IV

Pero un día resolvieron marcharse, y con mis ruegos no les pude

detener. A Constantino se le acababan los dineros. Dije á mi

querida prima que no se apurase por esto y que mi bolsa estaba á su

disposición; pero ni por esas. «Tú empeñado en arruinarte, y yo en

que has de ser rico. ¡Si al fin tendré que ser tu administradora...!»

Ojalá lo fuera. Me causó maravilla verla hacer sus cuentas al

céntimo y alambicar las cantidades. Unas veces de memoria, otras con

ininteligibles garabatos, presuponía todos sus gastos y se sujetaba á

un plan con toda firmeza. Se había vuelto avariciosa, y no se sabe las

vueltas que daba á un duro antes de cambiarlo. Se fueron ¡ay de mí!

dejándome en espantosa soledad.

De buenas á primeras, encontréme un día con María Juana y su marido,

que después de pasar la temporada en San Juan de Luz, se detenían dos

semanas en San Sebastián antes de la _rentrée_. Dígolo así, porque

noté en la mayor de mis primas cierto prurito de decir las cosas en

francés. Habían estado en Lourdes á cumplir una promesa. Rabiaban por

tener sucesión, lo que Dios no les quería conceder, sin duda por haber

decretado la extinción de _los ordinarios de Medina_ por los siglos de

los siglos.

Contra lo que esperaba, María Juana estuvo obsequiosísima conmigo.

De confianza en confianza, se aventuró á hablarme de Eloísa, á quien

puso cual no digan dueñas. Su conducta la tenía avergonzada. Era

un escándalo. Al menos, cuando tuvo la debilidad de quererme, la

vergüenza se quedaba en la familia. Y lo peor era que no se sabía á

dónde iba á parar su dichosa hermana con aquella vida y su pasión del

lujo. Estaba en la pendiente: ¿dónde se detendría? Hablamos luego de

la Virgen de Lourdes, de lo bien arreglado que está aquello, de lo

conveniente que sería que en España hubiera algo parecido para que no

se fuese el dinero de los devotos á Francia, y para que la piedad y el

negocio marcharan en perfecto acuerdo. Díjome que en Madrid iba á hacer

propaganda para que á la más popular de las Vírgenes se le dedicaran

peregrinaciones y jubileos, á fin de llevar dinero á Zaragoza. Había

patriotismo ó no lo había. Yo me mostré conforme con todo. Volviendo á

Eloísa, dióme pruebas de mayor confianza. Comprendía que una mujer, en

momentos de alucinación, faltase á sus deberes por un hombre como yo,

de buena figura (movimiento de gratitud en mí); pero no comprendía que

hubiera mujer capaz de echarse á pechos (textual) el carcamal asqueroso

del marqués de Fúcar, sólo por estar forrado de oro; un adefesio que

había sido negrero en Cuba y contrabandista por alto en España, y que,

por añadidura, se teñía la barba.

En tanto, Medina estaba afligidísimo. Los sucesos de Badajoz le habían

llegado al alma.

--¡Qué horror! cuando creíamos que ese cáncer de los pronunciamientos

estaba cauterizado... Así es el cáncer. Se le cree cortado y retoña.

El buen señor no hablaba de otra cosa. Su patriotismo sano y leal había

sentido la injuria como un sér delicado que recibe una coz. ¡Y el mulo

que la daba era el ejército, nuestro valiente ejército!

--Dios salve al país --exclamaba Medina con olozaguista concisión,

juntando las manos.

El afán de saber noticias llevábale á él, y á mí también, á los

círculos políticos de San Sebastián, á aquellos famosos ruedos

de habladores, en cuyo centro suele verse un ex-ministro, y cuya

circunferencia está formada de ex-directores y cesantes más ó menos

famélicos. Cansados al fin de círculos, nos marchamos todos á Madrid.

Por el camino, María Juana me manifestó que pensaba organizar su casa

de otro modo; que había hecho algunas compras para renovar el mueblaje,

y que fijaría un día de la semana para quedarse en casa. Esto me

pareció muy bien. De concepto en concepto, llegó hasta indicarme que yo

debía de ser muy desgraciado en mi celibato, y que me convenía casarme.

--Déjalo de mi cuenta --me dijo con cierto entusiasmo--. Yo te buscaré

la novia.

Esto me hizo pensar, pero pensar mucho.

Apenas llegué á Madrid y á mi casa, subí á ver á Camila, á quien

hallé contenta, como siempre. El manchego estaba haciendo café en

la cocinilla rusa, y ella cosiendo en una máquina nueva de Singer,

que había adquirido con parte de los ahorros destinados al caballo.

Esto me recordó mi promesa, que sería cumplida sin pérdida de tiempo.

