Decía más arriba, á vueltas de una digresión con la cual no contaba, que
el Sr. Aguilera había nacido poeta. Añado ahora que nació poeta dulce,
ameno, delicado y tierno. En la resignación y sosiego que se observa en
todas sus composiciones trae al recuerdo al maestro Fray Luis de León y
á San Juan de la Cruz. Los huracanes de la vida no han formado jamás en
su alma medrosas tempestades. Las nubes volaron ligeras por ella,
dejando siempre descubierto un fondo azul. Y en ese fondo azul,
reverberante de luz, nadan como brillante polvo de oro los más gratos
sueños y los más nobles sentimientos del corazón. Y ese fondo azul, esa
eterna y pura alegría del alma es la que se descubre bajo todas las
composiciones de Aguilera, aun bajo aquellas que están inspiradas por un
sentimiento triste.
Mirad á un cielo azul: ¿qué es lo que veis? Lo primero que se ve en un
cielo azul es á Dios. El autor de estas líneas cree haberlo visto
algunas veces cuando niño, á fuerza de abrir mucho los ojos hasta que le
dolían, y pasando horas enteras tendido con el rostro vuelto al
firmamento. Después, viniendo los años, perdió la costumbre de pasar las
horas enteras mirando hacia arriba, porque necesitaba á todo trance
estudiar la ley de organización del poder judicial. Y sucedió que, en
cierta ocasión en que muy festejado y risueño se tendió como antes para
verlo, no lo consiguió. Pero allí estaba. Lo sabe porque otras veces
miró con semblante mucho menos risueño y lo halló fácilmente.
De la misma manera, lo primero que se encuentra en el fondo azul del Sr.
Aguilera es á Dios. No busquéis en sus composiciones arrebatos místicos,
ni explosiones de entusiasmo por la fe ni encendidas diatribas contra el
impío, ni siquiera _gritos del combate_ con la duda amarga. Pero late en
ellas el amor sincero á lo divino, porque son tiernas, sencillas y
bellas, y Dios no puede estar lejos de lo que es tierno, sencillo y
bello. Los cuatro versos de algunos de sus cantares infunden más fe en
el alma que cien tomos de controversia teológica. Son cuatro versos que
abren por un instante las diamantinas puertas del cielo y dejan entrever
lo que hay dentro. ¡Qué más se les puede pedir!
Cuando trata directamente un asunto religioso, como en la _Leyenda de
Noche-buena_, lo hace con una verdad, con una sencillez, con un
sentimiento tan vivo y tan fresco de los inefables misterios de la
Religión, que necesitamos acudir á los recuerdos de la infancia para
hallar algo parecido en nuestra alma.
El Sr. Aguilera, en este caso, es un hombre que describe y expresa con
fidelidad asombrosa los frescos y puros conceptos de un niño. Léanse, en
confirmación de mi aserto, los siguientes versos que tomo de esta
leyenda:
--Golondrinas que en rápido vuelo,
Os tendéis por la atmósfera azul:
¿Dónde vais, dónde vais, golondrinas?
A quitar las agudas espinas
De la angustia que siente Jesús.
--Si Jesús en Belén ha nacido
Coronada su frente de luz,
¿Qué corona, decid, golondrinas,
Qué corona de agudas espinas
Atormenta al divino Jesús?
--Si los hombres sois ciegos del alma
Y con ella no veis su dolor,
Viendo están, viendo están golondrinas,
Que aunque niño, corona de espinas
Ya en su espíritu lleva el Señor.
Hoy nosotras, con pío amoroso,
Templaremos su interna aflicción;
Vendrá un día que irán golondrinas
A quitar en la cruz las espinas
Que la frente herirán del Señor.
¿Qué más se ve en el fondo azul del señor Aguilera?--El amor á su
patria; el amor á la tierra española.
