D. ANTONIO F. GRILO

[Illustration: C]ADA vez que tomo la pluma para escribir la semblanza de

un grande hombre, me asalta el temor, que me turba y desazona, de no ser

bastante respetuoso con él. Hoy, como nunca, esta terrible duda se

presenta negra y honda en mi espíritu. He arrojado una mirada previa al

fondo de mi conciencia, y no he visto en ella depositado bastante

respeto para trazar esta semblanza. En vano acudo á mil oscuros

expedientes para estimularlo y acrecerlo. En vano me represento al Sr.

Grilo con el laúd entre las manos y los ojos puestos en el cielo,

lanzando á los aires su melodioso cántico al pie de las columnas de _La

Ilustración Española y Americana_. En vano recuerdo haber oído de los

autorizados labios de mi prima que Grilo «hace unos versos muy bonitos».

En vano quiero figurármelo en pie, detrás de una mesa, lealmente

acompañado de un vaso de agua azucarada, dirigiendo sus versos á un

senado ilustre, circundado por esa aureola que presta al poeta una

hermosa voz de bajo cantante. Nada; por más que hago no consigo

confiarme en mi respeto, y tiemblo pensando que puede faltarme á lo

mejor.

Esta duda me incita á mirar hacia atrás en mi vida literaria. Considero

que esta vida se ha deslizado dulcemente hasta ahora escribiendo

despropósitos á propósito de oradores, novelistas y poetas,

ensalzándolos ó despreciándolos al sabor de mi pluma desbocada, y

comienzo á sentir desasosiego en la conciencia. Creo ya que es necesario

corregirme por medio de la pena; que es fuerza atemperar mis ímpetus

procaces con saludable escarmiento. Yo mismo quiero entregar mi cuello

al hacha justiciera para borrar los yerros de mi nefanda crítica.

Sabed, señores todos, los que visteis vuestros sagrados versos ó

inmaculada prosa en los torpes renglones de este crítico, que este

crítico acaba de cometer un drama. Y no sólo lo ha cometido, sino que,

sin leérselo previamente á nadie, pues se dice partidario del antiguo

precepto de Manú «no leas dramas al prójimo para que el prójimo no te

los lea á ti», ha tenido la perfidia de presentarlo en el teatro Español

sin conocimiento de los Sres. Retes y Echevarría.

Ha sonado, pues, la hora de la reparación. El crítico quiere daros la

batalla en vuestro propio terreno y debéis acudir á él provistos de

vuestras sonrisas más concluyentes y de vuestras toses más demoledoras.

Como adversario leal, debo, sin embargo, advertiros de las fuerzas con

que cuento para la lucha, puesto que no es mi ánimo armaros asechanzas.

En primer lugar no debo ocultaros que el drama es bueno. Después de esta

sincera y espontánea declaración que acabo de hacer, sin que para ello

se haya ejercido sobre mí presión de ningún género, considero que ya no

dudaréis ni por un instante de mi lealtad.

Á más de esto, para contrarrestar y resistir el ataque de _los morales_,

esto es, de Pérez Escrich, Sánchez de Castro, Herranz, Frontaura, etc.,

cuyas fuerzas no puedo desconocer, os diré que cuento con el apoyo tan

ferviente como valioso de los autores de obras en un acto. Es una

falange de jóvenes llenos de talento y de fe en el empresario. Podrán

causar á mis enemigos mucho daño.

Paso por alto algún otro detalle de mis fuerzas, porque quiero llegar

cuanto más antes á lo principal. Señores, aquello en que después de Dios

tengo puestas todas mis esperanzas para la salvación y éxito dichoso de

mi drama, son unas veinticuatro décimas de esas llamadas calderonianas,

que el protagonista debe decir al punto de atravesar con su espada al

único tío materno que le resta. No puede darse nada más enmarañado y

perfecto que estas décimas. Mucho dudo que podáis resistir á su ímpetu

salvaje. Si fiáis en vuestro esfuerzo y no os duele una derrota, acudid

á la cita que os demando, pues me propongo confundiros y correros,

dejándoos con las bocas «abiertas al negro espacio», como los grifos de

Echegaray.

En tanto que la clepsidra tiene en suspenso el instante de mi triunfo,

me permitiréis, señores, que dedique algunas líneas al Sr. Grilo.

En el Sr. Grilo existen dos naturalezas: una, la del poeta; otra, la del

pensador. La índole y carácter de este artículo no me consienten, como

fuera mi gusto, estudiar por igual estos dos aspectos diversos del mismo

ingenio, sino que necesito separar por abstracción la naturaleza del

poeta de la del pensador y atenerme únicamente á una de ellas, que será

la primera. Por lo cual consideraré, en este mi artículo, las

composiciones del Sr. Grilo como si se hallasen desprovistas enteramente

de pensamiento, aplazando para otra ocasión el estudio minucioso de su

contenido.

Y empezando el examen del poeta, nos corresponde preguntar: ¿qué nuevos

elementos aporta el señor Grilo á la obra del arte nacional? En la

respuesta á esta pregunta debe ir envuelta sin remedio la definición

breve y precisa del carácter del poeta, porque aquello en que los poetas

discrepan y se apartan de los que les han precedido, esto es, lo que hay

en ellos de nuevo y peregrino, es lo que señala y determina su carácter

artístico. Á mi juicio, la ventaja principal de que nuestra poesía es

deudora al Sr. Grilo consiste en el empleo más amplio y comprensivo que

hasta aquí se ha hecho nunca de las piedras preciosas como elemento

poético. Nadie puede desconocer la importancia que las piedras

preciosas tienen dentro de la literatura, sobre todo como términos de

comparación. En nuestros clásicos se encuentran alguna vez empleadas con

bastante acierto, aunque siempre tímidamente. Las piedras de que se

valen suelen ser por regla general las más comunes y conocidas; el

brillante, el rubí, la esmeralda, el topacio y pocas más. Estábale

reservada al Sr. Grilo la gloria de dar un paso de mucha trascendencia

en esta vía. El Sr. Grilo, no sólo ha manejado siempre con gran novedad

y atrevimiento las de uso más frecuente, sino que puede considerarse

como dichoso introductor de una multitud de ellas que nuestros clásicos

desconocían por completo, tales como el zafiro, el ágata, el granate, la

turquesa, el ópalo y otras muchas que se encuentran á cada paso en las

composiciones del ilustre escritor que nos ocupa.

Pero si es la mayor, nadie osaría afirmar que es la única ventaja que ha

otorgado al arte patrio. El señor Grilo ha conseguido como ningún otro

escritor español poner al servicio de cada idea el mayor número posible

de palabras. La palabra es sin disputa el más precioso don que la

Providencia concedió á los humanos, y el que á juicio de los

naturalistas nos aparta rigurosamente del bruto. Comprendiéndolo así el

señor Grilo, es quizá de todos los humanos el que mejor ha sabido

aprovecharse de ese inestimable favor, procurando por medio de todas las

voces del diccionario de Domínguez (que es el más completo) alejarse el

mayor trecho posible de los animales inferiores. La palabra no fué dada

al hombre en un solo instante y gratuitamente, sino tras largo y penoso

aprendizaje. El tránsito del sonido inarticulado al sonido articulado

costó á nuestros antepasados muchos siglos[8]. Más tarde el paso de las

lenguas monosilábicas á las aglutinantes y de éstas á las de flexión se

realizó en larguísimo período histórico[9]. El progreso no sólo ha

caminado á la par con el lenguaje, sino que es, en el sentir de varios

eminentes filólogos, una consecuencia de esta noble facultad humana. Y

en efecto, ¡qué distancia tan inmensa no existe entre el hombre

primitivo, que expresa con un sonido inarticulado el más intrincado de

sus razonamientos, y el Sr. Grilo, que emplea un número infinito de

sonidos articulados para decir que le encanta la luna y que de ningún

modo puede pasar sin ella!

Sin necesidad de acudir á las épocas prehistóricas, ¡cuantos pasos no ha

dado el género humano desde los primeros escritores que surgieron en la

tierra, verbi y gracia desde Moisés, que con dos miserables palabras

quiere relatar la aparición de la luz, hasta nuestro poeta, que hubiera

sabido íntercalar oportunamente más de dos mil, como lo exige la

grandeza del asunto y la propia dignidad del poeta!

Mucho se engañaría, no obstante, el que juzgase que sólo por la

abundancia y riqueza de voces brillan las composiciones del Sr. Grilo.

En la acertada y oportuna colocación de aquéllas hay también no poco que

admirar. Echemos una mirada á cualquiera de sus más notables poesías,

por ejemplo, á la titulada _Al borde del abismo_, y nos convenceremos de

ello.

Empieza esta composición:

A la orilla del mar; casi sin luna,

sin una luz apenas,

un ¡adiós! nuestras almas se decían

en la noche desierta.

Dos infinitos batallaban solos

en la muda ribera;

el de aquella imposible despedida

y el de la mar inmensa.

Considere el lector cuánta fuerza y majestad comunica á la composición

el adverbio _casi_ interpolado en el verso primero. No es posible decir

de modo más elocuente y peregrino que la luna se hallaba en cuarto

menguante.

El adverbio _apenas_ del segundo verso presta al _casi_ del primero un

apoyo eficaz y desinteresado, que este último nunca agradecerá lo

bastante. Al mismo tiempo, y penetrando en el asunto de la composición,

declaro que no he visto jamás un cuadro tan desolador. Porque, si para

nadie es cosa agradable encontrarse á la orilla del mar, casi sin luna,

con dos infinitos que batallan solos, para el Sr. Grilo, que nunca se

ha excusado de expresar su fervoroso apego á aquel satélite, debe ser

una situación verdaderamente desesperada.

Citaré á más de ésta, como es mi deber, la célebre composición titulada

_Las Ermitas de Córdoba_. Sólo de pensar que pudo haberse muerto el Sr.

Grito sin escribir _Las Ermitas de Córdoba_, me estremezco. Yo no

comprendo de qué modo podría pasar la sociedad elegante sin esta

maravillosa poesía, sobre todo por las noches. El oir al Sr. Grilo

recitar, con las manos quietas, _Las Ermitas de Córdoba_, es uno de esos

goces sencillos y honestos que no puede sustituirse con nada. ¡Plegue al

cielo que nuestra aristocracia continúe siempre buscando un refugio para

su hastío en esta milagrosa composición!

Mas, como no hay nada en el mundo perfecto, en algunas de las poesías

del Sr. Grilo he creído hallar ciertas imperfecciones que, si no dañan

poco ni mucho á su pensamiento (del cual he dicho ya que prescindía por

entero en este artículo), turban y empañan el claro brillo de la forma.

Sea ejemplo este soneto que trascribo fielmente de _La Ilustración

Española y Americana_:

Semblanzas literarias · 第 66 / 93 题