Salí á mis quehaceres y volví sobre las cinco. ¿Por qué he de ocultar
una cosa que me desfavorece? La compasión por Eloísa me atraía
verdaderamente; mas el deseo de encontrarme con la otra no me impulsaba
menos hacia la calle del Olmo. Dicho en plata, me ilusionaba el ver
allí á Camila, hecha una interesante enfermera; y si, al acordarme de
su infeliz hermana, se aplacaban los fuegos de mi querencia, cuando
suponía á la enferma salvada y mejorada, no podía menos de recrear
mi espíritu en la idea de tropezarme con Camila en los rincones y
callejuelas de aquel solitario caserón que tan bien conocía yo. Debo
decir que mi locura, bien por no ser correspondida hasta entonces,
bien por la depuración de mi espíritu en el trabajo, se había vuelto
platónica. Siempre que podía hablar con Camila á solas, pintábame como
un enamorado entusiasta, pero tranquilo, admirador frenético de sus
eminentes virtudes y de la misma resistencia que me había puesto en
tal estado. Y era verdad esto que le decía: la tal borriquita se me
había subido á lo más alto de la cabeza, allí donde se mece, á manera
de nube, lo puramente ideal, lo que es y no es, lo que nos habla de
otros mundos y de Dios, haciéndonos á todos un poco poetas, religiosos
ó filósofos, según los casos.
Yo no me alegraba de que Eloísa se pusiese peor; al contrario, lo
sentía mucho; pero deseando que se mejorase, sentía que Camila no
estuviese allí todo el día y toda la noche con su delantal azul,
aunque sus manos olieran á cataplasma. Cómo compaginaba y conciliaba
mi espíritu estos dos deseos, no lo sé decir. Pero es el espíritu tan
buen componedor, que sin duda resultaría un arreglito en mi conciencia,
escarbando mucho en ella para buscarlo.
Dejo esto por ahora, y sigo con la otra infeliz. Moreno Rubio, después
que la vió al anochecer, me dijo que aunque la mejoría se había
iniciado, no las tenía todas consigo. Explicóme lo que era aquello con
todos sus pelos y señales, dándome á conocer la resolución posible,
el proceso reparador en caso favorable, la complicación en el caso
contrario. Pero no repito las palabras de aquel observador eminente
por no cansar á mis lectores, ni entristecerles con estos pormenores
tristísimos de la desdicha humana. Digamos sólo, con la religión, que
somos polvo, inmundicia, y que siendo tan mala cosa, todavía ha de
haber quien quiera regalarse con nosotros, y estos golosos de nuestra
podredumbre son los gusanos.
Yo no pasé á ver á Eloísa, porque no se excitara; pero á eso de las
diez se puso tan inquieta que nos alarmamos. Estábamos allí mi tía
Pilar, Camila, Constantino y yo. Raimundo se había marchado á las
nueve, y el tío Rafael vendría más tarde. Empezó la enferma á hablar
como una taravilla: á ratos lloraba, á ratos anunciaba su muerte. Pedía
que yo entrase; después que no. Quería estar á obscuras; luego la
obscuridad le daba miedo, y era forzoso encender luz. Desde la puerta
le oí decir, llorando:
--Me muero, conozco que me muero. Es terrible morirse así, en este
muladar... Dios me perdonará. ¿Está ahí José María? A él le encargo
que no entre aquí ningún cura: ¡no, no quiero ver curas...! Ya me las
arreglaré sola con Dios.
La fiebre era muy alta aquella noche, y estaba la pobre agitadísima.
--No quiero luz: ¿no he dicho que quería estar á obscuras? ¿Es que me
quieren mortificar? --gritó moviendo mucho los brazos.
La alcoba quedó en tinieblas, y entonces me llamó para que le pusiera
el termómetro y le observara la temperatura.
--Constantino me engaña siempre --me dijo--. Para él nunca paso de 39,
y yo conozco, por este fuego de mi cuerpo, que debo de tener 41, 42,
50...
María Santísima, ¡qué volcán!
Le puse el termómetro debajo del brazo, y esperé sentado junto á la
cama.
--¡Oh! ¡qué mal me siento! La cabeza se me abre, se me desvanece, se me
va; se me arranca la vida... me muero esta noche. ¿Estarás aquí cuando
dé las boqueadas?... ¿Me cerrarás los ojos? ¿Te dará horror verme tan
fea y echarás á correr? Sí: lo estoy viendo, lo estoy viendo. Dios mío,
yo he sido mala; pero no para tanto... Nada, lo que yo digo: si tú te
hubieras casado conmigo, yo habría sido menos loca; pero no quisiste, y
me dejaste en medio del arroyo.
