II

Decía más arriba, á vueltas de una digresión con la cual no contaba, que

el Sr. Aguilera había nacido poeta. Añado ahora que nació poeta dulce,

ameno, delicado y tierno. En la resignación y sosiego que se observa en

todas sus composiciones trae al recuerdo al maestro Fray Luis de León y

á San Juan de la Cruz. Los huracanes de la vida no han formado jamás en

su alma medrosas tempestades. Las nubes volaron ligeras por ella,

dejando siempre descubierto un fondo azul. Y en ese fondo azul,

reverberante de luz, nadan como brillante polvo de oro los más gratos

sueños y los más nobles sentimientos del corazón. Y ese fondo azul, esa

eterna y pura alegría del alma es la que se descubre bajo todas las

composiciones de Aguilera, aun bajo aquellas que están inspiradas por un

sentimiento triste.

Mirad á un cielo azul: ¿qué es lo que veis? Lo primero que se ve en un

cielo azul es á Dios. El autor de estas líneas cree haberlo visto

algunas veces cuando niño, á fuerza de abrir mucho los ojos hasta que le

dolían, y pasando horas enteras tendido con el rostro vuelto al

firmamento. Después, viniendo los años, perdió la costumbre de pasar las

horas enteras mirando hacia arriba, porque necesitaba á todo trance

estudiar la ley de organización del poder judicial. Y sucedió que, en

cierta ocasión en que muy festejado y risueño se tendió como antes para

verlo, no lo consiguió. Pero allí estaba. Lo sabe porque otras veces

miró con semblante mucho menos risueño y lo halló fácilmente.

De la misma manera, lo primero que se encuentra en el fondo azul del Sr.

Aguilera es á Dios. No busquéis en sus composiciones arrebatos místicos,

ni explosiones de entusiasmo por la fe ni encendidas diatribas contra el

impío, ni siquiera _gritos del combate_ con la duda amarga. Pero late en

ellas el amor sincero á lo divino, porque son tiernas, sencillas y

bellas, y Dios no puede estar lejos de lo que es tierno, sencillo y

bello. Los cuatro versos de algunos de sus cantares infunden más fe en

el alma que cien tomos de controversia teológica. Son cuatro versos que

abren por un instante las diamantinas puertas del cielo y dejan entrever

lo que hay dentro. ¡Qué más se les puede pedir!

Cuando trata directamente un asunto religioso, como en la _Leyenda de

Noche-buena_, lo hace con una verdad, con una sencillez, con un

sentimiento tan vivo y tan fresco de los inefables misterios de la

Religión, que necesitamos acudir á los recuerdos de la infancia para

hallar algo parecido en nuestra alma.

El Sr. Aguilera, en este caso, es un hombre que describe y expresa con

fidelidad asombrosa los frescos y puros conceptos de un niño. Léanse, en

confirmación de mi aserto, los siguientes versos que tomo de esta

leyenda:

--Golondrinas que en rápido vuelo,

Os tendéis por la atmósfera azul:

¿Dónde vais, dónde vais, golondrinas?

A quitar las agudas espinas

De la angustia que siente Jesús.

--Si Jesús en Belén ha nacido

Coronada su frente de luz,

¿Qué corona, decid, golondrinas,

Qué corona de agudas espinas

Atormenta al divino Jesús?

--Si los hombres sois ciegos del alma

Y con ella no veis su dolor,

Viendo están, viendo están golondrinas,

Que aunque niño, corona de espinas

Ya en su espíritu lleva el Señor.

Hoy nosotras, con pío amoroso,

Templaremos su interna aflicción;

Vendrá un día que irán golondrinas

A quitar en la cruz las espinas

Que la frente herirán del Señor.

¿Qué más se ve en el fondo azul del señor Aguilera?--El amor á su

patria; el amor á la tierra española.

