Final.
I
Ya es tiempo. Voy á concluir.
La aplicación de la electricidad, hábilmente hecha por Augusto en los
meses de Junio y Julio, fué de grande eficacia, si no para curarme,
pues esto era imposible, para sostenerme un poco, alargándome la vida
y haciendo más llevaderos los días que me restaban. Porque sobre la
proximidad de mi fin ya no podía tener duda. Lo único que podía esperar
del esmerado tratamiento de mi joven y sabio médico, era tirar tres ó
cuatro meses más, si bien él, llevado de esos impulsos caritativos que
tan bien se hermanan con la ciencia, aseguraba responder de mi curación
completa.
Recobré, pues, la palabra, aunque de la manera imperfecta que he
dicho. Advertí despejo y claridad en las ideas; me volvió la memoria,
quedándome sólo la mortificación de no poder recordar ciertos nombres,
y el lado izquierdo dió algunas señales de vida, cosquilleando primero
y desentumeciéndose después un poco. El movimiento, señal primera de
la vida, me fué concedido, aunque de tan rudimentario modo, que sólo
á gatas hubiera podido andar sin auxilio ajeno. Para andar como los
seres que deben á la facultad de tenerse en dos pies el privilegio de
cobrar el barato en la Creación, necesitaba del apoyo de otro bimano.
Resistíame á salir á la calle, por coquetería y presunción; pero tanto
insistió Augusto en que debía salir, que no tuve más remedio que
exponer mi lastimosa personalidad á las miradas compasivas, indiscretas
ó quizás burlonas de mis semejantes. Lo que esto hería mi amor propio
no es para contado, pues poniéndome en lugar de los transeuntes, me
miraba, me tenía lástima y aun me chanceaba un poco de mi extraña
figura. Si no me vísteis á mí, habréis visto sin duda á otro prójimo
herido del mismo mal, y podréis figuraros cuál era mi facha, encorvado
el cuerpo, la cabeza cayendo de un lado, el mirar estúpido, el rostro
encendido, la boca abierta, las piernas tan torpes, que á pasito corto
necesitaba media hora para andar cien metros. Los paseos, no obstante,
me sentaron tan bien, que á los dos meses de salir á la calle ya era
otro hombre, y me gobernaba solo algunos ratos con ayuda de un fuerte
bastón. El espejo díjome que no tenía ya tan pintada en mi cara la
imbecilidad, y con este remedio de la naturaleza y los esfuerzos que
hice para componer mi fisonomía, creo que no iba del todo mal.
Determiné no salir el verano. El calor no me molestaba mucho; y además,
¿á dónde iba yo con aquella traza y tanto entorpecimiento, y el estorbo
de mi propia invalidez? Antes de marcharse, allá por los comienzos de
Julio, dióme Severiano la solución de su charada. Yo había comprendido
que la tabla de salvación de que me habló era matrimonio con alguna
joven rica; pero no sabía quién era la providencial novia, ni lo
habría adivinado jamás si él no me lo dijese, dejándome estupefacto.
Creo que mis lectores se pasmarán, como yo me pasmé, cuando lean
aquí que la tabla de Severiano era Esperancita, la hija mayor de don
Isidro Barragán. De modo que ingresaba en el seno de la que él llamaba
_familia reventativa_, y tendría por papás á _Partiendo del Principio_
y _No Cabe Más_, personas de quienes se había reído tanto. Ya no me
quedaba nada que ver en el mundo. Había visto la maravilla más grande
en el orden moral, Camila; había visto el portento de las palinodias,
la boda de mi amigo. Ya podía morirme satisfecho. Y este paso revelaba
tanta habilidad como saber mundano. El himeneo con una de las primeras
herederas de Madrid era su salvación. Estaba decidido á ser juicioso y
buen marido y acabado modelo de ciudadanos y padres de familia. Como
me dijera que su novia era una excelente muchacha, cariñosa, sencilla,
modesta, inclinada á las virtudes caseras y á los sentimientos
apacibles, tomé pie de esto para enjaretarle una plática muy linda
sobre las ventajas del vivir ordenado y de la paz doméstica. ¡Qué cosas
tan buenas, tan profundas y cristianas le dije! Si el Espíritu Santo
no hablaba por mi boca torcida, faltaba muy poco para la efectividad
de este fenómeno. Prometió él tener muy en cuenta mis exhortaciones,
añadiendo que ya sentía en su alma toda la verdad de ellas antes
de que yo me metiese á predicador. En cuanto á la desagradable
circunstancia de ingresar en la _familia reventativa_, Severiano
sostenía estóicamente que el sér humano tiene el don de acomodarse á
todo; es animal de costumbre que sabe atemperarse á los más extremados
y contrapuestos climas, á las civilizaciones más refinadas como á las
absolutamente negativas. _Partiendo de este principio_, no le sería
imposible ser yerno de Barragán y de doña Bárbara, pues si al pronto
esta parentela le había de ser menos grata que una camisa de fuerza,
poco á poco se iría _jaciendo_ y concluiría por encontrarse allí como
el pez en el agua. La boda se verificaría en Octubre. También supe
que Victoria, de quien yo no me había dejado vencer, se casaba con un
sobrino de Arnáiz. Me alegré mucho, y les deseé de todo corazón mil
felicidades.
