II

Nada, nada, que el dichoso idilio no parecía por ninguna parte, ni

en la calma ni en la tempestad. Aquel naufragio de novela con que yo

soñaba no quería venir tampoco, y eso que una tarde... Veréis lo que

nos pasó. A lo mejor aparecióse por allí un barco de guerra, una de

esas carracas que sostenemos y tripulamos con grandes dispendios, para

hacernos creer á nosotros mismos que poseemos marina militar. Erase

el tal un vapor de ruedas, que tenía en buen tiempo la vertiginosa

andadura de cuatro nudos por hora. No servía para nada; pero era

novedad estupenda para estos pobres madrileños que nada saben de las

cosas del mar. Toda la colonia quiso verlo, y la Concha se llenó de

lanchas que iban hacia donde estaba fondeada la _petaca_. Los _gatos_

de Madrid se quedaban con medio palmo de boca abierta, admirando la

limpieza y el orden de á bordo, la gallarda arboladura, que no es más

que un adorno, la presteza con que los marineros suben como ratones

por la jarcia, la comodidad de las cámaras, el reluciente y limpio

acero de la artillería, la abundancia de los pañoles de galleta. Era

un jubileo. Nosotros fuimos también. ¡Pues no habíamos de ir...!

Tomé un bote y nos metimos en él los tres, con más Augusto Miquis,

su mujer y su cuñada. Más de una hora estuvimos á bordo, subiendo y

bajando escaleras, registrando todo, acompañados de un oficial. Cuando,

terminada la visita, volvimos á nuestro bote, nos sucedió un percance.

El mar estaba algo picado. Con los balances que hacía el bote al entrar

las personas, por poco zozobramos; después el marinero encargado

de que aquél arrimara bien á la escala del vapor se descuidó, y la

pequeña embarcación, ya llena de gente, metióse debajo de la escala.

El vapor entonces, en un balance, dió un fuerte golpe en nuestra proa

con el pico de la escala. Fué como si levantara el pie y nos diera una

patada. Por pronto que quisimos desatracar no pudimos, y al siguiente

balance, el pico de la escala entró en el bote, oprimiéndolo. ¡Que nos

hundíamos!... Fué un momento de pánico horrible. Grito de espanto salió

de todas las bocas... Nada, que nos íbamos á pique. Un bulto, una

mujer estuvo casi dentro del agua por el costado de estribor. Ciego,

me incliné para sostenerla. ¿Era Camila? Yo no ví nada: duró aquello

lo que un relámpago, y pasóme fugaz por la cabeza la idea de que yo

iba á realizar un acto heróico. ¡Confusión, gritos, agua!... La humana

forma que sostuve en mi brazo no era Camila, era la cuñadita de Augusto

Miquis. Gracias que al echarle mano me agarré al bote con la izquierda,

que si no, ¡sabe Dios...! Los brazos de la niña se me pegaron al

pescuezo como un pulpo, sofocándome de tal manera que me habría

sido muy difícil ser héroe. Quien hizo una verdadera hombrada fué

Constantino, que en el momento aquél rapidísimo del peligro, cogió á

su mujer, enlazándola con el brazo izquierdo, mientras echaba la zarpa

derecha á la escala del vapor. Se necesitaba para esto una agilidad y

una fuerza que sólo él tenía. Quedaron ambos suspendidos; y auxiliados

por dos marineros del buque, pronto volvieron á nuestro bote. ¡Ni

siquiera se habían mojado...! En fin, que todo quedó reducido á unas

cuantas magulladuras, remojones y un grandísimo susto. Pero convinimos

en que podía haber ocurrido una gran catástrofe. Pronto nos serenamos,

y remando hacia el muelle nos pusimos todos de buen humor, y no

hacíamos más que recordar los pormenores del lance, relatando cada cual

sus impresiones. Camila reventaba de satisfacción. ¡No se había mojado

nada! Apenas había cuatro gotas en su vestido. Y refería cómo le cogió

el bárbaro con aquella fuerza de Hércules, y cómo se vieron suspendidos

un instante á la escala, mientras el bote se iba á lo hondo. En toda

la noche no habló mi prima de otra cosa, ni quedó persona conocida en

San Sebastián á quien no refiriese el tremendo conflicto, abultándolo

con gallardas hipérboles... «El bote parecía tragado por la mar... la

escala subía... Constantino la cogió como una pluma y no le dijo más

que _agárrate bien_... El vapor se los quería llevar... vió los picos

de los palos rayando las nubes... se les fué la vista... el agua verde

causaba espanto, haciendo un gargoteo de mil demonios...»

