Varias cosillas que no debo dejar en el tintero y la enfermedad de
Eloísa.
I
Un domingo por la mañana, cuando menos lo esperaba yo, presentóseme
en mi casa María Juana. Venía de oir misa en las Salesas. No habíamos
acabado aún de saludarnos, cuando... ¡tilín! la señorita Camila. Esta
no venía de misa, sino de dar un paseo por el Retiro con Miquis, porque
la mañana estaba hermosa.
--¿Y las camisas? --me preguntó desde la puerta del gabinete--. ¿Te has
puesto alguna?
Al oir la pregunta, María Juana y yo soltamos la risa. Precisamente
la noche antes habíamos hablado de las tales camisas y de lo mal que
estaban. Camililla las hizo con toda la mejor voluntad posible, muy
bien cosidas; pero en los cortes demostraba que no es tan fácil dominar
aquel arte.
--Pues te diré... Siéntate primero.
--Salud, --refunfuñó Miquis entrando.
--Te diré... Las camisas...
--¿Qué? ¿Vas á salir ahora con que no están bien? --gritó la autora
con la prontitud de su genio impetuoso.
--No, mujer... escucha...
--Ya me lo figuraba. Hícelas yo, pues por fuerza habían de estar
mal. Nada, lo que digo. Todo ha de ser francés; si no, no gusta. ¡Ay
qué españoles éstos! Desprecian lo de aquí, y se les cae la baba con
cualquier mamarracho que venga de Francia.
--¿Pero á dónde vas á parar?
--Sí, sí --añadió alzando más la voz y manoteando--. Si hubiera hecho
las camisas algún franchute, ¡oh! entonces serían magníficas; pero las
he hecho yo... Vamos á ver, ¿qué defecto les has encontrado?
--Si no me dejas hablar; si iba á decir que están muy bien...
--No están sino muy mal --declaró María Juana con la seriedad de quien
acostumbra á poner la justicia por cima de todas las cosas.
--¡Muy mal!... ¿Y tú qué sabes?
--Lo sé, porque él me lo ha dicho anoche.
--No te enfades, Camila --indiqué yo, tratando de templar aquellas
gaitas--. El corte de camisas es difícil: se necesita mucha práctica...
--Pues Constantino no usa más que las cortadas por mí, y no se queja.
¿Verdad, tú?
Constantino estaba entretenido viendo unas fotografías de caballos, y
no hizo caso de la pregunta.
--En rigor no están mal --añadí--. El cuello no encaja bien, se sube un
poco por delante, y la pechera se abulta, se abomba, figurando algo así
como delantera de un ama de cría...
Las risas de María Juana desconcertaron más á la otra, que dió algunas
pataditas.
--La culpa tengo yo por meterme á generosa. ¡Mal agradecido! Quita
allá. No vuelvo á dar una puntada por tí. Permita Dios que cada puntada
que he dado en las seis camisas, sea un picotazo en tu corazón y se te
vaya agujereando como si te lo comieran los pájaros.
--¡Jesús, qué barbaridad! --exclamó la hermana mayor.
--Y nada más... ¡Vaya con el señor de los pechos planchados...! que
le han de hacer las camisas los ángeles, y no han de tener ni una
arruga... ¡Y quémeme yo las cejas para esto!
--Vamos, Camililla, no te enfades. No es extraño que el primer
ensayo... Ahora te compraré más tela, y me harás otra media docena.
--¡Yo!... Que los dedos se me pudran si vuelvo á dar una puntada por
tí. Te desprecio... altamente.
--Y nada menos que altamente.
--Y en prueba de ello, mira lo que voy á hacer. ¡Ramón!
Empezó á dar voces llamando á mi criado. Constantino le dijo:
--No alborotes, chica. ¡Que siempre has de ser así...!
Y como mi criado tardase en venir, fué ella á buscarle. Oímos su voz
diciendo:
--Ramón, tráeme las seis camisas que le he regalado á tu amo.
--¡Qué torbellino! --murmuró María Juana--. No sé cómo la aguantas.
Pronto apareció Camila con las camisas.
--Falta una.
--Es la que me puse ayer... Salí con ella, y tuve que volver á casa á
quitármela, porque por la calle iba haciendo gestos como si tuviera el
pescuezo lleno de pulgas.
