D. JOSÉ ZORRILLA

[Illustration: A] las nueve; á las nueve en punto de la noche. Se había

anunciado con la debida anticipación en los periódicos y la tabla de

anuncios del Ateneo lo aseguraba de un modo terminante:

«El viernes á las nueve de la noche el eminente poeta D. José Zorrilla

dará lectura pública de algunas composiciones inéditas.»

No podía estar más claro. Y no obstante aún me quedaba un resquicio de

duda. Verdad que el autor del _Tenorio_ estaba vivo, pero había dejado

de pisar muchos años hacía la tierra española. Fatigado de regocijar

nuestras moradas con sus melodiosos cánticos, el misterioso pájaro había

levantado el vuelo y yo no sabía dónde lo había posado; en qué paraje

risueño y frondoso, bajo un cielo azul, había fabricado su nido. ¿No

podría haber otro D. José Zorrilla á quien le hubiese convenido nacer

poeta? Un tanto extraño parecía en este caso que la tabla de anuncios

del Ateneo le apellidase eminente, mas la crítica severa y concienzuda

no ha sido jamás el fuerte de la tabla de anuncios del Ateneo. La duda,

ese fantasma siniestro del siglo XIX que turba las conciencias y las

empuja á los negros abismos de la filosofía alemana, se había apoderado

de mi alma, cuando tropecé con un empleado de la casa.

--Este D. José Zorrilla que aquí se mienta ¿es verdaderamente D. José

Zorrilla?

La pregunta no podía ser más directa, más clara, más concreta.

--Creo que sí, porque el señor presidente ha mandado preparar un

refresco para esta noche.

La respuesta era precisa y categórica. Ningún artículo de _El Siglo

Futuro_ fué en la vida ni más claro ni más contundente.

Quedamos en que era D. José Zorrilla el que había de leer aquella noche

varias composiciones inéditas.

¡Es decir que iba á hallarme frente á frente del prodigioso mago que

había evocado en mi espíritu juvenil sueños infinitos, azules, verdes,

rosados y de otros colores intermedios; con el arpa de oro cuyas dulces

canciones arrullaron las horas melancólicas de mi adolescencia; con el

cometa fulgurante que al promedio del siglo apareció en los cielos del

arte, y cuya cola, formada por miríadas de tomos de poesías, aún no ha

traspuesto por entero el horizonte!

No faltaré; de ningún modo faltaré. Aunque necesite perder un sermón de

Sánchez de Castro ó un drama del P. Sánchez, no faltaré.

En tanto que la hora llegaba, empecé á meditar--cosa bastante rara en un

crítico--acerca del romanticismo.

El romanticismo ha llegado á ser en nuestra época una abstracción, una

idea que la crítica considera, ya funesta, ya dichosa; que para ciertos

historiadores atacados del novísimo sistema de explicarlo todo, fué

simplemente una necesidad de los tiempos. Probablemente no será nada de

esto, y sí tan sólo un grupo de hombres de poderoso ingenio con el cual

nada podía rivalizar más que su arrogancia. Amantes de la libertad,

orgullosos de vivir y respirar, pensando que sus obras no cabían en el

molde clásico ni en ningún otro molde conocido, comenzaron á asestar

furiosos golpes á las formas tradicionales de la poesía. Rompieron la

tupida malla de preceptos que el estudio de los clásicos, unido á la

miseria del ingenio, había formado en los últimos siglos, y lanzaron sus

vuelos por los mundos no explorados de la fantasía. Hoy el viajero

tropieza en el camino con los restos de algún pájaro infeliz víctima del

frío y de la oscuridad, pero tiene presente que otros muchos surcaron

atrevidos las tinieblas y dichosos llegaron á puerto de salvación.

El cultivo ciego, insensato, de la forma llegara á tal punto en los

tiempos que precedieron al romanticismo, que habían sido proscritas del

arte las ideas por inútiles. Todo estaba inventado. Los asuntos del

poeta se hallaban trazados de antemano, y ¡guay del que osara salirse de

la pauta! Un amante que llora celos, ausencias ó fierezas de su amada;

un natalicio, una muerte, unos días, un matrimonio; en el aniversario de

la entrada del Rey nuestro señor en Madrid á su vuelta de Francia; en el

día del cumpleaños de la Reina nuestra señora; oda al combate de

Trafalgar; soneto á un pajarillo; sátira contra las costumbres del

tiempo; letrilla contra los pantalones cuando empezaron á usarse; en la

proximidad del parto de la Excma. Sra. Marquesa de Villaburrida; á

cierto joven militar de grandes esperanzas con motivo de su temprana y

repentina muerte: á mi señora D.ª Ramona Portillo; epístola á Poncio

quejándose del atraso que sufría el autor en su carrera, etc., etc.

