Pues, como dije, Severiano trató de ver si aquel pobre anciano infantil
podía disponer de algún dinero. El resultado fué muy singular.
Primero le manifestó mi tío con espontáneo arranque que le era fácil
proporcionarme un millón de reales. Severiano puso cada ojo como un
puño al oir tal ofrecimiento. Media hora después, hablando de lo mismo,
don Rafael se asombró de oir á mi amigo lo del millón, y le dijo:
--Usted está en Babia, señor de Rodríguez, ó se ha vuelto tonto ó
no entiende el castellano. Yo indiqué á usted que podía poner á la
disposición de José María mil reales... ni más ni menos.
Raimundo no me visitaba tanto como á mi parecer debía esperarse de
sus obligaciones de gratitud hacia mí. Pero las más de las noches
iba un rato tan _trigonométricamente trastrocado_ como siempre, se
me sentaba al lado y empezaba á hacer chistes para distraerme. Pero
ocurría una cosa muy rara, y era que ya no me hacían gracia maldita las
ingeniosidades de aquel juglar de la frase. Sabíanme todas las suyas á
fiambre pasado, ó manjar sin sazón. Era un amaneramiento y un repetir
de fórmulas que se me sentaban en la boca del estómago. Yo no me reía
ni pizca, para que se marchase pronto y me dejara en paz.
Aquella noche, después de acostarme y de haber dormido un poco, ví á
Eloísa andar por mi cuarto. Ni yo sabía qué hora era, ni estaba seguro
de hallarme despierto. La ví pasar como una aparición por detrás del
tablero inferior de la cama, venir hacia mí por el costado derecho,
inclinarse para mirarme, retirarse después, dar la vuelta, los ojos
siempre fijos en mí. Y francamente, parecióme hermosísima. Ni le dije
nada, ni ella á mí tampoco. Cerré los ojos, y la sentí en cuchicheos
con Severiano. Parecía que disputaban. Me dormí, y la visión se borró
en mi cerebro. A la mañana siguiente, la impresión permanecía, y
pregunté á mi amigo que de qué hablaba con la prójima. A lo que me
contestó:
--Nada, tonterías; no me acuerdo...
Importábame más otra cosa, y sobre ello caímos con verdadero afán.
--Creo que al fin se arreglará esto con la ayuda de todos los amigos
--me dijo--. Pasado mañana vencen las _Pastoriles_ letras. No te ocupes
de ello y déjame á mí... Desde ahora te aseguro que serán pagadas.
Cómo, no lo sé; pero tú no has de quedar mal.
Curiosidad tuve de saber cómo se arreglaba. Y ved aquí á la solícita y
prudente María Juana venir á mí con los ocho mil duros, muy tapaditos,
en un lío de billetes envuelto en su pañuelo, y dármelos, acompañando
el don de estas palabras:
--No puedes figurarte qué fatigas representa para mí este favor que te
hago. Lo menos seis meses tendré que estar diciendo mentiras á Medina,
y cree que esto me lastima mucho. Mentir á Cristóbal es escupir al
cielo, hijo mío. Pero es forzoso hacerlo y se hace. Si te salvo de
la deshonra, esta idea tranquilizará mi conciencia, que está, puedes
suponerlo, bastante alborotada. Se irá calmando con la meditación
de los males que nos trae el apartarnos del camino derecho, y con
practicar la mayor suma de buenas obras... Conque entérate. Supongo que
la facultad de contar dinero no se te habrá ido, pobre niño inválido.
Y si gobiernas bien con tu mano derecha, no estaría de más que me
hicieras un recibo...
Prestéme á ello con el mayor gusto, y aun le ofrecí interés, que
rechazó escandalizada.
--Por ningún caso --me dijo--, y ni el reintegro de la suma aceptaría
si no fuera porque me será difícil justificar la inversión de ella, si
algún día se entera Cristóbal y... Parte de este dinero es mío; parte
de una amiga que me lo entregó para que se lo colocáramos, y algo es de
lo que Medina me ha dado para los gastos de la casa, muebles y otras
cosillas.
Muy agradecido estaba yo; pero el rasgo de Camila, del cual no tuve
noticia hasta el día siguiente, fué la emoción más grande y placentera
que recibí en aquel caso. ¡Pobre borriquita! ¡pobre Cacaseno de mi
alma! ¡Cómo se portaban conmigo, y qué lección me daban los dos!