--Ya te daré yo pulgas, tontín. Verás, verás. Pues, señor, estas cinco
camisas, digo, seis, porque la otra también la apando cuando esté
lavada, me las llevo á mi casita, y haciéndoles una pequeña reforma,
ensanchándoles un poquito de hombros y de cuello, se las arreglo á este
animal. Mira tú por dónde he salido ganando... Chúpate esa y vuelve
por otra... Constantino, hijo de mi alma, vámonos de esta casa de mal
agradecidos. Ya tienes seis albardas más. Tú no les pondrás peros. ¿Qué
has de poner?
Él se reía, diciéndonos:
--No la hagan ustedes caso. Hoy le ha dado por alborotar. En fin, tiro
del ronzal y me la llevo para que os deje en paz.
Cuando salieron, díjome la otra:
--¡Qué vecindad tan molesta debe de ser para tí! Estarás harto.
--No lo creas: me divierto con esas tonterías.
--¿Y qué tal? ¿Hay sablazos?...
--No lo creas. Viven con arreglo. Es que tenemos de Camila una idea muy
equivocada.
--Ya sé que no se gobierna del todo mal. Pero el día menos pensado la
pega. No hay fondo en ella.
--Pues se me figura que lo hay. La Humanidad, como la Naturaleza
geográfica, nos ofrece cada día nuevos motivos de sorpresa y asombro.
Donde menos lo pensamos, aparecen las maravillas humanas y tesoros que
estaban ocultos, como los continentes antes de que un Colón les echara
la vista encima.
--Vaya, que te remontas.
--Y á cada territorio que descubrimos en el planeta moral, parece que
se ensancha el alma total del mundo, y por ende, la nuestra crece y...
--Chico, chico, te quiebras de sutil. El demonio que te entienda --me
dijo echándose á reir--. Baja de esos espacios y escúchame. Tengo que
irme en seguida.
--Soy todo oídos.
--Anoche estuvo la pobre Victoria en casa. Cada ojo así, por ver si
entrabas. Como no fuiste, la pobre se secaba mirando á la puerta del
salón. Cuando se marchó, creo que le faltaba poco para hacer pucheros.
Tras este exordio, vino una larga amonestación sobre el mismo tema. Yo
debía casarme á ojos cerrados con aquella joven.
--Mira, prima: ya te he demostrado...
--Sé lo que me vas á decir; conozco tus argumentos como si fueran
míos... No todas las personas se casan enamoradas; y las que se casan
sin amor, no son las más infelices. Hay mil casos... Bien sé que
Victoria no es una mujer superior, tal y como á tí te conviene; pero
ven acá: esa mujer superior, ¿dónde la vas á encontrar? Hallarás la
bonita, la graciosa, la cariñosa, la trabajadora, la rica, la discreta;
pero la que reúna estas cualidades todas, y á ellas añada ese talento
femenino que es tan hermoso por lo mismo que es tan raro, el talento
de encadenar al hombre pareciendo que es ella la que se encadena; esa
divinidad, ese milagro, ¿dónde está?
--¿Dónde? Qué sé yo... ¿Y qué saco de descubrir esa maravilla, si no
ha de ser para mí? Soy un desdichado que siempre llega tarde, y voy
volteando por el mundo, de equivocación en equivocación, queriendo
siempre lo que no puedo tener. No doy un paso sin tropezar con una ley
que me dice: _¡alto!_ Mi dicha está siempre en manos ajenas.
--No alambiques, no alambiques --dijo un poco turbada; y se levantó de
su asiento para ver los cacharros que tenía yo en una vitrina.
No quiso darme á conocer cierta confusión que á su rostro salía.
--Vaya que tienes aquí cosas divinas. Y á propósito: ¿sabes á dónde han
ido á parar los cuatro grandes tapices de Eloísa? A casa de esa que
llaman la Peri. ¡Qué escándalo! A esto llaman vueltas del mundo; yo lo
llamo volteretas. El espejo horizontal y otras piezas están en casa de
Torres. Se mirará Paca en él para peinarse las greñas. Todo el comedor
ha ido á poder de Sánchez Botín. Él empezó por comerse los manjares, y
ha concluído por tragarse la mesa de roble y las hermosísimas sillas
talladas. ¿Y las dos credencias inglesas, las has visto en alguna parte?
--Como que las tengo en mi casa.
--¿Aquí?
--Sí: en mi segundo --afirmé señalando al techo-- vive la querida
del director de no sé qué ramo; una tal Felisa, que llaman la
_Chocolatera_... La habrás oído nombrar; la habrás visto alguna vez. Es
guapa, un poquito ajada.
--¡Ah! sí, estaba en San Juan de Luz... ¿Esa ha comprado las
credencias?...