¡La patria! ¿Qué es la patria?--La patria es un hombre andrajoso y sucio

que se estrecha con efusión en una soledad de América ó de Asia; la

patria es una frase de desprecio que se pronuncia allá muy lejos, donde

no brilla el sol ni huele el azahar, y hace correr la sangre por el

suelo; la patria es un canto que suena de noche en una ciudad de

Inglaterra ó Alemania, haciendo saltar una lágrima á los ojos de un

hombre que lee en su gabinete; la patria son unos batallones de

soldados barbilampiños y morenos que llegan de Africa, y entran en

Madrid con música y banderas desplegadas; la patria es el gentío inmenso

que se arroja gritando á su paso, ebrio de entusiasmo y orgullo; la

patria, últimamente, es una cosa que no se puede definir, como acontece

con otras muchas.

¿Los españoles tenemos patria?--Unas veces se me antoja que sí; otras

que no. Lo que no ofrece duda es que trabajamos todo lo posible por no

tenerla. Hace muchos años que los españoles empleamos lo mejor del

tiempo en zaherir á nuestra patria con la lengua y con la pluma, y en

desgarrarla con la espada. Sería un milagro que quedase todavía algo de

ella.

Por otra parte, la patria ha pasado de moda. Los filósofos han

demostrado recientemente que el sentimiento patriótico no se acuerda con

las exigencias cada día más amplias y universales del espíritu humano.

Es un sentimiento primitivo y grosero, que se aloja por lo común y

arraiga con extremada fuerza en los hombres de inteligencia inculta y de

carácter bravío.

Lleno mi espíritu de estas ideas cosmopolitas y filosóficas, enderecé

mis pasos alguna vez al Museo del Prado. Mi objeto ostensible al dar

este paseo era ver y recrearme con las pinturas que allí hay; mas en el

fondo de mi corazón latía también el deseo de inculcar á los chisperos y

manolos que figuran en el célebre cuadro del _Dos de Mayo_, de Goya,

alguna de las ideas generales y comprensivas de que iba saturado. Es

imposible imaginarse nada más salvaje que la actitud de aquellos

chisperos desharrapados, con los brazos en alto, erizados los cabellos,

los ojos amenazando saltar de las órbitas, frente á las bocas de los

fusiles franceses, y gritando al parecer con todas sus fuerzas:

¡¡¡Fuego!!!

No conseguí mi objeto. En vano quise persuadirles de que aquella

actitud, si bien en otra época tenía razón de ser, mirando al estado del

progreso, en los momentos actuales era completamente inexplicable, y se

hallaba en abierta oposición á la doctrina corriente entre los

tratadistas. En vano les demostré como pude que el concepto de humanidad

era superior al de patria, y que éste, como más limitado y primitivo,

debía subordinarse siempre á aquél. No querían escuchar nada; no

atendían poco ni mucho á mis razones, y quedaron, como es fácil colegir,

tan ignorantes y bárbaros como antes. De tal modo, que aún podéis verlos

cuando queráis, firmes en su cuadro y cubiertos de sangre, siempre con

los brazos en alto y los cabellos erizados, gritando como energúmenos:

¡¡¡Fuego!!!

Mucho me holgaría de que lo que voy á decir en este instante no lo

escuchase ninguno de los varones que siguen con ahinco y amor los pasos

de la ciencia.

Cierta tarde en que me hallaba frente al mencionado cuadro, amonestando

á aquellos salvajes, como tengo por costumbre siempre que me pongo al

habla con ellos, me distraje al parecer con un rayo de sol, que vino de

repente á herir á un manolo en el rostro. Al mismo tiempo una mosca

grande y azulada empezó á zumbar confusamente algunas cosas á mi oído, y

perdí el hilo del discurso. Sin saber por qué ni cómo, en aquel momento

sentí mucho calor en las mejillas, comenzaron á latirme fuertemente las

sienes, percibí cierto olor á pólvora, y sin saber también por qué ni

cómo (¡qué vergüenza!), pienso que exclamé, dirigiéndome á los feroces

chisperos: «¡Oh, amigos míos, quiero ser bárbaro como vosotros!»

