IV

Por fin aquel misterio se aclaró. La joven que me proponía mi prima

era la hija segunda de Trujillo. Yo la había visto alguna vez no

sé si en la calle ó en el teatro; pero no me había fijado en ella.

Llamábase Victoria. El nombre parecía simbólico. Era, para decirlo de

una vez, una de las chicas más bonitas de Madrid. ¡Oh! ¡qué Victoria

aquélla, y cuán feliz yo si hubiera sabido ganarla dejándome vencer!

Fuí presentado á ella el jueves, y nos vimos y hablamos en casa de

María Juana los días siguientes, sin que sus gracias, que reconocí, ni

sus buenas prendas, que me parecían indudables, lograran triunfar de

mi desamor. Tenía los ojos azules, el pelo castaño y rizoso, un corte

de cara de los más simpáticos y agradables, boca fresca, un metal de

voz que parecía música, un cierto aire de timidez y candor que no

excluía la soltura de lengua y modales. Encontrábale parecido remoto

con aquella pobre Kitty que aún vivía como sombra mal borrada en mis

recuerdos; pero le ganaba en hermosura. Aun con esta ventaja y con

aquel parecido, no lograba penetrar en mi corazón enfermo. Un lunes por

la noche, después de haber bromeado mucho, noté un fenómeno extraño:

Victoria empezaba á interesarme. Sentí en mi corazón algo semejante al

primer picotazo que da el pollo al huevo para abrirlo y echarse fuera.

Sólo que en aquel caso el pollo no picaba para salir, sino para entrar.

Repetíle las mismas tonterías de siempre; pero con un poquito más de

intención, y con cierto acento de verdad que antes no había dado yo á

mis palabras. Respondíame la pobrecita con ecos de dulcísima simpatía.

A poco que yo me cayera de aquel lado, vendría ella sobre mí de golpe.

Pero cuando menos lo esperaba yo, me veo entrar á Camila, y adiós

mi formalidad. La miré de lejos, y su presencia, como á Macbeth las

manchas de las manos, me _arrancaba los ojos_. Estaba yo hablando con

Victoria, y Victoria se borraba delante de mí. Las palabras salían

de mí como de una máquina. Mi vida toda estaba en Camila, y no veía

nada que á ésta no perteneciese. ¡Y cuidado que estaba elegante la

borriquita! Yo la había visto confeccionando por sí propia aquel

vestidillo de color metálico con adornos azules, y me admiraba de lo

bien que le caía. Su hermana mirábala con cierta envidia. Debió írseme

el santo al Cielo, porque la otra me puso unos hociquitos muy mimosos,

y sin darse cuenta del motivo de mi distracción, me dió á entender que

se sentía humillada. Aún había de ocurrir algo que me desconcertaría

más. María Juana significó á Camila sus planes de casarme. Poco

después, en un ratito en que Victoria no estaba presente, llegóse

á mí Camila para darme broma sobre el particular. «¡Qué calladito

me lo tenía!» Creí notar en su acento algo como despecho, algo que

transcendía á recriminación. Esto, que tal vez era un nuevo desvarío

de mis ideas, levantó en mi pecho grandísimo tumulto. Díjele que no

hiciera caso de su hermana; que Victoria me era indiferente; que yo no

podía mirar á ninguna mujer, ni tenía alma y ojos más que para comerme

á mi gitana, á mi negra, á mi borriquita de mis entretelas. Pagóme

este ardor con las burlas de siempre, y me dejó. Volví al lado de mi

_candidata_, á quien ví como la criatura más vulgar y sosa del mundo.

¡Injusticia mayor...! Pero no lo podía remediar. Yo era más bruto que

Constantino, más tonto que Barragán, más simple que _No Cabe Más_; pero

Dios me había hecho así y no podía ser de otro modo.

Al otro día hice presente á María Juana lo inútil de sus esfuerzos y

de los míos. Victoria no me gustaba; mejor dicho, lo que no me gustaba

era casarme. Vamos, que no había que pensar en tal cosa. La chica de

Trujillo valía mucho; yo no era sin duda digno de ella; la pobre niña

merecía un hombre sano y virtuoso, no un desquiciado como yo.

Después de meditar buen rato, díjome mi prima que yo era más tonto

de lo que ella se había figurado. Sin duda Trujillo y su mujer me

recibirían con palio si fuera á pedirles la chica; y en cuanto á ésta,

á la legua se le conocía que estaba hecha un merengue por mí.

