EL DRAMA UNIVERSAL

No tengo predilección por el poema simbólico ó fantástico. Algo parecido

me pasa con las ostras. Las como cuando se presenta la ocasión, es decir

cuando me las ofrecen; pero yo no las pido jamás. Mas no por eso dejo

de comprender la afición á los poemas simbólicos. Es una afición tan

plausible por lo menos como la de las ostras. Mi espíritu, abierto á

todos los mariscos y á todos los poemas, sabrá, ya que la vez se

presenta, tributar los honores debidos al _Drama universal_.

Allá en otro tiempo, sin embargo, sentía yo verdadera pasión por las

ostras. Mas he aquí que un amigo escribe un poema simbólico, y lo que es

aún más generoso por su parte, se decide á leérmelo. Bien sabe Dios que

jamás he exigido á ningún amigo que me lea un poema simbólico. Comprendo

que la amistad tiene sus límites, y por eso si él no se ofreciese

espontáneamente á leérmelo, nunca me hubiera aventurado á pedírselo. Me

llevó á su casa, me regaló el paladar con unas ostras y me leyó su poema

simbólico. Por la noche soñé unas cosas espantosas. Un mar embravecido,

negro como la tinta, arrojaba á la orilla donde yo estaba una cantidad

de ostras que iba en aumento de un modo prodigioso. La playa se hallaba

cubierta enteramente por ostras que destilaban fríamente su licor

viscoso y nauseabundo. Yo trataba de huir á toda prisa, pero en vano,

porque á cada paso aquel maldito licor me hacía resbalar. ¡Qué angustia!

El mar seguía rugiendo y arrojando ostras y ostras. Parecía que se

habían dado cita en aquella playa las ostras de las cinco partes del

mundo. Por último desperté, y noté que me dolía la cabeza. Después, creo

que me hicieron tomar algunas limonadas purgantes y un océano de caldo.

Cuando salí de la cama, al cabo de varios días, había perdido casi todas

mis ilusiones sobre las ostras y los poemas simbólicos.

Mas echo de ver que estoy poniendo una singular introducción al juicio

crítico de El drama universal. ¡En vez de disertar ampliamente sobre los

orígenes y vicisitudes del poema simbólico al través de las edades, me

entretengo en hablar frívolamente de una indigestión de ostras! Me están

hormigueando por el cuerpo unos deseos terribles de mostrar al

respetable público que si me empeño soy capaz de ofrecerle una erudita

introducción fraguada con todas las reglas del arte. Todo parece

invitarme á ello. La hora; el sitio--que es la biblioteca del Ateneo de

Madrid;--el ruido ameno de los pasillos; todo me dice con elocuencia que

puedo escribirla impunemente. Enfrente de mí, detrás de los cristales de

un armario, percibo los lomos verdes, rojos ó grises de los libros

mejores para el caso. Allá veo uno que dice con caracteres de oro:

_Schlegel_.--_Histoire de la litterature ancienne et moderne_; más allá

otro que dice: _Hallam._--_Introduction to the literature of Europe in

the fifteenth sixteenth and seventeenth centuries_; más allá:

_Leveque.--La science du beau_; y á este tenor otras muchas obras

monumentales y sublimes que llevan en sus entrañas ricos veneros de

citas. ¡Cómo me miran las taimadas!--«Anda, ven acá, parecen decirme,

ábrenos y verás cuántos medios hay en el mundo de darse tono. Si tienes

la digestión rápida, como decía Schiller, verás cuán fácilmente te

convertimos en sabio.»

Es una fuerte tentación, pero sabré resistirla. Para algo me ha dado

Dios esta inflexibilidad de criterio que tanto perjudicaba á mi nodriza

en los primeros meses de mi vida.

Voy, pues, á expresar sin una sola cita y con las menos palabras

posibles (pues hace demasiado calor en la biblioteca del Ateneo de

Madrid) mi humilde, pero lisa y llana opinión sobre _El drama

universal_.

No sé, ni me importa saber, lo que se ha propuesto el Sr. Campoamor al

escribir _El drama universal_. Probablemente sería (lo saco por el

título) una cosa enorme y grandiosa. Y antes de pasar más adelante, me

conviene indicar que las obras artísticas más trascendentales conocidas

hasta el día, no son precisamente aquellas en que el artista vió al

escribirlas su trascendencia; antes me figuro que tales obras son

trascendentales sin que el mismo artista lo sospeche. Véanse, por

ejemplo, el _Quijote_ de Cervantes, el _Hamlet_ de Shakspeare, _Edipo en

Colona_ de Sófocles, y tantas otras en que la poderosa intuición, y

todavía pudiera decir el instinto del escritor, ha llegado sin quererlo

á los parajes más recónditos de la filosofía.

Entrando por el poema del Sr. Campoamor, observo que juegan en él

pasiones humanas. El Sr. Campoamor fué muy dueño de encarnar estas

pasiones humanas en seres fantásticos, pero yo también lo soy de

preferir que las hubiese encarnado en seres humanos. El amor es el

asunto del poema. El señor Campoamor fué muy dueño de dividir el amor en

tres categorías: el amor terrenal, representado por Honorio; el amor

ideal, representado por Soledad, y el amor divino, representado por

Jesús el Mago; pero yo también lo soy de pensar que no existe más que

uno. Y porque no existe más que uno, el personaje que lo encarna,

Honorio, es el único que interesa y conmueve en el poema. Porque el amor

de Honorio no es el amor sensual, sino amor humano, esto es, amor que

participa á la vez del orden físico y del moral, amor que se mueve

dentro de nuestra peculiar esfera. Por eso no hallo bien que el Sr.

Campoamor oponga á este amor, que es el verdadero, el amor de Soledad,

que es una abstracción. Las abstracciones, que generalmente vienen del

Norte, son frías como las escocesas y las rusas, y cuando ponen el pie

en un poema simbólico, casi siempre es para echarlo á perder. Soledad,

como ser abstracto, no consigue interesar á nadie. El amor purísimo y

castísimo que profesa á Palaciano parece copiado de un libro de misa. En

cuanto á Jesús el Mago, á pesar de sus apariciones y desapariciones, á

la hora en que escribo estas líneas no sé todavía á punto fijo qué papel

juega en el poema.

El problema de la lucha del espíritu y la materia, que es el fondo

metafísico de _El drama universal_, tiene poco de poético planteado en

la forma simbólica que lo ha hecho el Sr. Campoamor. Por regla general,

los problemas se aburren mucho dentro de las obras de arte y están

siempre como forasteros. Parecen á esos ingleses lacios y fatigados que

recorren nuestras ciudades del Mediodía en busca de un rayo de sol para

calentar su helado corazón. ¿Y _Fausto_? me dirán ustedes. En primer

lugar, _Fausto_ es la obra gigantesca de uno de los más grandes poetas

que registra la historia del Arte. Después (dicho sea esto con perdón de

mi muy querido é ilustre amigo Urbano González Serrano), la metafísica

de la segunda parte de _Fausto_ me seduce mucho menos que el drama de la

primera. ¡Ay! á este tenor, ¡cuántas veces me gusta más la criada que me

abre la puerta de alguna casa, que su señorita!

Mas si dejamos á un lado (al que ustedes quieran; lo mismo me da uno que

otro) la trascendencia del _Drama universal_, y pasamos á considerar lo

que ante todo debe considerarse en un poema, esto es, su poesía, ¡con

cuánto placer echara mi pluma á caza de frases lisonjeras! Aparte de la

monotonía que engendra el cuarteto, aun más monótono que la octava, no

conozco otra obra en la moderna literatura española que la aventaje en

riqueza de imágenes, en brillantez y en colorido. Hay en el fondo de

ella depositado oro bastante para dorar muchos poemas, y todos sus

cuartetos por lo elegantes y sustanciosos semejan estuches diminutos

donde se guarda siempre una joya. Pero ustedes saben muy bien que yo no

puedo seguir á caza de frases lisonjeras, sin inferir una ofensa más ó

menos grave á

Semblanzas literarias · 第 64 / 93 题