III

--¿Qué te enseñaba Torres? --me preguntó María Juana un momento después.

--La lista de accionistas del Banco, en la cual figuras con mil...

--Mil doscientas cincuenta, si no lo llevas á mal. Nosotros sólo

gastamos la tercera parte de nuestra renta. Mírate en este espejo y

compara.

Me lo dijo con gracia. En efecto: yo me miraba en el espejo y

comparaba, no pudiendo menos de señalar, en mi interior, á tal casa

y familia como dignas de imitación. María Juana tenía un vestido

obscuro, con preciosísima delantera de tela brochada, de un tono de

oro viejo; el cuerpo admirablemente ajustado y ostentando encajes de

valor. Estaba en realidad muy elegante, y nada tenían que envidiarle

las de aquel otro mundo matritense tan cruelmente flagelado por

Medina. En su persona sabía María Juana convertir en letra muerta las

teorías de _castellano viejo_ preconizadas por su marido. Muy santo y

muy bueno que el portero no se rapara las barbas; que se conservasen

en las comidas ciertos platos de saborete español, llegando el amor

de lo castizo hasta servir de vez en cuando el cabrito asado á _la

Granullaque_ de Toledo; muy santo y muy bueno que se hiciese una

religión del pago de las cuentas, que en el Teatro Real no bajasen

nunca de los palcos principales á los entresuelos, que no hubiera en

la casa _boato estúpido_, ni se diera de comer á troche y moche á

tanto y tanto hambrón; muy santo y muy bueno que no pusiera allí los

pies Pepito Trastamara, y que se evitase por todos los medios que la

casa se pareciese, ni aun remotamente, á otras donde con mucho bombo,

mucho platillo y mucho de _high-life_, quejábanse los criados de que

les mataban de hambre; muy santo y muy bueno todo esto; pero ella, la

señora de la casa, se vestiría siempre á la última, y del modo más rico

y elegante, viniera ó no _de extranjis_ la moda, y trajera ó no entre

sus pliegues el pecado de la farsa y de las _mariconadas_ francesas.

Nada más injusto que el dictado de _ordinaria de Medina_ que la de San

Salomó continuaba aplicándole. Verdad que mi prima se desquitaba muy

bien y no tomaba en su boca á la maliciosa marquesa sin ponerla buena.

Cuando la soltaba, no había por dónde cogerla.

--Si viene esta noche tu amigo Severiano --indicó mi prima--, le diré

que venga á comer pasado mañana. Si no viene y le ves tú, díselo. La

otra noche se divirtió mucho con Barragán, y como pasado mañana vuelve

éste con su señora, quiero que tú y tu amigo no faltéis. Pero prométeme

formalidad. Severiano es demasiado malicioso, y tú también. Le tomáis

el pelo al pobre Barragán, que es, para que lo sepas, un excelente

sujeto. Sus dos chicas son muy monas.

Me entraron fuertes ganas de reir, y le dije:

--Ya caigo, ya... ¿Apostamos á que la novia que me tienes destinada es

la hija mayor de Barragán? Tú te has vuelto loca, María Juana. Aunque

Esperancita me gustara, que no me gusta; aunque estuviera bien educada,

que no lo está, y aunque me la diera Barragán forrada en todas sus

acciones del Banco, no la tomaría, hija, porque además de las razones

que tengo para no querer casarme, eso de ser yerno de _No Cabe Más_

excede á cuantos suplicios puede inventar la imaginación.

--Cállate la boca, tonto --me contestó riendo también--. No es esa, no,

la que te tengo destinada. La tuya es otra y no la has visto todavía,

al menos en casa...

La inopinada aparición de don Isidro Barragán, que después de saludar á

mi prima estuvo hablando un ratito con ella, nos impidió apurar el tema.

--Bárbara y Esperanza se nos han puesto malas esta tarde --dijo

Barragán dando resoplidos.

--¡Pobrecitas! ¿Y qué ha sido?

--Nada, cosa del estómago... Las comidas de viernes no les caen bien...

Pero Bárbara no quiere que en casa se falte á lo que manda la Iglesia,

y yo le digo: «_Partiendo del principio_ de que sea santidad eso de

comer pescado en vez de carne, y yo lo pongo en duda; pero, en fin, lo

admito; _parto del principio_ de que... Yo digo: las personas delicadas

¿no deben estar exentas de cumplir esas reglas? Y no crea usted,

tuvimos que llamar á Zayas. Dolores en la boca del estómago, vómitos.

