D. GASPAR NÚÑEZ DE ARCE

[Illustration: A]UNQUE parezca descortés y hasta irreverente dar

comienzo á la semblanza de un poeta con una apología de la prosa, tengo

razones poderosas para escribirla, y la he de escribir, si en ello

hubiera de irme la fama de atento y comedido. No la escribo porque tenga

en aborrecimiento el verso; que el hecho mismo de consagrar mi pobre

ingenio al estudio de los poetas dice bien claramente lo contrario.

Tampoco porque juzgue, como algunos, que es el verso un lenguaje propio

de la infancia de los pueblos y opuesto á la gravedad de nuestra época,

y que ha de llegar un día en que desaparezca totalmente. Para mí el

verso es y será eternamente el lenguaje genuino de la poesía. Y cuenta

que lo dice un hombre tan pudoroso en esta materia, que para él las

columnas de _La Ilustración Española y Americana_ son selvas vírgenes

donde nunca ha osado poner el pie: incapaz, por consiguiente, de meterse

con nadie ni de escribir un mal soneto, á no ser que le hurguen mucho y

de mala manera: en cuya fe quiere vivir y espera morir. Mas el verso,

como todas las grandezas de la tierra, no necesita apologistas. Por el

hecho de existir pregona su excelencia; mientras la prosa, la prosa vil,

al tenor de las causas malas, necesita campeones que salgan á su

defensa. No es bizarro el que ahora se presenta, pero sí bastante

cazurro, y ha de suplir, ciertamente, con zancadillas y trazas de mala

ley lo que le falta de arrojo. Mucho cuidado con él.

La prosa no es bonita, debo confesarlo, pero no me nieguen ustedes que

es muy expresiva. Tiene las facciones abultadas é incorrectas, le falta

majestad y dulzura en los movimientos, es áspera, indómita y arisca,

todo lo que ustedes quieran; pero no me nieguen ustedes que es muy

expresiva. ¡Oh, sí, es muy expresiva! El alma se ve muy pronto por sus

ojos grandes y oscuros. En sus posturas descuidadas y caprichosas, en

sus movimientos desordenados y bruscos, en sus arrebatos y en sus

desmayos, hay á veces mucha gracia. Y luego, ¡tiene unas salidas! Nunca

puede estar tranquila ni caminar con paso mesurado y sereno. Á cada

instante se siente acometida por la necesidad de alargarlo ó acortarlo.

Viene un período amplio, terso y sonoro, de esos que piden á todas horas

los pseudo-clásicos, sin saber lo que piden; en pos de él, otro breve y

palpitante como el corazón que lo dicta. Aparece uno suave y

almibarado, como el requiebro de un adolescente, y á toda prisa surge

detrás otro seco y áspero que le deja cortado. La prosa, en fin, odia de

muerte la monotonía, y procura demostrárselo en cuantas ocasiones se

presentan. Quizás por eso se eleva rara vez al cielo. El cielo es

hermoso, pero es monótono.

Mas si no consigue volar por el cielo sereno y límpido, en cambio

discurre admirablemente por la tierra. Alguna vez se mancha con sus

lodos y se pincha con sus abrojos, pero sabe lavarse inmediatamente en

sus claras fuentes, y curarse con el bálsamo de sus flores. No se

desdeña de andar á pie por los parajes más escabrosos, ni penetrar en

los lugares más humildes. A menudo se la ve pararse ante un objeto

ínfimo y despreciable, iluminándolo y describiéndolo con amor. Á veces

también, á semejanza del mar, sabe reflejar el azul del cielo.

No se me oculta, sin embargo, que se la mira generalmente con desprecio.

No se me oculta que al ver á la prosa entrarse por un hospital, por una

fábrica ó por una taberna con la mayor frescura, y ponerse á referir

cuanto allí ocurre, por insignificante y hasta despreciable que sea, hay

muchos que dicen pestes de ella, y se creen humillados al leer lo que

juzgan indigno de toda atención. Sé de sobra que hay mucha gente para

quien no existe ni puede existir arte alguno en la descripción del catre

en que duerme un niño desamparado y pobre, ó en la de la faena de un

rudo labrador, ó en la del tocado breve y sencillo de una costurera.

¡Ah! Tal vez se figura esa gente que no se encuentra á Dios más que en

la sublimidad de la bóveda celeste poblada de astros luminosos, á cuyo

lado el que habitamos no es más que un leve grano de arena. Si tal se

figura, es que no ha mirado jamás en una gota de agua por el lente de un

microscopio. Habiendo mirado, no dejaría de comprender al instante que

es tan fácil llegar á Dios por lo infinitamente pequeño como por lo

infinitamente grande.

