III

Al entrar en la casa, todo cuanto en ella ví me anunciaba desolación,

ruina, tristeza. Evaristo, sin librea, estaba encendiendo un brasero en

el patio, asistido del cochero, en mangas de camisa y con chaleco rojo.

Soplaba aquel día, que lo era á principios de Marzo, un vientecillo

Norte que afeitaba. Los dos criados me saludaron y les pregunté por

su señora. Enseñándome la lista, pusieron muy mala cara los dos. La

escalera estaba glacial, y el pasamanos empolvadísimo. No sé cómo me

entró aquella indignación que no pude reprimir.

--Evaristo --grité--, ¿no os da vergüenza de que las personas que

entran vean esta escalera? Mira cómo me he puesto las manos. ¿En qué

estáis pensando?

Y salió á decirme, gorra en mano, que no podían atender á todo, y que

la casa era muy grande. Seguí subiendo. A mí qué me importaba que

limpiaran ó no, ni qué tenía yo que ver con semejante cosa...

Desde la antesala me interné en los pasillos; mas por la mampara de

cristales alcancé á ver la sala de juego con las paredes desnudas.

Ví sillas en montón, patas arriba, como dispuestas para que se las

llevaran, y flecos de riquísimas cortinas que arrastraban por el suelo.

La primera persona que me encontré fué Micaela, que estaba en el

gabinete de Eloísa, partiendo en tiras una sábana de hilo. Antes que yo

le preguntara, la doncella, leyendo en mi cara el deseo de saber, me

dijo:

--Yo creo que hoy está mejor; pero anoche por poco...

Daba dolor ver el gabinete desmantelado, casi vacío de las admirables

porcelanas de Sevres, Sajonia y _Barbotine_ que antes lo adornaban,

conservando sólo dos ó tres acuarelas de escaso mérito. Los clavos

indicaban dónde estuvieron las obras superiores. Agujeros horribles

en la pared, mostrando el yeso y la tapicería desgarrada, marcaban el

sitio del espejo biselado que había ido á parar á casa de Torres. En

cambio, quedaban begonias de trapo caídas de sus jardineras y llenas

de polvo, fotografías apiladas sobre la chimenea, un caballete de

nogal y oro sirviendo de percha para colgar cajas de sombreros, ropas

y corsés de raso negro pendientes de sus cordones. Camila no tardó en

entrar. Traía su delantalillo azul, y un puchero del cual salía vaho

repugnante. Agitaba el contenido con una cuchara, y lo hacía caer de

alto para que se enfriase.

--¿Ya estás aquí? --me dijo en voz baja, sin mirarme.

--No sabía nada hasta este momento. Me lo dijo Manuel Trujillo.

--Hazte el bobito... Demasiado lo sabías.

--Pero creí que era alguna desazón ligera.

--No está mala desazón. Anoche creímos que se nos iba. ¡Pobrecita! Y

siempre preguntando: «¿Ha venido?» No quería mandarte llamar, sino que

vinieras tú por tí mismo.

--Hija, no sabía...

--Francamente --afirmó mirándome cara á cara--, lo que has hecho es una

_indecentada_... Porque, sea lo que quiera, pórtese bien ó mal, en eso

no me meto, cuando una persona se muere... todo se perdona. Y tú la has

querido, tú la has hecho pecar...

--Pero ¿cómo está, cómo está? ¿Es cierto que hay mucha gravedad? --le

pregunté sintiendo un dogal en mi garganta.

--Mucha. Pero hoy está mejor que ayer. La hinchazón ha bajado algo. Ya

no padece tanto. Dices que no sabías... ¡tonto! ¿Pues no te dijo Ramón

que anoche me quedé aquí?

--No me ha dicho nada.

Y dale que le darás al menjurje aquél, que era espeso, viscoso,

almidonáceo, y parecía tener leche á juzgar por su blancura.

--Esto es una cataplasma... --me dijo Camila bajando más la voz--.