Cuando Severiano me lo dijo, lloré, podéis creérmelo. Porque mi
sensibilidad lacrimal era muy grande, y á la menor emoción me corrían
ríos por la cara. Si esto es infantil ó canino, ó un simple fenómeno de
debilidad nerviosa, lo ignoro; lo que sé es que el corazón se me hacía
un ovillo cuando Severiano me contó lo que á la letra copio:
--Camila me ha ofrecido empeñar sus pocas alhajas para venir en tu
socorro. No sé si te dije que Constantino ha vendido, con el mismo fin,
el caballo que le regalaste. Dicen que ahora que eres pobre te han de
devolver todo lo que tú les diste cuando eras rico.
--¡Pobrecillos... ángeles de Dios... niños de mi corazón!... --exclamé
rompiendo á hablar, aunque de una manera estropajosa--. Te juro que
van á ser mis herederos... Para ellos, sí, todo lo que se salve del
naufragio... Pero mira tú: si se puede arreglar de otro modo, no
admitas las ofertas de esos pedazos de mi alma...
--Eso lo veremos. Difícil será el arreglo, si cada cual no viene con su
_glóbulo_, como dice mi ilustre amigo, el sabio entre los sabios, don
Isidro Barragán.
Y el propio Constantino, que poco después se presentó, no quiso
admitir mis expresiones de agradecimiento, transmitidas por el
lápiz y por los exagerados mohínes de mi cara. Lo que hacían por
mí hacíanlo de buena voluntad. Cierto que yo les había perjudicado
con mis malas intenciones; pero marido y mujer, en presencia de mi
situación lastimosa, me habían perdonado de todo corazón. La noche de
mi ataque, cuando subí y llamé á la puerta, hallábase él tan irritado
con mi pesadez, que en un tris estuvo que saliera y nos pegáramos en
la escalera. Cuando me sintieron caer, asustáronse mucho. Uno y otro
pensaron que yo me moría aquella noche, y les acometió remordimiento
de conciencia y estuvieron muy intranquilos hasta el día siguiente.
Dios había querido que yo viviese; mas á ellos toda la ojeriza que me
tenían se les disipó al verme como me veían. Camila y él hablaron de
perdonarme. Ambos lo propusieron, y simultáneamente se felicitaban de
este cristiano pensamiento.
--Nos ha dañado en nuestra opinión, pero bien caro lo paga --había
dicho Camila con inocencia de niña de escuela--. No seamos más papistas
que el Papa, ni más justicieros que la justicia de Dios. ¿No estamos
bien tranquilos en nuestra conciencia? ¿No sabemos tú y yo, como éste
es día, que ni él pudo conquistarme, ni había tales carneros, ni Cristo
que lo fundó...? Pues si hay algún necio que crea otra cosa, déjalo y
con su pan se lo coma.
Corolario de estas generosas palabras, las más juiciosas, las más
cristianas y quizás las más elocuentes en su sencillez que yo había
oído en mi vida, fué la idea de asistirme en mi enfermedad y de
socorrerme en mi pobreza. Me impresionó tanto, tanto lo que aquel bruto
me dijo con su lenguaje sin retóricas y su lealtad sin estudio, que le
dí un fuerte abrazo y le besé como á un niño. Lo mismo habría hecho con
su mujer, sin reparo ni malicia alguna. Sí, eran mis hijos; serían mis
herederos, si algo podía salvar de entre los escombros de mi fortuna.
V
Mis inquietudes con respecto al pago de las letras no se calmaban con
las seguridades que me daba Severiano de arreglar este asunto. «¿Pero
cómo, pero cómo...?» Díjome que había conseguido arrancar á Villalonga
unos tres mil duros, y que él, por sí, había reunido cinco. ¿Y qué
hacíamos con tal miseria? Mirándome flemático, me declaró lo que sigue:
--No te lo quería decir. Pero es preciso que lo sepas. La cantidad
está completa. ¿A que no aciertas de dónde ha venido este socorro
salvador?... No habrá más remedio que cantar claro... De tu prima
Eloísa.
La impresión recibida por mí al oir esto, fué de tal modo fuerte que,
valiéndome de las extremidades de un solo lado, me eché de la cama. Con
gritos y gestos expresaba yo mi terror, mi vergüenza y la resolución de
no admitir aquella ofrenda. Hizo mi amigo esfuerzos por calmarme. Ramón
y él me vistieron. Pusiéronme luego en mi sillón como un muñeco, y allí
aguanté la rociada de palabras y razonamientos que me echó Severiano.