Tampoco la prosa carece de ritmo en absoluto. Su ritmo es mucho más

hondo y arcano que el del lenguaje métrico, mas no por eso deja de

existir. Un oído delicado lo percibe como blanda y recóndita música

dentro de una selva oscura. ¿Quién osará negar el ritmo, el número y la

armonía á la prosa de Cervantes, Fenelón ó Manzoni? No seré yo quien

cargue con semejante responsabilidad. Lo que hay es que el ritmo de la

prosa no es uniforme y continuo como el de la versificación. Los vientos

del pensamiento lo agitan á su capricho y le hacen variar á cada

instante de rumbo, sin darle jamás punto de reposo. La prosa, mejor que

el verso, obedece á las insinuaciones del espíritu, dejándose llevar

cual dócil pluma, unas veces por regiones serenas y tranquilas, otras

por parajes revueltos y oscuros...

Pero basta ya de panegírico; que tal suma de perfecciones voy acumulando

sobre la prosa, y tan devoto de ella me presento, que temo murmuren las

malas lenguas.

Llegó el instante, por mí bastante temido, de dar explicaciones sobre

las causas que engendraron este inoportuno panegírico. Y ála verdad, si

ustedes pudieran pasarse sin ellas, me alegraría en el alma, porque no

tengo deseo alguno de manifestarlas. Mas ustedes no pueden pasar sin

explicaciones, por más que la galantería les mueva á decir otra cosa, y

aunque me pese, creo hallarme en la obligación de remediar su justa

curiosidad.

¿Y por qué siento dar explicaciones? Dirélo de una vez: porque temo que

estas explicaciones no agraden al Sr. Núñez de Arce. Tal temor, si bien

se nota, es más lisonjero que ofensivo para el Sr. Núñez de Arce, puesto

que si yo no le respetase y admirase muy de veras, á buen seguro que no

me turbaría más ni menos. Mas, por desgracia, sé lo peligroso que es

decir á una mujer hermosa que no es la más hermosa del mundo, ó á un

poeta inspirado que no es el más inspirado de todos los poetas. Desde

Homero hasta Revilla, no ha habido jamás poeta alguno que escuchase con

calma una afirmación parecida. Compadézcanse ustedes de mi situación, y

por Dios me den algunos alientos, que harto los necesito. Comienzo.

Reconozco, como tendré ocasión de mostrar en el presente artículo,

muchas y notables dotes de poeta en el Sr. Núñez de Arce, mas he dado en

imaginar que las tiene aún más notables y sobresalientes de prosista.

En las cortas páginas que lleva escritas en prosa, he pensado reconocer

casi todas las cualidades que distinguen á los grandes prosadores;

flexibilidad, número, concisión, elegancia, naturalidad, energía. Si se

me apurase, tal vez llegara á decir que en el género histórico es donde

pudiera alcanzar mayores lauros. Tengo la creencia de que si el señor

Núñez de Arce hubiese dedicado su pluma á la historia, dejaría

oscurecidas, por lo que toca al aspecto literario, las glorias de todos

nuestros historiadores, excepto Mariana. Y aquí me salta al encuentro

cierta semejanza que hace tiempo he observado entre nuestro poeta y otro

de la nación portuguesa: Alejandro Herculano. A entrambos los

caracteriza la austeridad del pensamiento, la virilidad y firmeza del

tono y la sobriedad de la dicción. Pero Alejandro Herculano, que no pasa

de notable poeta, fué un eminentísimo prosista, el más eminente quizá de

cuantos ha producido la Península Ibérica, en este siglo, dejando, como

es sabido, en la historia y en la novela monumentos perdurables del arte

literario. ¿Sentirá ahora el Sr. Núñez de Arce que le compare á

Herculano?--Lo sentirá, estoy seguro de ello; y lo sentirá, porque la

comparación, como dicen los filósofos, sólo es exacta _en potencia_,

dado que el Sr. Núñez de Arce no ha querido hasta el presente mantener

relaciones duraderas con la prosa. Respetando, como me cumple, su

acuerdo en este punto, permítaseme deplorarlo, en gracia siquiera de la

desgraciada defensa que de aquélla acabo de hacer. Y ya no necesito

decir más para explicar el raro modo de dar comienzo á este artículo.

