[Illustration: H]ACE ya muy cerca de dos años que permanezco silencioso
como un diputado de la mayoría. No he dicho hasta ahora sino pocas
palabras sobre el ingenio dramático del Sr. Echegaray; y en las batallas
que se han librado en el teatro con motivo de sus dramas quiso la
fortuna que no hubiese perdido los ojos, aunque en más de una ocasión se
hayan visto entre los dedos de algún crítico y la pared. ¡Dios me los
conserve mucho tiempo sanos para no ver los dramas de Sánchez de Castro!
Mas no por haberlo guardado tanto tiempo me harán ustedes la ofensa de
suponer que no he formado juicio sobre el teatro de Echegaray. Gracias á
Dios, tengo sobre este punto mi correspondiente opinión, como cualquier
farmacéutico. Y ahora que me veo lejos de aquellos dedos frenéticos--¡cuidado
con los dedos que gastan algunos críticos!--respiro fuerte y digo mi
opinión.
Don José Echegaray era, como todos saben, un notabilísimo ingeniero y
fué ministro de varios ramos. Por consiguiente, ¿qué razón había para
que no fuese autor dramático? Efectivamente, allá por el invierno de
1873 fué representada su primera composición dramática con el título de
_La esposa del vengador_, que era una primorosa leyenda con innumerables
defectos y algunas bellezas. Más que la obra en sí, cautivóme y sedujo
la novedad del intento. El teatro español, merced á los trabajos de los
Eguílaz, Larra, Rubí y otros, había dado grandes pasos hacia el
confesonario; se postraba á los pies del coadjutor de la parroquia,
acusándose de sus pecados románticos, rezaba el rosario todos los días,
asistía á las cuarenta horas, tomaba el sol por las tardes. Era un
teatro chocho. Cuando adoptó otro género de vida, todas las gentes
dijeron: «¡Echegaray es el que lo ha pervertido, el que lo ha sacado de
quicio! Desde que trata con él ha vuelto á fumar, á decir requiebros á
las muchachas y á retirarse á las altas horas de la noche. ¡Esto no se
puede tolerar, es verdaderamente escandaloso!»
Allá en el fondo yo me alegraba mucho de que se retirase tarde. El
teatro debe gozar independencia y tener su llavín para cualquier evento.
_La esposa del vengador_ me pareció una calaverada de buen género, la
expansión afortunada de un ingenio privilegiado. ¿Nada más? Nada más.
Tenía toda la frescura y toda la inocencia de una virgen de quince años.
Era suave, delicada, irreflexiva, levantada de inspiración y de cascos.
No hubo más remedio que aplaudirla.
Empezaba á oscurecerse la estrella del P. Astete. _La esposa del
vengador_ nada nos decía acerca de las _bienaventuranzas_ ni de los
_frutos_ del Espíritu Santo: omitía por entero los sacramentos que se
han de obrar y hasta prescindía de los que se han de recibir.
Conmoviéronse hasta los cimientos los corazones de la clase media. ¿Qué
iba á ser de nosotros? Si en el teatro no se nos enseñaba lo que hemos
de creer, lo que hemos de orar, lo que hemos de obrar y lo que hemos de
recibir, ¿á dónde volver los ojos? Con permiso de estos corazones diré
que, á mi entender, el teatro de Echegaray es más moral que el de
Eguílaz. Tengo mis razones para creer esto, y si ustedes se dignan
prestarme atención se las diré en pocas palabras.