¡La patria! ¿Qué es la patria?--La patria es un hombre andrajoso y sucio
que se estrecha con efusión en una soledad de América ó de Asia; la
patria es una frase de desprecio que se pronuncia allá muy lejos, donde
no brilla el sol ni huele el azahar, y hace correr la sangre por el
suelo; la patria es un canto que suena de noche en una ciudad de
Inglaterra ó Alemania, haciendo saltar una lágrima á los ojos de un
hombre que lee en su gabinete; la patria son unos batallones de
soldados barbilampiños y morenos que llegan de Africa, y entran en
Madrid con música y banderas desplegadas; la patria es el gentío inmenso
que se arroja gritando á su paso, ebrio de entusiasmo y orgullo; la
patria, últimamente, es una cosa que no se puede definir, como acontece
con otras muchas.
¿Los españoles tenemos patria?--Unas veces se me antoja que sí; otras
que no. Lo que no ofrece duda es que trabajamos todo lo posible por no
tenerla. Hace muchos años que los españoles empleamos lo mejor del
tiempo en zaherir á nuestra patria con la lengua y con la pluma, y en
desgarrarla con la espada. Sería un milagro que quedase todavía algo de
ella.
Por otra parte, la patria ha pasado de moda. Los filósofos han
demostrado recientemente que el sentimiento patriótico no se acuerda con
las exigencias cada día más amplias y universales del espíritu humano.
Es un sentimiento primitivo y grosero, que se aloja por lo común y
arraiga con extremada fuerza en los hombres de inteligencia inculta y de
carácter bravío.
Lleno mi espíritu de estas ideas cosmopolitas y filosóficas, enderecé
mis pasos alguna vez al Museo del Prado. Mi objeto ostensible al dar
este paseo era ver y recrearme con las pinturas que allí hay; mas en el
fondo de mi corazón latía también el deseo de inculcar á los chisperos y
manolos que figuran en el célebre cuadro del _Dos de Mayo_, de Goya,
alguna de las ideas generales y comprensivas de que iba saturado. Es
imposible imaginarse nada más salvaje que la actitud de aquellos
chisperos desharrapados, con los brazos en alto, erizados los cabellos,
los ojos amenazando saltar de las órbitas, frente á las bocas de los
fusiles franceses, y gritando al parecer con todas sus fuerzas:
¡¡¡Fuego!!!
No conseguí mi objeto. En vano quise persuadirles de que aquella
actitud, si bien en otra época tenía razón de ser, mirando al estado del
progreso, en los momentos actuales era completamente inexplicable, y se
hallaba en abierta oposición á la doctrina corriente entre los
tratadistas. En vano les demostré como pude que el concepto de humanidad
era superior al de patria, y que éste, como más limitado y primitivo,
debía subordinarse siempre á aquél. No querían escuchar nada; no
atendían poco ni mucho á mis razones, y quedaron, como es fácil colegir,
tan ignorantes y bárbaros como antes. De tal modo, que aún podéis verlos
cuando queráis, firmes en su cuadro y cubiertos de sangre, siempre con
los brazos en alto y los cabellos erizados, gritando como energúmenos:
¡¡¡Fuego!!!
Mucho me holgaría de que lo que voy á decir en este instante no lo
escuchase ninguno de los varones que siguen con ahinco y amor los pasos
de la ciencia.
Cierta tarde en que me hallaba frente al mencionado cuadro, amonestando
á aquellos salvajes, como tengo por costumbre siempre que me pongo al
habla con ellos, me distraje al parecer con un rayo de sol, que vino de
repente á herir á un manolo en el rostro. Al mismo tiempo una mosca
grande y azulada empezó á zumbar confusamente algunas cosas á mi oído, y
perdí el hilo del discurso. Sin saber por qué ni cómo, en aquel momento
sentí mucho calor en las mejillas, comenzaron á latirme fuertemente las
sienes, percibí cierto olor á pólvora, y sin saber también por qué ni
cómo (¡qué vergüenza!), pienso que exclamé, dirigiéndome á los feroces
chisperos: «¡Oh, amigos míos, quiero ser bárbaro como vosotros!»
