Y ahora, ¿qué voy á decir de los defectos del señor Aguilera? He pasado
un rato delicioso escribiendo las anteriores líneas, sin curarme para
nada de ellos. Ni yo lo he sentido, ni acaso el lector lo sienta
tampoco. Encadenado al vuelo del poeta, vime suspenso un instante sobre
la tierra. Pienso (Apolo me perdone la injuria) que fuí poeta el espacio
de un relámpago. No es maravilla que me pese el salir de un grato sueño
para dar con verdades frías y amargas. ¡Es tan triste acostarse poeta y
despertar crítico! Pero Dios lo quiso, y el editor también. ¡Seamos
críticos!
No satisfecho el Sr. Aguilera con expresar lo que sentía bien,
verbigracia, los afectos más arriba indicados, quiso también cantar en
más de una ocasión lo que sentía mal ó no sentía de modo alguno. De aquí
han nacido todos sus defectos. En el crecido número de sus composiciones
se encuentran no pocas endebles, fatigosas y descoloridas, sobre todo en
el _Libro de las sátiras_, no tanto por falta de primor y elegancia en
la forma (que rara vez acontece), como por falta de verdad y de brío en
la inspiración. El Sr. Aguilera ha incurrido en un vicio, harto
frecuente por desgracia en nuestra época; el de acudir á lugares
comunes, á frases llevadas y traídas por todos los que comercian con las
Musas. Los lugares comunes en filosofía admiten excusa y hasta prestan
utilidad, mas en el Parnaso son rechazados y perseguidos como animales
dañinos. No es posible encarecer bastante el horror con que las Musas
miran la poesía de estereotipia, tan en boga al presente. Dicen ellas, y
yo soy de su opinión, que cuando el poeta no tiene nada nuevo que decir
ó no encuentra nueva forma en que expresarlo, debe callarse.
Puesto ya á censurar, también diré que el señor Aguilera introduce
alguna vez en sus poesías lecciones de moral que encajarían mejor en una
plática de Semana Santa. Una cosa es componer poesías, y otra dirigir
pastorales á los católicos de una diócesis. También diré que acostumbra
á desleir sobradamente los conceptos, dando esto por resultado el que se
pierda, ó debilite al menos, el efecto que deben producir, comunicando
al propio tiempo á sus composiciones cierta languidez, que alguno
pudiera calificar de inanición. También diré que la afición á poner
estribillo en una gran parte de sus poesías, produce en ciertos casos el
efecto apetecido de moverlas y animarlas; mas en otros, quizá por
rechazarlo la índole del asunto, ó por no acertar á poner el que
conviene, las hace pueriles unas veces, y otras artificiosas.
Pero no diré más; que ya me voy avergonzando de echar en cara estas
menudencias á un tan insigne y excelente poeta.
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