¡Niágara de Aragón! ¡Del alta cumbre
tus ondas vuelcas de luciente plata,
cuyo raudal sonoro se desata
de saltos en vistosa muchedumbre!
¡Rota el agua en su inmensa pesadumbre,
en torrentes de espuma se dilata,
y ruedas de una en otra catarata,
copiando el iris en cristal y lumbre!
¡No hay peña que á tu paso no sonría
mientras filtras tus gotas una á una
de la gruta en el ámbito indeciso!
¡Ah! ¡la escala eres tú, por donde un día
las hadas, á los rayos de la luna,
bajaron á este nuevo Paraíso!
Monasterio de Piedra 20 de Agosto de 1876.
Observo en el soneto anterior algunas exageraciones é injusticias que me
importa rectificar. Deploro en primer término que sin más ni más, y sólo
por capricho, ponga el Sr. Grilo en el mismo nivel al río Piedra y al
Niágara. Prescindiendo de que las comparaciones siempre son odiosas,
creo que en el caso del Niágara me sentiría profundamente humillado de
este parangón; porque al fin y al cabo, si no vale más que el río Piedra
(que esto no puedo decidirlo, pues no tengo el gusto de conocer ni á uno
ni á otro), por lo menos tiene mucha mayor reputación y un nombre más
conocido en las letras. Duéleme en segundo lugar que «el raudal sonoro
de las ondas se desate en una muchedumbre vistosa de saltos», porque
hasta aquí, por regla general, los saltos no eran aficionados á reunirse
en grandes agrupaciones; y me inquieta bastante que eso suceda ahora,
pues siempre estoy temiendo cualquier desmán por parte de las
muchedumbres.