--Cásate, hombre, y ya la irás queriendo poco á poco. Si te conviene

por todos conceptos...

Defendíme como pude de aquellas lógicas, ocultando la verdadera causa

de mi distracción. María Juana la adivinaba, sin darse cuenta del

sujeto.

--Tú tienes algo por ahí; tú estas chiflado por alguna... Y puede que

sea una buena pieza, en cuyo caso no me tomaría yo interés por tí,

dejándote entregado á las miserias de tu temperamento.

Otras veces, mostrándome una piedad que yo no merecía sin duda,

se manifestaba dispuesta á hacer generosos esfuerzos en pro de mi

regeneración moral y física.

--Es preciso curarte á todo trance --me decía--: estás muy malito, muy

malito. Si fueras ingenuo conmigo, y empezaras por hacerme confesión

general de tus culpas... pero eres arca cerrada y todo te lo tragas.

Que á tí te pasa algo, que no estás en tu centro, se conoce á la legua.

Y á mí se me venía la verdad á la boca; mas la volvía á echar para

dentro, temeroso de que mi ilustre consejera me tirara los trastos á

la cabeza. En otros terrenos que no eran los de la moral, mostrábame

mi prima una benevolencia digna de la mayor gratitud. Muchas noches,

aprovechando un momento favorable, me obsequiaba con éstas ó parecidas

palabras:

--No vayas á la alza mañana. Vendrá de París una fuerte baja. Hay muy

malas noticias. Torres se lo ha dicho á Cristóbal.

Estas confidencias, por ser hechas muy cerca de Barragán y del mismo

Medina, necesitaban del amparo del abanico, tapando las cotizaciones

como si protegieran una sonrisa aleve.

Fiada del ascendiente que tenía sobre su marido, mi curandera iba

desvirtuando poco á poco los programas de éste en lo tocante á las

etiquetas ramplonas y castellanas. En sus vestidos, daba ella á

conocer su anhelo de elegancia y variedad. De su mesa había desterrado

paulatinamente los asados de cazuela, los salmorejos, las paellas y

otros platos castizos, y, por fin, introdujo en la casa, con carácter

de temporero, mas con idea de que fuese de plantilla, á uno de los

mejores mozos de comedor que había en Madrid. Yo se lo proporcioné, á

instancia suya, é hizo el papel de que creaba la plaza por favorecer á

un honrado padre de familia.

--Ahora --me susurró-- estoy batallando con Medina para que me ponga

gas en el comedor.

--No hagas tal --le respondí--: el gas ha pasado de moda. Ahora

el _chic_ es que en los comedores haya poca luz, pues así se come

mejor sin que se sofoque la gente. La _jilife_, como dice Camila, ha

inventado ahora el alumbrar las mesas con bujías de pantalla verde.

Parecen escritorios de casa de banca.

Al lunes siguiente, el comedor se iluminó con bujías de pantalla verde;

pero había tantas, que hube de aconsejar á María Juana que acortase las

luminarias.

--Es preciso --me indicó una noche-- que me traigas á otros amigos

tuyos, al general Morla, por ejemplo, que es tan divertido.

Y llevé al general, y habría llevado también al propio _Saca-mantecas_,

si tanto mi prima como yo no temiéramos que era un pez demasiado gordo

para que Medina lo tragase.

V

Como me aficioné tanto á la casa de Medina, concurría casi todas las

noches, después de dar una vuelta por el Bolsín. A éste iba alguna que

otra mañana, y después á la Bolsa hasta las tres. Mi coche me esperaba

á la salida para llevarme al Retiro, donde me juntaba con Chapa y

Severiano cuando ellos no paseaban á caballo. El general Morla me

acompañaba á veces, para lo cual yo le recogía en su casa de la calle

del Prado, y otros días almorzábamos juntos, bien en mi casa, bien

en la suya, siendo para mí muy grata tal amistad. Tenía colecciones

preciosísimas y mil rarezas que me mostraba con amor, amenizando la

exhibición con la sal de sus incomparables cuentos.

Visitaba menos que antes, en aquellos días, la casa de mi borriquita,

porque me parecía prudente un cambio de táctica. Hacíame el interesante

y afectaba enfriamientos de mi pasión, mostrándome ante ella menos

triste de lo que realmente estaba. Y quizás nunca fué tan grande mi

desatino. Camila era mi idea fija, el tornillo roto de mi cerebro. Me

acostaba pensando en ella y con ella me levantaba, espiritualizándola y

suponiéndome vencedor de su obstinado desvío. A veces no me era fácil

mi papel, y me clareaba demasiado con ella.