Afortunadamente no había nadie en la sala.

El Sr. Aguilera, al parecer, también quiere ser bárbaro, y escribe sus

_Ecos nacionales_, inspirados en el amor vivo y ardiente de la madre

patria. Estas composiciones fueron escritas en los años juveniles del

autor, y aunque revelan, bastante inexperiencia artística, que en

ocasiones semeja puerilidad, trasparéntase en ellas un sentimiento tan

puro, un candor y una energía que cautivan y embriagan. Quizá si

tuviesen más aliño no produjeran el mismo efecto. Están destinadas al

pueblo, á ese pueblo español tan noble, tan altivo, tan feliz en otro

tiempo, cuando el despotismo austriaco no había asentado su maldita

planta en nuestro suelo. Haga Dios que algún día ese pueblo español

salga de su letargo y se disipen los malos sueños que oscurecen su

frente; no para conquistar tierra, que harta tenemos ya, sino para ser

más dichoso dentro y más respetado fuera.

El pueblo ha pagado bien al Sr. Aguilera el amor que le profesa, dándole

lo único que podía darle, su poesía. El pueblo expresa siempre su

poesía en una forma muy breve y concisa. El pobre necesita trabajar, y

no tiene tiempo á componer grandes trozos de versificación. Por tal

motivo, se ha acostumbrado á decir mucho en pocas palabras, y acaso

también por llevar un poco la contraria al Sr. Grilo. El arte supremo de

iluminar vivamente el espíritu con cuatro versos, haciéndole columbrar

dilatados y hermosos horizontes, no lo robó el Sr. Aguilera al pueblo,

como se ha dicho; el pueblo se lo ha regalado, como desquite de una

deuda de amor y de sacrificios. No es tan insignificante el regalo como

algunos piensan, incluso quizá el mismo Sr. Aguilera. A mi juicio, son

los cantares la obra maestra de nuestro poeta y aquella en que no ha

tenido, ni tiene, ni es probable que tenga rival. Los cantares de

Aguilera no morirán jamás, porque salen del fondo del corazón, y como él

mismo dice con admirable delicadeza:

Cantar que del alma sale,

Es pájaro que no muere;

Volando de boca en boca

Dios manda que viva siempre.

Volando de boca en boca, y acompañados de la guitarra, los he visto

cruzar á menudo, unas veces tristes, otras alegres, pero siempre dulces

y apasionados.

¿Qué más se ve en fondo azul del Sr. Aguilera?--El amor de la

naturaleza. No hay que confundir el amor que Aguilera siente hacia la

naturaleza con esa afición frívola y afectada, hoy tan en boga entre

viajeros y bañistas, los cuales creen pagar su deuda de admiración á la

naturaleza gritando sin ton ni son en todas partes: «¡Magnífico!

¡Delicioso! ¡Sorprendente!» y poniéndose una rama de madreselva en el

sombrero cuando tornan del paseo. No; el Sr. Aguilera ama la naturaleza

como ésta pide que se la ame, con sentimiento profundo y verdadero, con

extática contemplación y fervoroso culto, con cierto misterioso terror

que contrae el corazón y cierra la boca. Solamente á los que así la aman

entrega el tesoro infinito de sus gracias. Así la ha amado Fray Luis de

León, el inmortal autor de la _Vida del campo_, con quien guarda nuestro

poeta, según creo haber indicado, un estrecho y singular parentesco, y

así la amaron todos los ingenios que han sabido cantarla.

Mas el amor de la naturaleza para el Sr. Aguilera y para todos los que

residimos en la corte es un amor platónico, porque no gozamos de sus

galas y encantos. En Madrid hay unos árboles en el Retiro y unas

montañas hacia Fuencarral que los miran por encima de las torres y las

chimeneas. Lo que queda entre estas montañas y estos árboles no merece

el nombre de naturaleza. En punto á naturaleza, los madrileños no deben

alzar el gallo á nadie, porque el más zafio y miserable labriego de

Asturias ó Galicia es mil veces más rico que ellos.

