Los lunes de María Juana.
I
Vamos con calma y método, que hay aquí mucho que contar.
María Juana me dijo que pensaba fijar los lunes para invitar á su
mesa á seis ó siete personas, y recibir después á los amigos. Deseaba
ella que en estas reuniones reinase una media etiqueta, con lo cual
contrariaba al bueno de Cristóbal, que renegaba de las farsas y
enaltecía la confianza como flor verdadera de la amistad. Gustábale
á él la abundancia de las comidas españolas, y ponía el grito en
el cielo en tratándose de las fruslerías de la cocina francesa. Su
mujer, habilidosa como pocas, logró encontrar el justo medio, ó mejor,
componendas hipócritas, con las cuales aparentaba llevarle el genio, y
en realidad no hacía sino su santísimo gusto. El adorno de la casa era
un campo de maniobras en que lo elegante y lo cursi andaban á la greña.
Había cosas muy buenas, compradas recientemente en casa de Ruiz de
Velasco, y otras del gusto fiambre, caobas y palisandros barnizados,
papeles horribles con vivos de negro y oro. Porque Cristóbal era de
los que se empeñan en que todo se ha de adornar con _medias cañas_;
tenía fanatismo por este sistema decorativo, y si lo dejaran pondría
las tales _medias cañas_ hasta en la Biblia. Mi prima iba desterrando
poco á poco antiguallas é introduciendo el contrabando de los muebles
de arte y gusto; y como Medina la quería tanto, no le era difícil á
ella triunfar en cuanto se le antojaba, aunque hubo casos en que el
esposo se mostró inflexible. Tenían un portero leal, honradísimo, que
llevaba veinte años comiendo el pan de los Medinas, hombre que, al
decir de Cristóbal, _no se pagaba con dinero_. Pero aquel espejo de los
porteros tenía un gran defecto. No vayáis á creer que se emborrachaba.
¡Era que usaba patillas, unas enormes zaleas negras, revueltas y
despeinadas, que caían tan mal con la librea...! La señora les había
declarado la guerra, las odiaba como si fuese ella propia quien tuviera
aquellos pelos en la cara. De buena gana habría acercado un fósforo
á la de su leal servidor, para incendiar aquel matorral indecente.
Pero Medina se opuso siempre á que se le hablara al tal de raparse.
Le parecía un ataque al libre albedrío y una burla de la personalidad
humana. Además, lo de las caras afeitadas, tratándose de criados, le
parecía farsa, comedia, «moda francesa, hija; _mariconadas_ que me
revientan.» Defendido por su amo, el portero continuó y aun continúa
tan hirsuto como siempre. La casa era una de las fundadoras del barrio
de Salamanca. La compró Medina al Crédito Comercial, y después de
echarle mil remiendos y composturas, porque estaba tan derrengada como
todas las de su tanda, la pintó muy bien por fuera, imitando ladrillo
descubierto, con ménsulas y jambas, figurando piedra de Novelda, y en
el portal y escalera púsole cuantas _medias cañas_ cupieron. Arregló
para sí el principal, que era hermosísimo, con vistas á la calle de
Serrano y al jardín interior de la manzana. Las tales casas, mal
construídas, tienen una distribución admirable, un ancho de crujía y un
puntal de techos que me gusta mucho. Su única imperfección, para mí,
es la curva de las escaleras; defecto que también tenía mi finca de la
calle de Zurbano.
María Juana había engrosado bastante; pero siempre estaba guapa. La
gordura y los quevedos aumentábanle un poco la edad; pero al propio
tiempo dábanle aires de persona sentada y de buen juicio, y hasta de
mujer instruída con ribetes de filósofa. Eralo realmente. Más de una
vez la sorprendí bajando de su coche en las librerías para comprar lo
más nuevo de por acá, ó bien lo bueno y nuevo de Francia. No tenía
escrúpulos monjiles, y se echaba al coleto las obras de que más pestes
se dicen ahora. Estaba, pues, al tanto de nuestra literatura y de la
francesa; leía también á los italianos Amicis, Farina y Carducci;
apechugaba sin melindres con Renan y otros de cáscara muy amarga, y
algo se le alcanzaba de Spencer, traducido.
Mostrábame la señora de Medina (líbreme Dios de llamarla _ordinaria_),
desde que nos vimos en San Sebastián, grandísima consideración. Fuí el
primero con quien contó para sus comidas; iba también algunas tardes y
hablábamos largamente. Descubrí á poco, tras un tejido de subterfugios
muy discretos, un sentimiento vivo de curiosidad, deseo ardentísimo de
conocer todo lo que había pasado entre Eloísa y un servidor de ustedes.
Se trataba poco con su hermana; sus relaciones eran pura etiqueta de
familia en casos de enfermedad; de modo que yo solo podía ponerla al
tanto de lo que saber quería. Dirigíame pregunta tras pregunta. Y yo
no me paraba en barras: ¿para qué? Si saciando aquella curiosidad
sedienta y mal disimulada la hacía feliz, ¿por qué privarla de un gusto
tan arraigado en su naturaleza? Preguntábame asimismo mil pormenores
de la casa que ella tenía por el _non plus ultra_ de la elegancia.