Todos ustedes sabrán probablemente que apoderarse de lo ajeno contra la
voluntad de su dueño es un pecado, y otro pecado levantar falsos
testimonios, lo mismo que desobedecer á los padres y jurar el santo
nombre de Dios en vano. ¿A qué ir, pues, al teatro cuando se representan
las obras de Eguílaz? ¿Á gozar de sus bellezas? Es inútil, porque no las
hay. ¿Á dormirse? Es muy feo y se expone uno á que le despierte el
acomodador. Sin embargo, esta última solución no me parece del todo
inadmisible, y aparte de sus inconvenientes, porque los tiene, lleva
algunas ventajas á todas las demás. Y si te duermes, lector, que sí te
dormirás, ¿en qué forma te habrás moralizado? ¿Con qué tristeza no
pisarás después la escalera de tu casa, considerando que entras tan
inmoral como has salido?
En cambio, duérmete si quieres en los dramas de Echegaray. Si por acaso
fueses tan duro de corazón que no te conmovieran las escenas patéticas,
ya se encargaría alguno de esos actores tan bien entonados que sólo
España posee de tenerte despabilado. Pero no; yo sé que no hay necesidad
de que se griten los dramas de Echegaray para que se escuchen con
atención. Sin el auxilio de aquellos inolvidables pulmones, lo mismo
hubieran conmovido al público. El Sr. Echegaray recoge en el teatro,
siempre que se le antoja, una buena cosecha de lágrimas.
Ahora bien, las lágrimas ¿no son un medio de moralizar al hombre?
¿Cuándo se derraman lágrimas? Cuando el corazón se enternece. Pues
enterneciendo el corazón muchas veces lo haremos más blando y más
sensible, y el hombre será más clemente y generoso.
Esta afirmación no es sofística. La puedo demostrar con un poco de
metafísica. El dolor de un semejante enternece nuestro corazón,
despierta en nosotros la piedad y también el amor. Porque el dolor para
muchas personas formales y también para mí es una gran injusticia. Si el
dolor recae sobre un malvado, contraría el fin general humano, que es el
pleno goce de la vida; mas si atormenta á un hombre virtuoso, no sólo
contraría este fin general, sino también el particular de la virtud, que
merece recompensa. En uno y otro caso hay una injusticia que nos hace
padecer moralmente. Mas para que una injusticia nos haga padecer es
necesario que en aquel momento la idea de justicia se levante con
extraordinario poder en nuestra alma. Y cuando la idea de justicia se
enseñorea de nuestra alma, ¿no somos más morales que cuando yace
aletargada en algún oscuro rincón del pensamiento? He aquí cómo, á mi
juicio, una obra dramática, por el mero hecho de ser bella, sin
propósito alguno de aleccionar á los espectadores, puede influir más
poderosamente en su moral que aquellas otras cuyo primero y tal vez
único intento sea éste. El arte perfecciona nuestras facultades morales,
no recordándonos el catecismo, sino fortaleciéndonos, elevándonos,
arrastrando nuestro espíritu á la región de las ideas grandes y nobles.
De mí sé decir--y me pongo de ejemplo, porque soy para el caso como
cualquier otro--que cuando presencio la representación de _Hamlet_ me
conmueven tanto los sublimes pensamientos del héroe, que me figuro
participar de su grandeza, se despierta en mi ser lo que hay de más
generoso, siento mi espíritu más grande y ennoblecido, en una palabra,
me reconozco más moral que cuando salgo de ver _Bienaventurados los que
lloran_.
No obstante, es necesario averiguar de dónde viene la emoción; si llega
á nosotros sostenida por la falsedad y el absurdo, ó la trae en sus
brazos el arte.
Cuando veo llorar á una persona en el teatro pienso que por lo menos
aquella persona tiene un corazón sensible. Las personas acá en España,
tratándose del teatro, no deben exagerar la cuestión de lágrimas. Me
parece que tienen muchas más ocasiones de reir. Sólo algunos chistes de
Pina y tal vez algún otro de Blasco son los que arrancan con entera
justicia raudales de ellas á los ojos.
En la última escena de _Ó locura ó santidad_ estuvieron á punto de
soltárseme. Si no hubiese acontecido que una señora se desmayó á mi lado
y no hubo más remedio que socorrerla, seguramente habría despilfarrado
algunas. Pero aquello me dió tiempo á reflexionar, y he aquí lo que
salió de mis reflexiones.
