--¿Qué te enseñaba Torres? --me preguntó María Juana un momento después.
--La lista de accionistas del Banco, en la cual figuras con mil...
--Mil doscientas cincuenta, si no lo llevas á mal. Nosotros sólo
gastamos la tercera parte de nuestra renta. Mírate en este espejo y
compara.
Me lo dijo con gracia. En efecto: yo me miraba en el espejo y
comparaba, no pudiendo menos de señalar, en mi interior, á tal casa
y familia como dignas de imitación. María Juana tenía un vestido
obscuro, con preciosísima delantera de tela brochada, de un tono de
oro viejo; el cuerpo admirablemente ajustado y ostentando encajes de
valor. Estaba en realidad muy elegante, y nada tenían que envidiarle
las de aquel otro mundo matritense tan cruelmente flagelado por
Medina. En su persona sabía María Juana convertir en letra muerta las
teorías de _castellano viejo_ preconizadas por su marido. Muy santo y
muy bueno que el portero no se rapara las barbas; que se conservasen
en las comidas ciertos platos de saborete español, llegando el amor
de lo castizo hasta servir de vez en cuando el cabrito asado á _la
Granullaque_ de Toledo; muy santo y muy bueno que se hiciese una
religión del pago de las cuentas, que en el Teatro Real no bajasen
nunca de los palcos principales á los entresuelos, que no hubiera en
la casa _boato estúpido_, ni se diera de comer á troche y moche á
tanto y tanto hambrón; muy santo y muy bueno que no pusiera allí los
pies Pepito Trastamara, y que se evitase por todos los medios que la
casa se pareciese, ni aun remotamente, á otras donde con mucho bombo,
mucho platillo y mucho de _high-life_, quejábanse los criados de que
les mataban de hambre; muy santo y muy bueno todo esto; pero ella, la
señora de la casa, se vestiría siempre á la última, y del modo más rico
y elegante, viniera ó no _de extranjis_ la moda, y trajera ó no entre
sus pliegues el pecado de la farsa y de las _mariconadas_ francesas.
Nada más injusto que el dictado de _ordinaria de Medina_ que la de San
Salomó continuaba aplicándole. Verdad que mi prima se desquitaba muy
bien y no tomaba en su boca á la maliciosa marquesa sin ponerla buena.
Cuando la soltaba, no había por dónde cogerla.
--Si viene esta noche tu amigo Severiano --indicó mi prima--, le diré
que venga á comer pasado mañana. Si no viene y le ves tú, díselo. La
otra noche se divirtió mucho con Barragán, y como pasado mañana vuelve
éste con su señora, quiero que tú y tu amigo no faltéis. Pero prométeme
formalidad. Severiano es demasiado malicioso, y tú también. Le tomáis
el pelo al pobre Barragán, que es, para que lo sepas, un excelente
sujeto. Sus dos chicas son muy monas.
Me entraron fuertes ganas de reir, y le dije:
--Ya caigo, ya... ¿Apostamos á que la novia que me tienes destinada es
la hija mayor de Barragán? Tú te has vuelto loca, María Juana. Aunque
Esperancita me gustara, que no me gusta; aunque estuviera bien educada,
que no lo está, y aunque me la diera Barragán forrada en todas sus
acciones del Banco, no la tomaría, hija, porque además de las razones
que tengo para no querer casarme, eso de ser yerno de _No Cabe Más_
excede á cuantos suplicios puede inventar la imaginación.
--Cállate la boca, tonto --me contestó riendo también--. No es esa, no,
la que te tengo destinada. La tuya es otra y no la has visto todavía,
al menos en casa...
La inopinada aparición de don Isidro Barragán, que después de saludar á
mi prima estuvo hablando un ratito con ella, nos impidió apurar el tema.
--Bárbara y Esperanza se nos han puesto malas esta tarde --dijo
Barragán dando resoplidos.
--¡Pobrecitas! ¿Y qué ha sido?
--Nada, cosa del estómago... Las comidas de viernes no les caen bien...
Pero Bárbara no quiere que en casa se falte á lo que manda la Iglesia,
y yo le digo: «_Partiendo del principio_ de que sea santidad eso de
comer pescado en vez de carne, y yo lo pongo en duda; pero, en fin, lo
admito; _parto del principio_ de que... Yo digo: las personas delicadas
¿no deben estar exentas de cumplir esas reglas? Y no crea usted,
tuvimos que llamar á Zayas. Dolores en la boca del estómago, vómitos.
