III

¿Por qué Camila no era mía? Vamos á ver, ¿por qué? Antojábaseme que

habría sido el más feliz de los mortales teniéndola por esposa. No me

contentaba con robarla al hogar y al tálamo de otro hombre; quería

ganármela legítimamente y tomar posesión de ella ante el mundo y ante

Dios. Sí: tal era la mujer que me convenía; Camila, sí, y no otra,

pues cuando uno se liga á una mujer para toda la vida, es preciso que

ésta lleve en su temperamento aquellos raudales de dicha, aquel reir

inefable y aquella santa salud. ¡Qué fatalidad, llegar siempre tarde!

La interposición del marmolillo de Miquis me parecía una mala pasada

de mi destino. ¡Dios me quería mal, me estaba trasteando y _quedándose

conmigo_! ¡Cuánto disparate! También pensaba mucho en la primera

impresión que me causó la señora de Miquis cuando la conocí. ¿Por qué

me fué antipática? ¿Por qué la juzgué tan severamente? ¡Ah! Porque en

aquellos días yo era idiota; no me quedaba duda de que era el mayor

majadero del mundo, pues la misma equivocación que padecí con Camila

la tuve con respecto á Eloísa, á quien estimé adornada de mil virtudes

sin adivinar su diabólica pasión por el lujo. ¿Y si después de ganar y

poseer á Camila, me salía con un defecto semejante? Porque equivocado

una vez, equivocado mil y quinientas... No, no: ésta no tenía ninguna

chispa del Infierno dentro de sí, como la otra; ésta era la alegría,

alma del mundo; la rectitud guardada en el vaso de la jovialidad...

Tenía que ser mía en una forma ú otra, y después era indispensable

que el marmolillo reventara ó que se le llevaran los demonios, para

legitimar mi victoria.

Faltábame aún ensayar otro idilio, puesto que el piscatorio y el

campestre no me habían servido de maldita cosa. Les convidé, pues,

á dar un paseo por Bayona y Biarritz. Augusto y su mujer y cuñada

vendrían también. Brindéles con un viajecito hasta Burdeos; pero no

aceptaron. Mi idea era pasarle á Camila por delante de los ojos las

tiendas francesas de novedades, y observar, al menos, qué cara ponía,

y si era su ánimo completamente inaccesible á cierto género de

tentaciones. Cuando íbamos en ferrocarril camino de la frontera, dije

á mi borriquita que se comprara lo que quisiese, un par de abrigos de

invierno, tres sombreros, media docena de corbatas, dos ó tres vestidos

de alta novedad; en fin, que aprovechara la ocasión surtiéndose para

todo el año.

--No me lo digas dos veces --contestaba entre carcajadas--: mira que te

arruino.

¡Ojalá que quisiera arruinarme! Con secreta satisfacción observé que

el aspecto de las tiendas de Bayona la puso seria, que miraba mucho y

con atención profunda, que ella y la mujer de Augusto discutían sobre

lo que veían. A ruego mío entraban en algunas tiendas, pero sin escoger

nada. Augusto hizo algunas compras insignificantes. Yo intenté hacerlas

considerables; pero Camila no quería tomar nada, sino de acuerdo con su

manchego, que á cada paso consultaba el portamonedas y hacía cuentas

tácitas. No pude conseguir que aceptasen nada de lo que les ofrecí.

Para obtener alguna ventaja en este terreno, tuve que hacer un regalo

general, obsequiando á cada uno de los que formaban la partida.

--Pero vamos á ver, tonta, ¿por qué no te compras este abrigo...? Yo te

adelanto el dinero. Ya me lo pagarás cuando puedas. Constantino, ¿no es

verdad?

Constantino decía que nones.

--Y este sombrero... ¿ves qué bonito?

--Vamos, vamos --decía Camila muy seca--. Me carga este pueblo. Esto es

una _farsantería_.

--Al menos --insistía yo--, que acepte tu marido este paraguas, y tú...

No me desaires. Me enfadaré si no aceptas este _pardessus_.

--Quita allá... Voy á parecer una de esas tías... No quiero, no quiero.

Fuimos á Biarritz y almorzamos en el _Hotel de Embajadores_.

Felizmente, Miquis se encontró un amigo que le invitó á jugar una

partida de billar en el Casino. Paseamos en tanto los demás por los

alrededores de la _Villa Eugenia_, por las playas de los Locos, de

los Vascos y por los vericuetos del Puerto Viejo. Augusto y su mujer

y cuñada se entretuvieron hablando con una familia conocida. Solo ya

con Camila, la llevé por los senderos rocosos de La Chinaougue, cerca

del Casino y del Puerto de los Pescadores. ¡Qué gusto verme solo con

ella! Aquel ratito me parecía la gloria. Tuve el tacto de no hablarle

directamente de amor. Observé en ella cierta indolencia, menos alegría

que de ordinario, y una atención particular y compasiva á lo que yo

decía, y á las quejas que exhalé sobre mi suerte y la soledad de mi

vida. De pronto dijo:

--Estoy en ascuas. Ese individuo con quien ha tropezado Constantino es

una mala persona, uno de sus amigotes de Valladolid. Temo que me le

pervierta.