¿Cómo era el servicio del comedor? ¿Conservaba yo algunos _menús_ de
las comidas? ¿Cuántas veces se vestía Eloísa al día? ¿Se vestía por
completo, de ropa interior ó nada más que cambiar de traje? ¿Usaba esas
camisas de seda que ahora han dado en usar las...? ¿Sus camisas de hilo
eran abiertas por delante y ajustadas como batas? ¿Cuántas docenas
de pares de medias de seda de color tenía? ¿A qué hora se peinaba?
¿Era cierto que se daba baños de leche de burras para conservar la
tersura terciopelosa del cutis? ¿Traía el calzado de París? Los jueves,
¿cuántos vinos servían? ¿Compraba Champagne de Reus, haciéndole poner
etiquetas de la _Viuda Cliquot_? ¿Era cierto que debía á Prats más de
seis mil duros? ¿Y á qué jugaban en la casa, al _whist_, á la _besigue_
ó al monte limpio? ¿Era verdad que no pagaba nunca cuando perdía? ¿Era
cierto que anunciaba á los amigos con quince días de anticipación el
día de su santo para que fueran preparando los regalos?... A este
bombardeo contestaba yo como Dios me daba á entender, unas veces
categórica, otras ambiguamente, cuidando de no poner en ridículo á la
que me había sido tan cara... en todos los terrenos.
Por supuesto, María Juana no perdonaba ocasión de echarme en cara la
más grave de mis faltas. ¡Oh! no me la perdonaría fácilmente, porque
yo había envilecido á su hermana y á toda la familia. Verdad, que
si no hubiera sido conmigo, habría sido con otro, pues Eloísa tenía
en su naturaleza el instinto de la disipación. Tratando de esto á
menudo, dióme á conocer María Juana que no eran un misterio para ella
las flaquezas de mi carácter; hablóme como hablan los médicos con los
enfermos á quienes de veras quieren curar, y concluía con exhortaciones
cariñosas, inspiradas en sus lecturas; todo muy discreto, juicioso y
hasta un tantillo erudito. ¡Vaya si tenía talento mi prima! Varias
veces promulgó cosas muy sabias sobre los males que nos produce el no
vencer nuestras pasiones. «Somos débiles en general; pero vosotros los
hombres, sois más débiles que nosotras las mujeres, y os chifláis más
pronto y con caracteres más graves. Así vemos que personas de talento
hacen mil locuras por dejarse ilusionar de una _cualquier cosa_... Tú,
que en tus negocios, según dice Medina, eres una cabeza firme, ¿cómo
es que se te va el santo al cielo por unas faldas? Enigmas del hombre
de nuestros días, mejor dicho, del hombre de todos los días.» Por fin,
una noche, después de larga conferencia, antes de comer, me espetó
la siguiente conclusión: Yo estaba enfermo, yo estaba desquiciado.
Para ponerme bueno, era preciso administrarme una medicina, en la cual
se combinaran dos salutíferos ingredientes: el trabajo y el himeneo.
Agradecí mucho la intención y admiré el talento de María Juana; pero
no podía mostrarme conforme con la segunda de las drogas recomendadas
por ella. El trabajo me convenía realmente, y ya me había metido en él;
¡pero el matrimonio...! Mi alma estaba tan llena de Camila, que ni una
hilacha, ni una fibra de otra mujer podían entrar en ella.
Hubiérame guardado bien de revelar á María Juana la pasión que Camila
me inspiraba, porque de fijo le habría dado un mal rato. Debo hacer
constar que aquella señora miraba á su hermana menor con cierta
indiferencia parecida al menosprecio, y teníala por mujer vulgar y sin
mérito alguno. Firme en sus trece, es decir, en que yo debía trabajar
y casarme, la _ordinaria_ (sin querer se me escapa este mote) me dijo
aquella misma noche con gracia mezclada de protección:
--Estate sin cuidado, que yo te buscaré la novia, mejor dicho, ya te la
tengo buscada. Verás qué joya.
--No, prima, no te molestes --repliqué--. No hay mujer para mí. Es
una desgracia; pero no lo puedo remediar. No creas, también yo he
pensado en esto, y sólo saco en claro una cosa; y es que no tengo
media naranja. Si me fijo en una que tiene buena planta, resulta con
una educación deplorable. La bien educada es fea como un mico, y la
bonita y lista me sale con perversidades y resabios que me aterran. Si
es pobre, me parece que me quiere por el dinero; si es rica, tiene un
orgullo que no hay quien la aguante. Por más vueltas que le des, la
tostada no parece... Y por fin, si quieres que te diga la verdad, en
mí hay un vicio fisiológico, una aberración del gusto, que no puedo
vencer, porque ha echado ya sus raíces muy adentro, confabulándose
con estos pícaros nervios para atormentarme. Es, te reirás, es que no
me agradan más que las cosas prohibidas, las que no debieran ser para
mí. Si alguna que no esté en estas condiciones me gusta, al punto la
idea de que sea yo quien la prohiba á ella me quita toda la ilusión.
Ríete todo lo que quieras; llámame loco, enfermo, despreciable y hasta
ridículo; pero no me digas que me case.
Mirábame sonriendo con majestad, como segura de vencer aquella manía
tonta. El gesto de su mano acompañaba admirablemente la frase cuando me
decía:
--Estate sin cuidado, que yo te quitaré esas telarañas de los ojos,
mejor dicho, esos cristales, porque son falsos prismas. Eres un
vicioso. Déjate estar, que cuando conozcas á la _candidata_...