¡Pobre Eloísa! Si entras á verla, ten cuidado de no dejar conocer

la impresión que te ha de causar. Está horrible, espantosa. No la

conocerás. Haz como que no encuentras en ella nada de particular. Más

que el dolor y la fiebre, la mortifica la idea de lo fea que se ha

puesto. No hace más que llorar y pedir á Dios que se la lleve antes que

dejarla así.

Me acuerdo de haber dado un gran suspiro al oir esto. Camila y Micaela

empezaron á extender aquella pasta sobre los trapos, soplando á la

vez para que se enfriase. Después pasaron las dos á la alcoba, en la

cual, al abrirse la puerta, noté que había completa obscuridad. Sentí

lamentos que me traspasaron, con los cuales se confundían las voces

cariñosas de las dos enfermeras.

--Si no te lastimamos; si es aprensión tuya...

--No tenga usted cuidado, señorita. La cataplasma está muy pegada y la

vamos sacando poquito á poco...

Y seguían los quejidos y ayes de angustia, con invocaciones á la Virgen

y á toda la corte celestial.

Cuando Camila volvió al gabinete, me susurró al oído estas palabras:

--Ya sabe que estás ahí. Se ha excitado un poco. Dice que no entres

todavía; espérate. Ha mandado cerrar bien las maderas para que no entre

ninguna luz. Cuidadito con lo que te he advertido.

Transcurrió bastante rato, y al fin Micaela apareció en el umbral,

haciéndome señas de que pasara. Entré con vivísima emoción. No veía

absolutamente nada. La atmósfera de la alcoba era espesa, repugnante;

ambiente de enfermería que se hace irrespirable para todo el que no

lo acometa con el desinfectante de la abnegación y del amor. A mí me

tiraba á matar, oprimiéndome los pulmones. Micaela salió. Acerquéme

al lecho, y palpando hallé el respaldo de una silla. Al sentarme dije

palabras cariñosas, de fórmula, no sé cuáles. Oí entonces la voz

aquélla, apagadísima y desentonada por la fiebre, pronunciando estas

palabras:

--Por fin... pareciste... Tú habrás dicho: «Que se muera como un

perro...»

Con las palabras salía del lecho un vaho infecto y pesado.

--¡Qué cosas tienes! Es que no sabía... Ya me ha dicho Camila que estás

mejor.

--¡Ay, mejor! --exclamó la voz con desaliento--. Si me muero, si estoy

hecha una miseria, una asquerosidad... No quiero que me veas. Estoy

horrible.

--No te sofoques, hija. Eso pasará. Y no estás tan desfigurada como

crees.

--¡Ay! chiquillo, tú no me has visto. Si me vieras, te espantarías, te

parecería mentira que me quisieras.

Me incliné hacia ella.

--No, no te acerques, por Dios... Estoy rodeada de miseria humana. Pase

el morirse; pero morirse así, apestando...

--No te agites. Me marcho, si no eres razonable.

--No: quédate otro poquito... Pero no me mires. Si ves algo, mandaré

á Micaela que eche la cortina y que tape hasta la última rendija. No

quiero que veas este adefesio que te gustó tanto cuando era de otra

manera.

--¿Pero qué es al fin? Aún no sé lo que tienes.

Contóme en palabras breves su enfermedad. Empezó por un recrudecimiento

de aquella sensación de la pluma. Pronto se determinó una angina, con

fiebre intensísima. El médico dijo que era una angina maligna. No

podía tragar; se ahogaba. De pronto empezó á hinchársele el cuello...

un bulto horrible, que crecía por horas, y la fiebre subiendo, y el

cerebro trastornado... delirio, inquietud. La noche última, por fin,

cuando ya creía que se ahogaba, empezó la resolución... ¿Para qué

hablar más de aquello? Era un horror.

--¿Qué tal de calentura? --le pregunté--. Dame acá una mano.

Sentí la mano que venía á buscarme. La busqué y nos encontramos. ¡Oh!

ardía.

--Tienes muy poca fiebre --le dije, observando que tenía mucha y que

las pulsaciones eran muy irregulares.

Le besé la mano una, dos, tres veces, conociendo cuánto gusto le daba

con ello.