Tales eran los temas predilectos de aquella musa cumplimentera. Delito

de leso clasicismo se consideraba enamorarse á derechas de Pepita,

Asunción ó Juana. El poeta no podía amar sino á Galatea, Florinda ó Cloe

y eso en el campo y disfrazado de Batilo ó Fileno, porque en la ciudad

ya se guardaría bien de hacerlo. Si le gustaba una niña era

indispensable el decir que _ardía en ansias_ ó que _se hallaba

encadenado por un déspota inhumano_, para que se le creyera. El cuello

de la niña había de ser _albo_ forzosamente y los cabellos _madeja de

oro_, los ojos lanzarían _mortíferos venenos_, dado que no hubiera en

ellos un Cupidillo que disparase _mortales saetas_; los labios serían

_hibleos_, las mejillas de _nácar_ y el seno tomaría la denominación de

_pomas de nieve_ ú _orbes torneados_. La poesía, en resumen, se hallaba

estereotipada.

En esto, dejáronse oir los rugidos de los románticos, que llegaron cual

rebaño de leones agitando ferozmente sus melenas, y al llegar pusieron

en gran desorden y confusión á la turba de gozques que alastraban contra

el regazo y comían en las blancas manos de las damas aristocráticas.

Traían consigo la idea de libertad, la de naturaleza--á la cual no

siempre han sido fieles--y más arraigada que otra alguna, la de

tristeza. La tristeza fué la musa que inspiró por más tiempo al

romanticismo. Sin que hubiese mayor motivo que antes, todos los poetas

de aquella época convinieron en ponerse muy tristes y en dar claras

señales de hallarse bajo el peso de un gran dolor. Caían sobre el suelo

las lágrimas y formaban pronto regueros, arroyos, ríos caudalosos que se

llevaban los puentes y los corazones; desatábanse en el espacio furiosos

vendavales de suspiros y estallaban tempestades de sollozos. Más grande

desesperación no la habían presenciado los siglos.

Aun dando por supuesto, como es justo que se dé, que aquella tristeza

tenía no poco de afectada y artificiosa, ¿quién osará negar que

constituye un manantial riquísimo de inspiración poética? Lo pregonan

con elocuencia el _Childe-Harold_ y el _Manfredo_ de Byron, el _René_ de

Chateaubriand, los cantos líricos de Heine, de Víctor Hugo, de

Espronceda y de Zorrilla. Estas obras serán por siempre bellas, aunque

el arte, en sus giros de vagabundo, haya abandonado la región de las

tristezas individuales y parezca sumergirse ahora con deleite en el

océano profundo de la realidad. No queramos juzgar las obras de arte con

el criterio que el gusto de hoy nos señala. Si despreciamos las obras y

los hombres del romanticismo porque las aficiones de nuestra época nos

empujan por opuestos derroteros, cuando otros gustos y otras tendencias

hayan venido á sustituir á las nuestras, ¿con qué derecho pediremos

gracia para nuestros poetas más queridos y para nuestras obras más

predilectas? Pensemos más bien que la belleza es una dama serena y

augusta, pero muy coqueta; el arte un mancebo turbulento y caprichoso

que sin cesar la enamora. Que vista la dalmática griega, ó la toga

romana, ó el jubón de la Edad Media, ó el frac de nuestra época, que

gaste peluca ó melena, que parle en latín ó en sueco, como se muestre

insinuante, rendido y discreto, obtendrá sus favores.

Aquí llegaba en mi trascendental meditación, cuando rasgó la atmósfera

erudita del Ateneo la voz del ujier: «Cátedra del Sr. Zorrilla». ¡Ay!

Quizá este mismo ujier gritaría impío al día siguiente: «Cátedra del Sr.

Vilanova».