Esta febril locuacidad me lastimaba, oprimiéndome el corazón. No cesaba
de decirle:
--Serénate, cállate la boca, procura dormir. Estás un poco excitada de
los nervios, y nada más.
--Mira ya el termómetro y no me engañes.
Salí al gabinete para observarlo á la luz. Marcaba 40 y tres décimas.
¡Qué mala cara debí de poner cuando lo estaba mirando!
--¿Ves?... no hay motivo para que te inquietes --declaré volviendo á su
lado y guardando el termómetro--. Tienes 38 y unas décimas.
--¿Es de veras?
--¿Quieres verlo?
--¿No me engañas?
--Ya sabes que yo...
Pues se lo creyó; mas no por eso estuvo más tranquila en las horas que
siguieron.
--Nada, nada: yo me muero esta noche. Siento que me desquicio, que la
vida se me quiere escapar. ¡Qué espanto me da...! No, Señor, Dios mío:
yo no me quiero morir, yo soy joven, yo no he sido mala... Si yo misma
te lo he dicho, rezando: es que me he calumniado.
Tras larga pausa, en que la sentí murmurar vocablos ininteligibles como
si rezara, volvió á expresarse con la misma agitación.
--No te digo que me perdones, porque sé que me perdonarás de todo
corazón. ¿Y á tí, grandísimo pillo, quién te perdona? Porque tú eres
tan malo como yo, quizás peor. A ver, hazte el valiente, confiésame en
este momento solemne tus picardías. ¿A que no las confiesas? ¿No ves
que me muero? Dame ese gusto. ¿Quieres que te dé el ejemplo? Pues te
voy á confesar todo lo malo que he hecho, absolutamente todo.
Rebeléme contra aquel propósito, más bien nacido del desvarío febril
que de un vigoroso móvil de conciencia.
--Si te pones así, me enfado; es que me enfado de veras. Me marcharé.
--No, eso nunca --exclamó rompiendo á llorar--. Quiero que estés aquí,
que me veas cuando espire... ¿Llorarás? Dime si llorarás.
--Pero, mujer... ¡qué tonterías...!
--Dime si llorarás... Es que quiero saberlo.
--Bueno: pues sí, lloraré, y mucho.
--¿Y me besarás las manos?... las manos nada más, porque la cara... Se
me quita la contrición cuando pienso en lo horrible que estaré. Pero
acuérdate de cuando estuve guapa; acuérdate y cierra los ojos... ¿Me
harás una caricia?... ¡Mira que si no, resucito y te...!
Hacía extraños gestos con los brazos. Yo se los metía entre las
sábanas, recomendándole la tranquilidad en los términos más cariñosos.
--Hija mía, no hagas locuras. Vas á pasar una noche infernal.
--Es que no me quiero morir, es que no me da la gana --clamó,
ahogándose en llanto copioso--. ¿Pues por qué me pongo así sino por el
miedo que tengo...?
--No seas tonta, y no tengas miedo. Si estás bien; si apenas tienes
fiebre; si Moreno me ha dicho que no hay cuidado... Vaya, no hables más
de muerte.
--¿Pues no he de hablar si la veo, si la siento venir...?
--Patrañas, hija; aprensión...
--¡Y morir así, como arrojada en una pocilga, revolcándome en miserias
y como si mis propios pecados me estuvieran comiendo por todas
partes! Yo he visto una estampa en las prenderías, en la cual hay uno
que agoniza, y salen de debajo de las almohadas bichos muy feos y
asquerosos, lagartos y demonios horribles que lo roen y se lo comen.
Así estoy yo, así me muero yo.
Pensé que las bromas harían mejor efecto en su espíritu que la
seriedad, y tomándole una mano y besándosela con el mayor calor
posible, le dije:
--¿Pues qué querías tú? ¿morirte como la _Traviata_, con mucho amor,
tosecitas y besuqueo? Si eso pretendes, se puede hacer. Por mí no ha de
quedar.
Parecióme que se sonreía, y esto me animó á seguir por aquel camino.
--Bien sabes tú que no va de veras; que si lo sospecharas, no estarías
tan charlatana. Esos son mimos, no terror de la muerte. Tú buscas lo
que los franceses llaman una _pose_, y la _postura_ no parece.
