Erame grata aquella casa porque en ella respiraba una atmósfera de
negocios á que yo había cobrado bastante afición. Los primeros lunes
eran comensales fijos Trujillo, Arnáiz, Torres y también Samaniego,
nuestro agente de Bolsa. No se hablaba más que del estado de los
cambios, de si se haría bien ó mal la liquidación de fin de mes, y
de otros particulares relacionados con la economía social. De cuanto
hablaba Medina se desprendía siempre lo que llamaré el endiosamiento
del arreglo, la devoción de la solidez económica. No comprendía él que
nadie gastase más de lo que tiene. Odiaba la farsa, el aparentar lo que
no existe, y el boato ruinoso de los aristócratas. ¡Cuánto más vale un
buen pasar, la comodidad, y, sobre todo, la satisfacción profunda de no
deber nada á nadie! Porque él quería que por todo el orbe se divulgase
que jamás de los jamases había tenido una deuda, y que en su casa todo
se compraba con dinero en mano. Por esto vivían él y su señora tan
tranquilos. ¿Podrían otros decir lo mismo? Seguramente que no.
Muchas veces concertábamos allí, de sobremesa, operaciones para el
día siguiente. La casa era nuestro Bolsín. Andando los días, allá
por Febrero, cuando las reuniones se animaron con la introducción
de nuevas personas, este fondo de tertulia económica era siempre el
mismo, y en los corrillos de hombres solos reinaba la chismografía
financiera, con vislumbres de social. En ninguna parte había oído yo
sátiras tan despiadadas como las que allí escuché, referentes al lujo
estúpido de muchos que no tienen sobre qué caerse muertos. Y era que en
ninguna parte se tenía un conocimiento más completo de las intimidades
pecuniarias de toda la gente que pasa por rica en Madrid. Torres,
como hombre que había andado en tratos de préstamos menudos; Medina,
como prestamista hipotecario de algunas casas grandes; Arnáiz, en su
calidad de patriarca del comercio de Madrid; Trujillo, expertísimo
banquero, conocían al dedillo, cada cual bajo aspecto distinto, todas
las trapisondas económicas de la sociedad matritense. Cuando se tiraban
á contar casos y á ponerles comentarios, yo me encantaba oyéndoles.
¿Qué tenían que ver las anécdotas del general Morla, con aquella
verdad palpitante, toda números, toda vida? Las agudezas de los
conversacionistas más ingeniosos palidecían junto á aquel cuento de
cuentas. Y que no se mordían la lengua los tales.
--La casa de Trastamara estaba ya tambaleándose. Había tomado Pepito
diez mil duros el mes anterior, y ya andaba poniendo los puntos á otros
diez mil, si bien no era fácil encontrara un primo que se los diera.
Sobre el palacio gravaban tres hipotecas. De las fincas históricas sólo
quedaba la ganadería de toros bravos. Hasta las cargas de justicia las
tenía empeñadas el anémico prócer...
--El duque de Armada-Invencible tenía un pasivo de veintitrés millones
de reales. Su activo no llegaba seguramente á diez y nueve, comprendido
el caserón, que, por estar situado en sitio céntrico, valdría mucho
para solares. Se susurraba que los cuadros y las armaduras habían
salido para París con objeto de venderse en el Hotel Drouot. Que el
duque estaba con el agua al cuello, lo probaba el hecho de haberse
dejado protestar una letra de Burdeos por valor de veintitantas mil
pesetas...
--Medina sabía de muy buena tinta que los de Casa-Bojío habían llegado
á la extremidad de vivir con lo que les quería fiar el tendero de la
esquina, y, sin embargo, daban bailes, metían mucho ruido, salían por
esas calles desempedrándolas con las ruedas de su coche, y poniendo
perdidos de barro á los pobres transeuntes que han pagado al sastre la
levita que llevan. Él no comprendía esto; no le cabía en la cabeza tal
manera de vivir. ¡Dar bailes y comilonas, y deber la escarola! Nada,
que este Madrid es muy particular...
--Arnáiz sabía que _Sobrino Hermanos_ tenían una cartera de sesenta
mil duros incobrables. Así no era de extrañar que elevaran el valor de
los géneros. Parecía mentira que el frenesí de los trapos ocasionara
estos desequilibrios en la riqueza. Y lo peor es que han de seguir
surtiendo á las que no les pagan, pues si les negaran el género, les
desacreditarían sólo con decir que no traen más que cursilería. Así es
que cuando las insolventes van á la tienda, las tienen que recibir con
los brazos abiertos, y mimarlas mucho, y sacarles hasta el _fondo del
cofre_, para que lo revuelvan todo, regateen, mareen á Cristo, carguen
con lo que les guste, y después vayan pagando á pijotadas, si es que
pagan algo...
--Ultimamente se había animado algo el comercio de Madrid con el cambio
político. Siempre que sube un partido que ha estado á ver venir mucho
tiempo, con los dientes largos y medio palmo de lengua fuera, se animan
las ventas. Muchas señoras se emperejilan entonces de nuevo; algunas
echan la casa por la ventana. En estas épocas suele cobrarse algún
crédito de tres ó cuatro años, que ya se tenía por muerto...
--Pero si los políticos estaban tan alicaídos como los aristócratas,
en cambio, desde que se regularizó el presupuesto y el Tesoro dejó de
trampear, se notaba una cierta tendencia al reposo, al orden general.
Es una vulgaridad la creencia de que los políticos viven á costa del
país y se regalan como príncipes. La mayoría de ellos están á la cuarta
pregunta, unos porque gastan sin ton ni son, otros porque la Ley de
Contabilidad les tiene metidos en un puño. Haylos también que son
honrados á macha-martillo. Trujillo conocía á uno de gran importancia,
que se veía perseguido por los acreedores poco después de haber estado
en situación de hacerse poderoso. Verdad que todos no eran así.
Algunos, arruinados con mujeres, y habiendo abandonado el bufete que
les daba mucho dinero, tenían que buscar en la misma política socorros
de momento, consiguiendo destinillos para Cuba y Filipinas para que el
agraciado les mandase algo de sus ahorros.
Y por aquí seguían. Medina era implacable: no carecía de autoridad para
dirigir aquella campaña satírica, porque su casa era el templo de la
exactitud financiera, y en ella no se conocía la farsa. Torres, que
en su afán de criticar no perdonaba ni á su mejor amigo, me decía una
noche, solos él y yo:
--No crea usted, Cristóbal tiene motivos para saber cómo andan las
cajas de la grandeza. Las mermas de aquellas casas son los crecimientos
de ésta. Figúrese usted que Cristóbal tiene una pajita en la boca; el
otro extremo cae en la contaduría de Pepito Trastamara. Cristóbal hace
así... _aliquis chupatur_, y se va tragando todo.
Después sacó del bolsillo del faldón de su levita un folleto, y
hojeándolo añadió:
--Esta es la Memoria del Banco, con la lista de los accionistas que
tienen voto en el Consejo. Mire usted á Cristóbal Medina figurando aquí
con 1.250 acciones, cuando en la lista del año pasado no tenía más que
650.