Quedéme solo con Ramón, en la mayor ansiedad, rumiando mi desdicha.
«¡Si al menos fuera un hombre, si al menos me obedeciera esta máquina
estúpida!... --pensaba--. ¿Pero qué ha de hacer una bestia más que
cocear, dar bramidos, comer el pienso y morder á alguien si la dejan?»
Por más vueltas que le diera, no podría dominar el conflicto en que
me hallaba; y en caso de que no encontrara un prestamista, las letras
de las Pastoras se quedarían sin pagar, y yo deshonrado á los ojos de
aquellas hidalgas personas. La aflicción que esto me produjo superaba
al sentimiento y pesadumbre hondísima de mi enfermedad. Habría dado
yo el lado derecho, que aún tenía vivo, por poder cumplir en aquel
caso con lo que exigían mi honor y la altísima consideración que á
las amigas de mi madre debía. «¡Pobres señoras, qué pensarán de mí!
Dirán, y con razón, que me he comido su fortuna... No: esto no será,
aunque tenga que vender la camisa. Aún puedo negociar los créditos
á mi favor, aunque sea con pérdida de un cincuenta por ciento.
Me quedaré sin un real y en situación de pedir limosna como esos
infelices lisiados que se arrastran por los caminos; pero las Pastoras
cobrarán... ¡pues no han de cobrar!...»
Y la maliciosa ironía de mi destino saltaba dentro de mí apuntándome
la negativa: «No cobrarán; las dejarás en la miseria, y ambas serán
los fantasmas que te persigan y te atormenten en tus últimos días.
Porque Nefas no te pagará; de los Roldanes no verás un cuarto, y
como no pleitees con Severiano, despídete de la hipoteca de las
_Mezquitillas_... ¡Pobres inglesas! ¡Caer en la miseria al fin de
su vida, sin más culpa que haberse fiado de tí, creyéndote persona
formal!... En esta horrible situación de animalidad en que te han
puesto tus vicios, mal hombre, te revolcarás impotente sin hallar
consuelo en ninguna postura; y cuando te vuelvas de este lado, verás
á la Morris dando lecciones de inglés para ganar la vida, ¡infeliz
señora, anciana, medio ciega! y cuando te vuelvas del otro lado, verás
á la Pastor pintando un cuadrito bucólico moral para rifarlo entre
la colonia jerezana y malagueña de Madrid, á fin de sacar algunos
reales con que atender al sustento. Y se llegarán á tí y te rascarán
con la punta del palo de la sombrilla, porque tendrán lástima de tu
padecer... Y aun te lavarán la jeta, que tendrás sucia de hocicar en
la artesa en que se te echa la comida, porque no podrás ni sabrás
comer con las manos como los hombres... Y aun te aflojarán la cuerda
que se te ponga al pescuezo para que no te escapes; porque sábete
que vas á ser animal dañino que correrás tras las mujeres y los niños
para morderles... Y cortarán hojas verdes y frescas para ponértelas
en el lomo y defenderte de las moscas... Porque ellas, en su pobreza,
seguirán siendo las personas más cristianas del mundo, y vencerán su
asco para compadecerte, y se impondrán el sacrificio de mirarte, como
una penitencia de la falta enorme de haber confiado en tí.»
Así pensaba yo, y sudores de angustia me corrían por la cara abajo.
Entró Camila á darme de comer, y aunque yo no tenía tranquilidad para
nada mientras no viniese Severiano con buenas noticias, consagréme á
la función aquélla con verdadero gusto, no sólo por ser mi prima quien
me auxiliaba, sino porque de todo mi organismo sensorio, el único
apetito que permanecía vivo era el que preside á la asimilación de los
alimentos.