--Puedes besarla sin cuidado --afirmó con acento de cariño, que era

como un alfilerazo en mi corazón--. Cuando supe que estabas aquí, hice

que Micaela me las lavara... Es el único gusto que tengo ahora, en

medio de esta suciedad, en medio de este pánico de la pestilencia que

me mata más que el dolor.

--Esto no es nada, hija --repetí traspasado de lástima--. Dentro de

ocho días verás qué buena te pones. Un poco de molestia, y nada más. Te

acompañaremos, te cuidaremos mucho. ¿Te asiste Moreno Rubio?... Pues

pierde cuidado. Eso no vale nada. Es un desahogo de la naturaleza. Te

vas á quedar luego más buena... y más guapa que antes.

--¡Ay! tú no sabes cómo estoy. Ocho días de fiebre muy alta me han

dejado en los huesos... Entra tu mano, y toca, chiquillo.

Metí la mano por entre las sábanas tibias, húmedas y pegajosas, y allá,

en lo más caldeado, tropecé con su mano que me guiaba, mientras la

quejumbrosa voz decía:

--¿Ves?... ¿ves qué pellejos?... Soy la muerte, la muerte.

Advertí que lloraba, y le dije por consolarla cuanto me parecía propio

del caso.

--¡Oh! no, no, no me pondré bien --exclamó ella con amargura

hondísima--. He sido muy mala, y Dios me está castigando. Pero por

mala que una mujer haya sido, verse una entre esta inmundicia, verse

así en los huesos...

--No te apures por las carnes, hija --le respondí haciendo un esfuerzo

por reirme--. Verás qué pronto las echas: te pondrás gorda.

--¡Gorda yo!... ¡Jesús! No volveré á ser lo que fuí. ¡Y este cuello,

Dios mío; esta monstruosidad...!

--Vaya, estate tranquila. La conversación y esas sofoquinas te

perjudican mucho. Te voy á dejar... No: si vuelvo, no te apures.

--He sido mala, lo conozco... pero bien merezco que me vengas á ver,

por lo mucho que me acuerdo de tí. Lo que yo digo: si tuvieras un perro

y se pusiese enfermo de muerte, ¿no bajarías á verlo al sótano, y lo

rascarías con un palo? Pues eso, eso... Yo no pretendo que te intereses

mucho por mí; pero llegar, darme un vistazo...

En esto comencé á ver algo en la lóbrega habitación. Fuera porque mis

ojos se habituasen á la obscuridad, ó que entrara más luz por las

rendijas del balcón, lo cierto es que ví, y más deseara no ver. De

la obscuridad, amasada con el vaho del lecho en términos que ambos

fenómenos parecían uno solo, destacóse una forma confusa, de contornos

tan extraños, que al pronto la creí determinación engañosa del bulto de

las almohadas. Miré más, avivando el poder de mi retina cuanto pude, y

causóme indecible terror la certidumbre de que aquella monstruosidad

era la cara que conocí en la plenitud de la gracia y la hermosura.

Parecióme enorme calabaza, cuya parte superior era lo único que

declaraba parentesco con la fisonomía humana. Mas en la inferior la

deformidad era tal, que había que recurrir á las especies zoológicas

más feas para encontrarle semejanza. ¡Pobre Eloísa! La impresión que

sentí fué de tal manera penosa, que cerré los ojos para no ver más.

Dios mío, ¿por qué me permitiste ver aquella máscara horrible? Nunca la

olvidaré. Parecíame ver expresadas en un solo visaje todas las ironías

humanas.

--Nada, hija: te dejo sola para que descanses. No, no me voy de

la casa, y entraré más tarde si te sientes bien. Descuida, que te

sacaremos adelante.

--Bueno, hijito --replicó declarando en el tono su alegría--. Me haré

la ilusión de que me quieres, á ver si de este modo me animo un poco.

Hice un gran esfuerzo para besarla en la frente. Para ello cerré bien

los ojos. Cuando salí de la sofocante alcoba, iba pensando qué cruz tan

pesada y espantosa es ser enfermero en frío, ó sea cuidar á enfermos á

quienes no se ama.

Lo prohibido (tomo 2 de 2) · 第 27 / 56 题