Ya estaba yo arrepentido de haberme metido en aquel pueblo, donde jamás

se me arreglaban las cosas para pillar sola á Camila. Si ella hubiera

querido, no habrían faltado ocasiones; pero como las esquivaba por

todos los medios, de nada me valía que yo las buscase.

Descubrió el manchego una sala de armas en la ciudad vieja, y nos

íbamos todos los días allá. El ejercicio de la esgrima debía de ser muy

saludable combinado con los baños. Augusto nos acompañaba casi siempre

para presenciar nuestros asaltos. Su salvaje hermanito, en quien

era necesidad orgánica poner en variadas flexiones y contracciones

los poderosos músculos, hacía, antes ó después de tirar al florete,

ejercicios gimnásticos de los más rudimentarios. Se subía por una

cuerda, se colgaba de una barra, andaba largo rato en cuclillas.

Contemplábale yo con la admiración que inspira todo bruto incansable.

Quizás mi odio me hacía tenerle por más bruto de lo que era en realidad.

Pero sí: era un gañán, sin género alguno de duda. Si no lo probaran

otras cosas, lo probaría su maldita maña de divertirse con los

juegos de fuerza ó de manos, que, según dice el refrán, son juegos de

villanos. Sí: villanía es dar puñetazos sin venir á cuento, agarrarle

á uno la mano y apretársela hasta hacerle dar un grito, cogerle á uno

descuidado por la cintura y suspenderle en el aire, con otras gansadas

sin maldita la gracia. Tales juegos me cargaban. Yo le decía: «estate

quieto, no me busques.» (La confianza en que vivíamos nos había

llevado á tutearnos sin saber cómo.) Le tenía ganas: habría gozado

mucho dándole un buen porrazo, ya que el matarle no estaba en mis

sentimientos ni en las costumbres suaves de la época. A ratos eché yo

de menos las edades románticas en que se destripaba á cualquier rival

por un quítame allá esas pajas.

Un día concluímos nuestro asalto, yo rendido de fatiga, él tan campante

como si nada hubiera hecho. De repente empezó con las gracias villanas

que antes mencioné.

--Constantino, que te estés quieto.

Yo estaba nervioso, de muy mal humor, y con ganas de darle una zurra.

--Que no me busques, Constantino; que no quiero bromas...

Pero él dale que dale, tan pesadote que no se le podía aguantar. De

improviso, viéndome sobado y golpeado estúpidamente, nació en mí un

ardiente apetito de brutalidad; cegué, perdí el tino, no supe lo que

me pasaba, y echándole ambas manos á su pescuezo robusto, caímos,

rodamos... Él tenía más fuerza muscular que yo; pero el odio, según

creo, centuplicó las mías. La verdad es que le tuve un instante

acogotado, y gocé ferozmente en la extinción de su aliento. Recordando

después aquella escena, heme avergonzado y espantado de que los hombres

más pacíficos se conviertan tan fácilmente en fieras.

--Es demasiado --dijo Augusto, que empezaba á alarmarse--. Para juego

basta.

Mi fuerza, puramente nerviosa, por lo mismo que fué tan grande, duró

poco. El manchego se repuso, y desasiéndose, ganó pronto ventaja. No

tardé en estar debajo. Cogióme las manos, sujetándome los brazos con

el peso de su cuerpo; dejóme sin movimiento ni respiración, hecho un

lío, una momia. ¡Cómo ostentaba su poder ante mi debilidad! Así me tuvo

un rato, dueño de mí, mirándome y escarneciéndome como si yo fuera un

muñeco con apariencias de hombre.

--Muévete ahora --me decía, apretando más las argollas de hierro de sus

dedos.

Y tras esto soltó una carcajada de jayán vencedor, estúpida, mas no

rencorosa. Cuando aflojó, yo apenas respiraba. No tenía fuerzas ni

para despegarme del cuerpo la camisa. Él continuaba riendo, de un modo

franco y leal, que por esta misma cualidad me era más odioso.

--Bromas pesadas --repitió Augusto.

--Eres un bruto, Constantino...

Nos serenamos al fin. Él se reía, y yo disimulaba mi encono, figurando

tener también ganas de reirme. Todo había sido chanza, juego, gimnasia

de capricho... Declaro que le guardé rencor, y para mí decía con gozosa

esperanza: «En el mar nos veremos, gandul.»