Y había que ver el cuidado con que mi borriquita, después de ponerme
una servilleta por babero, me llevaba la cuchara á la boca ó el tenedor
con los pedazos de carne, haciendo con sus morros, por instinto
imitativo, contracciones iguales á las que yo hacía. A pesar del esmero
que ella ponía en esta operación, yo, he de decirlo claramente, no
comía con limpieza. Faltábame flexibilidad en los labios, y por mucho
cuidado que tuviera para no dejar caer nada de la boca, algo se me caía
siempre. Erame forzoso poner mucha pausa en aquel acto para estar en
él lo menos desagradable á la vista que me fuera posible. ¡Qué lástima
tan profunda se pintaba en el rostro de ella! Yo quería que mis ojos
expresasen lo contrario de lo que se desprendía de aquella bestialidad
grosera, y no sé si lo pude conseguir. Creo que no. Mis ojos no podían
expresar más que el estupor del idiota y los anhelos de una gula
repugnante. «Acuérdate, Camila --le decía yo con el pensamiento--, de
cómo te quiso este cerdo cuando era hombre.»
No había yo concluído de devorar cuando entró Severiano. En la cara le
conocí que me traía buenas noticias. «Si Medina no quiere arreglarlo
--me dijo--, otro lo hará. Es un buen negocio... Tu casa vale más del
millón. A Medina le he encontrado indeciso, con ganas de servirte, mas
con poco dinero disponible por el momento; y como la cosa urge... Pero
descuida, que ya se arreglará. ¿Y lo que falta luego para pagar las
letras de Sevilla?... Hay que tener confianza en la Providencia, que no
es tan perra como dicen.»
Observé con inquietud que Camila se daba aire como sofocada, que
palidecía y cerraba los ojos. ¿Acaso estaba enferma? De repente salió;
la sentí en mi alcoba. Hice señas á Severiano, que, pensando como yo,
dijo:
--¿Se habrá puesto mala?
Mi amigo fué tras ella, y á poco rato volvió á decirme:
--Camila está... vomitando.
«Es que le he dado asco --pensé sintiendo un nudo horrible en mi
pecho--. No tiene valor de sentidos como Constantino, y le falta
estómago para cuidar animales enfermos.» No tardó en aparecer la
borriquita, limpiándose las lágrimas y riendo. Con mis ojos alelados le
pregunté como pude lo que tenía, y no quiso contestar. Pero no debía
ser lo que yo me figuraba, porque siguió riendo y mirándome con piedad;
y en un momento en que Severiano no estaba conmigo, me dijo, llevándose
ambas manos á su esbeltísimo talle:
--Es que estoy...
Cogí el lápiz, y con cierto énfasis que no vacilo en llamar
inspiración, escribí: «¿Belisario?»
Y ella decía que sí con la cabeza y con el júbilo que iluminó su
rostro gitano, que á mí me hacía el efecto de tener la propia cara del
sol dentro de mi gabinete. Yo escribí: «Me alegro.» Pero no sé si me
alegraba verdaderamente, ó si sentía una pena cosquillosa. Camila, que
era muy comunicativa por naturaleza, gritó «tres meses,» sacando del
puño cerrado tres dedos para expresármelo mejor.
Retiróse al anochecer, con lo que para mí anochecía dos veces.
Absolutamente privado de toda facultad sensoria que no fuera el
placer de comer, pensaba en lo ideal que se había vuelto mi amor. Por
esto, gracias á Dios, yo no era completamente bestia. Si aquello me
faltara, hubiera andado á cuatro pies, siempre que el izquierdo y la
mano del mismo lado lo consintieran. Pero conservaba mi alma, aunque
desquiciada, y en mi alma aquella chispa divina, por la cual me creía
con derecho á reclamar un sitio en el mundo espiritual, cuando la
bestia cayese por entero en el inorgánico. La conciencia de aquella
chispa me consolaba de tener cara de idiota, voz como un ladrido,
cuerpo de palo, y de sentir caer las babas de mi boca. Pero ya lo he
dicho: depuración mayor de un sentimiento no era posible. El delicado
Petrarca era un sátiro ante Laura, y el espiritado _Quijote_ un
verdadero mico ante Dulcinea, en comparación de lo que yo era ante
Camila. No cabía más pureza que la que mi incapacidad me daba. Vedme
aquí hecho un santo, de esos que aman por lo divino y sutil, sin ningún
interés de la carne ni cosa que lo valga, siendo un montón de ceniza
corporal que guarda los encendidos hornos del alma. Ya veis cómo aquel
puerco de que os hablo no era todo escoria: yo reconocía en mí el
conjunto extraño de bestia y ángel que caracteriza á los niños; pero
nada de lo que constituye el hombre.