Al fin, _paulativamente_ se han ido serenando. Bien merecido les está.
Yo, como no creo en esas teologías, comí en casa del amigo Lhardy
buen pavo trufado, buenas salchichas y unos bisteques como ruedas
de carro... Hola, Cristóbal, ¿pero ha visto usted hoy...? Queda el
Perpetuo por debajo de 59. ¿Qué dice Torres? ¿Ha habido malas noticias?
Lo que ya sabíamos: otra sublevacioncita militar. Esto da vergüenza.
Aquí no hay más que pillería, aquí no hay quien sepa gobernar. Yo
fusilaría media España, y veríamos si la otra mitad andaba derecha.
Porque vea usted --añadía tocándome ambas solapas y haciéndome retirar
un poco, pues tenía la mala costumbre de echársele á uno encima--,
si los hombres de negocios nos pusiéramos un día de acuerdo, todos
_compatos_, y dijéramos: «ea, se acabó la farsa: desde hoy abajo la
política de personas, y arriba la de los grandes intereses del país...»
--Seguramente que...
--Porque vea usted --prosiguió él sin dejarme meter baza--. Yo, que
tengo dos mil doscientas cincuenta acciones del Banco, usted que tiene
quinientas, es un suponer, otro que tiene mil, y otro y otro con tanto
y cuanto, y Trujillo que gira diez millones de reales al año, y tal y
cual, cada uno con su negocio... Suponga usted que nos reunimos todos
y decimos: «hasta aquí llegó la farsa.» Se me dirá que es difícil
que tantos intereses se pongan de acuerdo; pero yo, _partiendo del
principio_ de que no hay ningún hombre político que tenga dos dedos de
frente, sostengo...
--No tiene duda...
Felizmente se apareció Severiano y se lo endosé. Mi amigo se divertía
con semejante mostrenco; yo, no. Me atacaba los nervios aquel pedazo
de bárbaro, que por el hecho de haberse enriquecido de la noche á la
mañana, se lo quería saber todo, disputaba á gritos, quería imponer su
opinión, se conceptuaba más rico que nadie, y más listo y más agudo y
más caballero y rumboso, cuando en realidad era una baldosa con figura
humana, grosero, ignorante y sin pizca de hidalguía ni delicadeza. La
fortuna de Barragán ha sido uno de los grandes misterios de Madrid.
Era, si no estoy equivocado, de tierra de Albacete. El 60 tenía una
tenducha de géneros de punto en la Plaza Mayor. Metióse en no sé qué
contratas; hizo préstamos al Tesoro; empezó á crecer como la espuma.
El 77 se le citaba como un gran tenedor de valores del Estado. El 80
eclipsaba con su recargado lujo á muchos que siempre pasaron por muy
ricos. El 83 no había ya quien le aguantara. Estaba en el apogeo de la
presunción ridícula y de la suficiencia cargante. Si se trataba de una
construcción pública ó privada, él entendía más que los ingenieros;
si de enfermedades, para él todos los médicos eran unos idiotas; si
de política, él miraba de arriba abajo á las personas más eminentes.
Cuestionando sobre Derecho, se atrevía á corregir á un jurisconsulto
encanecido en los Tribunales. Hasta en literatura se las tenía tiesas
con el más pintado. En fin, que las coces de aquel burro de oro eran el
providencial castigo de la sociedad por el crimen de haberle erigido.
Contóme Villalonga que un día le encontró en Recoletos disputando
con Castelar. Ello era algo de política, de religión ó cosa tal, muy
sublime. Barragán manoteaba y alzaba la voz delante del rey de los
oradores, escupiendo á la faz del cielo los mayores disparates que
de humana boca pueden salir. El otro se reía, y le hacía el honor
increíble de contestar á sus gansadas. Cuando se separaron, don Isidro
dijo á Villalonga:
--Se va porque no puede conmigo. Le he apabullado. Estos señores de
las palabras bonitas se vuelven tarumba en cuanto se les ataca con
razones...
En Bolsa era á veces insolente. Tenía pocos amigos, y miraba á la
muchedumbre perdonándole la vida. Solía hablar del Tesoro como si fuera
la faltriquera de su chaleco, y al Banco de España lo trataba de tú.
