II

Aquel mismo día, no sé dónde, oí decir que Eloísa estaba enferma. Era

cosa de la garganta, indisposición pasajera tal vez, la neurosis de

la pluma. No hice caso ni pensé en ir á verla. El general Morla me

entretuvo toda la tarde, enseñándome las armas que había adquirido

recientemente, y sus variadas colecciones, que no se acababan de

ver nunca: tal era su riqueza. Tenía una de clavos arrancados de las

puertas de Toledo, otra de bacías de barbero y otra de muestras de

escritura, la cosa más galana y famosa que se podía ver. Habíalas

hechas con las dos manos á la vez, que eran una maravilla de destreza

caligráfica. Ví también botones militares, espuelas, estribos y mil

herrajes diversos, todo muy limpio y admirablemente clasificado por

épocas. De mañanita se iba mi hombre al Rastro, en cuyos revueltos

tenderetes había encontrado verdaderas joyas arqueológicas.

Comimos juntos aquella noche, y recayendo la conversación sobre

intereses, indicóme el deseo de poner en mis manos parte de sus

economías para que yo se las colocara en mis negocios, dándole la renta

que me pareciese bien. Él no entendía ni jota de compra y venta de

papeles. Su Bolsa era el Rastro, donde parece que reviven las anécdotas

de cien generaciones en los desechos y barreduras de las mismas. No me

gustaba encargarme de intereses ajenos; pero por ser Morla quien era, y

por la confianza ciega que en mí tenía, consentí en ser su depositario.

Y ya que hablo de negocios, diré que había logrado con ellos lo que me

propuse, á saber: distraerme y ganar algún dinero. A estas ventajas

debo añadir la actividad física que por necesidad era inherente á tal

género de vida, y aunque tenía coche, resolví usarlo poco para que

el ejercicio me desentumeciera. De noche me imponía la obligación

de visitar á mis amigos en los distintos círculos á que concurrían.

Por charlar un poco con el amigo Arnáiz, iba al Círculo de la Unión

Mercantil, de que él era presidente; por ver á Severiano y á Chapa, iba

un rato al Casino, y Morla y Villalonga me llamaban hacia el Ateneo.

De estos círculos era yo socio, aunque calentaba poco los divanes en

ellos. Al Bolsín no iba sino cuando tenía que ver necesariamente á

Torres, ó á Samaniego, que siempre estaba allí de una á dos, la hora

de liquidar, llamada propiamente _de Bolsín_. Aquel círculo me era muy

antipático, dicho sea sin ofender á nadie. A la sala de liquidación

no le faltaba más que el vino para parecerse á una taberna. Por las

noches la invadían los cobradores y zurupetos, jugando al tresillo

en las mismas mesas donde por el día se _mataban_ y se _casaban_ las

diferencias; y los escuetos salones eran para mí lo más aburrido del

mundo, salvo cuando corrían noticias de bulto. En estos casos el Bolsín

era el centro de las palpitaciones comerciales, el _gran simpático_ que

reflejaba la excitación de todo el Madrid financiero. Pero en noches

normales parecíame un casino soso, no exento de grosería. El gallito

de él era Torres, que todo lo animaba con sus dicharachos crudos, con

su costumbre de tutear á todo el mundo y aquella risa repentina, entre

marrullera y soez, que desde la escalera se oía, y á la cual algunos

daban toda la importancia de un signo de lenguaje y presumían de

saberlo traducir.

A la Bolsa iba yo entonces todos los días, unas veces decidido á hacer

algo, sin meterme muy á fondo; otras por tomar el pulso al juego.