Al fin, _paulativamente_ se han ido serenando. Bien merecido les está.

Yo, como no creo en esas teologías, comí en casa del amigo Lhardy

buen pavo trufado, buenas salchichas y unos bisteques como ruedas

de carro... Hola, Cristóbal, ¿pero ha visto usted hoy...? Queda el

Perpetuo por debajo de 59. ¿Qué dice Torres? ¿Ha habido malas noticias?

Lo que ya sabíamos: otra sublevacioncita militar. Esto da vergüenza.

Aquí no hay más que pillería, aquí no hay quien sepa gobernar. Yo

fusilaría media España, y veríamos si la otra mitad andaba derecha.

Porque vea usted --añadía tocándome ambas solapas y haciéndome retirar

un poco, pues tenía la mala costumbre de echársele á uno encima--,

si los hombres de negocios nos pusiéramos un día de acuerdo, todos

_compatos_, y dijéramos: «ea, se acabó la farsa: desde hoy abajo la

política de personas, y arriba la de los grandes intereses del país...»

--Seguramente que...

--Porque vea usted --prosiguió él sin dejarme meter baza--. Yo, que

tengo dos mil doscientas cincuenta acciones del Banco, usted que tiene

quinientas, es un suponer, otro que tiene mil, y otro y otro con tanto

y cuanto, y Trujillo que gira diez millones de reales al año, y tal y

cual, cada uno con su negocio... Suponga usted que nos reunimos todos

y decimos: «hasta aquí llegó la farsa.» Se me dirá que es difícil

que tantos intereses se pongan de acuerdo; pero yo, _partiendo del

principio_ de que no hay ningún hombre político que tenga dos dedos de

frente, sostengo...

--No tiene duda...

Felizmente se apareció Severiano y se lo endosé. Mi amigo se divertía

con semejante mostrenco; yo, no. Me atacaba los nervios aquel pedazo

de bárbaro, que por el hecho de haberse enriquecido de la noche á la

mañana, se lo quería saber todo, disputaba á gritos, quería imponer su

opinión, se conceptuaba más rico que nadie, y más listo y más agudo y

más caballero y rumboso, cuando en realidad era una baldosa con figura

humana, grosero, ignorante y sin pizca de hidalguía ni delicadeza. La

fortuna de Barragán ha sido uno de los grandes misterios de Madrid.

Era, si no estoy equivocado, de tierra de Albacete. El 60 tenía una

tenducha de géneros de punto en la Plaza Mayor. Metióse en no sé qué

contratas; hizo préstamos al Tesoro; empezó á crecer como la espuma.

El 77 se le citaba como un gran tenedor de valores del Estado. El 80

eclipsaba con su recargado lujo á muchos que siempre pasaron por muy

ricos. El 83 no había ya quien le aguantara. Estaba en el apogeo de la

presunción ridícula y de la suficiencia cargante. Si se trataba de una

construcción pública ó privada, él entendía más que los ingenieros;

si de enfermedades, para él todos los médicos eran unos idiotas; si

de política, él miraba de arriba abajo á las personas más eminentes.

Cuestionando sobre Derecho, se atrevía á corregir á un jurisconsulto

encanecido en los Tribunales. Hasta en literatura se las tenía tiesas

con el más pintado. En fin, que las coces de aquel burro de oro eran el

providencial castigo de la sociedad por el crimen de haberle erigido.

Contóme Villalonga que un día le encontró en Recoletos disputando

con Castelar. Ello era algo de política, de religión ó cosa tal, muy

sublime. Barragán manoteaba y alzaba la voz delante del rey de los

oradores, escupiendo á la faz del cielo los mayores disparates que

de humana boca pueden salir. El otro se reía, y le hacía el honor

increíble de contestar á sus gansadas. Cuando se separaron, don Isidro

dijo á Villalonga:

--Se va porque no puede conmigo. Le he apabullado. Estos señores de

las palabras bonitas se vuelven tarumba en cuanto se les ataca con

razones...

En Bolsa era á veces insolente. Tenía pocos amigos, y miraba á la

muchedumbre perdonándole la vida. Solía hablar del Tesoro como si fuera

la faltriquera de su chaleco, y al Banco de España lo trataba de tú.