Pero no tenía el valor del aventurero, ni veía los contratiempos con
la serenidad del agiotista de raza. Contóme Torres que un día de gran
pánico y baja de valores, daba risa ver la cara que ponía Barragán
oyendo publicar las últimas cotizaciones. Fué una diversión su facha,
y todos iban á verle, inmóvil, espatarrado, con el hocico más estúpido
que de ordinario. Los chorros de sudor le corrían por la cara abajo; él
se limpiaba y mugía.
María Juana, que era bastante maliciosa, hízome reir contándome los
solecismos que el tal decía á cada instante. Oíamos su risa explosiva
que estallaba en el salón inmediato como un petardo, y á poco se nos
acercó Severiano.
--¿Qué barbaridades ha dicho? --le preguntó María Juana.
--Muchísimas. _Ha partido del principio_ como unas cincuenta veces en
quince minutos. Ha dicho que en la cacería del lunes comió _fiambre
frío_, y que ha puesto una _pipa_ en Flandes. Tengo que apuntarlo,
porque es oro molido. He de hacer un Diccionario de este hombre, como
el que Paco Morla hizo de las barbaridades del general Minio.
--Ayer --refirió María Juana, tapándose discretamente la risa con su
abanico-- estábamos hablando de una mala compra que hice. Él quiso
decir que me habían dado un _timo_; pero no pareciéndole fina la
palabra, dijo que me habían dado un _mito_...
--Es divino ese hombre...
--No se paga con dinero.
--Lo que es eso... Ya se ha cobrado él de antemano las gracias que dice.
--Severiano --añadió mi prima-- no conoce todavía á la señora de
Barragán. Esa sí que es tipo. Venga usted á comer pasado mañana. Verá
usted... Yo la llamo _No Cabe Más_, porque esta frase no se le cae de
la boca, siempre que elogia algo; y ha de saber usted que no habla sino
para ponderar sus cosas. _No cabe nada más_ rico que las cortinas de su
sala; _no cabe nada más_ ligero que su berlina de doble suspensión; _no
cabe nada más_ elegante que el vestido que le ha hecho á Esperancita...
Vimos á la señora de Barragán dos noches después. Yo la conocía, mi
amigo no. Con ser bastante antipática, valía mucho más que su marido,
y en parangón de él era un prodigio de talento y finura. Componíase de
un gran montón de carne blanca y blanducha, de una boca enorme, de unos
ojos fríos y claros. A duras penas podía el corsé contener aquellos
pedazos tan exuberantes. Bajo este punto de vista _no cabía más_:
estaba todo lleno, y parecía que toda aquella oprimida máquina iba á
reventar como una bomba, haciendo destrozos entre los circunstantes.
Como era de pequeña estatura, y además se había tragado el palo del
molinillo, el mote que le había puesto mi prima no podía ser más
adecuado, porque, en efecto, parecía estar diciendo en un resoplido
angustioso: «_No cabe más_, y este palo del molinillo es excesivamente
largo y lo voy á vomitar.»
¿Pero qué había de vomitarlo? Lo que salía de la boca era un sin fin
de palabras exprimidas, estudiadas, relamidas, queriendo que fuesen
finas y sin poderlo conseguir. Esperancita era graciosa, vivaracha y
bonita; pero tenía en el semblante un cierto aire de familia: el aire
_reventativo_ de su papá, según decía Severiano. Este le daba mucha
broma, y ella se pirraba por que se la diera.
--Me parece --dije en secreto á María Juana-- que limitas mucho
tus invitaciones. Es preciso que animes esto. Aquí faltan mujeres.
Esperancita y su hermana, _No Cabe Más_, la señora de Mompous, la de
Torres y la de Bringas dan poco juego para tanto hombre... Es preciso
que renueves el personal y traigas gente alegre y de partido... ¿Por
qué no traes á Camila?
--Si no quiere venir... Y verdaderamente no es para sentirlo. A Medina
no le gustan nada los aires un tanto libres de mi hermana. Dice que
si no es mala, lo parece. Con todo, haré por que venga. Pero estate
tranquilo, que no piarás por mujeres. ¡Ay! ¡qué sorpresa te tengo
preparada!...
--¿Sabes que estoy con mucha curiosidad...?
--Vente mañana por la tarde. La convidaré á pasear conmigo, y antes de
que salgamos la verás. Nada, que de ésta te caso. Y no pongas peros:
traga el anzuelo y dame las gracias.