, filósofos ó santos que trabajábamos en el _triple
trapecio_ de la moral universal; y si no veía yo en nuestra trinca
famosa á Sócrates, á San Gregorio Nacianceno y á Orígenes departiendo
como buenos amigos, el demonio me lleve.