VI

Aquel buen _ordinario de Medina_, en quien yo descubría poco á poco,

dicho sea sin vislumbre de malicia, estimables prendas; aquel hombre

que era honrado á carta cabal y hacía sus negocios con limpieza,

sin ser un acaparador despiadado, como susurraba Torres, empezó á

inspirarme una gran antipatía. Esto debió consistir en que yo se

la inspiré á él antes, y al conocerlo, las leyes de equilibrio me

impulsaron á pagarle en la misma moneda. Pues sí: Medina no me tragaba,

y aunque era bastante prudente para no manifestarlo de un modo muy

claro, estas cosas siempre salen á la superficie, y es preciso ser

tonto para no verlas. Medina encontraba absurdas todas las opiniones

mías sobre cualquier punto que discutiéramos, y me contraponía hasta

los disparates del propio Barragán. Entre los dos, el uno con su

malquerencia, el otro con el candor del asno que no sabe lo que hace,

intentaban apabullarme con su desdén... Yo no tenía nunca razón, aunque

defendiese el criterio más puro y diáfano; yo _estaba ido_; veía las

cosas _bajo el prisma_ de las preocupaciones, y apoyaba mis argumentos

_bajo la base_ de los errores... ¡del materialismo! En fin, que no se

abría esta boca ante ellos sin soltar una barbaridad. Llegué á tenerles

miedo, francamente, porque Barragán era hombre que increpaba en voz

alta y no se mordía la lengua para decir:

--Pero, hijo, usted está en Babia: valiente _plancha_ se ha _tirado_

usted. Al que le enseñó eso, dígale que le devuelva el dinero.

No había más remedio que llamarles burros ó aguantar estos chubascos.

Habría sido yo muy injusto si hubiera tratado mal á Medina, pues su

malquerencia, justificada tal vez, no era motivo bastante para que

yo desvirtuara su mérito, que no se me ocultaba. Lo repito sin pizca

de ironía: Cristóbal Medina era un hombre que, fuera de aquellas

ridiculeces de las _medias cañas_, de su infame gusto literario y

artístico y de sus modales poco finos, no merecía más que sinceros

elogios y la estimación de todo el que le tratase. Aquel Torres, cuya

lengua venenosa no perdonaba ni al Padre Eterno, habíame dicho que

Medina absorbía, por medio de préstamos usurarios, el dinero que les

quedaba á los aristócratas. Pronto hube de saber á ciencia cierta que

esto era una falsedad. Todos los préstamos que Medina había hecho

con hipoteca eran con moderado interés. Además, el buen _ordinario_

no sofocaba á sus acreedores: concedíales plazos y respiros; les

perdonaba picos, renunciando á algunas ganancias por no exponerles á

la vergüenza pública. Era también hombre capaz de tener generosidades

de esas tanto más meritorias cuanto más secretas, y bien claro se ha

visto su buena ley en el asunto de Eloísa. Para evitarle un bochorno,

puso á disposición de ella cierta suma, y aunque lo hizo en calidad de

préstamo, bien sabía que aquel dinero era ya perdido para siempre. Y

negándose á tomar en cambio ni un alfiler, desagradó á su esposa; pero

se acreditó de hombre recto y compasivo.

Gozaba fama de avaricia; pero esta fama la tienen en Madrid todos los

que no tiran su dinero á los cuatro vientos, y no hay que hacer caso

de ella. Esta opinión la hacen los pródigos parásitos y los que se

gozan en ver rodar el dinero ajeno después que han desparramado el

propio. ¿Saben ustedes quién había propalado la sordidez de Medina?

Pues entre otros, el pillete de Raimundo, que nunca pudo dar más

que un sablazo á su cuñado, el cual hubo de pararle los pies cuando

intentó descargarle el segundo. Eso sí: Medina no gustaba que nadie le

cogiese de primo; era en esto mucho más inglés que yo, y muchísimo más

práctico. Mi tío Rafael también era algo responsable de aquella falsa

opinión de avaricia. Ignoro si mediaron disgustillos entre uno y otro

por cuestión parecida á la que motivó la mala voluntad que Raimundo

tenía á su cuñado. Sólo sé que en cierta ocasión Medina sacó á mi tío

de un gran apuro, y que si no se repitió el milagro, fué porque el tal

llevaba en su escudo económico el lema de _non bis in idem_. Cristóbal

era generoso cuando veía una lástima y el lastimado no le pedía nada.

Si otorgaba favores de todo corazón á algún prójimo, hacíalo por una

vez; pero si el tal repetía, negábase resueltamente. He oído contar

esta misma costumbre del barón Rothschild y de D. José Salamanca, y

me parece, con perdón de los pedigüeños, que está basada en un sólido

principio de moral financiera.