Corriéndome hacia la derecha, me encontraba con la alta Banca, entre

cuyos individuos tenía yo buenos amigos. Solía tropezar con _Partiendo

del Principio_, que en dos palabras me daba á conocer la excelsitud

de sus conocimientos, y no perdonaba ocasión de hacerme saber que

yo era un inocente, y que la humanidad toda _pasaba desapercibida_

para un sujeto tan perspicuo como él. Medina no faltaba ningún día,

y se paseaba de largo á largo en el espacio aquél de la derecha,

conforme entramos, sin pararse un momento. Andando, daba sus órdenes

á Samaniego, que bajaba del _parquet_ con frecuencia, y se ponía de

acuerdo con Torres. Este no iba todos los días: se había crecido mucho

para prodigarse. Cuando se aparecía por allí, toda aquella gente

de los corros le miraba con cierta veneración, y él se inflaba lo

indecible. En el murmullo del local, tan semejante al zumbido de una

colmena, sonaban sus risas prontas, ásperas y estridentes, parecidas

al rasgar de telas que se oye pasando por la calle de Postas á las

horas de más venta. Comúnmente se venía hacia mí, y concertábamos una

operación modesta. En aquel local siempre me tuteaba: era costumbre

arraigada en él, de la cual sólo se eximían Ortueta, Urquijo y otros

pocos por quienes tenía adoración. Era un asombro ver cómo se lanzaba á

mayores, haciendo operaciones arriesgadísimas, por sumas fabulosas, con

mediación de Samaniego, pero sin publicar.

Torres no salía del local sin que le anunciara el coche un lacayo

cargado de pieles. Daba compasión ver al pobrecito muchacho sudando

cada gota como un puño. Pero el agiotista creía sin duda pregonar

mejor su riqueza por medio de las zaleas que ahogaban á aquel infeliz

mancebo, y no se las quitaba hasta muy entrado el tiempo de calor. En

esto no imitaba á sus patriarcas Ortueta y Urquijo, que hacían gala

de retirarse siempre á pie. _Partiendo del Principio_, después de

espatarrarse un momento delante del _parquet_, limpiarse el sudor de la

frente con cierta pausa, á que él quería dar aires de gravedad, y decir

cuatro sandeces, se iba en su _victoria_ camino del Retiro, donde le

esperaba _No Cabe Más_, siempre de tiros largos, siempre estrenando,

siempre en perpetuo domingo ó Corpus ó Jueves Santo, por lo chillón y

nuevecito y llamativo de cuantos perendengues llevaba.

Un día me dijo Medina, sin detener el paso, para lo cual tuve que

dejarme ir con él:

--¿Sabe usted que Eloísa está mal?

--¿Mal de intereses? Ya me lo suponía.

--No: de salud... Debe de ser cosa de cuidado.

Como en seguida hablamos de un tema en extremo interesante, la

liquidación del siguiente día, fin de mes, se me fué del magín Eloísa y

su mal.

--Esta liquidación va á dar algunos disgustos --gruñó Medina--. Sáinz

me tiene que aflojar diez mil pesetas, Cecilio setenta y cinco mil.

¿Quién liquida por ese Cañizares de los espejuelos verdes? Creo que lo

hará Paco Rojas. ¿Y usted, qué tal? Ya, ya sé que tengo que aflojar á

usted doce mil pesetas; pero las casaremos si Rojas tiene algo á favor

de usted.

Aquella noche, en su casa, sacamos nuestras notas de liquidación, y

matando y casando, obtuvimos nuestros respectivos totales. Él y yo

quedábamos casi á la par. Un tal Sáinz, con quien yo había hecho muchas

_dobles_, y que en aquel mes hizo conmigo una operación alta, nos tenía

que entregar á Torres, á Medina y á mí, por diferencias, unos noventa

mil duros. La liquidación fué algo penosa, porque Sáinz estuvo al ras

de presentarse en quiebra. Nos tragamos nuestro susto, pues aunque la

operación había sido pública y con todas las formalidades, si el tal no

tenía, era forzoso tomar lo que quisiera darnos. Por fin, el 2 de Marzo

Sáinz se presentó en el Bolsín á proponernos saldar sus compromisos con

una partida de _Cubas_ y otra de Obligaciones de Osuna.

--Si usted no quiere las Osunas --me dijo Medina--, yo las tomo todas.

--Me es igual --respondí.

Y concertamos que Cristóbal tomaría las _Cubas_ y yo todas las Osunas.

Aquel mismo día, en el Bolsín, salió del corro de contratación una voz

gangosa que me dijo:

--Doña Eloísa está muy mal.

Era la voz del cobrador de Medina, amigo y protegido de mi tío.