Afortunadamente no había nadie en la sala.
El Sr. Aguilera, al parecer, también quiere ser bárbaro, y escribe sus
_Ecos nacionales_, inspirados en el amor vivo y ardiente de la madre
patria. Estas composiciones fueron escritas en los años juveniles del
autor, y aunque revelan, bastante inexperiencia artística, que en
ocasiones semeja puerilidad, trasparéntase en ellas un sentimiento tan
puro, un candor y una energía que cautivan y embriagan. Quizá si
tuviesen más aliño no produjeran el mismo efecto. Están destinadas al
pueblo, á ese pueblo español tan noble, tan altivo, tan feliz en otro
tiempo, cuando el despotismo austriaco no había asentado su maldita
planta en nuestro suelo. Haga Dios que algún día ese pueblo español
salga de su letargo y se disipen los malos sueños que oscurecen su
frente; no para conquistar tierra, que harta tenemos ya, sino para ser
más dichoso dentro y más respetado fuera.
El pueblo ha pagado bien al Sr. Aguilera el amor que le profesa, dándole
lo único que podía darle, su poesía. El pueblo expresa siempre su
poesía en una forma muy breve y concisa. El pobre necesita trabajar, y
no tiene tiempo á componer grandes trozos de versificación. Por tal
motivo, se ha acostumbrado á decir mucho en pocas palabras, y acaso
también por llevar un poco la contraria al Sr. Grilo. El arte supremo de
iluminar vivamente el espíritu con cuatro versos, haciéndole columbrar
dilatados y hermosos horizontes, no lo robó el Sr. Aguilera al pueblo,
como se ha dicho; el pueblo se lo ha regalado, como desquite de una
deuda de amor y de sacrificios. No es tan insignificante el regalo como
algunos piensan, incluso quizá el mismo Sr. Aguilera. A mi juicio, son
los cantares la obra maestra de nuestro poeta y aquella en que no ha
tenido, ni tiene, ni es probable que tenga rival. Los cantares de
Aguilera no morirán jamás, porque salen del fondo del corazón, y como él
mismo dice con admirable delicadeza:
Cantar que del alma sale,
Es pájaro que no muere;
Volando de boca en boca
Dios manda que viva siempre.
Volando de boca en boca, y acompañados de la guitarra, los he visto
cruzar á menudo, unas veces tristes, otras alegres, pero siempre dulces
y apasionados.
¿Qué más se ve en fondo azul del Sr. Aguilera?--El amor de la
naturaleza. No hay que confundir el amor que Aguilera siente hacia la
naturaleza con esa afición frívola y afectada, hoy tan en boga entre
viajeros y bañistas, los cuales creen pagar su deuda de admiración á la
naturaleza gritando sin ton ni son en todas partes: «¡Magnífico!
¡Delicioso! ¡Sorprendente!» y poniéndose una rama de madreselva en el
sombrero cuando tornan del paseo. No; el Sr. Aguilera ama la naturaleza
como ésta pide que se la ame, con sentimiento profundo y verdadero, con
extática contemplación y fervoroso culto, con cierto misterioso terror
que contrae el corazón y cierra la boca. Solamente á los que así la aman
entrega el tesoro infinito de sus gracias. Así la ha amado Fray Luis de
León, el inmortal autor de la _Vida del campo_, con quien guarda nuestro
poeta, según creo haber indicado, un estrecho y singular parentesco, y
así la amaron todos los ingenios que han sabido cantarla.
Mas el amor de la naturaleza para el Sr. Aguilera y para todos los que
residimos en la corte es un amor platónico, porque no gozamos de sus
galas y encantos. En Madrid hay unos árboles en el Retiro y unas
montañas hacia Fuencarral que los miran por encima de las torres y las
chimeneas. Lo que queda entre estas montañas y estos árboles no merece
el nombre de naturaleza. En punto á naturaleza, los madrileños no deben
alzar el gallo á nadie, porque el más zafio y miserable labriego de
Asturias ó Galicia es mil veces más rico que ellos.