--Si enviudaras, Camila, si enviudaras --le decía--, al año eras mi

parienta. ¿Sabes por qué trabajo ahora tanto? Pues porque quiero ser

muy rico, muy rico, para cuando llegue ese día feliz. Y no lo dudes,

llegará: el corazón me lo dice.

--Pues lo que á mí me dice --replicaba ella impávida-- es que si

Constantino se me muriera, me moriría yo también. Yo soy así. Cuando

quiero, quiero de verdad.

--Esas cosas se dicen, pero luego resulta que... Viene el tiempo y

consuela.

--Mira, mira, no me hables á mí de enviudar --respondía poniéndose

colérica-- porque te echo por las escaleras abajo. Constantino está

bien fuerte; es un roble. Ya quisieras tú, tísico pasado, parecerte á

él.

--¡Oh! verdaderamente, no resisto la comparación, sobre todo en el

terreno físico...

--Ni en ningún terreno, vamos; ni en ningún terreno. ¡Vaya con el

señorito éste...!

A lo mejor me la encontraba con una cara de Pascua que me hacía feliz.

--Me parece --decía secreteando, y despidiendo chispas de alegría

de los dos braseros de sus ojos--, que ahora va de veras... Tenemos

aquello.

¡Pobrecilla! Era feliz esperando y viendo venir á Belisario, su

segundogénito, á quien yo aborrecía cordialmente antes de su dudosa

concepción. Pero las esperanzas de Camila se frustraban. La Providencia

se ponía de mi parte, y el tal Belisario se quedaba por allá.

Poco á poco me había apartado de Eloísa. Mis visitas á ella fueron

muy raras en Enero, y en todo Febrero no fuí una sola vez. Enviábame

cartas y recados que también iban escaseando lentamente. Creíme

desprendido para siempre de aquella amistad que ya era para mí tediosa

y repulsiva; mas ocurrieron sucesos que la resucitaron de improviso

en mi pensamiento, dándome muy malos ratos. Un lunes de aquéllos de

María Juana; un lunes, sí, no recuerdo cuál, me enteré del caso, que

era gravísimo, aunque no inesperado. La discreta _ordinaria de Medina_

estaba aquella noche disgustadísima. Desde que entré, conocí el trago

amargo que acababa de pasar.

--Ahora mismo me han dado una noticia funesta --me dijo--. ¿No sabes

nada? La pobre Eloísa... trueno completo. Está la infeliz en medio

del arroyo. Bien sabía yo que esto tenía que venir; y lo siento, más

que por ella, pues bien merecido lo tiene, por la vergüenza que cae

sobre toda la familia. En una palabra, Fúcar --añadió, deslizando las

palabras con muchísima cautela--, Fúcar, hace un mes, se declaró huído.

--Eso ya lo sabía.

--Después, uno de esos malagueños ricos, no sé cuál...

--También lo sabía.

--Pero el malagueño se ha cansado también, y estos días la pobre se ha

visto acometida de toda la _Inglaterra_ con verdadera furia. Parece

que tomó dinero empeñando el mobiliario, y si no hay quien lo remedie,

la dejarán sin una astilla. Los cuadros, tapices y cacharros también

se los llevan. Bien sé que es muy mala, que apenas merece compasión;

pero estoy disgustadísima, no lo puedo remediar. ¡Pobre mujer! ¡Si

pudiéramos hacer algo por evitarle esta vergüenza...! He consultado con

Cristóbal, y él, como es tan bueno, no tiene inconveniente en facilitar

alguna cantidad para evitar el embargo. Nos quedaríamos con algunos

muebles. Me gusta el espejo horizontal que tú le compraste, y no me

parece mal la sillería de raso del gabinete. Tú podías encargarte de

arreglar esto.

Respondí que no quería meterme en tales enredos, y que allá se

entendieran como quisiesen; que si los prenderos le vendían hasta la

última silla, ella tenía la culpa; que si se la sacaba del atolladero,

inmediatamente se metería en otro, porque era mujer para quien nada

valía la experiencia. María Juana convino en esto, y no hablamos más

del asunto, aunque bien se le conocía á mi prima que no podía pensar en

otra cosa. A última hora díjome que se sentía afectada de su dolencia

constitucional; aquella insufrible sensación de tener entre los dientes

un pedazo de paño y verse obligada á mascarlo y tragarse los pedazos.

