Aquel buen _ordinario de Medina_, en quien yo descubría poco á poco,
dicho sea sin vislumbre de malicia, estimables prendas; aquel hombre
que era honrado á carta cabal y hacía sus negocios con limpieza,
sin ser un acaparador despiadado, como susurraba Torres, empezó á
inspirarme una gran antipatía. Esto debió consistir en que yo se
la inspiré á él antes, y al conocerlo, las leyes de equilibrio me
impulsaron á pagarle en la misma moneda. Pues sí: Medina no me tragaba,
y aunque era bastante prudente para no manifestarlo de un modo muy
claro, estas cosas siempre salen á la superficie, y es preciso ser
tonto para no verlas. Medina encontraba absurdas todas las opiniones
mías sobre cualquier punto que discutiéramos, y me contraponía hasta
los disparates del propio Barragán. Entre los dos, el uno con su
malquerencia, el otro con el candor del asno que no sabe lo que hace,
intentaban apabullarme con su desdén... Yo no tenía nunca razón, aunque
defendiese el criterio más puro y diáfano; yo _estaba ido_; veía las
cosas _bajo el prisma_ de las preocupaciones, y apoyaba mis argumentos
_bajo la base_ de los errores... ¡del materialismo! En fin, que no se
abría esta boca ante ellos sin soltar una barbaridad. Llegué á tenerles
miedo, francamente, porque Barragán era hombre que increpaba en voz
alta y no se mordía la lengua para decir:
--Pero, hijo, usted está en Babia: valiente _plancha_ se ha _tirado_
usted. Al que le enseñó eso, dígale que le devuelva el dinero.
No había más remedio que llamarles burros ó aguantar estos chubascos.
Habría sido yo muy injusto si hubiera tratado mal á Medina, pues su
malquerencia, justificada tal vez, no era motivo bastante para que
yo desvirtuara su mérito, que no se me ocultaba. Lo repito sin pizca
de ironía: Cristóbal Medina era un hombre que, fuera de aquellas
ridiculeces de las _medias cañas_, de su infame gusto literario y
artístico y de sus modales poco finos, no merecía más que sinceros
elogios y la estimación de todo el que le tratase. Aquel Torres, cuya
lengua venenosa no perdonaba ni al Padre Eterno, habíame dicho que
Medina absorbía, por medio de préstamos usurarios, el dinero que les
quedaba á los aristócratas. Pronto hube de saber á ciencia cierta que
esto era una falsedad. Todos los préstamos que Medina había hecho
con hipoteca eran con moderado interés. Además, el buen _ordinario_
no sofocaba á sus acreedores: concedíales plazos y respiros; les
perdonaba picos, renunciando á algunas ganancias por no exponerles á
la vergüenza pública. Era también hombre capaz de tener generosidades
de esas tanto más meritorias cuanto más secretas, y bien claro se ha
visto su buena ley en el asunto de Eloísa. Para evitarle un bochorno,
puso á disposición de ella cierta suma, y aunque lo hizo en calidad de
préstamo, bien sabía que aquel dinero era ya perdido para siempre. Y
negándose á tomar en cambio ni un alfiler, desagradó á su esposa; pero
se acreditó de hombre recto y compasivo.
Gozaba fama de avaricia; pero esta fama la tienen en Madrid todos los
que no tiran su dinero á los cuatro vientos, y no hay que hacer caso
de ella. Esta opinión la hacen los pródigos parásitos y los que se
gozan en ver rodar el dinero ajeno después que han desparramado el
propio. ¿Saben ustedes quién había propalado la sordidez de Medina?
Pues entre otros, el pillete de Raimundo, que nunca pudo dar más
que un sablazo á su cuñado, el cual hubo de pararle los pies cuando
intentó descargarle el segundo. Eso sí: Medina no gustaba que nadie le
cogiese de primo; era en esto mucho más inglés que yo, y muchísimo más
práctico. Mi tío Rafael también era algo responsable de aquella falsa
opinión de avaricia. Ignoro si mediaron disgustillos entre uno y otro
por cuestión parecida á la que motivó la mala voluntad que Raimundo
tenía á su cuñado. Sólo sé que en cierta ocasión Medina sacó á mi tío
de un gran apuro, y que si no se repitió el milagro, fué porque el tal
llevaba en su escudo económico el lema de _non bis in idem_. Cristóbal
era generoso cuando veía una lástima y el lastimado no le pedía nada.
Si otorgaba favores de todo corazón á algún prójimo, hacíalo por una
vez; pero si el tal repetía, negábase resueltamente. He oído contar
esta misma costumbre del barón Rothschild y de D. José Salamanca, y
me parece, con perdón de los pedigüeños, que está basada en un sólido
principio de moral financiera.