No obstante, sería poco decoroso despreciar lo que hay en casa. A mí me
gusta mucho el cachito de naturaleza que posee Madrid. Aquellos árboles
del Retiro son muy hermosos, digan lo que quieran. Son hermosos por la
mañana cuando, regocijados y alegres con la salida del sol, bendicen la
tierra sacudiendo sobre ella, como enormes hisopos; el rocío que vino
por la noche á dormir en sus hojas. Son hermosos al mediodía cuando el
sol los baña, los inunda con su luz amarilla, vistiéndolos de verde y
oro, como si fuesen _primeros espadas_. Entonces los últimos vapores del
rocío se disipan y se pierden en la atmósfera, la luz consigue penetrar
por mil intersticios en su interior y los hace trasparentes como faroles
venecianos, los troncos parece que están satinados, el sol dibuja con
sus ramas negra y tremante red en la arena, y las hojas chiquitas de las
puntas relucen como monedas de oro acabadas de acuñar. Son hermosos
sobre todo á la tarde, cuando se destacan sobre el azul pálido del cielo
con tal limpieza que parecen recortados á tijera por una mano invisible.
Si os sentaseis debajo de uno de ellos á contemplar la muerte del día,
veríais al principio regueros de luz que cambian á cada instante de
cauce, corriendo primero por la parte baja de la copa, después por el
centro, después por la cima, después por ninguna parte. La sombra lo
envuelve en su manto protector, y el árbol, inmóvil y silencioso, se
prepara á dormir, respirando con libertad en el ambiente fresco y
húmedo. Más he aquí que de aquellas montañas del Guadarrama, un poco
soñolientas también, llega una brisa áspera y fría, con el exclusivo
objeto de darle las buenas noches. Una hojita que en el extremo de la
rama más alta parece servir de vigía se estremece primero débilmente,
después empieza á moverse con brío tocando á rebato, y todas las demás,
advertidas de la presencia del emisario, comienzan á bailar alegremente,
devolviendo su cordial saludo al Guadarrama. Cumplido este deber de
cortesía, el árbol se abandona al reposo, y duerme á pierna suelta.
¡Qué hermosos están aun durante el sueño estos árboles, dibujando sus
fantásticas siluetas en el oscuro azul de la noche! Acaso no sea todo
oscuridad ni duerma todo en el interior de estos árboles. Reparando
bien, tal vez percibáis el brillo suave é intermitente de una de sus
hojas. Alzad los ojos al mismo tiempo, y veréis en el cielo un lucero
tan brillante como presuntuoso. Retiraos, no seáis indiscretos.
Mas hágome cargo, aunque tarde, de que no estoy escribiendo la semblanza
de los árboles del Retiro, sino del Sr. Aguilera, y paso inmediatamente
á otro punto.
¿Qué más se ve en el fondo azul del Sr. Aguilera?
En ese espacio diáfano flotan como claras estrellas dos ojos negros,
grandes, brillantes y serenos que podéis ver retratados en la hoja
primera de sus _Elegías y Armonías_. Era una niña, era un pedazo del
alma del poeta, la que en otro tiempo los hacía brillar con su sonrisa,
los elevaba, los adormía, los ocultaba un instante en la sombra de sus
pestañas y los hacía lucir de nuevo como dos rayos de sol que hieren el
cristal de una fuente.
¡Cuántas veces os habréis sentado en las sillas del paseo de Recoletos!
¿no es cierto? Pues en verdad que no habrá dejado de revolotear en torno
vuestro casi siempre un enjambre de niños que juegan corriendo unos en
pos de otros y lanzando chillidos penetrantes, como golondrinas que se
persiguen por el aire. Á fuerza de contemplar con mirada distraída
aquella escena bulliciosa, concluís por fijaros en una niña de ojos y
cabellos negros y vestido blanco. Os interesa su mirar melancólico y la
suavidad y elegancia de sus movimientos. Al pasar á vuestro lado muy
descuidada y risueña, la pilláis al vuelo por uno de sus bracitos y la
atraéis blandamente hacia vosotros, la aprisionáis entre las rodillas,
tomáis entre las vuestras sus diminutas manos, que parecen dos botones
de rosa, y la acariciáis de mil maneras, interrogándola al mismo tiempo
sobre el juego en que se divierte, cuál es su nombre, cuántos años
tiene, cuántos hermanos, etc., etc. Al principio os mirará con ojos de
asombro y temor, se negará resueltamente á contestar y tratará de
arrancarse á vuestras caricias. Mas poco á poco irá perdiendo el miedo,
y á los cinco minutos sois los mejores amigos del mundo. Á los diez ya
sabéis que su hermano menor es un insoportable glotón, capaz de comerse
la parte de dulces de todos los hermanos, y algunos otros gravísimos
secretos. Al cuarto de hora, cuando su aya viene á llamarla y os
presenta la mejilla para que la beséis, vuestra amistad está á prueba de
desavenencias y disgustos. ¡Oh, bien se puede asegurar que durante este
cuarto de hora no os aburristeis poco ni mucho! Mas cuando la veis
alejarse dando graciosos brincos, ¿no ha cruzado por vuestra mente la
idea de que pudierais tener una hija igual, y que podía morirse? Sí; con
seguridad ha cruzado y habéis sentido todo vuestro cuerpo estremecerse
de súbito con un movimiento de terror, y habéis medido con los ojos de
la imaginación los profundos abismos del más fiero dolor, del _dolor de
los dolores_.
Pues bien, figuraos que el padre de aquella niña es nuestro poeta y que
la ha perdido. Otro hombre no hubiera podido hacer más que llorarla. Él
la ha llorado y la ha cantado. Y su canto es el más armonioso, el más
sentido, el más tierno que ha salido de su pecho. Las elegías que
Aguilera dedica á la memoria de su hija, por el profundo sentimiento que
guardan y por la delicadeza con que han brotado de la pluma, serán
leídas mientras haya poesía. Parecen escritas como fueron sentidas, en
el mismo instante en que el brillo de un lucero, los ecos lejanos de un
organillo ó los lirios que crecen en un balcón traen á la memoria del
poeta su dicha pasada y su desgracia presente. Detrás de aquellas
páginas se escuchan realmente los sollozos. Voy á coger no más que dos
perlas del collar, copiando las siguientes bellísimas composiciones:
Debajo de mis balcones
Parábase el saboyano;
Ella, la música oyendo,
danzaba al sonido mágico,
y yo de gozo temblaba
como la hoja en el árbol.
Debajo de mis balcones
hoy se paró el saboyano;
levantar le vi los ojos
una, dos, tres veces, cuatro...
¡Y una, dos, tres, cuatro veces
sin esperanza bajarlos!
* * *
No mires á mis balcones:
¿por qué miras, saboyano,
si ya no ha de salir ella
á este balcón solitario,
para echarte la limosna
bendecida por su labio?...
No mires á estos balcones,
y si vuelves, saboyano,
la voz del órgano apaga,
y pase por Dios callando,
pues yo no sé lo que tiene
¡ay! que no puedo escucharlo.
* * *
--¡Cómo tardan estos lirios,
cómo tardan en dar flor!--
Me decía muchas veces
al regar los del balcón.
--Cuando se abran, serán tuyos
contestábale mi voz;
y esperando el ángel mío,
esperando, se murió.
Vino Mayo ¡ay, no viniera!
y los lirios del balcón
su corola azul abrieron
á los céfiros y al sol.
Y las lágrimas brillaban
que sobre ellos vertí yo,
al dejarlos en la tumba
donde tengo el corazón.