VI

--A todos nos llega, tarde ó temprano, nuestro sorbo de _jieles_ --me

dijo Severiano, cuando solos hablábamos de esto--. Yo también he tenido

que apechugar... sólo que mi potingue me pareció al principio muy

amargo, y ahora se me vuelve dulce... Pero no te digo más. Esto es una

charada. _La solución en el próximo número._

No le contesté nada, porque aunque empezaba á recobrar la palabra,

no quería hablar ni aun delante de mi amigo de más confianza. Dirélo

claro: mi voz me era odiosa, antipática, y valía la pena de condenarme

á perpetuo mutismo por no oirme yo mismo. La verdad, señores: la voz

que me quedó después de la horrible crisis era inaguantable; una voz

atiplada, chillona y aguda, que me recordaba la de los cantores de

capilla. Cuando me hice cargo de este fenómeno, entróme horror y asco

de mi propia palabra. ¡A qué pruebas me sujetaba Dios! Comprendía el

no vivir más que á medias, el ser un Nabucodonosor, el no tener otras

sensaciones que las de la comida, el no poder andar sin auxilio; pero

hablar de aquella manera... francamente, y con perdón de la Justicia

Divina, me parecía demasiado fuerte. Dicho se está que ni que me

asparan chistaba yo delante de nadie, mucho menos delante de Camila.

--¿Por qué estás tan callado? --me decía ésta--. Ramón me ha dicho que

ya pronuncias. ¿Qué te pasa, que estás ahí con ese lápiz, pudiendo

expresarte bien?

--No creas á Ramón, borriquita --escribí--. Me he quedado absolutamente

mudo. Mejor: así estoy seguro de no decir ningún disparate.

--De poco te valdrá no decirlos si los piensas --me contestó con

admirable sentido.

¡Y qué observación tan oportuna! Sobre esto de pensar disparates tengo

que relatar una cosa que no quisiera se me quedase en el tintero. Una

mañana que estábamos solos Severiano y yo, le dije, no recuerdo si

por escrito ó con mi famosa vocecilla, que hallándome amenazado de un

segundo ataque, mortal de necesidad, quería hacer mis disposiciones. Lo

que salvara de mi fortuna dejaríalo íntegro á Camila y Constantino. A

mi amigo le pareció muy natural, y entonces dije yo:

--Quizás esta herencia les perjudique en su opinión. ¿De qué manera se

evitaría?

--No me ocurre ninguna.

--¿Te parece que en mi testamento nombre heredero al niño que va á

tener Camila?

--¡Claro, tu nene...!

Lo dijo con tal acento de convicción, que creí que me apuñalaba.

Protesté con gritos roncos y con gestos convulsivos.

--Infame calumniador, si no te retractas, te muerdo. ¿Tú sabes la

atrocidad que has dicho...?

Hablé mucho, gemí é hice garabatos, sin poder convencerle. ¡Desgracia

mayor! Yo me daba á los demonios.

--Tú mismo has confirmado lo que yo sospechaba --aseguró mi amigo

con su calma habitual--. La otra noche, á eso de las doce, dormías,

y en sueños dijiste: ¡_Belisario... hijo mío_! y con una expresión

de cariño, con un tono de padrazo bonachón y meloso... Parecía que

estabas besando al pobre angelito que no ha nacido todavía, ni nacerá

hasta Noviembre, según dijo ayer su mamá.

--¿De veras que pronuncié yo esas palabras? --dije, quedándome como

lelo--. Pero, hombre, ¿no sabes que soy idiota? ¿No sabes que soy una

bestia...? Es triste que mis ladridos se tomen por razones, y mis

absurdos por verdades.

No hablé más, porque el horror de mi voz de tiple me impuso silencio.

Más adelante enjareté á Severiano tantos y tantos argumentos en defensa

de Camila, que al fin me parece quedó convencido.

Pero estuve confuso mucho tiempo, pensando en que si yo no decía

disparates despierto, en sueños no sólo los pensaba, sino que se me

salían por la boca. ¿Me habría oído Camila aquel desatino y otros tal

vez? ¿La frase suya de los _disparates pensados_ provenía de haberme

oído hablar cuando dormía? Esto me puso en gran desasosiego. Yo no

recordaba nada de lo que soñaba. ¡Tremenda cosa tener que acusarme de

actos de que era, en rigor de conciencia, irresponsable! La conciencia

de antaño seguía sin duda funcionando por sí y ante sí, á pesar de no

estar ya vigente. La ley nueva me eximía de responsabilidad; pero aun

así no estaba yo tranquilo. Encargué á Ramón que me despertase si me

sentía hablar de noche, y á Severiano le dije:

--Voy á dormir; coge mi bastón, ponte en guardia, y si me oyes alguna

barbaridad, pega. Es el animal que gruñe.

Porque, lo digo con orgullo, no sé lo que me pasaría en aquellas

misteriosas, obscuras y siempre veladas regiones del sueño; pero

despierto era yo la persona más buena del mundo. Creedlo: tenía todas

las virtudes, toditas; me atrevo á decir que era un santo. Fuera de

aquel cariño paternal que sentía por los Miquis, en mí no había ninguna

pasión. No deseaba el mal de nadie, no se me ocurría seducir á ninguna

casada ni engañar á ningún esposo. Hasta me pasó por las mientes, en

aquellos entusiasmos de mi virtud fiambre, que si recobraba la salud,

debía escribir una obra sobre los inmensos bienes de la templanza,

haciendo ver los perjuicios que para el cuerpo y el alma acarrea la

contravención de esta divina ley, y abominando de los que la tienen

en poco. Y cuando mis tíos Rafael y Serafín iban á verme, departía

con ambos (perdido el miedo á la fealdad de mi órgano vocal) sobre lo

deliciosa que es una vida consagrada exclusivamente al bien, y echaba

mil pestes contra los tontos que no saben meter en un puño las pasiones

humanas. Como saliera de la boca de mis tíos alguna anécdota sobre la

cual pudiera yo hacer pinitos de moral, al punto los hacía, poniendo á

los viciosos y libertinos como ropa de Pascua; subiendo hasta el cuerno

de la luna á los virtuosos, comedidos y morigerados, y descargando al

fin todo el peso de mi indignación sobre los hombres infernales... sí,

infernales (no me cansaría de emplear este duro calificativo), que

llevan la perturbación al hogar ajeno y siembran por el inmenso campo

de la familia humana las perniciosas semillas...

No sigo, porque me remonto demasiado. Mis nobles tíos abundaban en

mis sanas ideas. Ambos estaban tan arrumbados físicamente como yo,

igualándome en planes de virtud y en limpieza de conciencia. Las cosas

que decían en coro conmigo debieran escribirse; pero no las escribo.

Eramos tres sabios, filósofos ó santos que trabajábamos en el _triple

trapecio_ de la moral universal; y si no veía yo en nuestra trinca

famosa á Sócrates, á San Gregorio Nacianceno y á Orígenes departiendo

como buenos amigos, el demonio me lleve.

Lo prohibido (tomo 2 de 2) · 第 45 / 56 题