Pues bien: como lo cortés no quita lo valiente, repito que este

hombre, en quien yo reconocía cualidades apreciabilísimas, empezó á

serme antipático, y yo á él lo mismo. Noté que siempre que hablábamos

María Juana y yo apartados de la conversación general, venía él como á

interrumpirnos. Sus modos eran un tanto secos, sus palabras bastante

agrias.

--Se empeña en ser desgraciado --decía la taimada de mi prima-- y en

despreciar á la Trujillita, que es su salvación.

--Déjale, mujer, déjale --replicaba él con desabrimiento, sin dignarse

mirarme--. ¿Quién te mete á tí á redentora? Es mayor de edad y debe

saber cuántas son cinco.

Aquella noche, hablando de tabacos, Barragán me dijo que yo no había

inventado la pólvora. Y á propósito, Medina fumaba muy bien. Si en el

comer y en los demás goces suntuarios su religión era la medianía, en

aquel maldito vicio picaba muy alto. Tenía vegueros riquísimos, marcas

de primera, y todas las vitolas conocidas, desde el menudo entreacto

á las regalías imperiales y cazadores más exquisitos. Recibía de la

Habana, en remesas de cuatro mil, lo mejor de aquellas fábricas, y

obsequiaba á sus amigos con largueza; quiero decir, que daba cigarros

para que los fumásemos allí; pero no regalaba nunca mazos enteros, ni

menos cajas. A su casa iban muchos por fumar bien, como van á otras

por comer. Algunos que se pasan el día tirando de los peninsulares de

estanco, con ayuda de una boquilla de cerezo, acudían allí por las

noches á regalarse con un _Henry Clay_ ó un _predilecto_ de Julián

Alvarez.

Observé que casi siempre reservaba para mí piezas infumables, que

parecían veneno por lo amargas y caoba por lo incombustibles. Dábamelos

como cosa buena, elogiándolos mucho; mas yo le devolvía la broma, si

es que lo era, llevando preparada en mi petaca alguna tagarnina capaz

de hacer reventar á un bronce. A veces, este doble juego terminaba en

risas, sin más consecuencias. Al cuarto de fumar lo llamábamos la _sala

de contratación_, pues venía á ser en cierto modo nuestro Bolsín.

Sobre la mesa estaba el Boletín con las cotizaciones del día, y entre

chupada y chupada solíamos decir algo de que resultaba al siguiente una

operación formal.

--Mañana --decía Torres-- tomaré á 90 todo lo que me quieran dar.

--Doy á 95.

--Guárdeselo usted...

Otras veces, Torres se levantaba de su asiento y exclamaba:

--Hechas.

Como aquel maldito explotaba el pesimismo, nos llevaba siempre cuentos

lúgubres de sediciones militares y de trapisondas y crisis de mil

demonios. El Ministerio estaba dando las boqueadas; el Rey enfermo,

y los republicanos en puerta. Siempre tenía dos ó tres telegramas de

París que enseñarnos anunciando depreciación; pero los de verdadero

interés para él se los guardaba donde nadie los viese. Era un bajista

temible, y no parecía prudente aventurarse en contra suya, porque

confabulado con un sindicato de jugadores franceses, dominaba nuestra

Bolsa. Medina y yo le seguíamos, unas veces juntos, otras no. Cuando mi

liquidación de fin de mes, después de casar cifras, arrojaba algo en

favor de Cristóbal, éste me decía:

--Mañana me tiene usted que aflojar cien mil pesetitas.

Decíamelo con tal complacencia y regodeo, que me lastimaba. No era

costumbre entre jugadores hablar así. Indudablemente tiraba á dar de

veras, y hacía las combinaciones con saña y deseo de herirme en lo

vivo. Esto y lo de los cigarros y sus interrupciones cuando María Juana

y yo hablábamos, y otras señales evidentes de su recóndita inquina,

movieron en mi ánimo deseos vivísimos de jugarle una mala pasada. Este

sentimiento nació en mí débil, y fué tomando cuerpo, alentado por

sucesos que he de referir á su tiempo, amén de otras causas inherentes

á la naturaleza humana. Al principio, rechazó mi conciencia la idea de

la mala pasada; pero poco á poco la idea se extendió y echó raíces,

concluyendo por posesionarse de mí con fuerza irresistible. ¡Vaya si se

la jugaría! Y no buscaba yo la mala pasada, sino que ella venía hacia

mí, solicitándome para que la jugase; yo no tenía más que alargar la

mano... Nada, nada, que aquel hombre íntegro y juicioso me pagaría

juntas todas sus groserías.

Lo prohibido (tomo 2 de 2) · 第 24 / 56 题