Mas ya que me veo forzado á juzgar en el Sr. Núñez de Arce al poeta y no

al prosista (como fuera mi gusto), debo empezar declarando que ciertas

cualidades que el Sr. Núñez de Arce posee en alto grado, esenciales para

el prosador, no lo son tanto en mi concepto para el poeta, á saber: la

concisión y la energía. Nada más frecuente, cuando se quiere ensalzar la

musa del Sr. Núñez de Arce, que apellidarla viril, como si con este

adjetivo quedase hecha su apología por completo y no hubiese más que

decir. Es más: hasta he leído juicios críticos en que se considera esta

cualidad como la más alta y suprema que el poeta puede recibir del

cielo. No lo entiendo yo así. ¡Medrados estaríamos si no hubiese más que

virilidad y fuerza en la poesía, si el poeta hubiese de cantar por

necesidad á todas horas asuntos ó temas viriles! Tanto valdría afirmar

que en el terreno metafísico, la belleza y la forma se confunden. Por

fortuna no es esto cierto en ningún terreno. El elemento femenino ha

jugado, juega y jugará un papel principalísimo dentro del arte. En la

humanidad, la belleza no está representada por el hombre, sino por la

mujer. Y la naturaleza, si es sublime en sus aspectos ó momentos

terribles, bella no lo es más que en los de calma y sosiego, y en los

lugares apacibles y amenos.

Tampoco hay que confundir la energía de la expresión, que es ingénita á

todo el que se halla bien penetrado de un sentimiento, sea éste tierno

ó viril, con la índole de los afectos que animan al poeta. Espronceda es

más enérgico para mí en su _Canto á Teresa_ que Quintana cantando el

combate de Trafalgar. Y es porque, á mi entender, le tenían con más

cuidado á Espronceda las liviandades de su querida, que á Quintana la

derrota de la escuadra hispano-francesa.

Por lo dicho, y por algo más que me callo, no soy tan gran admirador

como otros de los poetas viriles (cuando la virilidad reside en la

naturaleza del asunto ó en el tono, y no en la mayor ó menor energía del

sentimiento). Así que no doy la estimación que aquéllos á la virilidad

del Sr. Núñez de Arce. Pudiera muy bien ser más viril que Adán, padre

del género humano, y no tener pizca de poeta. Si lo es, y excelente, no

lo debe á los temas viriles que elige para sus composiciones, ni al tono

elevado que adopta para cantarlos, sino á su ingenio y fantasía.

En cuanto á la concisión, cierto que es una dote que puede cuadrar bien

á un poeta; pero no le es tan indispensable como al prosista. Conviene

distinguir además la concisión ó sobriedad de la frase de la precisión y

fijeza de los conceptos. La primera puede enaltecer las producciones de

un poeta: la segunda no hace más que confundirle con el prosador. El

verso es semejante á la música, y como ésta, sirve para expresar lo más

vago, lo más delicado, lo más inefable de los sentimientos humanos.

Cuando se le obliga á decir cosas que la prosa puede expresar tan bien

ó mejor que él, á mi juicio, se le desnaturaliza. Esto hace en ocasiones

el Sr. Núñez de Arce. Algunas de las composiciones insertas en los

_Gritos del combate_ parecen escritas en prosa sonora y rimada, y

semejan manifiestos políticos en verso, más que verdadera y limpia

poesía.