Efectivamente, en la escena pasaba algo grave. Dos jayanes al servicio
de un manicomio se llevaban maniatado á un caballero, bajo el supuesto
de que estaba loco. No estaba loco, todos lo sabíamos, y padeciamos,
como es natural, presenciando aquel acto de barbarie. Mas aquel acto de
barbarie había sido preparado por el autor con el exclusivo objeto de
conmovernos. Por lo mismo teníamos derecho á exigir que la preparación
fuese discreta y artística. Aquella situación atrevida é interesante no
tenía, por desgracia, raíces muy seguras; se hallaba presa por tan
sutiles hilos al argumento de la obra, que el más leve soplo de la
reflexión bastaba á soltarlos. El entendimiento juega un papel
secundario, pero juega su papel en la contemplación de las obras de
arte, y es gran torpeza llevarle la contraria tan resueltamente como se
hace en esta obra. ¿Será posible convencer á nadie de que, mediando
buena fe, se arrastre á un manicomio á un hombre de talento, estudioso,
sensato y recto, á las pocas horas de haber declarado que la fortuna que
posee no le pertenece, por extraordinarias que sean las circunstancias
que acompañen á esta declaración? Yo pregunto á toda la clase médica
española: ¿Hay en ella dos individuos, sobre todo si han recibido el
grado antes de la revolución, que por los síntomas que ofrece el
espíritu de D. Lorenzo de Avendaño sean capaces de decretar su inmediata
clausura? Yo pregunto á todas las familias honradas de Madrid: ¿Hay
alguna que permita y aun promueva el encierro de su jefe en una casa de
locos por los motivos y con la premura de aquella que Echegaray nos
presenta en su drama? De resultas de no haberme contestado nadie á estas
preguntas que hice mientras socorría á aquella señora, resolví no
conmoverme. Y no obstante, si un espectador ó alabardero tuviese la
desgracia de caer desde el paraíso á las butacas, pueden ustedes creer
que el suceso me impresionaría fuertemente. Me impresionaría mucho, aun
cuando aquella escena no había tenido preparación de ninguna clase. No
sé si el lector comprenderá esto, pero yo lo comprendo perfectamente.
Á pesar de cuanto he dicho, estoy lejos de aplaudir el espíritu de
crítica, por no decir _intelectualismo_, con que de poco tiempo á esta
parte acude el público al teatro. Pasaron los buenos tiempos en que los
espectadores tomaban parte con lo más hondo del alma en las peripecias
del drama, se apasionaban, se enfurecían, trataban de saltar al
escenario en socorro del héroe, arrojaban comestibles sólidos á la
cabeza del traidor. Sólo en algunos apartados rincones de nuestras
provincias se da el caso ya de que el público obligue al protagonista de
_Carlos II el Hechizado_ á dar muerte cuatro ó cinco veces consecutivas
al odioso fraile, autor de sus desgracias. En el resto de España, el
fraile muere á la hora en que escribimos de una sola puñalada. El
público que acude á los estrenos en Madrid, mujeres, viejos y niños,
todos se constituyen en tribunal y afectan la imperturbabilidad de un
magistrado en vista pública y solemne. En las escenas más interesantes y
patéticas, lo más que se permite el espectador es una helada sonrisa de
satisfacción y el siguiente galicismo: _Está bien hecho_. En tanto que
dura la representación, todos, todos, hasta aquella rubia de la platea
cuyos cabellos parecen dorados á fuego y uno á uno, tienen aspecto de
estar escribiendo en lo más profundo del pensamiento unos _Apuntes
críticos_ con mucha _fibra_ y mucho _calor de humanidad_.
Permítaseme que eche de menos en el público un poco de sensibilidad, y
después permítaseme proseguir.