Pues bien: como lo cortés no quita lo valiente, repito que este
hombre, en quien yo reconocía cualidades apreciabilísimas, empezó á
serme antipático, y yo á él lo mismo. Noté que siempre que hablábamos
María Juana y yo apartados de la conversación general, venía él como á
interrumpirnos. Sus modos eran un tanto secos, sus palabras bastante
agrias.
--Se empeña en ser desgraciado --decía la taimada de mi prima-- y en
despreciar á la Trujillita, que es su salvación.
--Déjale, mujer, déjale --replicaba él con desabrimiento, sin dignarse
mirarme--. ¿Quién te mete á tí á redentora? Es mayor de edad y debe
saber cuántas son cinco.
Aquella noche, hablando de tabacos, Barragán me dijo que yo no había
inventado la pólvora. Y á propósito, Medina fumaba muy bien. Si en el
comer y en los demás goces suntuarios su religión era la medianía, en
aquel maldito vicio picaba muy alto. Tenía vegueros riquísimos, marcas
de primera, y todas las vitolas conocidas, desde el menudo entreacto
á las regalías imperiales y cazadores más exquisitos. Recibía de la
Habana, en remesas de cuatro mil, lo mejor de aquellas fábricas, y
obsequiaba á sus amigos con largueza; quiero decir, que daba cigarros
para que los fumásemos allí; pero no regalaba nunca mazos enteros, ni
menos cajas. A su casa iban muchos por fumar bien, como van á otras
por comer. Algunos que se pasan el día tirando de los peninsulares de
estanco, con ayuda de una boquilla de cerezo, acudían allí por las
noches á regalarse con un _Henry Clay_ ó un _predilecto_ de Julián
Alvarez.
Observé que casi siempre reservaba para mí piezas infumables, que
parecían veneno por lo amargas y caoba por lo incombustibles. Dábamelos
como cosa buena, elogiándolos mucho; mas yo le devolvía la broma, si
es que lo era, llevando preparada en mi petaca alguna tagarnina capaz
de hacer reventar á un bronce. A veces, este doble juego terminaba en
risas, sin más consecuencias. Al cuarto de fumar lo llamábamos la _sala
de contratación_, pues venía á ser en cierto modo nuestro Bolsín.
Sobre la mesa estaba el Boletín con las cotizaciones del día, y entre
chupada y chupada solíamos decir algo de que resultaba al siguiente una
operación formal.
--Mañana --decía Torres-- tomaré á 90 todo lo que me quieran dar.
--Doy á 95.
--Guárdeselo usted...
Otras veces, Torres se levantaba de su asiento y exclamaba:
--Hechas.
Como aquel maldito explotaba el pesimismo, nos llevaba siempre cuentos
lúgubres de sediciones militares y de trapisondas y crisis de mil
demonios. El Ministerio estaba dando las boqueadas; el Rey enfermo,
y los republicanos en puerta. Siempre tenía dos ó tres telegramas de
París que enseñarnos anunciando depreciación; pero los de verdadero
interés para él se los guardaba donde nadie los viese. Era un bajista
temible, y no parecía prudente aventurarse en contra suya, porque
confabulado con un sindicato de jugadores franceses, dominaba nuestra
Bolsa. Medina y yo le seguíamos, unas veces juntos, otras no. Cuando mi
liquidación de fin de mes, después de casar cifras, arrojaba algo en
favor de Cristóbal, éste me decía:
--Mañana me tiene usted que aflojar cien mil pesetitas.
Decíamelo con tal complacencia y regodeo, que me lastimaba. No era
costumbre entre jugadores hablar así. Indudablemente tiraba á dar de
veras, y hacía las combinaciones con saña y deseo de herirme en lo
vivo. Esto y lo de los cigarros y sus interrupciones cuando María Juana
y yo hablábamos, y otras señales evidentes de su recóndita inquina,
movieron en mi ánimo deseos vivísimos de jugarle una mala pasada. Este
sentimiento nació en mí débil, y fué tomando cuerpo, alentado por
sucesos que he de referir á su tiempo, amén de otras causas inherentes
á la naturaleza humana. Al principio, rechazó mi conciencia la idea de
la mala pasada; pero poco á poco la idea se extendió y echó raíces,
concluyendo por posesionarse de mí con fuerza irresistible. ¡Vaya si se
la jugaría! Y no buscaba yo la mala pasada, sino que ella venía hacia
mí, solicitándome para que la jugase; yo no tenía más que alargar la
mano... Nada, nada, que aquel hombre íntegro y juicioso me pagaría
juntas todas sus groserías.