[Illustration: C]ADA vez que tomo la pluma para escribir la semblanza de
un grande hombre, me asalta el temor, que me turba y desazona, de no ser
bastante respetuoso con él. Hoy, como nunca, esta terrible duda se
presenta negra y honda en mi espíritu. He arrojado una mirada previa al
fondo de mi conciencia, y no he visto en ella depositado bastante
respeto para trazar esta semblanza. En vano acudo á mil oscuros
expedientes para estimularlo y acrecerlo. En vano me represento al Sr.
Grilo con el laúd entre las manos y los ojos puestos en el cielo,
lanzando á los aires su melodioso cántico al pie de las columnas de _La
Ilustración Española y Americana_. En vano recuerdo haber oído de los
autorizados labios de mi prima que Grilo «hace unos versos muy bonitos».
En vano quiero figurármelo en pie, detrás de una mesa, lealmente
acompañado de un vaso de agua azucarada, dirigiendo sus versos á un
senado ilustre, circundado por esa aureola que presta al poeta una
hermosa voz de bajo cantante. Nada; por más que hago no consigo
confiarme en mi respeto, y tiemblo pensando que puede faltarme á lo
mejor.
Esta duda me incita á mirar hacia atrás en mi vida literaria. Considero
que esta vida se ha deslizado dulcemente hasta ahora escribiendo
despropósitos á propósito de oradores, novelistas y poetas,
ensalzándolos ó despreciándolos al sabor de mi pluma desbocada, y
comienzo á sentir desasosiego en la conciencia. Creo ya que es necesario
corregirme por medio de la pena; que es fuerza atemperar mis ímpetus
procaces con saludable escarmiento. Yo mismo quiero entregar mi cuello
al hacha justiciera para borrar los yerros de mi nefanda crítica.
Sabed, señores todos, los que visteis vuestros sagrados versos ó
inmaculada prosa en los torpes renglones de este crítico, que este
crítico acaba de cometer un drama. Y no sólo lo ha cometido, sino que,
sin leérselo previamente á nadie, pues se dice partidario del antiguo
precepto de Manú «no leas dramas al prójimo para que el prójimo no te
los lea á ti», ha tenido la perfidia de presentarlo en el teatro Español
sin conocimiento de los Sres. Retes y Echevarría.
Ha sonado, pues, la hora de la reparación. El crítico quiere daros la
batalla en vuestro propio terreno y debéis acudir á él provistos de
vuestras sonrisas más concluyentes y de vuestras toses más demoledoras.
Como adversario leal, debo, sin embargo, advertiros de las fuerzas con
que cuento para la lucha, puesto que no es mi ánimo armaros asechanzas.
En primer lugar no debo ocultaros que el drama es bueno. Después de esta
sincera y espontánea declaración que acabo de hacer, sin que para ello
se haya ejercido sobre mí presión de ningún género, considero que ya no
dudaréis ni por un instante de mi lealtad.
Á más de esto, para contrarrestar y resistir el ataque de _los morales_,
esto es, de Pérez Escrich, Sánchez de Castro, Herranz, Frontaura, etc.,
cuyas fuerzas no puedo desconocer, os diré que cuento con el apoyo tan
ferviente como valioso de los autores de obras en un acto. Es una
falange de jóvenes llenos de talento y de fe en el empresario. Podrán
causar á mis enemigos mucho daño.
Paso por alto algún otro detalle de mis fuerzas, porque quiero llegar
cuanto más antes á lo principal. Señores, aquello en que después de Dios
tengo puestas todas mis esperanzas para la salvación y éxito dichoso de
mi drama, son unas veinticuatro décimas de esas llamadas calderonianas,
que el protagonista debe decir al punto de atravesar con su espada al
único tío materno que le resta. No puede darse nada más enmarañado y
perfecto que estas décimas. Mucho dudo que podáis resistir á su ímpetu
salvaje. Si fiáis en vuestro esfuerzo y no os duele una derrota, acudid
á la cita que os demando, pues me propongo confundiros y correros,
dejándoos con las bocas «abiertas al negro espacio», como los grifos de
Echegaray.
En tanto que la clepsidra tiene en suspenso el instante de mi triunfo,
me permitiréis, señores, que dedique algunas líneas al Sr. Grilo.
En el Sr. Grilo existen dos naturalezas: una, la del poeta; otra, la del
pensador. La índole y carácter de este artículo no me consienten, como
fuera mi gusto, estudiar por igual estos dos aspectos diversos del mismo
ingenio, sino que necesito separar por abstracción la naturaleza del
poeta de la del pensador y atenerme únicamente á una de ellas, que será
la primera. Por lo cual consideraré, en este mi artículo, las
composiciones del Sr. Grilo como si se hallasen desprovistas enteramente
de pensamiento, aplazando para otra ocasión el estudio minucioso de su
contenido.