Constantino elegiría á su gusto.

Dijo mi prima que iba á emprender la grande obra de las camisas. Ya

veríamos quién era Calleja. No quiso aguardar á otro día para tomarme

las medidas, y se puso á ello con entusiasmo, dando tales pases con

la cinta de cuero, que me avispé un tanto. «Pero estas camisas van

á tener más medidas que la catedral de Toledo...» ¡Qué mona estaba

y qué gitana!... ¡Ira de Dios! ¡casarme yo mientras aquella mujer

existiera!... Jamás de los jamases. Loca estaba la que ideó tal cosa.

¡Y que no estuviéramos en los tiempos legendarios para robarla y echar

á correr con ella en brazos, sobre alado caballo que nos llevase á cien

leguas de allí! ¿Por qué, Dios poderoso, se me había antojado aquélla,

y no ninguna otra? Pollas guapísimas, de honradas familias, conocía yo,

que se habrían dado con un canto en los dientes por que las requiriera

de amores; muchachas de mérito que me habrían convenido para casarme,

algunas de mucho talento, otras muy ricas, y, no obstante, ninguna me

gustaba. Había de ser precisamente aquélla, la borriquita que ya estaba

uncida al asno del Toboso. Aquélla, forzosamente aquélla, era la que se

me antojaba para mujer propia y fija, para recibir mis homenajes de

amor en lo que me restara de vida; aquélla nada más, y aquélla había de

ser, pesara á todas las potencias infernales y celestiales.

Cómo llegaría á ser mi querida, no se me alcanzaba; pero ella vendría

al fin. Aunque me hallaba un poco mal de salud, no paraba en casa.

Habíame entrado febril desasosiego y curiosidad por averiguar lo que

hacía Constantino fuera de la suya cuando salía, y si era tan formal

como su mujer pensaba. Porque descubriéndole algún enredo, me alegraría

seguramente. No era mi ánimo delatarle, sino simplemente tomar acta

y fundar en algo mis esperanzas de triunfo. Durante algunas tardes y

noches, le seguí los pasos, hecho un polizonte. ¡Qué papel el mío! Me

habría parecido risible é infame en otras circunstancias; pero tal como

yo estaba, completamente ofuscado y fuera de mí, parecíame la cosa

más natural del mundo. Siguiendo á mi amigo, deseaba ardientemente

verle entrar en donde su entrada me probase su ligereza y el olvido

de aquella fidelidad ejemplar de que Camila hacía tanta gala. Mi

desesperación era grande al ver que mi celosa suspicacia no podía

sorprender ningún acto ni aun indicio en que apoyarse. Alguna vez nos

tropezamos de noche cerca de alguna calle sospechosa. Yo le cogía por

la solapa, y con afectado enojo le decía:

--¡Ah! tunante, tú andas en malos pasos. Tú vienes de picos pardos.

Y él se reía como un bendito bruto. Tan seguro estaba en su conciencia,

que no me contestaba sino con una afirmación rotunda y tranquila.

--¡Parece mentira --insistía yo-- que teniendo una mujer como la que

tienes...! No te la mereces.

Y él se reía, se reía. La honradez pintada en su cara tosca me

declaraba su inocencia; pero yo volvía á la carga:

--Se lo contaré á Camila.

Y él, sin mostrar contrariedad, no decía más que estas breves palabras,

con sencillez grandiosa, que era toda una conciencia sacada á los

labios:

--No te creerá.

Y era verdad que no me creía, pues cuando alguna vez, en la mesa,

aventuraba yo alguna indicación, más bien con carácter de broma, Camila

se reía y bromeaba un poco también, diciendo:

--¿Conque en malos pasos... la otra noche...? Me parece que el que

andaba en malos pasos eras tú.

¡Él la miraba! ¡Qué mirada aquélla de rectitud sublime! Era como la

mirada profundamente leal y honrada de un perrazo de Terranova. Camila

le cogía la cara entre sus dedos flexibles, bonitos, encallecidos por

la costura, y estrujándosela decía:

--Déjate de bobadas, José María. Este animal no quiere á nadie más que

á mí.

Aquella fe ciega que tenían el uno en el otro era lo que me

desesperaba... ¡Que no vinieran los tiempos en que un hombre podía

evocar al Diablo, y previa donación ó hipoteca del alma, celebrar con

él un convenio para obtener las cosas estimadas imposibles! Yo quizás

no hubiera cedido mi alma sino á retroventa, para pagarla después de

algún modo, ó redimirme con oraciones y recobrar la que Shakespeare

llama _eternal joya_... Pero ya no hay diablos que presten estos

servicios; tiene uno que arreglarse como pueda.

Lo prohibido (tomo 2 de 2) · 第 16 / 56 题