De la propia crudeza de mis males físicos y morales, brotó súbitamente
la idea del remedio. Así es la Naturaleza, genuinamente reparadora
y medicatriz. La idea que me abrió horizontes de salud fué la idea
del trabajo. «Si yo tuviera un escritorio, como lo tenía en Jerez, y
además mis viñas y mis bodegas, estaría muy entretenido todo el año,
y no pensaría las mil locuras que ahora pienso, tendría salud y buen
humor.» Así me hablaba una mañana, y tras la idea vino la resolución
de practicarla. ¿Pero en qué trabajaría? Ocurriéronme de pronto varias
clases de ocupaciones comerciales, de las cuales me había hablado la
noche antes Jacinto María Villalonga. Él traía no sé qué belenes en
Fomento. Había tirado ediciones sin fin de libritos agrícolas para
que el Estado los hiciera comprar á los Ayuntamientos. Se presentaba
á todas las subastas, ya fueran de carreteras, ya de obras de reforma
en los Museos, bien de impresión de Memorias ó de los revocos que
constantemente se están haciendo en el vetusto edificio de la Trinidad.
Luego Villalonga cedía el negocio con prima, si había quien se lo
tomase. Pero con esto y otros muchos enredijos que en el Ministerio
traía, y por los cuales le ví sacar muy á menudo libramientos y órdenes
de pago, nunca salía de trampas. Tan arruinado y lleno de líos estaba,
que sin duda por sus desordenados gastos y vicios no había mes que no
necesitase dinero. A mí me debía más de ocho mil duros, y esta deuda
empezaba á inquietarme.
Los negocios de que me habló y que me interesaron eran más amplios
que sus obscuros manejos burocráticos. «Traer trigos de los Estados
Unidos y establecer un depósito en Barcelona; instalar máquinas para el
descascarado del arroz de la India, obteniendo previamente del Gobierno
la admisión temporal; llevar los vinos de la Rioja directamente á París
por la vía de Rouen, y á Bélgica por la de Amberes...» Esto me parecía
bien, sobre todo el negocio de vinos, en el cual algo y aun algos se me
alcanzaba á mí.
Levantéme una mañana dispuesto á hacer un viaje á Haro y dar una vuelta
por Elciego, Casalarreina, Cenicero, Cuzcurrita y demás centros de
producción... Pero esto era meterme en faenas penosas. Nada, nada:
más valía que, quietecito en Madrid, buscara un modo de trabajar.
El negocio de banca con Londres y París me seducía; pero está muy
acaparado. Hablando con mi tío, éste me hizo ver que el estado de la
Bolsa era muy á propósito para zamparse en ella _hasta la cintura_. La
persistente baja, motivada por los sucesos de Badajoz y el azoramiento
de los tenedores extranjeros, convidaba á meterse en danza, teniendo
serenidad y empuje.
Pues decidido. Pensando en esto, activáronse mis fuerzas y recobré la
alegría. Por el trabajo, que trabajo era y de los buenos, obtendría yo
dos beneficios: evitar los males que causa la holganza, y restablecer
mi fortuna en su primitiva integridad. Desde el día siguiente me puse
al habla con mi amigote Gonzalo Torres, de quien he hablado antes un
poco. Ahora tengo que hablar mucho de él, pues bien lo merece este
tipo esencialmente madrileño, el más madrileño quizás que encontré en
los años que en la Corte estuve. Aquel _gato_ se había enriquecido en
pocos años con atrevidos agios; tenía coche, estaba edificando una
casa magnífica en la Ronda de Recoletos y vivía muy bien, sin gran
boato externo. Su facha era ordinaria, su estatura menos que mediana,
la nariz pequeña y los ojos enormes, huevudos, con ceja muy negra.
Presumía de guapo y miraba á todas las mujeres que encontraba en la
calle como perdonándoles la injusticia de que no le miraran á él. En
este terreno era insufrible. Cuando le daba por relatar sus conquistas,
no se le podía oir, porque decía muchas mentiras, revelando un
pesimismo depravado. Ninguna á quien él había puesto los puntos, había
dejado de caer. No es, por tanto, de extrañar que llegara mi hombre á
adquirir, por su propia experiencia, el convencimiento de que todas
eran unas... tales.