El defecto capital del teatro de Echegaray, aquel que resplandece en
todas sus obras, es la falsedad. En algunas de ellas, como _En el puño
de la espada_, la falsedad puede denominarse absurdo. Un viento
atracado de embustes corre por todos sus dramas, desatando los cabos,
invirtiendo los términos, lacerando la urdimbre y arrojando las escenas
muy lejos unas de otras, de tal modo que sus personajes quedan
gesticulando en la soledad, y el público no ve la razón de sus
desconcertados ademanes. Lo que se echa de menos en las obras dramáticas
de Echegaray son las matemáticas. En estas obras se estampa el resultado
sin haber hecho las operaciones previas, y el público pide que se le
muestre la pizarra.
Ahondando un poco en la indagación de este asunto, tal vez observemos
que el defecto enunciado, si ataca á la esencia misma de la obra y la
reduce á la categoría de efímera, no es de los que niegan por sí la
aptitud del artista. Lo que sí muestra inmediatamente es que á la
creación de la obra acompañó un algo perturbador y malsano que el autor
debió haber huído con empeño. Es imprudente introducirse en el
laboratorio de un poeta para espiar sus trabajos, y á seguida
noticiarlos á los cuatro vientos. Pero si me fuese dado vencer la
repugnancia que me inspira este espionaje y me pusiera á observar el
crisol donde hierven los dramas de Echegaray, creo que no tardaría en
percibir ese elemento pútrido que causa el daño de la obra. Después, si
se me obligase á darle un nombre y no tuviese á mano otro más poético,
lo llamaría «precipitación».
La precipitación de que el Sr. Echegaray hace uso en la fabricación de
sus dramas es de la peor ralea, porque es la que acompaña, no tan sólo
á la ejecución, sino también al pensamiento mismo de la obra.
Estoy pensando en que la idea de haber aproximado el gabinete de un
poeta al laboratorio de un químico por algo debió acudir á mi cerebro
ahora. ¿Por qué habrá sido?... Quizá tenga su raíz en la impresión que
me causó el Sr. Echegaray la vez primera que le vi salir á la escena
solicitado por el clamoreo del público. La figura del Sr. Echegaray no
despertó en mí, ni más ni menos, la idea del poeta, sino la del
astrólogo. Sin que pudiera oponerme al escape de mi fantasía, adornéle
de súbito con una bata sembrada de estrellas, le puse sobre la cabeza
una caperuza y en la mano una varilla de virtudes, aposentéle en una
cámara tétrica toda atestada de libros, de redomas, de animales
disecados. Le vi enfrascado á una luz mortecina en la lectura de una
_Trigonometría rectilínea_. Parecía hallarse inquieto, cerraba los ojos
con frecuencia y lanzaba tristísimos suspiros.
«¡Ay!--exclamó--¡Aritmética, álgebra, geometría, y por mi desdicha
también la trigonometría, todo lo he profundizado con un trabajo
constante, y heme aquí pobre tonto!... Hace ya algunos años que enseño á
la multitud las matemáticas y no estoy bien seguro de haber enseñado
algo de provecho. Ni aun me lisonjeo de que sirva para nada el reducir
los quebrados á común denominador. Por eso me he dedicado algún tiempo á
la política. Pero todo esto, política y matemáticas, es intrincado, es
oscuro, y además sospecho que no sirve para nada. ¡Oh, si yo pudiese
franquear esta muralla de fórmulas algebraicas y expedientes que me
aprisiona! ¡Si yo pudiese, libre como el humo que se escapa de estos
carbones, recorrer á la dulce claridad del gas los escenarios de los
teatros, aspirar el perfume de los polvos de arroz, salir cogido de las
manos de los artistas, en forma de danza, á embriagarme con el néctar
voluptuoso del aplauso! ¡Oh, qué extraña turbación se apodera de mi ser!