--¡Ay, hijo: no te rías de mí! ¿Cómo puedes pensar que yo tenga esas
ideas en medio de estas prosas...? Porque éstas sí son prosas, chico.
Si no hay mayor castigo para una mujer que tener asco de sí misma, yo
estoy bien castigada. Acepto la muerte si la considero como una gran
lejía en la cual me voy á chapuzar...
Y como si su espíritu tomara de improviso con esto una dirección de
consuelo, me estrechó mucho la mano diciéndome:
--Joselito... si por casualidad me salvo, ¿me volverás á querer...?
--¡Sí...! de tí depende que te pongas buena pronto, no sofocándote sin
motivo.
--Agua; me muero de sed.
Se la dió Camila; y cuando nos quedamos de nuevo solos, díjome que se
sentía mejor. Su piel estaba húmeda.
--Ahora te vas á dormir.
--Si soñara que me volvías á querer, creo que despertaría muy mejorada.
Respondíle que podía soñar lo que fuera más de su gusto, y desde aquel
momento empezó á calmarse. Quejóse de vivos dolores en la cara; pero
no debieron de ser muy fuertes, porque á eso de las dos ya dormía, si
bien con inseguro sueño. Salí de la alcoba, rendido de cansancio, y me
encontré á mi tía Pilar, profundamente dormida, y á Camila despierta,
aunque con mucho sueño. Disputamos, como era natural, sobre quién
había de descansar... Que ella, que yo. El reposo de la enferma fué
breve, y pronto la oímos que nos llamaba. Micaela y Camila estuvieron
más de una hora con ella, dándole medicinas, curándola y mudándole
hilas y trapos. Mala noche pasó la infeliz. A la madrugada descabecé
un sueño en el despacho de Carrillo, sobre el sofá de cuero, frío y
desapacible.
Despertóme, ya entrado el día, una voz que al pronto no conocí. Era la
de Constantino, y poco á poco surgió en mitad de mi campo visual la
figura de éste, abrutada, tosca y respirando honradez.
--¿Cómo está Eloísa? --le pregunté con susto, sospechando que me iba á
dar una mala noticia.
--Ahora duerme --replicó de muy mal talante, paseándose en la
habitación con las manos en los bolsillos--. Va mejor.
«¿Pero qué tiene este bruto para estar tan malhumorado?» --me dije para
mi sayo.
Sacóme pronto de dudas, pues era Constantino tan rudo como inocente,
incapaz de guardar secretos.
--¿Has visto á Camila? --me preguntó.
--Anoche, sí.
--¿Sabes que hemos reñido?... Anteanoche... aquí... Una bobería... un
soplo, chismes, calumnia. Le dijeron que me habían visto ir de picos
pardos...
--¿Qué me cuentas?
--Todo es paparrucha --añadió, dando un gran suspiro y alargando más el
hocico--. Camila se la ha tragado, y no la he podido desengañar. No nos
hablamos. Anoche no pude dormir, pensando en ella. Me parecía mi casa
tan vacía, chico... Me figuraba que mi mujer se me había muerto; no,
que se había ido con otro, y...
--Eres un _bebé_... ¡ja, ja, ja!
--Créelo... por poco me echo á llorar...
--¡Ay, Dios mío, qué célebre!... Constantino, eres un niño de teta...
--Y ahora --prosiguió haciéndose el fuerte, mas sin poderlo conseguir--
he venido acá con unas ganitas de verla... ¡Qué afán! Si me figuro que
no he visto en cuatro años su cara. Pues llego; me dicen que está en el
cuarto de Rafaelín durmiendo; voy allá, empujo la puerta, y ella salta
y me la tira á los hocicos, y se cierra por dentro, y me grita: «¡Vete
á los infiernos, perdido, gatera, chulapo!»
--Bien, hombre, bien. Anda, vuelve á picos pardos... Me alegro... --le
dije, sintiéndome inspirado y locuaz--. ¡Ah! perillán. ¿Crees tú que el
matrimonio es cosa de quita y pon? ¡El matrimonio, la cosa más santa,
la institución más respetable, más augusta, más...!
--¡Quítate allá, y no me vengas á mí con retumbancias!
--Estos pilletes se figuran que el tálamo es trampolín... y profanan la
santidad de la familia, y hacen burla de la virtud de una intachable
esposa...
--¿Te quieres callar?...
--No, señor; no me callaré... Tu conciencia no se subleva, no se te
levanta como un fantasma para decirte: «Constantino, ¿qué has hecho de
la paz del hogar?»
--¿Pero todo eso es cháchara ó qué...?
