III

Un instante para concluir.

Después de escritas las ocho semblanzas de poetas que van á

continuación, quedé un poco cabizbajo al observar la clara desemejanza

que existe entre todos ellos. Considerando la distancia que media entre

la fisonomía artística de Zorrilla y la de Campoamor, entre la de Núñez

de Arce y Aguilera, no pude menos de pensar lo siguiente:

La poesía de nuestro tiempo no tiene un ideal. El poeta, al abrir sus

ojos, ya no ve, como veían los griegos, como veían los cristianos en la

Edad Media, un sol de belleza luciendo sobre el horizonte y una

muchedumbre feliz con adorarle y bendecirle. Ya no puede agregarse

tranquilo á esta muchedumbre para que los rayos de aquel sol caigan

sobre su frente y enciendan su pensamiento. En la actualidad todos los

soles pasados resplandecen sobre nuestras cabezas, y cada cual tiene su

grupo de adoradores. Quién dirige sus ojos al asiático, quién al griego,

quién al cristiano. Pero ¡oh Dios! ¡cuánto han perdido estos soles en

brillo y en calor! Se necesita que nuestros poetas sientan mucho frío

en casa para salir á gozar con sus tibios rayos. Entre la poesía

oriental, cristiana ó helénica de nuestros tiempos y las creaciones de

Valmiky, Píndaro y Dante, existe la misma diferencia que entre esas

salas griegas, árabes y góticas que los opulentos de ahora hacen

construir en sus palacios, y el Partenón, la Alhambra y la catedral de

Burgos. Nuestra época, por su afán incomprensible de lanzarse en pos de

todos los ideales y de beber en todas las fuentes de belleza, no tendrá

jamás fisonomía ni carácter propios, y en vez de monumentos habrá de

contentarse con legar á la posteridad _chalets_.

Así pensaba con tristeza, cuando dentro de mí escuché una voz elocuente

que me hacía una oposición ruda y violenta. Esta voz interior pedía con

justicia que no fuese tan superficial en mis juicios, que penetrase más

adentro, hasta llegar á las entrañas de nuestra poesía.

Tenía razón la voz. Di un paso más y pude ver claramente el triste lazo

que une las almas de todos nuestros poetas. ¿Por ventura no hay en la

sed, en la fiebre que empuja á la poesía de este siglo á sumergirse en

todos los ideales pasados, algo que la caracteriza perfectamente? ¿No

hay algo que, como un tósigo fatal, penetra por toda ella y hace que

adolezca?--Miradla. Ha perdido todos sus colores, sus movimientos son

febriles y descompasados, tiene grandes y oscuras ojeras, su voz es

apagada y ronca. ¡Ay! No cabe duda, nuestra pobre poesía está tísica.

¡Cuán interesante la ha puesto, sin embargo, su cruel enfermedad! ¡Qué

grandes son ahora sus ojos y qué vaga su mirada! ¡Qué trasparencia hay

en su rostro! ¡Qué suave melancolía se esparce por toda su figura! ¡Qué

triste es su acento y qué conmovedor! El frío ha penetrado hasta la

médula de sus huesos. Ningún sol pasado puede darle calor; y la poesía

triste, nerviosa y exaltada de nuestro tiempo morirá.

Allá en lo futuro, de tanta negación, de tanto escepticismo, de tanto

esfuerzo y tantas lágrimas, ¿no surgirá siquiera una verdad que engendre

otra poesía fresca, tranquila y creyente? Y si esto sucede, aquellas

dichosas generaciones, que gozarán de una paz que nosotros nunca hemos

podido gustar, ¿no tributarán un recuerdo de simpatía y admiración á la

pobre tísica del siglo XIX? Esperemos que sí.

[Illustration]

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Semblanzas literarias · 第 58 / 93 题