Escucho una voz celeste que me dice: El mundo de las bambalinas y del
albayalde no está cerrado... Ánimo: aún puedes morder donde han mordido
Retes y Echevarría... Sí, creo que el genio de Shakspeare da vueltas en
torno de mi cabeza y me incita á escribir dramas. Siento que mi espíritu
se entrega todo á ti. ¡Oh, espíritu inmortal!... Ven, ven...
(_El genio de Shakspeare desde dentro_): Huyamos.
Pero esto es _Fausto_ puro, dirán ustedes. No lo niego, diré yo.
Volvamos á la precipitación, volvamos aunque no sea sino para afirmar
que la precipitación es una frase inventada por mí para explicar y
atenuar algunos pecados cometidos por el Sr. Echegaray. Por lo demás, yo
no puedo negar á ustedes el derecho de achacar sus yerros á inopia y no
á precipitación.
El comercio y trato frecuente de los grandes hombres suele dejar en
nuestra inteligencia huellas muy visibles. Por estas huellas es fácil
conjeturar cuál ha sido el grande hombre que más nos ha cautivado. Yo
me atrevo á pensar que el favorito del Sr. Echegaray ha sido Arquímedes.
De él es de quien ha tomado, sin duda, la mala costumbre de pedir
gollerías. Arquímedes decía: «Dadme una palanca y un punto de apoyo, y
removeré la tierra». Mas el pobre Arquímedes se fué al otro mundo sin
tener el gusto de remover la tierra, porque nadie pensó en darle la
palanca ni el punto de apoyo. Echegaray dice: «Dadme un hijo formado por
el rayo de la luna que penetra por un vidrio roto (el arte se encargará
de pagarlo); dadme un puño de espada que sirva de archivo á una
correspondencia que no es posible quemar ni hacer pedazos; dadme una
hoja de puñal donde se escriba con sangre como en la mejor vitela, de
tal suerte que lo que sobre ella se estampe no pueda borrarse sin
habérsela hundido previamente en el pecho el protagonista; dadme la
luna, en fin, y yo os daré un drama».
Efectivamente, el público dió la luna y el Sr. Echegaray los dramas. Mas
debemos reconocer que éste es un cambio de servicios perfectamente
enclavado en la teoría de la circulación, expuesta con gran lucidez por
Bastiat, y ni el Estado ni yo tenemos derecho á contrariar el libre
desenvolvimiento de las leyes naturales que presiden á la producción,
distribución y consumo de los dramas. Lo único que lamento amargamente
es que el desgraciado Arquímedes se haya ido al otro mundo sin tener el
gusto de remover la tierra.
Inmediatamente después de esto tenía pensado decir al Sr. Echegaray que
no tiene un gusto muy exquisito para la elección de temas, á los cuales
tampoco sabe dar variedad, ni gran acierto en la pintura de caracteres,
que huelen á bastidor desde muy lejos, ni tampoco una versificación
flúida, castiza y armoniosa que velara púdicamente las liviandades del
fondo. Pero todo esto tenía pensado decírselo de un modo delicado,
ingenioso, como deben decirse estas cosas cuando uno quiere sentar plaza
de escritor ático, intencionado y habilidoso.
Más de un cuarto de hora he pasado tirándome por la barba y con la vista
fija en un mico de bronce que sirve de remate á la tapa del tintero, y
no acaba de brotar en mi cabeza ni una sola frase irónica. Me voy
convenciendo con verdadero dolor de que no soy tan socarrón como creía.
Despechado y sin aliento, arrojo una mirada sobre las cuartillas
escritas. Son veintisiete. Por consiguiente, según mi cálculo, falta por
escribir una tercera parte del artículo.
Ahora bien, esta tercera parte la dedica todo crítico bien educado á
elogiar la obra que juzga cuando es mala. Cuando es buena, lo común es
dedicar dos terceras partes. No seré yo ciertamente quien con mano torpe
pretenda romper el curso de nuestras costumbres venerandas, consagradas
por los siglos y las generaciones. De las dos terceras partes que llevo
escritas, resulta que el Sr. Echegaray es mal poeta dramático. Confío
en que de la que falta ha de resultar que es bueno.