--¡Qué ha de ser broma, hombre, qué ha de ser broma! Ya ves que estoy
indignado.
--Que me caiga muerto aquí mismo, que me mate un rayo --juró con
vehemencia salvaje-- si yo he ido á picos pardos. Que me vuelva buey
ahora mismo si he tocado, desde que me casé, más mujer que la mía.
¡Mírala, por ésta!
--Valiente hipócrita estás tú... ¡Con esa jeta de lealtad y esas
inocencias, me parece...! Y lo que es ahora no la convences. Buena
estará.
--Se me figura que quien le llevó el cuento fué el marqués de Cícero...
¡Ay si le cojo! Le arranco los bigotes, y después se los hago tragar...
¡Decir que yo...! ¡cuando el que venía de picos era él, él... el muy
monigote, pinturero...!
V
Hablando pasamos á la estancia que había sido de Carrillo. Quise
lavarme; pero no encontré agua.
--Yo te la traigo --me dijo Constantino cogiendo el jarro.
A poco volvió, y cuando me llenaba la jofaina, díjome en el tono más
cordial:
--Quítale eso de la cabeza.
--¿Qué le he de quitar de la cabeza? ¿los adornos que le has puesto?
--No, hombre: la idea...
--¿Conque la idea?... Lo intentaremos, lo intentaremos.
Él se reía, y no cesaba de amenazar al marqués de Cícero. Le iba á
freir, á abrirle un tragaluz en la barriga, á untarle de petróleo y
pegarle fuego...
--¡Qué buen ayuda de cámara me he echado! Ya que eres tan amable, ten
la bondad de decir á Micaela que haga café y me lo traiga aquí.
No había pasado un cuarto de hora, cuando sentí abrir la puerta.
Hallábame en elástica, con la toalla sobre los ojos, la cabeza toda
mojada, y no ví quién entró.
--Déjelo usted ahí --dije creyendo que era Micaela; mas no tardé en ver
á Camila poniendo el café sobre la mesa.
--Hola, borriquita --exclamé, dejando salir de mi alma la alegría que
la llenaba--. Dí una cosa: ¿y tu hermana?
--Durmiendo. Me parece que va bien.
--¡Contento está tu marido!... Pero ¿qué prisa tienes? ¿A dónde irás
que más valgas? Oye...
Quise proceder con buena fe, pero no podía; la malignidad salía
culebreando, como centella eléctrica, desde el corazón á la punta de mi
lengua.
--Las mujeres prudentes no ponen esos hociquitos por un desliz del
marido. ¡Pues tendría que ver! No seas inocente, no seas ridícula, no
seas pueril. ¿Tú no has leído aquello de la _Perfecta casada_, que
dice...?
--Yo no he leído nada ni me da la gana de leer papas --exclamó á
gritos, hecha una leona.
--Sosiégate... Lo que yo digo es que eres una tonta si crees que el
marido de hoy puede ser un formalito de éstos de _aquí me ponen, aquí
me quedo_. Sería hasta ridículo, sería...
No me dejó acabar. En un tris estuvo que me tirara á la cabeza la
cafetera. Con sacudida de violenta cólera, se puso á gritar:
--No estás tú mal... sinvergüenza... Déjame en paz.
«Ya te irás domando,» pensé al quedarme solo, y un instante después
pasé al cuarto de Rafaelín, á quien hallé sentado en el suelo,
entretenido en armar un teatro de cartón. Su media lengua me enteró
otra vez de la mejoría de su mamá, y después preguntóme con palabras
vertidas cautelosamente en mi oído, si yo me iba á quedar allí _pa
siempre_. Respondíle que sí, y jugamos un rato. ¡Pobrecito niño! ¡Qué
interés tan hondo despertaba en mí! Me lo habría llevado á mi casa,
adoptándole por hijo, si su madre lo consintiera. Aquella madrugada,
cuando me dormí en el diván, había visto en sueños á Eloísa muy mal
perjeñada por las calles, con mantón pardo, pañuelo por la cabeza,
las faldas manchadas de fango, llevando de la mano á Rafaelín, el
cual tenía las botas rotas y enseñaba los tiernos dedos de los pies;
el cuello envuelto en bufanda, y el cuerpo en roñoso gabancito. Esta
visión me oprimía el pecho, más por el hijo que por la madre. ¡Ay!
Esta campeaba en la indiferencia de mi alma, como en un desierto árido
y vacío. Pasaba por ella sin dejar rastro ni huella en aquel inmenso
arenal.