--Ayer estaba yo en casa, y ví á media docena de mozos de cuerda que
las subían. Puedes creer que me lastimó ver aquellos hermosos muebles
que fueron míos... ¡Volteretas del mundo!
--¡Saltos mortales!
--Y parece que me persiguen estas visiones tristes. Anteayer pasé por
la calle de Hortaleza y ví el busto de Shakespeare en el escaparate de
la Juana, rodeado de mil chucherías. Entré en la tienda y lo compré sin
reparar el precio.
--Es verdad: aquí está. ¡Qué hermoso es! ¡Y cómo nos mira!
Estuvo un momento abstraída. De pronto, como quien vuelve en sí, me
miró fijamente, diciendo:
--Vaya... te dejo... Tengo que marcharme.
La insté á que prolongara la visita; pero se resistió á ello.
--Bueno, pues te acompañaré hasta tu casa.
--No, no te molestes... Es que no quiero que me acompañes. Te lo
prohibo terminantemente.
De pronto hizo un movimiento expresivo, como si se acordara de algo
importante, y lanzó una exclamación de desprecio de sí misma.
--Vaya, si parece que estoy tonta. ¡Qué cabeza ésta mía! ¿Pues no me
iba sin decirte aquello precisamente por que he venido?
--¿Sí? ¿me tenías que decir...?
--Una cosa, sí... lo que más presente tenía.
Se sentó, y yo también, lo más cerquita de ella que pude.
--Pero no --indicó de súbito, mostrando gran confusión y perplejidad, y
volviéndose á levantar--. Dije que me marchaba y no me retracto. Coge
el sombrero, y por el camino te diré lo que te tenía que decir.
Y calle de Zurbano adelante, pensaba yo así: «Te veo venir. En fin, tú
resollarás.»
Lo que me tenía que decir salió ya en lo más bajo de la Ronda de
Recoletos. Era que Medina había dado á entender que no le gustaba la
frecuencia de mis visitas. No quería esto decir que hubiera malicia
en mí. Pero en la vida hay que dejar de hacer á veces las cosas más
inocentes para evitar malas interpretaciones. Era imposible que una
persona tan sabia, tan filósofa, si es permitido decirlo así, como
María Juana, tratase de un punto relacionado con cosas de moral sin
dejar de exponer alguna bonita doctrina.
--Nada hay tan sabroso para el alma --declaró-- como obligarse á hacer
cosas contrarias á nuestro gusto, y recrearse, después de hechas, en
ver cuán fácil era lo que nos parecía difícil.
Mostréme conforme con esto, y me volví tan filósofo que no había más
que pedir. Sí: yo también me vencía; yo también batallaba día y noche;
yo era un atleta que me robustecía moralmente con la gimnasia aquélla
de dar bofetadas al pícaro gusto y acoquinarlo y meterlo en un puño...
¡Como que mi prima y yo éramos un par de santos, que á poco que nos
esforzáramos íbamos derechos á la canonización! Díjele que admiraba su
virtud y su fortaleza como las cosas más peregrinas que había visto en
mi vida, y que... en fin, dije muchas cosas, con las cuales me parecía
que estaba envolviendo en paja la verdad de mis sentimientos con
respecto á ella, para remitirlos en gran velocidad. Yo era el embalador
del desprecio que me inspiraba.
Firme en aquel pedestal de filosofía, hablóme de Medina, llamándole
_el mejor de los hombres_. Con cien vidas de abnegación no le pagaría
ella el cariño inmenso que él le tenía. Y dispuesta estaba á hacer
todos los sacrificios posibles, pues se sentía con fuerzas íntimas
capaces de levantar montañas... Por mi parte, yo no me podía quedar
atrás en aquello de sojuzgar las pasioncillas. También tenía yo
estímulos de virtud tan grandes como la copa de un pino; yo era hombre
capaz hasta del heroísmo... Total: que nos despedimos en la calle de
Goya, acordando que me convidaría el lunes próximo, y que yo no iría;
al otro lunes debía ir, retirándome un ratito después de comer. Algunas
tardes podía visitarla, siempre á las horas en que Medina estaba, y
nada más, nada más... Esto se llamaba cortar por lo sano.
--Piensa mucho en Victoria --me dijo en el último apretón de manos-- y
decídete de una vez. Es lo que te conviene, es tu salvación, y por eso
es lo que yo quiero.
«Lo que tú quieres, bien lo veo --me dije para mi sayo al volverme á
mi casa--. Pues te saldrás con la tuya.»