Acudí con ligereza á sentarme delante de la misma tribuna, y esperé con

recogimiento, con cierto temblor cortesano, la llegada del monarca.

Y llegó. ¡Pero cómo llegó, cielos! Como oveja á quien privaron de su

vellón; como pájaro desplumado. ¡Llegó sin melena!

El viejo y trasquilado león subió lentamente los escalones de la

tribuna, y una vez arriba, alzó la cabeza. La juventud había huído de

aquella frente, el fuego de aquellos ojos, el carmín de aquellos labios.

Paseó una mirada por la concurrencia, y saludó. Yo no sé lo que vi en

aquella mirada y en aquel saludo, pero me sentí profundamente conmovido.

Aquella mirada triste, muy triste, aquel saludo humilde y encogido

parecían decir:

«Estoy en el Ateneo de Madrid; lo sé. Los que aquí os reunís, todos sois

más ó menos sabios; todos sabéis que he cometido muchos anacronismos y

muchas faltas de gramática. Sé que os reís de mis composiciones vacías,

de mi lirismo trasnochado; sé que os gustan otros poetas más filósofos,

sé que ya no tengo ni un admirador ni un amigo entre vosotros. La

generación á la cual el soplo de mi musa revolvía y encrespaba unas

veces, y otras rizaba y adormía blandamente; el público que decía mis

versos en el teatro antes que el actor los profiriese, se ha llevado á

la tumba mi renombre. Los amigos que conmigo lo compartían han caído

también uno á uno en el oscuro misterio de la muerte. Cuanto miro en

torno mío, me es extraño y desconocido. No entiendo vuestra sabiduría,

no entiendo vuestro escepticismo, no entiendo vuestros versos. Me

encuentro solo, triste y pobre, y ni aun fuerzas me quedan para

repetiros la vieja canción. Nada puedo daros digno de vosotros:

perdonadme, señores, perdonadme.»

Y á mí se me encogía dentro del pecho el corazón y me asaltaban deseos

irresistibles de decir:

«Procedamos por partes, ilustre vate. En primer lugar, gracias á Dios,

no somos todos sabios los que aquí nos reunimos. Desde mi asiento estoy

viendo á varios que no lo son, puede usted creerlo, no lo son. Algunos

hay que la opinión pública califica de tales, pero ya sabe usted que la

maledicencia en nuestro país no respeta nada, y que no es posible poner

trabas á las lenguas. De los pocos que restan, la mitad son traducidos

del francés y la otra mitad en el pecado llevan la penitencia, pues

nadie cuenta con ellos para nada. Mas supongamos por un instante que

todos lo fuésemos. ¿Piensa usted que habrá sabio alguno, por tonto que

sea, á quien no cautiven y deleiten los hermosos poemas que usted ha

creado? ¿Piensa usted que esta poesía amaneradilla y artificiosa que hoy

está de moda osará chistar mientras se alce en los aires el son de sus

dulces y frescas melodías?»

Esto diría seguramente si hubiese dicho algo. Me reduje á pensarlo, con

otras muchas cosas que el lector irá conociendo seguramente si no se

queda rezagado en la lectura de este artículo.

Situémonos en un punto de vista equidistante de todas las escuelas y de

todas las tendencias que han imperado en el arte. Mejor dicho,

situémonos en tal lugar y tan lejano que apenas se divisen esas barreras

que las alternativas y variantes del gusto han levantado en los vergeles

de la poesía. Desde aquí, desde el lugar empingorotado donde plugo á mi

voluntad colocarme, no acierto á ver ningún lindero; el huerto de los

clásicos es una prolongación del de los románticos, ó tal me parece al

menos, y el de los realistas se introduce sin que nadie le vaya á la

mano por el de los idealistas. En unos y otros las flores y las berzas

fraternizan con efusión. Los ingenios que los han cultivado están allí

representados con tamaños muy distintos, sin que pueda asegurar que se

haya atendido para nada ni á la época en que florecieron ni á la escuela

en que militaron. Por ejemplo, allá veo á Calderón que está representado

por un coloso de oro con rica corona de brillantes, mientras Sánchez de

Castro es una hormiguita que en este momento le entra por la ventana de

la nariz y le hace estornudar.