¿Llevará, por ventura, la musa política el feo vicio del prosaísmo? No

lo sé; mas cuando echo la vista á los frutos que ha dado en este siglo

dentro y fuera de España, me siento inclinado á pensarlo. Aunque fijemos

nuestra atención en lo más selecto, por ejemplo, en Quintana y Beránger,

yo encuentro el prosaísmo (el prosaísmo del concepto y del sentimiento,

que es mil veces peor que el de la frase) cebándose sañudamente en un

gran número de sus composiciones, por más que el primero aspire á

disfrazarlo con la pompa del estilo, y el segundo con su donaire. Me

parece que en esto no hago más que seguir la opinión general, porque la

fama de ambos poetas ha desmedrado notablemente con el tiempo. No quiero

decir, sin embargo, que la política no pueda inspirar en ocasiones á los

poetas grandes, bellos y atrevidos pensamientos, aunque sí imagino que

la política antigua, entregada al acaso ó á los golpes de la fortuna y á

la espontaneidad de las fuerzas individuales, servía mejor para el caso

que la moderna, sometida casi por completo á una serie de reglas

complicadísimas que la convierten en una maquinaria inflexible y

monótona. Padilla luchando á campo abierto en Villalar con el emperador

Carlos V, es una figura poética; pero un general que se pronunciara hoy

con unos cuantos batallones en favor de la _descentralización_, no lo

sería gran cosa. Y es porque en el instante en que las ideas dejan de

formar parte de nuestra vida, de nuestra carne, si pudiera hablar así,

como en el caso de Padilla, para convertirse en abstracciones, se

deshace su encanto. El poeta no quiere abstracciones, sino figuras

vivas, imágenes, algo visible y palpable que infunda calor en su corazón

y en su fantasía. El Sr. Núñez de Arce ha caído en el mismo vicio que su

maestro Quintana, y como él ha procurado velar lo descarnado y prosaico

del pensamiento con la magnificencia del estilo. Esto no obstante, debo

hacer una declaración que va á estremecer profundamente muchas orejas

clásicas. Para mí, el discípulo posee más cualidades de poeta que el

maestro. Está muy lejos de superarle, ciertamente, en la profundidad del

pensamiento, ni en el vigor y armonía de la elocución poética, pero le

lleva ventaja en el calor y riqueza de la fantasía, que, por más que á

ello se opongan los pseudo-clásicos, es lo que eternamente caracterizará

al poeta. No manejará la lengua con tanto imperio y maestría, ni

escribirá unos versos tan audaces como los de Quintana, pero éste

tampoco escribiría ni el _Idilio_ ni el _Raimundo Lulio_ de nuestro

poeta.

No es sólo la política la que inspira al Sr. Núñez de Arce, aunque sí le

preocupa con exceso. Hay otro orden de pensamientos que le atraen, le

alteran y le mortifican, como puede verse leyendo sus _Gritos del

combate_; y son los del orden religioso. No me asombra. Las cosas de

ultratumba nos traen revueltos á muchos que no tenemos nada de poetas.

Hasta aquí, por consiguiente, el Sr. Núñez de Arce no es más que uno de

tantos. Conviene ahora saber si esta preocupación constante de la mayor

parte de los hombres en el día inflama su espíritu y le presenta nuevas

y originales bellezas, pues es de lo que se trata.

Nuestro poeta se empeña en hacernos creer que su espíritu vive presa de

la duda más cruel, que no puede deshacerse de ella, que en todos los

parajes y ocasiones le acompaña y le persigue, etc., etc. Y á la verdad,

lo que se vislumbra en las poesías del señor Núñez de Arce no es un alma

atormentada por la duda, sino un hombre descreído que echa menos sus

perdidas creencias. Esto, que hasta cierto punto es una falta de

sinceridad, de la cual tal vez el mismo poeta no se dé cuenta perfecta,

contribuye poderosamente á que tales poesías no hieran la fantasía ni

conmuevan el corazón de quien las lee. Otra razón hay para que estas

composiciones, bien entonadas, correctas y armoniosas, no nos hieran muy

vivamente; y es que los pensamientos en ellas esparcidos tienen más de

científicos que de poéticos. Son los pensamientos que se ocurren á un

hombre de talento, y no á un poeta. El Sr. Núñez de Arce no ha sacado

partido del estado de incertidumbre ó de incredulidad en que

necesariamente han de vivir los poetas de esta época. Byron, Schiller,

Heine, Musset, Leopardi y otros varios, han creído, han dudado, han

descreído. Todo esto se trasluce con bastante claridad en sus obras,

aunque ellos muy rara vez nos lo digan concretamente. Y la enfermedad

que les devora presta á sus poesías diversas tintas ó colores, según los

estados por que atraviesa; unas veces oscuros y lúgubres, otras vagos y

desvaídos, otras dulces y melancólicos. Pero siempre, siempre buscando

la belleza con admirable instinto. Así que, para mí, sus figuras son

mucho más interesantes y amables que la del Sr. Núñez de Arce, el cual

se revuelve airadamente contra su siglo y contra Voltaire, Darwin y todo

el cortejo de filósofos modernos, á quienes achaca la culpa de que él no

viva feliz y satisfecho. Es muy lamentable; mas para el arte es aún más

lamentable que la duda ó el esceptismo no hayan logrado descubrir

tesoros de más valía dentro de su espíritu.