Debía de ser cosa horrible. Estaba pálida y se quejaba de un fuerte

dolor de cabeza, por lo cual su cariñoso marido la obligó á retirarse.

Medina, Torres y yo hablamos luego del triste asunto con más

conocimiento de causa, pues Torres tenía algunos datos numéricos sobre

el desastre de la Carrillo, y nos contó horrores. Medina se llevaba las

manos á la cabeza, diciendo:

--¿Pero esa loca en qué gastaba tanto dinero? Fúcar le daba, el

malagueño le daba, y siempre más, más. ¡Oh, Madrid, Madrid! Yo me

aturdo pensando en esto. Por el decoro de mi familia, estoy dispuesto

á hacer un sacrificio y evitar el escándalo; sacrificio completamente

desinteresado, pues no quiero adjudicarme ningún mueble. No; lo he

dicho á mi mujer y lo repito: por la puerta de esta casa no quiero que

me entre ningún trasto de los de allá. Creería que se me metía en casa

un maleficio... Soy algo supersticioso. Doy con gusto alguna cantidad

con tal de evitar una vergüenza; pero conste que ese dinero lo tiro por

la ventana... No quiero espejitos, no quiero monigotes de tierra cocida

ni por cocer, no quiero cacharrería...

También yo, viendo la generosidad de Medina, me brindé á contribuir

al mismo fin por decoro de los Buenos de Guzmán, y Torres ofreció

encargarse de entrar en negociaciones con los acreedores. No hallándose

en el caso de tener escrúpulos, se quedaría con algunos objetos de

mérito artístico. Luego tuvimos que callarnos, porque se nos acercó mi

tío Rafael, que sabía también la catástrofe; pero no hablaba de ella.

Tiempo hacía que el pobre señor estaba muy cambiado, triste, pensativo,

con tendencias á la taciturnidad, fenómeno muy raro en él; pero aquella

noche le ví completamente agobiado por secreta pesadumbre. Apenas

hablaba, se distraía con frecuencia, y daba unos suspiros que partían

el alma.

--Usted debiera irse al monte por dos ó tres días --le dije.

Y él me contestó, mirando al suelo, que aquello no se remediaba con

montes. Su estado físico corría parejas con su abatimiento moral, y la

humedad de sus párpados era tan grande, que ni un momento soltaba el

pañuelo de la mano.

Encontré á María Juana bastante mejorada al día siguiente, mas no

completamente bien. ¡Todavía el maldito paño!... Y apretaba los dientes

y reclinaba la cabeza en el sofá, mirándome con cierto desvanecimiento

en los ojos.

--Por supuesto --decía de improviso--, he comprendido que Cristóbal

tiene razón al no querer que entre aquí ningún trasto de aquella casa.

Cristóbal sabe ser generoso. Así se portan los hombres. No harían todos

otro tanto.

Y un día después, ya completamente sosegada de los pícaros nervios, me

dijo con desabrimiento:

--Al fin creo que Torres se queda con el espejo horizontal y con el

cuadro de Sala. Seguramente los tomará por un pedazo de pan, porque

esa gente es así. ¡Quién le había de decir á Paca, hace doce años,

cuando era doncella de servicio, que iba á tener en su casa tales

preciosidades! Es un escándalo cómo sube esta gentuza, y cómo se va

apoderando de lo que no les corresponde por su falta de educación.

Paca era la mujer de Torres, y aunque amiga de mi prima, la amistad

no obstaba para que ésta la tratase como la trató en aquella ocasión:

con increíble menosprecio. Hízome de ella y de sus escasas dotes una

pintura cruel: apenas sabía leer; era mucho más ordinaria que _No

Cabe Más_, y únicamente se recomendaba por su falta de pretensiones

y lo bien que cuidaba de sus hijos. No tardé en comprender que

María Juana le perdonaba á Paca Torres su escasa educación; pero no

aquella desvergüenza de acaparar los objetos de gran lujo que habían

pertenecido á Eloísa. La mayor de las groserías es la improvisación

de la fortuna, y poner las manos sucias, mojadas aún con el agua de

un fregadero, en los emblemas de nobleza, pertenecientes por natural

derecho á las personas bien nacidas.

Lo prohibido (tomo 2 de 2) · 第 23 / 56 题