--Pero, hombre, si la señorita María Juana me ha dicho anoche que ya

estaba bien...

Por la tarde subí á ver á Camila. No estaba.

--La señorita --me dijo la criada-- ha ido á casa de su hermana, que

está muy malita...

--¿Y el señorito Constantino?...

--Ha salido á caballo, como todas las tardes.

«Conque sigue mal la infeliz... --pensé al retirarme--. Bueno: mañana

iré á verla.»

Y llegó mañana, y no fuí tampoco. Se necesitaba un espolazo mayor para

decidirme. Hallábame en la Bolsa. Poco interés aquel día. Acerquéme

á los distintos corros, que estaban muy desanimados. Generalmente,

en estos pelmazos humanos dominan los hongos número dos y las

americanas de mal traer; hay algunas capas, y por lo común formas

no muy exquisitas. Hay corro que parece de apreciables tenderos de

ultramarinos; el del Perpetuo, enracimado en la barandilla, es el más

bullicioso. Pero aquel día sólo había un poco de vida en el de los

_Aguadores_, ó sea los que operan en Cubas. Del de los _Negritos_, que

es el más modesto, salió una destemplada voz que me dijo:

--Don José María, el señor Trujillo estaba preguntando hace un rato si

había venido usted.

Pertenecía esta voz á un individuo que imitaba á Torres en la manera de

reir y en la costumbre de tutear; dedicábase á comprar picos, y operaba

en chinchorrerías. Su especialidad era estar siempre de capa hasta el

_cuarenta de Mayo_ lo menos; se llamaba Mazarredo, y cuando hacía un

buen negocio, expresaba su gozo imitando el canto de la codorniz con

gran escándalo y risa de todos los concurrentes á la Bolsa.

Al oir que Trujillo quería hablarme, corrí al ángulo segundo de la

derecha. Aquél no era el Trujillo que yo conocía, sino su primo Manolo,

joven muy simpático, rico, soltero, elegante, de buena figura. Desde

el año anterior había empezado á padecer de la vista, y perdiéndola

gradual y rápidamente; á la fecha de lo que escribo estaba ciego del

todo. Era un dolor verle, con los ojos cuajados y fijos, la cara

pálida, ansiosa, queriendo ver y no viendo nada. El pobrecito se hacía

la ilusión de que veía algo, y los amigos cuidábamos de no quitársela

por completo.

--¿Qué tal, Manolo?...

--Mejor, mejor --respondía infaliblemente, pasándose una mano por

delante de los ojos--. Principia á aclarar el derecho... Me veo

perfectamente los dedos.

Todos los días, como quiera que estuviese el tiempo, se vestía

correctamente, y un criado le llevaba á la Bolsa á eso de las dos y

cuarto y le sentaba en aquel ángulo, de donde no se movía, hasta que á

las tres y media volvía el mismo criado á recogerle. Aunque era joven,

se había estrenado en los negocios, para los que tenía gran capacidad,

y no podía vivir sin respirar durante un rato aquella atmósfera

picante, en la cual no se sabe qué es más espeso, si el aire cargado de

humo ó el ambiente aquél de las cotizaciones saturado de números. Hay

gustos muy raros.

Sentéme junto á él, y aún no le había estrechado la mano, cuando, dando

un gran suspiro, me disparó estas palabras:

--¿Conque Eloísa se muere?...

Dejóme frío la noticia y la puse en duda.

--No, no es cuento. Anoche he estado allí... Muy mala, muy mala la

pobre. Es cosa de la garganta, del cuello, no sé qué. Dicen que está

horriblemente desfigurada. Yo, como no la puedo ver, siempre la _veo_

hermosa.

Manolo Trujillo había sido, antes de perder la vista, uno de los más

fervientes y al mismo tiempo más discretos admiradores de Eloísa.

Después de su ceguera, la visitaba de vez en cuando, haciendo gala de

una especie de inclinación alambicada y platónica, sentimiento muy

propio de un caballero que ha visto mucho y ya no ve nada. No esperé á

que acabara de contarlo, y deplorando mi descuido, corrí á la calle del

Olmo.

Lo prohibido (tomo 2 de 2) · 第 26 / 56 题