Y empezando el examen del poeta, nos corresponde preguntar: ¿qué nuevos
elementos aporta el señor Grilo á la obra del arte nacional? En la
respuesta á esta pregunta debe ir envuelta sin remedio la definición
breve y precisa del carácter del poeta, porque aquello en que los poetas
discrepan y se apartan de los que les han precedido, esto es, lo que hay
en ellos de nuevo y peregrino, es lo que señala y determina su carácter
artístico. Á mi juicio, la ventaja principal de que nuestra poesía es
deudora al Sr. Grilo consiste en el empleo más amplio y comprensivo que
hasta aquí se ha hecho nunca de las piedras preciosas como elemento
poético. Nadie puede desconocer la importancia que las piedras
preciosas tienen dentro de la literatura, sobre todo como términos de
comparación. En nuestros clásicos se encuentran alguna vez empleadas con
bastante acierto, aunque siempre tímidamente. Las piedras de que se
valen suelen ser por regla general las más comunes y conocidas; el
brillante, el rubí, la esmeralda, el topacio y pocas más. Estábale
reservada al Sr. Grilo la gloria de dar un paso de mucha trascendencia
en esta vía. El Sr. Grilo, no sólo ha manejado siempre con gran novedad
y atrevimiento las de uso más frecuente, sino que puede considerarse
como dichoso introductor de una multitud de ellas que nuestros clásicos
desconocían por completo, tales como el zafiro, el ágata, el granate, la
turquesa, el ópalo y otras muchas que se encuentran á cada paso en las
composiciones del ilustre escritor que nos ocupa.
Pero si es la mayor, nadie osaría afirmar que es la única ventaja que ha
otorgado al arte patrio. El señor Grilo ha conseguido como ningún otro
escritor español poner al servicio de cada idea el mayor número posible
de palabras. La palabra es sin disputa el más precioso don que la
Providencia concedió á los humanos, y el que á juicio de los
naturalistas nos aparta rigurosamente del bruto. Comprendiéndolo así el
señor Grilo, es quizá de todos los humanos el que mejor ha sabido
aprovecharse de ese inestimable favor, procurando por medio de todas las
voces del diccionario de Domínguez (que es el más completo) alejarse el
mayor trecho posible de los animales inferiores. La palabra no fué dada
al hombre en un solo instante y gratuitamente, sino tras largo y penoso
aprendizaje. El tránsito del sonido inarticulado al sonido articulado
costó á nuestros antepasados muchos siglos[8]. Más tarde el paso de las
lenguas monosilábicas á las aglutinantes y de éstas á las de flexión se
realizó en larguísimo período histórico[9]. El progreso no sólo ha
caminado á la par con el lenguaje, sino que es, en el sentir de varios
eminentes filólogos, una consecuencia de esta noble facultad humana. Y
en efecto, ¡qué distancia tan inmensa no existe entre el hombre
primitivo, que expresa con un sonido inarticulado el más intrincado de
sus razonamientos, y el Sr. Grilo, que emplea un número infinito de
sonidos articulados para decir que le encanta la luna y que de ningún
modo puede pasar sin ella!
Sin necesidad de acudir á las épocas prehistóricas, ¡cuantos pasos no ha
dado el género humano desde los primeros escritores que surgieron en la
tierra, verbi y gracia desde Moisés, que con dos miserables palabras
quiere relatar la aparición de la luz, hasta nuestro poeta, que hubiera
sabido íntercalar oportunamente más de dos mil, como lo exige la
grandeza del asunto y la propia dignidad del poeta!
Mucho se engañaría, no obstante, el que juzgase que sólo por la
abundancia y riqueza de voces brillan las composiciones del Sr. Grilo.
En la acertada y oportuna colocación de aquéllas hay también no poco que
admirar. Echemos una mirada á cualquiera de sus más notables poesías,
por ejemplo, á la titulada _Al borde del abismo_, y nos convenceremos de
ello.
Empieza esta composición:
A la orilla del mar; casi sin luna,
sin una luz apenas,
un ¡adiós! nuestras almas se decían
en la noche desierta.
Dos infinitos batallaban solos
en la muda ribera;
el de aquella imposible despedida
y el de la mar inmensa.
Considere el lector cuánta fuerza y majestad comunica á la composición
el adverbio _casi_ interpolado en el verso primero. No es posible decir
de modo más elocuente y peregrino que la luna se hallaba en cuarto
menguante.
El adverbio _apenas_ del segundo verso presta al _casi_ del primero un
apoyo eficaz y desinteresado, que este último nunca agradecerá lo
bastante. Al mismo tiempo, y penetrando en el asunto de la composición,
declaro que no he visto jamás un cuadro tan desolador. Porque, si para
nadie es cosa agradable encontrarse á la orilla del mar, casi sin luna,
con dos infinitos que batallan solos, para el Sr. Grilo, que nunca se
ha excusado de expresar su fervoroso apego á aquel satélite, debe ser
una situación verdaderamente desesperada.
Citaré á más de ésta, como es mi deber, la célebre composición titulada
_Las Ermitas de Córdoba_. Sólo de pensar que pudo haberse muerto el Sr.
Grito sin escribir _Las Ermitas de Córdoba_, me estremezco. Yo no
comprendo de qué modo podría pasar la sociedad elegante sin esta
maravillosa poesía, sobre todo por las noches. El oir al Sr. Grilo
recitar, con las manos quietas, _Las Ermitas de Córdoba_, es uno de esos
goces sencillos y honestos que no puede sustituirse con nada. ¡Plegue al
cielo que nuestra aristocracia continúe siempre buscando un refugio para
su hastío en esta milagrosa composición!
Mas, como no hay nada en el mundo perfecto, en algunas de las poesías
del Sr. Grilo he creído hallar ciertas imperfecciones que, si no dañan
poco ni mucho á su pensamiento (del cual he dicho ya que prescindía por
entero en este artículo), turban y empañan el claro brillo de la forma.
Sea ejemplo este soneto que trascribo fielmente de _La Ilustración
Española y Americana_: