LOS PEQUEÑOS POEMAS

Río abajo, río abajo, no se va á parar al escepticismo. Si alguno dijera

lo contrario, aunque fuese el mismo autor de este artículo, mi opinión

es que no se le debe hacer caso. Río abajo, río abajo, podrá ir á parar

al escepticismo el autor de este artículo, que es hombre vulgar, para

quien las cosas se gastan pronto y pronto decaen, cuando lo que se gasta

y decae en realidad es su imaginación. El autor de este artículo podrá

muy bien dentro de algunos años ver el mundo al través de mil prosaicos

desengaños y de su propia fatiga; podrá renegar de las flores, las

mujeres y las lágrimas, declarándose ciego partidario de los

calzoncillos ingleses y de los discursos de Perier. Pero ¿quién puede

tomar como ejemplo en asuntos tan elevados y espirituales al frívolo

cuanto insignificante autor de este artículo?

Tal vez me haya excedido un poco en los cargos que dirijo al autor de

este artículo. Si es así, declaro que no ha sido mi ánimo, ni lo será

jamás, inferirle el más pequeño agravio.

El Sr. Campoamor, como todos los hombres de espíritu verdaderamente

poético, no envejece. El espectáculo que le rodea no le agita, pero le

impresiona como en sus mejores años. Yo opino que aún mejor que en sus

primeros años. ¡Oh! ¡quién llegara á su edad con una imaginación viva y

fresca para recibir las bellezas infinitas de lo creado! ¡Pues qué!

dentro de treinta años, la brisa que venga de bosque en bosque á

murmurar á nuestro oído, ¿será por ventura menos tibia y traerá menos

perfumes? La ola lejana del mar, bañada por la luz del mediodía, ¿será

menos brillante y azul? Las aguas de los ríos ¿correrán al través de las

sombras vacilantes de la noche con menos calma y majestad hacia el

Océano? ¿Las flores soltarán, fatigadas de vivir, sus pétalos, allá en

la tarde, con menos dulzura y silencio? Y aquellos picos siempre

nevados, que se columbran desde el balcón de mi casa, ¿serán menos

hermosos cuando el sol les dirija su última mirada?

¡Ay! mucho lo temo. Por eso siento ya una envidia anticipada hacia el

Sr. Campoamor. _Los pequeños poemas_ son la poesía del ocaso; pero ¡qué

ocaso tan espléndido! Ese sol, como el de su país y el mío, se pone más

hermoso aún que se levanta. ¡Qué luz tan suave, qué ternura y qué

melancolía tienen los últimos poemas de Campoamor! Al hundirse en los

espacios insondables, ese sol no corre ansioso soñando dichas imposibles

allá en otras esferas: baja lentamente, mirando con tristeza hacia la

tierra y acariciando dulcemente sus recuerdos. En su carrera ha habido

nubes que le empañaron y ofuscaron, pero ya no se acuerda. Ya no se

acuerda sino de aquellos pedazos de cielo azul desde donde contemplaba

extasiado las flores que crecen por la tierra.

La fantasía del poeta llega á comprender, después de haber discurrido

por el mundo de los sueños y de las verdades, que muchas cosas le

calentaron sin razón y otras le enfriaron sin motivo. Los jóvenes se

arrojan ansiosos sobre aquellos objetos que más se destacan y brillan, y

abandonan por insignificantes é indignos otros más pobres y modestos.

Así podemos observarlo en las obras de la escuela romántica.

_Los pequeños poemas_ han venido á demostrar cuánta sinrazón hay en

ello. Con una ironía dulce, con una sensibilidad tierna, con una

fantasía sana y equilibrada, Campoamor va recogiendo del suelo aquellas

florecitas que no han conseguido fijar nuestra atención ni detener

nuestro paso. Poco á poco forma con ellas un ramo, y al enseñárnoslo nos

estremece de placer y remordimiento. Aquí es una pobre joven que viaja

en un tren expreso, herida mortalmente de un desengaño de amor. Allá es

una novia que enrojece y tiembla y medita á la vista de un nido. Más

allá es una pobre niña que espera á todas horas una carta que no viene.

En todas partes lo humilde, lo pequeño; jamás lo brillante y elevado.

Pero lo humilde surge al reclamo del poeta con proporciones grandiosas,

y llega á fascinarnos como lo más soberbio. Por eso ahora, si veo á una

niña que contempla un nido, me detengo, cual si creyera escuchar la

turba de inefables pensamientos que cruzan aleteando por aquella

cabecita blonda. Cuando miro al cartero penetrar en una casa, me digo

siempre: ¡quién sabe si llevará un nuevo desengaño á Dorotea! Cuando

viajo en tren expreso, vislumbro por el cristal de la ventana mil

negruras y fantasmas que antes no percibía. Y si en el fondo del

carruaje veo reclinada una joven rubia «digna de ser morena y

sevillana», siento punzantes deseos de preguntarle su triste historia, y

de envolver sus lindos pies con mi manta zamorana.

Así es el Arte. El poeta añade cada día nuevos mundos al que Dios ha

sacado de la nada.

[Illustration]

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Semblanzas literarias · 第 65 / 93 题