Los defectos que dejo apuntados proceden, si no en todo, en gran parte

al menos, de que el Sr. Núñez de Arce no está completamente en su cuerda

en la poesía lírica. La índole de su ingenio y de su inspiración es

mucho más épica que lírica. Y si fuera permitido á un hombre humilde y

desautorizado, como yo, invocar el auxilio de dos palabras tan augustas,

diría que es más objetiva que subjetiva. Lejos de mi la idea de entrarme

de rondón, por esto, en el dominio de las divisiones literarias. Entre

todos los españoles que saben leer y escribir, no habrá otro menos

amigo de clasificaciones. Creo que las divisiones en el arte son como

las que se hacen en el mar: tan pronto hechas como borradas. Pueden los

retóricos á su antojo dividir el arte en géneros, á semejanza de los

astrónomos que dividen el firmamento en zonas para mejor estudiar sus

estrellas. Dios en el cielo y el poeta en el arte nunca tendrán en

cuenta para nada tales divisiones. Mas una cosa es trazar

clasificaciones y otra determinar el carácter y naturaleza de la

inspiración de un poeta. Á esto únicamente me dirijo cuando digo que el

Sr. Núñez de Arce es más épico que lírico.

Como poeta lírico, carece de aquella delicadeza y escrupulosidad con que

los grandes modelos exploran todos los pliegues de su alma y sondean sus

más profundos misterios; carece de aquella exquisita sensibilidad que

les mueve de un modo irresistible á exhalar sus afectos. Pero en cambio

su imaginación viva y osada, su briosa entonación y su maestría para

describir y narrar, le están pregonando como un gran poeta épico. Así lo

ha comprendido él mismo al cabo, decidiéndose á escribir algunos poemas

que son los cimientos más seguros de su gloria. Entre ellos, dos, el

titulado _Raimundo Lulio_ y el que por un extraño capricho titula

_Idilio_, compiten con lo más hermoso y selecto que este siglo puede

ofrecer en poesía á los futuros.

El _Idilio_ es una prueba más de que en la vida lo pequeño es muchas

veces lo grande. Casi tantas como lo grande es lo pequeño.

¡Lo pequeño y lo grande! ¿Quién se atreverá á decidir sobre uno y otro?

Cuando niños nos hacen llorar cosas que hacen reir á los hombres. ¿Me

negaréis que aquellas lágrimas son tan sinceras y tan vivas como todas

las demás que se vierten en el mundo? Cuando jóvenes nos desesperan ó

nos arrebatan de alegría ciertas cosas que los viejos desprecian. En

cambio los jóvenes suelen mirar con soberano desdén otras que preocupan

á los viejos. Y si esto acontece en un mismo hombre, ¿qué no sucederá

entre hombres diferentes? Preguntadle al comerciante de enfrente qué es

lo que opina del ruido que hacen las hojas al caer ahora por otoño.

Preguntadle á un poeta qué juzga de la subida de los algodones.

Preguntadle á una madre que ve á su hijo partir á la guerra qué es lo

que opina de la autonomía de los Estados. Preguntadle á un diplomático

cuánto le preocupa el dolor de aquella madre. ¡Lo pequeño y lo grande!

¿Quién se atreverá á decidir sobre uno y otro?

El asunto ó tema del _Idilio_ del Sr. Núñez de Arce quizás será para

otros muy pequeño; para mí es muy grande. La amistad cándida y pura de

un niño y una niña que crecen bajo un mismo techo, transformada por

virtud de la edad y de cierta separación en amor apasionado: el término

fatal que la muerte viene á dar á este naciente amor. Así es el tema en

resumen. He dicho que para algunos tal vez será pequeño, porque los

hombres suelen á menudo burlarse de estos afectos ó pasiones de la

adolescencia y llamarlos niñerías. Quizá tengan razón; mas antes que yo

se la dé, precisa que me demuestren que los afectos ó apetitos que

después cautivan su alma valen más que estas niñerías. Que estos hombres

pongan la mano en su pecho y me digan ingenuamente si á los cincuenta

años de edad se sienten más nobles, más desinteresados, más valerosos,

más compasivos y más prontos al sacrificio que á los diez y ocho. Que me

digan también si los sustanciosos devaneos de la edad viril les han

proporcionado más goces y menos remordimientos que los amores tontos y

platónicos de la adolescencia. Así que me lo digan (y yo los crea),

renunciaré de buen grado á parar mientes en tales menudencias. Mientras

tanto, no extrañen ustedes que adore estas niñerías, considerándolas

como flores que exhalan su fragancia, no sólo por los años en que viven,

sino aun por toda la existencia cuando se guardan como preciosas

reliquias dentro del corazón. Sigamos ahora con la niñería del Sr. Núñez

de Arce.