Habiéndome quedado casi solo en Julio y Agosto, sin más compañía que
la de aquellos pedazos de mi corazón, Camila y Constantino, pensé en
continuar mis Memorias, interrumpidas en la parte de mi vida que, á
mi modo de ver, merecía más los honores de la narración. No me era
difícil escribir, pues mi mano derecha conservábase expedita; pero se
cansaba pronto, y los trazos no eran muy correctos. La inteligencia y
la memoria me ayudaban bien; púseme á la obra, y con lentitud proseguí
aquel trabajo. Pronto hube de valerme, para andar más á prisa, de un
amanuense que me depararon Dios y mi tía Pilar, hombre que me venía
como anillo al dedo para el caso. Llamábase José Ido del Sagrario, y
tenía una letra clara, hermosa, si bien un poco floreada y como con
tendencias á criar pelo por los infinitos rasgos que por arriba y
por abajo salían de los renglones. Pero era miel sobre hojuelas aquel
hombre, y con sólo mirarme adivinábame los pensamientos. Tal traza al
fin se daba, que contándole yo un caso en dos docenas de palabras,
lo ponía en escritura con tanta propiedad, exactitud y colorido, que
no lo hiciera mejor yo mismo, narrador y agente al propio tiempo de
los sucesos. Con ayuda de tal hombre, los diferentes lances de mi
ruina y mi enfermedad salieron _como una seda_. Decíame Ido que él
era del oficio; que si yo le dejara meter su cucharada, añadiría á
mi relato algunos perfiles y toques de maestro que él sabía dar muy
bien; pero no se lo permití. Por ningún caso introduciría yo en mis
Memorias invención alguna, ni aun siendo tan llamativa como todas las
que brotaban del fecundísimo cacumen de mi escribiente. Yo ponía mis
cinco sentidos en el manuscrito, temeroso siempre de que él se dejara
arrastrar de su desbocada fantasía, y puedo asegurar que nada hay aquí
que no sea escrupuloso traslado de la verdad. La única reforma que
consentí fué variar los nombres de todas las personas que menciono,
empezando por el mío; variación que realizamos con pena, pues me
gustaría llevar la sinceridad á sus últimos límites.
Bien quisiera yo que estas Memorias ofreciesen pasto de curiosidad
é interés á las personas que buscan en la lectura entretenimiento y
emociones fuertes. Pero no he querido contravenir la ley que desde el
principio me impuse, y fué contar llanamente mis prosáicas aventuras en
Madrid desde el otoño del 80 al verano del 84, sucesos que en nada se
diferencian de los que llenan y constituyen la vida de otros hombres,
y no aspirar á producir más efectos que los que la emisión fácil y
sincera de la verdad produce, sin propósito de mover el ánimo del
lector con rebuscados espantos, sorpresas y burladeros de pensamientos
y de frase, haciendo que las cosas parezcan de un modo y luego resulten
de otro. Y no me habría sido difícil, sobre todo contando con la
experta mano de mi inteligente pendolista, alterar la verdad dentro de
lo verosímil en beneficio del interés. Porque ¿qué cosa más hacedera
que suponer á Camila vencida de mis gracias personales, ó figurarla
al menos vacilante, fluctuando entre el deber y la pasión, jugando al
_hoy te quiero, mañana no_? ¿Pues qué diré de un buen golpe de escenas
en que mi borriquita se me entregara, y en el momento de la entrega se
me muriera en los brazos, sin saber por qué ni por qué no, quedando
así burlados mis apetitos... ó bien que Cacaseno y yo nos diéramos una
buena comida de sablazos ó espadazos en el llamado _campo del honor_
y que yo le matase á él, enredándome después con su viuda, de lo que
resultaría pronto el hastío de ambos y una buena ración de dramáticos
remordimientos? En tal caso haríamos la moral de la fábula tirándonos
los platos á la cabeza; y luego vendría Eloísa, que de la noche á la
mañana se había vuelto virtuosa y estaba en camino de hacerse Magdalena
de pechos al aire y melenas largas, y nos echaba un sermón diciéndonos
que allí teníamos las resultas de nuestro crimen, que nos miráramos en
su espejo y pensáramos en arrepentirnos é irnos á un yermo á darnos de
zurriagazos, como pensaba hacer ella si el Señor le daba vida... Bien
quisiera, repito, que en este campo de la fresca verdad nacieran todas
estas hierbas, que son el forraje de que se apacientan los necios; pero
no puede ser, y lo escrito, escrito está.