Sin hartarme de jugar con el pequeño ni de darle besos, salí de la
casa. Eloísa se había despertado y sentía gran alivio. El médico me
dijo que la resolución era rápida y segura. No quise entrar á verla,
porque la estaban curando, y le dejé un afectuoso recado. En mis
correrías de aquel día por Madrid, experimenté lo que yo llamaba
la _congestión espiritual_ de Camila en mayor grado que nunca. La
llevaba en mi corazón y en mi cartera, y la ví entre los apuntes de mis
operaciones como la mosca que se ha enredado en la tela de araña. La ví
en la ahumada atmósfera de la Bolsa y entre los movibles y bulliciosos
corros. Muy distraído estuve, y conociéndome, no me arriesgué á
operaciones delicadas, porque desconfiaba de la claridad de mi sentido.
Era como algunos borrachos, que, conocedores de su estado, tienen
la sensatez relativa de no celebrar ningún contrato mientras están
peneques.
Torres, Medina, Samaniego y otros me preguntaron por Eloísa, y
á todos contestaba «bien... si no es nada... un simple flemón.»
Manolo Trujillo, á quien acompañé un ratito, hablóme de ella con
amor y entusiasmo. Me complací en destruir su ilusión pintándole lo
desfigurada que estaba. ¡El infeliz exhalaba unos suspiros oyéndome...!
Era yo cruel sin duda; pero me salía esta crueldad muy de dentro, y
sentía un goce extraño y vengativo al decir á los que me hablaban de
ella:
--Es un horror... no hay idea de fealdad semejante.
Volví á la calle del Olmo por la tarde, ¡y qué suerte tuve! El marqués
de Cícero salía cuando yo entraba, Eloísa dormía, y Camila estaba sola.
Se me arreglaron las cosas tan guapamente, que ni de encargo salieran
mejor.
--No se harta de dormir la pobrecita --me dijo Camila sentándose junto
á mí en el salón desierto, y sacando una obrilla de gancho con que se
entretenía.
Ni caída del Cielo. Estábamos solos; nadie nos turbaba. No menté á
Constantino ni hice alusión al disgustillo. Hablé tan sólo de mí,
de aquella pasión loca que me consumía, y que por providencia de
Dios había venido á ser fina, delicada, platónica, lo sublime de la
amistad, si me era permitido decirlo así. ¡Oh! yo no deseaba que ella
faltase á sus deberes; adorábala honrada; quizás infiel no la adoraría
tanto. Me entusiasmaba su virtud, y por nada del mundo destruiría yo
esta celestial corona tan bien puesta en sus nobles sienes... Yo no
pretendía de ella sino un cariño puro, leal, diáfano como el mío,
enteramente limpio de deshonra y malicia. No recuerdo si saqué á
relucir también lo del _armiño_, que es de reglamento; pero de fijo no
se me quedó por decir lo del _altar en mi corazón_ y otras imágenes muy
al caso.
Y ¡cosa singular! estas tonterías, que ella calificaba siempre con el
injurioso dicterio de _papas_, no la alborotaron aquel día como otras
veces. Oíame callada, los ojos fijos en su obra, haciendo, al meter
y sacar el gancho, las mismas muequecillas que hacía cuando trazaba
números; y de tiempo en tiempo me miraba sin decir más que «papas,
papas.» Parecióme que aquello lo decía maquinalmente, y que en realidad
mis palabras trazaban surco en su alma. ¿Sería ficción de mi anhelo?
Ocurrióme que aquella casa maldita obraba con perversa influencia sobre
el resistente espíritu de la señora de Miquis, introduciendo en él por
diabólico modo un germen de fragilidad. Porque era muy particular que,
oyendo lo que había oído, no me llamase, como de costumbre, tísico,
indecente, simplín. Estaba un tanto descolorida y pensativa, muy
pensativa. Sobre esto no podía tener duda. Oyóse el timbre eléctrico
de la alcoba de Eloísa. La enferma llamaba. Levantóse prontamente
Camila, y cuando iba por la habitación próxima, le oí pronunciar
con claridad su estribillo: «papas, papas.» Un detalle precioso. Al
retirarse, dejó su labor en el sofá en que nos sentábamos; sí: allí,
junto á mi muslo, quedaron el ovillo blanco, el gancho, la roseta á
medio hacer. «Piensa volver, y volverá.»
Pasó mucho tiempo, así como medio siglo, y viendo que no parecía, cogí
la labor y, metiéndomela en el bolsillo, fuí en busca de mi borriquita.