Pero no tenía el valor del aventurero, ni veía los contratiempos con

la serenidad del agiotista de raza. Contóme Torres que un día de gran

pánico y baja de valores, daba risa ver la cara que ponía Barragán

oyendo publicar las últimas cotizaciones. Fué una diversión su facha,

y todos iban á verle, inmóvil, espatarrado, con el hocico más estúpido

que de ordinario. Los chorros de sudor le corrían por la cara abajo; él

se limpiaba y mugía.

María Juana, que era bastante maliciosa, hízome reir contándome los

solecismos que el tal decía á cada instante. Oíamos su risa explosiva

que estallaba en el salón inmediato como un petardo, y á poco se nos

acercó Severiano.

--¿Qué barbaridades ha dicho? --le preguntó María Juana.

--Muchísimas. _Ha partido del principio_ como unas cincuenta veces en

quince minutos. Ha dicho que en la cacería del lunes comió _fiambre

frío_, y que ha puesto una _pipa_ en Flandes. Tengo que apuntarlo,

porque es oro molido. He de hacer un Diccionario de este hombre, como

el que Paco Morla hizo de las barbaridades del general Minio.

--Ayer --refirió María Juana, tapándose discretamente la risa con su

abanico-- estábamos hablando de una mala compra que hice. Él quiso

decir que me habían dado un _timo_; pero no pareciéndole fina la

palabra, dijo que me habían dado un _mito_...

--Es divino ese hombre...

--No se paga con dinero.

--Lo que es eso... Ya se ha cobrado él de antemano las gracias que dice.

--Severiano --añadió mi prima-- no conoce todavía á la señora de

Barragán. Esa sí que es tipo. Venga usted á comer pasado mañana. Verá

usted... Yo la llamo _No Cabe Más_, porque esta frase no se le cae de

la boca, siempre que elogia algo; y ha de saber usted que no habla sino

para ponderar sus cosas. _No cabe nada más_ rico que las cortinas de su

sala; _no cabe nada más_ ligero que su berlina de doble suspensión; _no

cabe nada más_ elegante que el vestido que le ha hecho á Esperancita...

Vimos á la señora de Barragán dos noches después. Yo la conocía, mi

amigo no. Con ser bastante antipática, valía mucho más que su marido,

y en parangón de él era un prodigio de talento y finura. Componíase de

un gran montón de carne blanca y blanducha, de una boca enorme, de unos

ojos fríos y claros. A duras penas podía el corsé contener aquellos

pedazos tan exuberantes. Bajo este punto de vista _no cabía más_:

estaba todo lleno, y parecía que toda aquella oprimida máquina iba á

reventar como una bomba, haciendo destrozos entre los circunstantes.

Como era de pequeña estatura, y además se había tragado el palo del

molinillo, el mote que le había puesto mi prima no podía ser más

adecuado, porque, en efecto, parecía estar diciendo en un resoplido

angustioso: «_No cabe más_, y este palo del molinillo es excesivamente

largo y lo voy á vomitar.»

¿Pero qué había de vomitarlo? Lo que salía de la boca era un sin fin

de palabras exprimidas, estudiadas, relamidas, queriendo que fuesen

finas y sin poderlo conseguir. Esperancita era graciosa, vivaracha y

bonita; pero tenía en el semblante un cierto aire de familia: el aire

_reventativo_ de su papá, según decía Severiano. Este le daba mucha

broma, y ella se pirraba por que se la diera.

--Me parece --dije en secreto á María Juana-- que limitas mucho

tus invitaciones. Es preciso que animes esto. Aquí faltan mujeres.

Esperancita y su hermana, _No Cabe Más_, la señora de Mompous, la de

Torres y la de Bringas dan poco juego para tanto hombre... Es preciso

que renueves el personal y traigas gente alegre y de partido... ¿Por

qué no traes á Camila?

--Si no quiere venir... Y verdaderamente no es para sentirlo. A Medina

no le gustan nada los aires un tanto libres de mi hermana. Dice que

si no es mala, lo parece. Con todo, haré por que venga. Pero estate

tranquilo, que no piarás por mujeres. ¡Ay! ¡qué sorpresa te tengo

preparada!...

--¿Sabes que estoy con mucha curiosidad...?

--Vente mañana por la tarde. La convidaré á pasear conmigo, y antes de

que salgamos la verás. Nada, que de ésta te caso. Y no pongas peros:

traga el anzuelo y dame las gracias.

Lo prohibido (tomo 2 de 2) · 第 22 / 56 题