En el terreno de los negocios sí que me gustaba oirle. Allí se
descubría el hombre tal como era, con sus lados malos y sus lados
buenos; el español agudo, vividor, de trastienda, que se mete por el
ojo de una aguja y va en pos de su interés saltando por encima de
cuanto se le opone; tipo perfecto del que no ve en la humana vida más
ideal que _hacer dinero_, y hacia él marcha con los ojos cerrados,
digo, abiertos y bien abiertos. Nos veíamos muy á menudo en mi casa
y en Bolsa; á veces almorzábamos juntos, y me contaba diferentes
episodios de su vida. Esta me pareció digna de estudio, como ejemplo
de constancia y temeridad, de desvergüenza por una parte, de tesón por
otra. Según me dijo, había pasado su niñez en un comercio de la calle
de la Montera midiendo percales y bayetas, soñando siempre con ser rico
y despreciando á su principal, un hombre apocado que tomaba el género
en los almacenes de la plazuela de Pontejos para revenderlo, siempre
con miseria y apuros y sudando la gota gorda en cada vencimiento.
Contaba Torres que él, confinado en su mostrador, tenía los ojos del
espíritu fijos constantemente en los célebres banqueros Urquijo y
Ortueta, que vivían en la misma calle; y tenía cuidado de que no se
le escaparan cuando pasaban por delante de la puerta de su tienda á
hora determinada para ir á la Bolsa, ó de regreso de ella. Ninguno de
los dos tenía coche. Aquellos hombres eran sus ideales; ser como ellos
su ambición. A veces poníase á mirar desde la calle á las ventanas de
los respectivos escritorios, y soñaba con verse en local semejante,
escribiendo facturas, firmando letras, cortando cupones; echándose
después gravemente á la calle para ir á la Bolsa, y rompiendo á codazo
limpio las manadas de transeuntes.
Regañóle un día su principal, y se plantó en la calle. Como no tenía
una peseta, pasaba mil agonías para vivir. Todos los días, cualesquiera
que fuesen sus ocupaciones, pasaba por la calle de la Montera dos
ó tres veces, y si encontraba á Urquijo ó á Ortueta se quitaba el
sombrero y hacía una reverencia como si pasara el Viático. Tuvo que
dedicarse á viajante de comercio para poder vivir; recorrió toda España
en segunda, con muestras de chocolate de la Colonial, zapatos de
Soldevilla y otros muchos artículos. Pero sus ganancias eran escasas, y
se fijó en Madrid, al amparo de Mompous, que le daba algunos corretajes
de venta y compra de terrenos. Sin que lo supiera Mompous, se asoció
á un tal Torquemada, que hacía préstamos con usura. Torres buscaba
víctimas, y las descueraban entre los dos. Hacían pingües negocios
_facilitando_ dinero secretamente á las señoras que gastan más de lo
que les dan sus maridos para trapos; y con la amenaza del escándalo,
las ponían en el disparadero y las desplumaban. Bien relacionado el
tal Torres con muchos tenderos de Madrid, se hacía cargo, mediante una
prima de cincuenta por ciento, de realizar los créditos incobrables.
Él apandaba las cuentas que habían ido cien veces á casa del deudor,
encontrándose siempre con cara de palo, y previo el endoso del crédito
en virtud de una ficción legal en que él (Torres) pasaba por _inglés_
del tendero, se ponía en combinación con Torquemada, que era curial
y tocaba pito en todos los Juzgados, y apretando á la víctima con
citaciones y embargos, por fin la hacían vomitar en conjunto ó á plazos
lo que debía.
Con estas socaliñas empezó á reunir su capital. Por una serie de
trapisondas y de enredos que serían largos de contar, Torquemada
y Torres se adjudicaron una carnicería, propiedad de un deudor
insolvente. La cosa no habría tenido lances si á Torquemada no se
le hubiera ocurrido que, tras aquel negocio, podía emprender el de
suministro de carne y caldo para los enfermos del Hospital Provincial.
Puso la puntería en la Diputación, y aquel año hubo locas ganancias.
Los moribundos les hicieron á ellos el caldo gordo.
Pero los parroquianos insolventes eran la pesadilla de entrambos.
Había entre éstos un respetable sujeto, cesante, ex director, que
tenía una familia numerosa y anémica, á la cual recetaban los médicos
_carne á la inglesa_, o lo que es lo mismo, cruda. Consumían mucho,
pero no pagaban jamás, y la cuenta crecía como espuma. Cuando pasó
de mil reales y trataron de hacerla efectiva, vieron que la casa del
señor aquél era un abismo sin fondo. Al huevero se le debían dos mil
reales, al de ultramarinos seis mil y al carbonero unos mil y pico. El
del pan cogía el cielo con las manos; y congregados todos un día en la
puerta de la casa, armaron una chamusquina de todos los demonios. Lo
que decía el señor aquél, ex-director y caballero gran cruz de Carlos
III: «Más le valía no haber nacido.» Puestos todos los _ingleses_ de
acuerdo, quisieron hacer un _Trafalgar_ en la infeliz familia; pero
nada lograron. La familia insolvente y carnívora cambió de domicilio,
dejando á los acreedores con dos palmos de narices. Sólo Torres,
que era más listo que el huevero, el tendero y el carbonero juntos,
olfateó el rastro, metió la cabeza, amenazó, y valiéndose de mil trazas
ingeniosas, ya que no pudo sacar dinero, puesto que no lo había,
obtuvo, en pago de la carne, un piano. Era el dulce instrumento en que
tecleaba una de las niñas anémicas. Torres cargó con su presa y...