Por la noche fué María Juana, que de buenas á primeras me dijo:
--Cuenta con el préstamo sobre la casa. Medina vacilaba, no por falta
de voluntad, sino por no tener en el momento fondos disponibles. Pero
yo le he dado tal carga, que es cosa hecha. Mañana mismo hará Muñoz y
Nones la escritura. ¿Puedes firmar? Sí... Pues no te apures. Cristóbal
hablará mañana con los del _Crédito Lyonés_, encargándose de recoger
las letras protestadas.
Yo le expresaba mi agradecimiento con gestos y miradas. Y el favor era
completo y redondo, porque según me dijo mi ilustre y sapientísima
prima, su marido me hacía el préstamo en las mejores condiciones
posibles, por un año, con el módico interés de cinco por ciento...
Hícele saber que para salir de mi atolladero necesitaba aún treinta mil
duros, á lo que contestó que arañando en sus economías y dando otro
tiento á Cristóbal, podía facilitarme seis ú ocho mil duros; pero pasar
de aquí érale punto menos que imposible.
--No hay que soñar --añadió--, con que mi marido se corra más. Ya sabes
que él es generoso; pero lo es una sola vez en cada caso. Medina no
repite... mil veces te lo he dicho. Si ahora saliera yo pidiéndole
más dinero, puede que se le quitaran las ganas de hacerte el préstamo
gordo. Él es así: aceptémosle reconociendo que es muy bueno, y no le
perdamos por querer hacerle mejor.
Parecióme esto tan discreto y prudente, que nada tuve que objetar á
ello. Poco después vino Cristóbal, y se me mostró tan afable, tan
bondadoso, que á poco más se me saltan las lágrimas. Declaraba que
lo que hacía por mí no era digno de reconocimiento; rogábame que no
hablase de ello, y que no le sacara los colores á la cara con mis
importunas gratitudes. Dióme esperanzas de obtener algo en el asunto
de Torres, que no dejaba de la mano. Por fin se sabía que el fugitivo
estaba en Pau. Su abogado, uno de los más famosos de España, le había
escrito que no se encargaría de su defensa si no se presentaba en
Madrid. Era, pues, posible que viniese, ingresando desde luego en el
Saladero, en virtud de providencia judicial ya dictada.
Con estas noticias me animé un poco; pero aún me amargaban el espíritu
las dificultades para salir del compromiso de las letras, si algún
inesperado suceso no venía á favorecerme por donde menos lo pensara.
Dije á Severiano que tantease á mi tío, que también fué aquella
noche, y que, después de haberse retirado Cristóbal con su mujer, se
puso á jugar al tresillo con Miquis en mi gabinete. Pero ¡ay! que mi
buen tío estaba en situación de que le pusieran niñera, y no servía
absolutamente para nada. Entre él y yo la diferencia no era grande,
pues si disponía de sus cuatro remos, en cambio arrastraba los pies al
andar, y ya se había caído dos veces en la calle. A lo mejor se quedaba
como dormido y costaba trabajo despertarle. Su conversación era ya
enteramente difusa, incoherente, sin sentido, y á lo mejor se salía con
unas sandeces tan primitivas que ningún oyente sabía tener la risa. Yo
le miraba desde mi sillón ó desde mi lecho, y me decía: «¡Si tendré yo
el mismo aspecto de niño bobo!... Debo de tenerlo.»