Yo le respondí que no se cuidara de su esposo, que era la persona más

formal del mundo.

--Ese granuja le invitó á echar una mesa, y temo que me le arrastre

al _baccarat_ que hay en el Casino... No creo que mi marido caiga en

la tentación. Bien sabe él que le arrancaría las orejas... Me tiene

miedo, y no es capaz ni de decirme una mentirijilla. ¡Ah! mi asnito

es muy bueno. Y no te creas, cuando se casó conmigo tenía todos los

vicios. Jugaba, bebía aguardiente, se estaba todo el día en el café

diciendo gansadas, hablaba de sus jefes con poco respeto, contaba los

grados que iba á ganar sublevándose, decía mil tontunas, era sucio y

ordinariote. Pues ya ves: poco á poco le he ido quitando todos esos

vicios. No te creas... unas veces con blandura, otras con porrazos. Un

día le hice sangre... porque yo, cuando pego, no reparo... Figúrate que

le mandé apartar un baúl, y se escupió las manos para agarrarlo y hacer

fuerza. ¡Ay, cómo me puse! ¡me volé...!

Ved mi tontería... Estaba yo embelesado oyéndole estos cuentos de su

intimidad doméstica.

--Poquito á poco --prosiguió--. Le he hecho romper con todos sus

amigotes. Les he ido degollando uno á uno... Hoy es un niño, un

angelón, y me quiere más que cuando nos casamos. Si me preguntas que

por qué nos casamos, no te sabré contestar. Nos entró muy fuerte á los

dos. Nos vimos por vez primera una tarde que fuí á merendar de campo

en el Pardo con las de Muñoz y Nones, y al día siguiente, que era

martes, nos hablamos otra vez en el Retiro. El miércoles nos dijimos

cuatro sandeces por el ventanillo de casa; el jueves, miraditas en

la Comedia; el viernes, carta canta... contestación; el sábado nos

volvimos á hablar y juramos morirnos ó casarnos; el domingo quise yo

almorzar fósforos, y el lunes entró Constantino en casa con permiso

de mamá. Nos casamos contra viento y marea. La mamá de él, doña

Piedad, se puso hecha un veneno, y en el Toboso se dijo que yo era una

sinvergüenza, que había tenido que ver con muchos hombres. Llegaron

hasta decir que... á tí te lo contaré en confianza... que yo había

tenido un chiquillo. Ya ves que no me muerdo la lengua. Constantino

me ha contado después todas estas tonterías de pueblo, y nos hemos

reído. Su madre tenía el proyecto de casarle con una paleta rica, y

él dejó todo, palurda y millones, por mí. Ya ves qué mérito tengo.

Después mi suegra se ha querido reconciliar conmigo, y yo le he escrito

varias cartas. Soy yo muy cuca. ¿Sabes lo que dice ahora? Que tiene

ganas de conocerme. Pero yo me estoy dando lustre, y no quiero ir á la

Mancha. Iremos más adelante... Y aquí termina la presente historia.

Nos queremos como Adán y Eva. Le domino y me tiene dominada. No te

creas... si Constantino no hubiera tenido tantos vicios, y no me

hubiese yo calentado tanto los cascos para quitárselos, á estas horas

nos habríamos tirado los platos á la cabeza.

No quise apartarla de aquel tema, en que tan espontáneamente se

explayaba. Los recelos por la tardanza del otro la inquietaron de

nuevo. Por fin le vimos aparecer solo dando zancajos.

--¿Has jugado? --le preguntó ella, impaciente.

--Jugar, ¿á qué?

--Al _baccarat_.

--¿Yo?... tú estás loca. Puedes creer que no.

--Lo creo, lo creo --dijo ella, rebosando de confianza--. No hay

más que hablar. Pero hazme el favor de no volverte á juntar con ese

lipendi. Es un perdido, que no ha tenido una fiera que le dome... Mira,

mira qué bonito te has puesto.

--Si es la tiza, mujer; la tiza que se da á los tacos.

--No estás tú mal taco. En cuanto te separas de mí, ya no hay por dónde

cogerte.

Augusto y su familia se nos reunieron, y nos volvimos á San Sebastián,

ellos contentísimos, yo triste. Pero al día siguiente creí notar en

Camila cierta tendencia á pensar demasiado en los vestidos y adornos

de mujer que había visto. La esposa de Augusto y ella discutían con

desusado calor sobre manteletas, _pardessus_, capotas y faralaes. ¡Si

habría hecho el idilio trapístico más efecto que los otros! Porque yo

la notaba un poco menos alegre, algo más atenta á cosas de vestir. ¿Se

conmovería al fin aquella torre? «Quizás, quizás --pensaba yo--. Al

fin tiene que ser de una manera ó de otra. Tú caerás cuando menos lo

pienses.»

Lo prohibido (tomo 2 de 2) · 第 15 / 56 题