Aunque no tenga á la vista su precioso _Idilio_, y lo haya leído hace ya

bastante tiempo, recuerdo muy bien todos sus detalles; prueba

incontestable de que me ha impresionado fuertemente. Recuerdo aquella

partida del estudiante novel á la ciudad, aquel caballo overo que

aguarda á la puerta, aquella tierna despedida de la madre, la reprimida

aunque no menos tierna del padre, y la triste y candorosa de la huérfana

que ha sido su compañera; recuerdo su gozosa vuelta, sus inocentes

recreos, aquel carro del vecino en que tornaba á su casa por la tarde;

recuerdo aquella esquivez incomprensible para él de su compañera de la

infancia; recuerdo aquella tarde en que á solas con sus pensamientos

trepa al castillo derruído, y la magnífica descripción que el autor hace

entonces de los campos de Castilla, la tempestad que le sorprende en

aquel sitio y su fatal caída; recuerdo aquel rostro angelical que el

estudiante ve siempre cerca de su lecho, y que apenas se pone bueno

desaparece; recuerdo aquella delicada y naturalísima declaración de

amor, las nobles promesas de la madre, la nueva partida, la nueva

vuelta... En fin, lo recuerdo todo, y todo me encanta hasta un grado

indecible. Yo sé dónde está el secreto del hechizo que para todo el

mundo tiene este poema. Sí, yo lo sé. No hay en él otro secreto que la

verdad del sentimiento. Créanme ustedes, cuando un autor siente una

cosa, tiene mucho adelantado para hacer sentir con ella á los demás.

De muy distinto modo, pero no con menos fuerza, me ha impresionado la

lectura de _Raimundo Lulio_. Trátase de un personaje tan insigne, y al

mismo tiempo tan misterioso, que cuanto á él se refiera no puede menos

de tener mucho interés y excitar la imaginación. Raimundo Lulio es el

faro que desde una isla del Mediterráneo esclarece las tinieblas de la

Edad Media.

Lo que sirve de argumento al poema es un episodio de su vida terrible

hasta lo sumo, y tan dramático... Pero antes de pasar más adelante,

necesito escribir una carta al Sr. Núñez de Arce. Suplico á ustedes el

favor de entregársela en propia mano y no leerla por el camino.

Sr. D. Gaspar Núñez de Arce.

Muy señor mío y de mi mayor aprecio: Si algo puede con usted la

sincera admiración, y aun el cariño que le profeso, acoja con

indulgencia la respetuosa súplica, con honores de consejo, que voy

á hacerle.

Por su propio interés y por el de la poesía española, que tiene en

usted un tan ilustre representante, le ruego que cuando llegue el

día de dar á la estampa una nueva edición de su RAIMUNDO LULIO, vea

de modificar, enmendar, ó para mejor hacer, suprimir la

introducción que le pone, dedicada «á un amigo de la infancia». Las

razones que para desear tal supresión tengo son las siguientes:

1.ª La introducción me parece, á más de inoportuna, prosaica, y que

no corresponde al tono inspirado y majestuoso del poema.

2.ª Las pestes que usted dice en ella de la ciencia me parecen

indignas de quien se llama á renglón seguido «hijo de su siglo».

3.ª El supuesto de que Raimundo Lulio, desengañado de la ciencia,

cuyo símbolo es Blanca de Castelo, dijo adiós al mundo me parece

falso. Lo que se saca de la vida de este varón, siendo también lo

más lógico, es que, desengañado del mundo, buscó abrigo en la

religión y en la ciencia.

4.ª Aun concediendo que todo fuese cierto, nunca debió usted

declarar que Blanca de Castelo es un símbolo. Estas declaraciones

se dejan para los críticos, retóricos y demás gente menuda. El

poeta debe amar los hijos de su fantasía como si fuesen de carne y

hueso; por lo que son, y no por lo que pueden representar.

Perdóneme el atrevimiento, en gracia del afán que siento por no ver

deslucida una joya de tanto precio. Y considere que convertir una

figura hermosa y divina, como la de Blanca de Castelo, en una

abstracción, es un sacrilegio casi tan grande como el de su amante

al penetrar en el templo á caballo.

Suyo, devoto y afectísimo,

Semblanzas literarias · 第 74 / 93 题