Sí: en la mar era yo más fuerte, mucho más, porque nadaba muy bien, y

Constantino apenas se mantenía sobre el agua. Siempre nos bañábamos

juntos; era yo su maestro: enseñábale á mover los brazos; jugábamos

y saltábamos, cabalgando en las olas. Cuando Camila estaba en el

baño, hacía yo más, ¡oh! entonces hacía verdaderas proezas. Orgulloso

de aquella habilidad que aprendí en la niñez, alumno de la marítima

Inglaterra, esperaba á que mi borriquita estuviese presente para irme

muy afuera, muy afuera, hasta que ya no podía más. Decíanme todos, al

volver, que perdieron de vista mi sombrero de palma, lo que me llenaba

de satisfacción. Todas las personas reunidas en la playa estaban con

gran ansiedad y corrían murmullos de alarma. A mi triunfal regreso,

dando brazadas á las olas y abofeteando la espuma, era recibido con

vítores y plácemes. Yo me ponía muy hueco si Camila estaba presente;

si no, no. No veía más que á ella, saliendo de su caseta ya vestida,

colorada, fresca; y me decía con amable reprensión:

--¡Qué susto nos has dado! Creí que no volvías más. A ver si te dejas

de gracias.

Pues un día, el que sucedió á la escena de la sala de armas, nos

bañábamos, como siempre, todos á la vez. Entrambos Miquis hacían sus

pinitos sobre las olas. Constantino se me montó encima, hundiéndome un

rato en el mar. Salí furioso. Había llegado mi ocasión. Cegué otra vez,

y agarrándole por el cogote me sumergí con él, diciendo entre dientes:

--Traga agua, perro; trágala.

Un instante nos balanceamos en el agua; dimos contra la arena. Sentí

la sacudida hercúlea de mi víctima, que procuraba echarme la zarpa en

los apuros de la asfixia. Cuando salí á la superficie, pensé por un

momento que Constantino se había ahogado, y sentí terror. Camila,

que estaba lejos, empezó á chillar. Pero su marido salió de repente,

atontado, pataleteando, escupiendo agua, vomitándola... Su aparición

fué acogida con carcajadas por los circunstantes. Yo me reí también, y

braceando agujereé una ola. Creí que no me seguiría; pero impávido me

siguió, haciendo gestos de ira cómica, la única ira que en él cabía. Y

me acometió, saltóme á los hombros, y sus poderosas manos me hundieron

á su vez. Dentro del agua, oí una voz que llegaba á mis oídos con esa

vibración penetrante con que el mar transmite los sonidos. Camila

gritaba:

--Constantino, ahógale.

Estas palabras, rasgando la masa verde y movible del mar, parecían el

ras del diamante al cortar el vidrio... Y en verdad que al oirlas tuve

miedo, y creí que en efecto me ahogaba. Por suerte, ambos volvimos

pronto á la superficie, y nos acogieron las mismas carcajadas de antes.

Tuve que reportarme y disimular. Augusto decía:

--Juegos pesados y de mal género, que pueden ser peligrosos.

Camila reía también; pero yo no podía apartar de mi mente aquel

_ahógale_, que me parecía dicho con toda el alma: se me quedó dentro de

los oídos como cuando nos entra agua en ellos, y no la podemos extraer,

ni atenuar la gran molestia que produce. Salí del baño aturdido y con

despecho, que no excluía la vergüenza de haber sido tonto y brutal.

Después, al abandonar la caseta, donde permanecí largo rato procurando

serenarme, ví á los dos esposos correteando por la playa y recogiendo

conchas como dos inocentes. Nunca había estado mi prima tan hermosa.

Los baños de mar habían puesto el sello á su robustez gallarda.

Hablando de su apetito, lo pintaba con las hipérboles más graciosas.

«Se desayunaría con un cabrito si no fuera de mal tono... Sentía que

las chuletas no tuvieran izquierda y derecha para comérselas dos

veces... Por punto no devoraba una langosta entera.» Su asnito no le

iba en zaga en esto. Ambos tenían coloración tostada y encendida, por

efecto del sol, del agua de mar y de aquel apetito de la Edad de Oro.

Ambos revelaban el apogeo de la salud y del vigor físico, así como el

grado culminante de la alegría, que es consecuencia de aquel feliz

estado. El indiferente que les veía y les escuchaba no podía menos

de alabar á Dios ante una pareja tan bien dispuesta para los goces y

los trabajos humanos, ante aquel admirable tronco que arrastraba sin

esfuerzo alguno, relinchando de gusto, el carro de la vida.

Lo prohibido (tomo 2 de 2) · 第 14 / 56 题