El Sr. Echegaray no es tan insignificante poeta como pudiera deducir
cualquier adversario suyo de las premisas que he sentado. Yo escribo
para las personas ilustradas é imparciales, para aquellas que saben
conceder á las frases su verdadero sentido y ver al través de las
travesuras del estilo el corazón del escritor. Esas personas que tienen
los ojos puestos sobre el mío saben cuán lastimado está y cuán triste
por las frases que un destino cruel me ha obligado á estampar. Yo admiro
al Sr. Echegaray, le admiro como admiran los gusanos á las estrellas, si
es que las admiran. En materia de admiración, muy pocos serán los que
puedan ponerme el pie delante. Pero yo bien sé por qué admiro al Sr.
Echegaray: las personas que penetran mi corazón, bien lo saben, el señor
Echegaray también lo sabe. Hay muchas cosas inefables para la humana
lengua, y una de ellas es ésta. Asisto á la representación de una obra
de Sánchez de Castro, y quien dice Sánchez de Castro dice Retes. La obra
sale mala, como puede suceder, que esto no me lo negarán ustedes. Pues
bien, este pobre joven que ha sacrificado veinte reales para verla, se
emboza con la mayor dignidad en su capa y sale del teatro murmurando
entre dientes Dios sabe qué cosas. Se estrena un drama de Echegaray, y
el tal drama no satisface ni con mucho mis exigencias. Pues en vez de
salir irritado y feroz á saciar mi cólera en un chocolate, salgo con la
sonrisa más plácida del mundo, una sonrisa que envidiaría el mismo
Perier, enojando á los amigos con mi descarada alegría, y cantando
salmos en honor del Sr. Echegaray.
«Porque tienes garras como el león y dientes como el chacal, señor,
desgarras y trituras el arte dramático.
Te glorificaré por tus dramas malos lo mismo que por los buenos y
cantaré tus alabanzas.
Tú has abierto mi boca, señor, y mi boca cantará tus alabanzas.
Cuando tú llegaste, los dañinos gorriones, entre los cuales figuraban
Pérez Escrich y Larra, y también Eguílaz, divertían sus ocios en
picotear la escena.
La picoteaban sin compasión; en su pico no se hallaba palabra de verdad,
ni verso sin ripio, y en su alma de gorrión se albergaban la frivolidad
y la impotencia.
Llegaste y los desmenuzaste como polvo que el viento esparce, y los
barriste como lodo de las plazas.
Á tí, ¡oh señor! tributaré gracias con todo mi corazón, y narraré todas
tus maravillas.»
Las maravillas del Sr. Echegaray son algunas escenas tan bellas como
hacía muchos años no habían resplandecido en el teatro español y un
enjambre de pensamientos graves y luminosos que surcan altaneros el
piélago de sus obras, dejando brillante estela de fuego.
Las buenas acciones siempre las tengo presentes y no olvidaré mientras
viva de qué modo se ha portado el Sr. Echegaray en una célebre noche.
Tres veces consecutivas había subido el telón, y tres veces consecutivas
había vuelto á bajar. Cuando subía, me quitaba el sombrero y lo colocaba
con delicadeza, que semejaba unción, en la butaca de enfrente hasta que
llegaba un caballero de corbata encarnada que me obligaba á levantarlo
rápidamente y á plancharlo dos ó tres veces con la manga de la levita.
Estas maniobras me hacían perder algunas docenas de versos. Cuando
bajaba, me ponía el sombrero y trataba de lanzarme á los pasillos.
Indudablemente en la vida del hombre hay momentos críticos. Uno de ellos
es salir de una fila de butacas del teatro Español en noche de estreno.
