Un instante para concluir.
Después de escritas las ocho semblanzas de poetas que van á
continuación, quedé un poco cabizbajo al observar la clara desemejanza
que existe entre todos ellos. Considerando la distancia que media entre
la fisonomía artística de Zorrilla y la de Campoamor, entre la de Núñez
de Arce y Aguilera, no pude menos de pensar lo siguiente:
La poesía de nuestro tiempo no tiene un ideal. El poeta, al abrir sus
ojos, ya no ve, como veían los griegos, como veían los cristianos en la
Edad Media, un sol de belleza luciendo sobre el horizonte y una
muchedumbre feliz con adorarle y bendecirle. Ya no puede agregarse
tranquilo á esta muchedumbre para que los rayos de aquel sol caigan
sobre su frente y enciendan su pensamiento. En la actualidad todos los
soles pasados resplandecen sobre nuestras cabezas, y cada cual tiene su
grupo de adoradores. Quién dirige sus ojos al asiático, quién al griego,
quién al cristiano. Pero ¡oh Dios! ¡cuánto han perdido estos soles en
brillo y en calor! Se necesita que nuestros poetas sientan mucho frío
en casa para salir á gozar con sus tibios rayos. Entre la poesía
oriental, cristiana ó helénica de nuestros tiempos y las creaciones de
Valmiky, Píndaro y Dante, existe la misma diferencia que entre esas
salas griegas, árabes y góticas que los opulentos de ahora hacen
construir en sus palacios, y el Partenón, la Alhambra y la catedral de
Burgos. Nuestra época, por su afán incomprensible de lanzarse en pos de
todos los ideales y de beber en todas las fuentes de belleza, no tendrá
jamás fisonomía ni carácter propios, y en vez de monumentos habrá de
contentarse con legar á la posteridad _chalets_.
Así pensaba con tristeza, cuando dentro de mí escuché una voz elocuente
que me hacía una oposición ruda y violenta. Esta voz interior pedía con
justicia que no fuese tan superficial en mis juicios, que penetrase más
adentro, hasta llegar á las entrañas de nuestra poesía.
Tenía razón la voz. Di un paso más y pude ver claramente el triste lazo
que une las almas de todos nuestros poetas. ¿Por ventura no hay en la
sed, en la fiebre que empuja á la poesía de este siglo á sumergirse en
todos los ideales pasados, algo que la caracteriza perfectamente? ¿No
hay algo que, como un tósigo fatal, penetra por toda ella y hace que
adolezca?--Miradla. Ha perdido todos sus colores, sus movimientos son
febriles y descompasados, tiene grandes y oscuras ojeras, su voz es
apagada y ronca. ¡Ay! No cabe duda, nuestra pobre poesía está tísica.
¡Cuán interesante la ha puesto, sin embargo, su cruel enfermedad! ¡Qué
grandes son ahora sus ojos y qué vaga su mirada! ¡Qué trasparencia hay
en su rostro! ¡Qué suave melancolía se esparce por toda su figura! ¡Qué
triste es su acento y qué conmovedor! El frío ha penetrado hasta la
médula de sus huesos. Ningún sol pasado puede darle calor; y la poesía
triste, nerviosa y exaltada de nuestro tiempo morirá.
Allá en lo futuro, de tanta negación, de tanto escepticismo, de tanto
esfuerzo y tantas lágrimas, ¿no surgirá siquiera una verdad que engendre
otra poesía fresca, tranquila y creyente? Y si esto sucede, aquellas
dichosas generaciones, que gozarán de una paz que nosotros nunca hemos
podido gustar, ¿no tributarán un recuerdo de simpatía y admiración á la
pobre tísica del siglo XIX? Esperemos que sí.
[Illustration]
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