Al salir al pasillo tropecé con una figura majestuosa que en tal
instante empujaba la mampara de la antesala. Era la señora de Medina,
que en el caso aquél de enfermedad grave, olvidaba sus resentimientos
y sabía cumplir los deberes de familia. Creo que se alegró mucho de
verme. Su cara de estatua de la Verdad se encendió un poco.
--Ya sé que está mejor --me dijo--, y completamente fuera de peligro.
No habíamos dado diez pasos hacia el gabinete, cuando me tomó por un
brazo diciéndome:
--Explícame una cosa. ¿Qué obra es esa que pensaba hacer Eloísa; esa
estufa, ese techo de cristales?
Pasamos al segundo salón, y desde una de las ventanas que daban al
patio hícele la descripción del proyecto.
--Pues de fijo habría sido muy bonito... --observó mi prima--. Y lo que
es ahora... da dolor ver lo desmantelado que está todo. Dí otra cosa.
¿Dónde estaban los dos cuadros del viejo y la chula, con reflectores?
--Ahí, á los dos lados de esa puerta.
--Mira, mira: todavía quedan aquí unas cortinas preciosísimas. ¡Oh! qué
ricas son. Toca, toca esta seda, esta pasamanería... Otra cosa. ¿Y en
este hueco, qué hubo?
--Un mueble inglés lleno de preciosidades.
--¿Es ésta la puerta del comedor? --preguntó abriéndola--. ¡Ah! sí,
comedor es. Parece una caverna. ¡Qué soledad! Ni mesa ni sillas.
¿Estaban aquí los tapices?...
--Sí: cogían toda la pared, incluso los huecos. Los de la puerta y
ventanas se corrían como cortinas cuando empezaba la comida, y entonces
no se veía interrupción ninguna. Todo en derredor era tapiz. Efecto
bonitísimo.
--¡Sí que lo sería!... --exclamó _la ordinaria_ permitiendo á su cara
expresar un interés inmenso--. Otra cosa. ¿Y por dónde entraban los
criados á servir?
--Por aquella puerta que ves en el fondo. Pero delante de la puerta
estaba el gran aparador. Los criados aparecían por un lado y otro de
éste. La puerta no se veía.
--¡Ah!... ¡qué soberbio!... Mira, todavía están los mecheros de gas.
¡Qué elegantes!
--En mi tiempo se encendían. Después...
--Ya, ya recuerdo lo que me dijiste. Muchas velitas... Estoy al tanto.
En esto vimos pasar á Micaela.
--Eh, Micaela. Me parece que ha entrado alguien. ¿La señorita tiene
visita?
--Sí, señor. Ahí está la hermana del señor marqués de Cícero, y ese
caballero ciego...
--¡Ah! el pobre Trujillo.
--Pues yo no paso hasta que no se vayan --indicó María Juana,
haciéndome señas de que la siguiera--. Dime otra cosa. El salón de
baile, ¿no se abría sino muy de tarde en tarde...?
--Cierto. Casi siempre le ví cerrado. No se había concluído de decorar.
Eloísa pensaba inaugurarlo con un gran baile.
--Vamos por aquella puerta... Ve tú delante para que me guíes. Quiero
que me saques de otra duda.
A todas sus preguntas contestaba yo lo primero que me ocurría. Mostraba
la sapientísima señora curiosidad viva y anhelo de conocer las
costumbres de aquella casa en sus días de auge. A veces disimulaba este
interés diciendo con solapado menosprecio:
--¡Cuánta tontería! Luego nos pasmamos de las catástrofes. Razón tiene
Medina en decir que todas estas etiquetas son invenciones del Diablo.
Entramos y salimos, pasando de pieza en pieza. Yo estaba un tanto
mareado, y con ganas de sentarme.
--Es un laberinto este caserón --dijo mi prima--. Jamás lo he podido
entender. ¿A dónde salimos ahora? ¿Qué puerta es ésta?
--Por aquí se pasa al guardarropa de Eloísa.
Cuando yo decía esto, oímos la voz de Camila. Empujé la puerta y
entramos.
--Esta pieza la conozco --manifestó la de Medina, entrando con aire
regio y calándose los lentes para arrojar una mirada en redondo á la
estantería de roble--. ¿Verdad que es bonita? ¿Cuánto le costaría á
Eloísa esta tanda de roperos?
--Vete á saber... Más costaría lo que está dentro --respondí sin
hacerme cargo ya de nada más que de Camila, á quien vimos... Pero esto
merece párrafo aparte.