--Tu situación no es para esos humos ni para que nos andemos con
escrúpulos tontos. Estás en el caso de aceptar lo que venga sin mirarle
la cara... Después pagarás y _pax Christi_... Cuando ví la cosa fea,
me fuí á casa de Eloísa. Encontrémela muy afligida, pensando en tí, en
tu ruina corporal más que en tu pobreza, y me obsequió con la mar de
lágrimas y suspiros. «Venderé todo lo que tengo, por sacarle de su
compromiso.» «Pues empiece usted.» La verdad, chico, lo que en la casa
ví más me revelaba propósitos de engrandecimiento que de liquidación.
Enseñóme un cuadrángano grande que había comprado el día anterior y
otras preciosidades... «¿Y cuánto hace falta?» me preguntó con aquella
vocecita cristalina... Quedamos por fin en que si me buscaba diez mil
duros, tu firma quedaría en salvo. Miró un rato al suelo, el ceño
fruncido. «¡Mucho es!» dijo suspirando, y echando miradas de amor á
sus cachivaches. En fin, chico, ¿para qué andar con rodeos?... ¿te lo
digo?... Pues allá va. Sin vender ni un alfiler, me trajo ayer los diez
mil duros. Se los ha dado Sánchez Botín.
Empecé á echar sangre por la boca, porque me mordí la lengua. No puedo
pintar la turbación que me causaba aquel socorro que me venía de la
prostitución elegante, aquel rechazo de mis vicios de antaño. Toda la
saliva que yo había escupido á la faz de la sociedad y de la ley, me
caía ahora en la cara, causándome indecible repugnancia. No fué preciso
que Rodríguez me diera más explicaciones, pues el caso se me presentó
en todo su horror elocuente. La prójima se había vendido por una suma
destinada á salvarme del conflicto. Parecíame que los tres, Eloísa,
Botín y yo, éramos igualmente despreciables, odiosos y viles, y que
formábamos una sociedad de envilecimiento comanditario para socorrernos
por turno. Porque yo sabía muy bien cuánto repugnaba á Eloísa el tal
Sánchez Botín y el asco que ante él sentía, y la oí decir más de una
vez: «Si me ponen en la alternativa de querer á todos los soldados de
un regimiento uno tras otro, ó vivir dos horas con ese orangután, opto
por lo primero.» Y para que se vean las raíces que la pasión del lujo
tenía en su alma: puesta en el caso de vender sus últimas adquisiciones
de trapos y arte decorativo, no tuvo valor para ello, y apechugó con el
aborrecible, asqueroso é inmundo estafermo que la perseguía. Creédmelo:
si me hubieran dado una bofetada en la calle, no lo habría sentido como
sentí aquello. No hay ultraje que se compare al de un favor que no se
puede agradecer.
Y Severiano no se mordió la lengua para darme detalles:
--Por debajo de cuerda he sabido que Botín no le dió más que seis mil
duros. Siempre miserable. Está por la carne barata. Este hombre se
me ha parecido siempre á una chinche. Es para cogerle con un papel y
tirarle, dando á otra persona el encargo de matarle. La idea de verle
reventar delante de mí me pone nervioso... Pues sí, seis mil duros nada
más. El resto lo juntó como pudo, con ayuda de su prendera, y llevando
al Monte y á las casas de préstamos algunas cosillas... ¡Cuando me
lo trajo estaba más contenta...! Pero se le conocía en la cara la
repugnancia de la pócima... ¡Pobre mujer! su trabajo le ha costado...
Y no consintió por ningún caso en que le diera recibo, ni quiere
interés. «No es préstamo --me dijo lo menos veinte veces--: es regalo,
es restitución...» Pero me dió á entender que no deseaba se te ocultase
que á ella debías su salvación. Tiene el orgullo de su rasgo.
Nada, nada: yo no podía aceptar aquel injurioso, infame favor. Mi
conciencia se sublevaba; se me venían á la boca expresiones airadas
y terribles. Mi honor, mi honor antiguo, superior á las contingencias
y asechanzas que le tendían mis vicios, quería mandar en jefe en
mis acciones. Antes todos los males que aquel arrimo ó protección
indecorosa de una mujer que pagaba mis deudas con el dinero de sus
queridos. Creo que en aquel trance me expresé sin dificultad; al menos
yo dije á Severiano todo lo que quería decirle.
--Por Dios y por tu vida y por lo que más ames, hazme el favor de
devolver el dinero á esa mujer, y le dices de mi parte... No, no le
digas nada; no hay más que devolvérselo diciéndole que no se necesita.