¿Se debe salir dando el rostro ó la espalda á las señoras que ocupan la
fila? Militan razones poderosas en pro de ambos sistemas. No obstante,
mi opinión, y la apunto con las debidas reservas, es que se debe salir
mirando á las señoras. Se deben apretar las piernas hasta donde alcancen
las fuerzas contra la fila contigua, con el fin de hacer patente que
vuestras extremidades son tan inofensivas como hidalgas. Conviene que al
demandar perdón por la molestia, formuléis brevemente una enérgica
protesta contra la empresa del teatro, que sacrifica el pudor al sórdido
interés. No dejéis tampoco de decir, si os ocurre, alguna frase
ingeniosa y moral, sobre todo moral. Si no os ocurre, lo más sensato es
doblar el espinazo, sonreir con modestia y abreviar cuanto se pueda.
Recorría automáticamente los pasillos, el salón de descanso; escuchaba
distraído profundas disquisiciones sobre la verdad de los caracteres y
la verosimilitud de la fábula, y pienso que cuando me aposenté de nuevo
en la butaca y vi sepultarse á los músicos, cual gnomos misteriosos, en
sus tétricos agujeros, ¡Dios me perdone! pero algo semejante á un
bostezo vagó por mis labios. Alzóse la cortina pausadamente, con cierto
chirrido profético, anunciando que en el caso poco probable de que la
obra saliera de la noche limpia de todo silbido, tos ó estornudo, no
reportaría pingües ganancias á la empresa. ¡Lo que es el sino!
¡Partiendo de la garita del apuntador hacia dentro, hasta el telón tiene
derecho á carecer de sentido común!
Así que vi el escenario, me dió en la nariz un tufillo de belleza que
reanimó mi espíritu soñoliento. ¿Tufillo lo he llamado? Pues no es
verdad; aroma, aroma era, aroma embriagador que llegaba al corazón. Un
hombre que agoniza vertiendo profundos pensamientos en flúido y enérgico
romance. Esto no se ve todos los días. ¡Cuántos se mueren en las tablas
con el ripio entre los labios! Después, una escena verdadera, con vida
terrenal, que en el cerebro delirante del moribundo engendra otra más
grande y fantástica. Sombras que toman carne para ofrecer perdón al
crimen. Seres vivos que la noche y el remordimiento convierte en
sombras. Relámpagos siniestros que alumbran una conciencia cenagosa. El
amor tomando posesión de un corazón dolorido. Un poco de verdad y otro
poco de poesía. Por allí debía de andar el arte.
Aplaudí como se aplaude cuando no se representa nada de Blasco, y sin
acordarme poco ni mucho de que era un crítico, lloré como un simple
mortal. No hay más remedio que confesarlo: los críticos, salvo honrosas
excepciones, tenemos también corazón como los demás.
¡Qué noche aquélla! Fué _La última noche_ del señor Echegaray. Después
le aplaudí más de una vez, pero mis palmadas, casi siempre débiles é
indecisas, sonaban á hueco, como las cabezas de algunos sabios. No crea,
sin embargo, el Sr. Echegaray que estoy cansado de aplaudirle ni de
escuchar sus alabanzas, como aquel paisano de Atenas, que se hastiaba de
oir las de Arístides. Aún me restan fuerzas bastantes para sonar las
palmas, y si llega el caso sabré gritar: «¡Bravo, bravo, el autor!» tan
bien como cualquier radical. La Providencia me ha concedido un tesoro de
aplausos; mas yo no tengo facultad para malgastarlo en cuatro días.
Redundaría en menosprecio de las buenas obras dramáticas futuras y
pretéritas, en perjuicio del Sr. Echegaray, que tiene derecho á no ser
empujado por oscuros y peligrosos senderos, y en menoscabo y daño de mi
conciencia, que si no regatea jamás los aplausos al mérito, me exige
estrecha cuenta de los que tributo á la torpeza.
[Illustration]