No obstante, sería poco decoroso despreciar lo que hay en casa. A mí me

gusta mucho el cachito de naturaleza que posee Madrid. Aquellos árboles

del Retiro son muy hermosos, digan lo que quieran. Son hermosos por la

mañana cuando, regocijados y alegres con la salida del sol, bendicen la

tierra sacudiendo sobre ella, como enormes hisopos; el rocío que vino

por la noche á dormir en sus hojas. Son hermosos al mediodía cuando el

sol los baña, los inunda con su luz amarilla, vistiéndolos de verde y

oro, como si fuesen _primeros espadas_. Entonces los últimos vapores del

rocío se disipan y se pierden en la atmósfera, la luz consigue penetrar

por mil intersticios en su interior y los hace trasparentes como faroles

venecianos, los troncos parece que están satinados, el sol dibuja con

sus ramas negra y tremante red en la arena, y las hojas chiquitas de las

puntas relucen como monedas de oro acabadas de acuñar. Son hermosos

sobre todo á la tarde, cuando se destacan sobre el azul pálido del cielo

con tal limpieza que parecen recortados á tijera por una mano invisible.

Si os sentaseis debajo de uno de ellos á contemplar la muerte del día,

veríais al principio regueros de luz que cambian á cada instante de

cauce, corriendo primero por la parte baja de la copa, después por el

centro, después por la cima, después por ninguna parte. La sombra lo

envuelve en su manto protector, y el árbol, inmóvil y silencioso, se

prepara á dormir, respirando con libertad en el ambiente fresco y

húmedo. Más he aquí que de aquellas montañas del Guadarrama, un poco

soñolientas también, llega una brisa áspera y fría, con el exclusivo

objeto de darle las buenas noches. Una hojita que en el extremo de la

rama más alta parece servir de vigía se estremece primero débilmente,

después empieza á moverse con brío tocando á rebato, y todas las demás,

advertidas de la presencia del emisario, comienzan á bailar alegremente,

devolviendo su cordial saludo al Guadarrama. Cumplido este deber de

cortesía, el árbol se abandona al reposo, y duerme á pierna suelta.

¡Qué hermosos están aun durante el sueño estos árboles, dibujando sus

fantásticas siluetas en el oscuro azul de la noche! Acaso no sea todo

oscuridad ni duerma todo en el interior de estos árboles. Reparando

bien, tal vez percibáis el brillo suave é intermitente de una de sus

hojas. Alzad los ojos al mismo tiempo, y veréis en el cielo un lucero

tan brillante como presuntuoso. Retiraos, no seáis indiscretos.

Mas hágome cargo, aunque tarde, de que no estoy escribiendo la semblanza

de los árboles del Retiro, sino del Sr. Aguilera, y paso inmediatamente

á otro punto.

¿Qué más se ve en el fondo azul del Sr. Aguilera?

En ese espacio diáfano flotan como claras estrellas dos ojos negros,

grandes, brillantes y serenos que podéis ver retratados en la hoja

primera de sus _Elegías y Armonías_. Era una niña, era un pedazo del

alma del poeta, la que en otro tiempo los hacía brillar con su sonrisa,

los elevaba, los adormía, los ocultaba un instante en la sombra de sus

pestañas y los hacía lucir de nuevo como dos rayos de sol que hieren el

cristal de una fuente.

¡Cuántas veces os habréis sentado en las sillas del paseo de Recoletos!