Búscalo por otra parte: vende ó empeña hoy todos mis muebles. Mira que
esto es una deshonra que no puedo soportar. Prefiero el protesto de las
letras, hacer un arreglo y pagarlas después á plazos ó como se pueda.
Severiano, amigo querido, líbrame de este bochorno: por Dios te lo
pido... Saca ese dinero de mi mesa y echa á correr. Llévaselo. Dios nos
recompensará esta delicadeza... Me considero el primer desgraciado del
mundo y el número uno entre todos los miserables habidos y por haber.
En la cara le conocí que no quería contrariarme. Sus palabras
conciliadoras diéronme esperanzas de que haría lo que le mandaba.
--Bueno, hombre, no te apures. Si lo tomas así... A mí, en tu lugar,
no me daría tan fuerte... Creo muy difícil que hoy se pueda reunir lo
que necesitas. La opinión exagera siempre, y á tí te tiene hoy todo
el mundo por más tronado de lo que estás. Yo pongo mi cabeza en un
tajo á que no hay en Madrid quien te preste dos reales, teniendo ya
hipotecada la casa... En cuanto á tus muebles, ¿qué quieres? ¿que
traiga á los prenderos? Pues vendrán, y verás cómo no te dan arriba
de dos ó tres mil duros... por lo que vale siete ú ocho mil. No hay
solución por ese lado... Pero pues tú lo quieres, devolveré los diez
mil á Eloísa, con tal que te sosiegues, que no te excites... Mira que
te vas á poner peor.
Demasiado lo conocí. Sentíme bastante mal aquel día; y después de lo
que hablé atropellada y dificultosamente, la lengua me hacía cosquillas
y se declaraba en huelga completa, negándome hasta los monosílabos.
Pasé una tarde cruel, observando lo que hacía Severiano, deseando
verle abrir el cajón de la mesa y salir con el nefando dinero. Tuve
muchas visitas al anochecer. Todos me encontraron peor, aunque no me lo
decían. En torno mío no había más que caras lúgubres, en que se pintaba
el presagio de mi fin desgraciado.
Y al siguiente día ví á mi amigo sacar manojos de billetes y pasar al
despacho.
--¿Qué has hecho? --le pregunté cuando volvió á mi lado.
--¿Qué había de hacer? Pagar las letras --me respondió
mostrándomelas--. Aquí las tienes, con el _recibí_ de Lafitte... Y
no me preguntes más, ni hagas el puritano. No están los tiempos para
boberías de azul celeste. Hay que tomar las cosas de la vida como
vienen, como resultan del fatalismo social y de nuestros propios actos.
Todo lo demás es música, chico; viento, y echarse á volar por las
regiones etéreas.
Sentí que estos argumentos me anonadaban, y no expresé ninguna
opinión. Yo temblaba al pensar que Eloísa iría á verme como en
solicitud de mis gratitudes; y por lo mismo que lo temía tanto,
ocurrió este desagradable caso. Aquella noche recibí su visita cuando
no había ninguna otra; y aunque mi primera intención fué rechazarla,
mi conciencia, turbada por angustiosas perplejidades, no lo pudo
hacer. Habiendo aceptado el favor, no tenía derecho á arrojar sobre
él la ignominia. Yo lo merecía; me lo había ganado, y si me mostrara
desagradecido, resultaba más desagradecido de lo que realmente era.
Calléme ante la prójima. No hacía más que mirar al suelo, sin duda por
ver dónde estaba mi cara, que debió caérseme de vergüenza. Tuve, pues,
que dejarme estrechar la mano, y estrechar también un poco la suya;
y aunque me vinieron ganas de empujar su frente y su busto lejos de
mí, no pude hacerlo. ¡Ay! me olió á estafermo sucio y perfumado con
ingredientes innobles; olióme á baratería, á barbas mal pintadas, á
dinero amasado con sangre de negros esclavos, á infamia y grosería,
á sordidez y á ojos de carnero agonizante. Pero tal como resultaban,
transfiguradas por mi mente, las caricias de la prójima, tuve que
tragármelas. ¡Qué había de hacer sino beberme aquello y lo demás que
saliese, si era la lógica, y contra la lógica que viene en forma de
hiel dentro del cáliz de nuestras vicisitudes, no se puede nada, ni hay
más solución que cerrar los ojos, abrir bien las tragaderas... cuatro
muecas, y adentro!... Algunos revientan; otros, no.