--De esta adquisición inesperada --me dijo-- arranca el negocio
de alquiler y compostura de pianos que tuve durante tres años y
medio. ¡Cómo se enlazan las cosas de la vida! De carnicero á músico.
Torquemada siguió con el arbitrio de carnes, y yo acaparé el de almacén
de pianos. Llegué á tener más de trescientas matracas, que alquilaba
por tres, cuatro ó cinco duros al mes á las alumnas del Conservatorio
que soñaban con ser la Patti; á los compositores jóvenes que se creían
unos _Meyerbes_, y para hacer boca, perjeñaban una zarzuelita; á las
familias honradas y buenas parroquianas que querían educar á las pollas
para señoritas finas, aunque al fin y á la postre vinieran á parar,
como todas, en ser unas... tales.
Luego proseguía contándome cómo, al fin, reunidos unos seis mil duros,
dejó los pianos para meterse de hoz y de coz en la Bolsa, que era su
ideal, por suponerse con aptitud nativa para el tráfico de papel. A
los ocho días, ya sabía tanto como los viejos; adquirió pronto el
golpe de vista, la audacia serena y el don de abarcar rápidamente las
operaciones más complejas. Su éxito fué grande. Empezó el 73, cuando
la renuncia de don Amadeo, y las bajas considerables en los años de
guerra civil le pusieron en las nubes. Era pesimista incorregible.
Para él la campaña iba siempre mal, y los carlistas daban cada golpe
que cantaba el misterio. Aquellos mismos seres venerables á quienes
tenía por semidivinos, Urquijo y Ortueta, los banqueros de la calle
de la Montera, fueron sus amigos, y tan iguales á él que le daban
ganas de tutearles. El 77 era ya el espanta-pájaros de la Bolsa.
Todos observaban lo que él hacía para seguirle la correa. Recibía
diariamente despachos telegráficos cifrados de sus agentes de Londres y
París, para jugar en combinación con aquellas plazas.
--Y aquí me tiene usted --añadía--: hoy soy rico; pero me gusta vivir
á la pata la llana, y si tengo carruaje, no es porque me haga falta,
que yo gusto de andar en el caballo de San Francisco; únicamente lo uso
para que esos brutos de la Bolsa me lo vean, y para que mi señora se
pasee.
Oí decir que la señora de Torres fué criada de servicio, y que no sabía
leer ni escribir; mejor dicho, que había adquirido con maestro estas
indispensables enseñanzas después que la fortuna de su marido le dió
títulos y fuero de persona decente. Yo la conocí más adelante en casa
de María Juana, y me pareció una mujer excelente, modesta y sencilla.
Moralmente valía más que su marido, y en figura le llevaba también no
poca ventaja.
Pues bien: este Torres fué mi iniciador en aquella vida de trabajo
bursátil. Lo primero que hice al meterme en danzas con él, fué ponerle
los puntos sobre las _íes_. Yo no haría ninguna operación grande ni
chica sino con intervención de un agente colegiado, porque no quería
meterme en aventuras peligrosas. Torres operaba en grande con un
desparpajo que me pasmaba, comprando y vendiendo á fin de mes, por
sí y ante sí, sin ninguna seguridad legal, sumas fabulosas. Yo, por
el contrario, resuelto á andar con pies de plomo por terreno tan
peligroso, daba y tomaba mis _dobles_, compraba y vendía _en voluntad_
ó _á fin de mes_, siempre con la garantía de la publicación y de
la firma del agente en la póliza, el cual agente era persona de
respetabilidad, amigo de mi tío. Torres era muy listo; pero á mí no
me faltaba trastienda para aquel negocio, y en todo Diciembre, así
como en Enero y Febrero del año siguiente, ví coronados mis esfuerzos
con éxitos no despreciables. Así me satisfacían más, teniendo por
mejor sistema aquel _tole-tole_, que los atropellos en que se metía el
hortera y carnicero y músico y bolsista Gonzalo Torres.