¿no es cierto? Pues en verdad que no habrá dejado de revolotear en torno

vuestro casi siempre un enjambre de niños que juegan corriendo unos en

pos de otros y lanzando chillidos penetrantes, como golondrinas que se

persiguen por el aire. Á fuerza de contemplar con mirada distraída

aquella escena bulliciosa, concluís por fijaros en una niña de ojos y

cabellos negros y vestido blanco. Os interesa su mirar melancólico y la

suavidad y elegancia de sus movimientos. Al pasar á vuestro lado muy

descuidada y risueña, la pilláis al vuelo por uno de sus bracitos y la

atraéis blandamente hacia vosotros, la aprisionáis entre las rodillas,

tomáis entre las vuestras sus diminutas manos, que parecen dos botones

de rosa, y la acariciáis de mil maneras, interrogándola al mismo tiempo

sobre el juego en que se divierte, cuál es su nombre, cuántos años

tiene, cuántos hermanos, etc., etc. Al principio os mirará con ojos de

asombro y temor, se negará resueltamente á contestar y tratará de

arrancarse á vuestras caricias. Mas poco á poco irá perdiendo el miedo,

y á los cinco minutos sois los mejores amigos del mundo. Á los diez ya

sabéis que su hermano menor es un insoportable glotón, capaz de comerse

la parte de dulces de todos los hermanos, y algunos otros gravísimos

secretos. Al cuarto de hora, cuando su aya viene á llamarla y os

presenta la mejilla para que la beséis, vuestra amistad está á prueba de

desavenencias y disgustos. ¡Oh, bien se puede asegurar que durante este

cuarto de hora no os aburristeis poco ni mucho! Mas cuando la veis

alejarse dando graciosos brincos, ¿no ha cruzado por vuestra mente la

idea de que pudierais tener una hija igual, y que podía morirse? Sí; con

seguridad ha cruzado y habéis sentido todo vuestro cuerpo estremecerse

de súbito con un movimiento de terror, y habéis medido con los ojos de

la imaginación los profundos abismos del más fiero dolor, del _dolor de

los dolores_.

Pues bien, figuraos que el padre de aquella niña es nuestro poeta y que

la ha perdido. Otro hombre no hubiera podido hacer más que llorarla. Él

la ha llorado y la ha cantado. Y su canto es el más armonioso, el más

sentido, el más tierno que ha salido de su pecho. Las elegías que

Aguilera dedica á la memoria de su hija, por el profundo sentimiento que

guardan y por la delicadeza con que han brotado de la pluma, serán

leídas mientras haya poesía. Parecen escritas como fueron sentidas, en

el mismo instante en que el brillo de un lucero, los ecos lejanos de un

organillo ó los lirios que crecen en un balcón traen á la memoria del

poeta su dicha pasada y su desgracia presente. Detrás de aquellas

páginas se escuchan realmente los sollozos. Voy á coger no más que dos

perlas del collar, copiando las siguientes bellísimas composiciones:

Debajo de mis balcones

Parábase el saboyano;

Ella, la música oyendo,

danzaba al sonido mágico,

y yo de gozo temblaba

como la hoja en el árbol.

Debajo de mis balcones

hoy se paró el saboyano;

levantar le vi los ojos

una, dos, tres veces, cuatro...

¡Y una, dos, tres, cuatro veces

sin esperanza bajarlos!

* * *

No mires á mis balcones:

¿por qué miras, saboyano,

si ya no ha de salir ella

á este balcón solitario,

para echarte la limosna

bendecida por su labio?...

No mires á estos balcones,

y si vuelves, saboyano,

la voz del órgano apaga,

y pase por Dios callando,

pues yo no sé lo que tiene

¡ay! que no puedo escucharlo.

* * *

--¡Cómo tardan estos lirios,

cómo tardan en dar flor!--

Me decía muchas veces

al regar los del balcón.

--Cuando se abran, serán tuyos

contestábale mi voz;

y esperando el ángel mío,

esperando, se murió.

Vino Mayo ¡ay, no viniera!

y los lirios del balcón

su corola azul abrieron

á los céfiros y al sol.

Y las lágrimas brillaban

que sobre ellos vertí yo,

al dejarlos en la tumba

donde tengo el corazón.

Semblanzas literarias · 第 72 / 93 题