Mas en realidad mi obligación en este momento es no acordarme para nada

de Sánchez de Castro y no quiero dar un paso más por este terreno

escabroso. Así, pues, convirtiendo mis ojos á Zorrilla, observo que su

talla se eleva majestuosa sobre todos los poetas españoles de este

siglo, y sólo Espronceda y Quintana logran altura parecida. Bien se me

ocurre que esta observación tomada del natural, como ahora se dice, no

enternecerá el corazón de los poetas que hoy figuran; mas ¡ay! consiste

en que el corazón del poeta, blando y sensible para el canto del

ruiseñor, para el beso de la virgen, para las noches de luna, es de

piedra berroqueña para los versos de su vecino.

La poesía de Zorrilla es una flor de los campos, risueña, fresca, suave,

fragante. Nació sin que una mano diligente hubiese derramado en aquel

sitio algunos granitos de semilla traídos de París. Nació porque Dios

quiso que naciera para solaz del viajero que en el camino angustioso de

la vida se tiende á descansar un instante en los dominios del arte. La

regadera de la ciencia no ha venido á chapuzarla mañana y tarde. En los

días de cierzo no ha tenido cristales que la resguardaran; en las noches

de hielo no ha tenido á su lado estufa que le prestara calor. Alguna vez

se doblaba la pobrecita al peso de la nieve; otras veces se arrugaba por

las quemaduras del sol. Pero tornabais al día siguiente y la

encontrabais de nuevo fresca y erguida derramando aromas y esparciendo

reflejos.

Porque Zorrilla es un gran poeta, á despecho de la ciencia, á despecho

de la Academia de la Lengua, á despecho de sus torpes imitadores y hasta

á despecho de sí mismo. Infinitamente más poeta que otros que poseen

mucha ciencia, mucha Academia y pocos imitadores.

Á la flor de la poesía dedicámosle hoy cuidados exquisitos y prolijos.

No los rechazo, que prefiero yo con mucho los refinamientos del espíritu

á las groserías de la letra. Mas déjenme ustedes admirar de buena

voluntad á aquellos árboles gigantes de espeso y oscuro ramaje cuyas

copas se columpian majestuosamente al impulso de los vientos en los

bosques de mi país, y no tanto á aquellos otros del Buen Retiro

cortejados sin cesar por la mano solícita del jardinero y recibiendo el

agua bonitamente por tubos de hoja de lata. No lo puedo remediar.

Los versos de Zorrilla no han sido forjados penosamente como tantos

otros en las fraguas del pensamiento. Zorrilla no ha tomado jamás las

medidas á la idea para encajarla en el verso. El verso y la idea

nacieron en su mente á un tiempo mismo, como la luz y el color. Si á

Zorrilla le privaseis del lenguaje numeroso, le arrancaríais las alas y

pronto veríais con qué dificultad se movía por la tierra. Si quisierais

enseñarle la prosa, veríais cuán torpemente se expresaba, como esos

pobres mirlos á los cuales sus dueños ¡progresistas! se empeñan en

enseñar el himno de Riego con la flauta.

La prosa es una cosa muy excelente. Yo se la recomiendo con toda mi alma

al Sr. Grilo. Mas la prosa sólo puede expresar lo que se concibe en

prosa: cuando se concibe en verso, se debe parir en verso. Hay tal

vaguedad en las ideas del poeta y tanta contradicción en sus

sentimientos, que no es fácil empeño introducirlos en la prosa sin

sacarla de quicio. El verso, según dicen, es el lenguaje intermedio

entre la prosa y la música. Zorrilla lo ha hecho acercarse mucho más á

la música que á la prosa. Por eso penetra más fácilmente que ningún otro

poeta en nuestra alma y se guarda más tiempo en la memoria. ¿Quién en

España no sabe versos de Zorrilla? ¿Quién es el que no ha sentido el

aroma de aquella flor silvestre de que antes os hablaba?

Voy á figurarme que cruzáis por un país extranjero. En una sala

espléndida, muy bien arrebujada con riquísimas alfombras y tapices,

chisporrotea un fuego malicioso haciendo guiños y prometiéndolas muy

felices al aterido contertulio, que descalzándose los chanclos y

sacudiéndose la nieve, alza la cortina diciendo: «Good evening

gentlemen».

Ya estáis de la parte de adentro, y al compás de vuestros pasos se alza

un repique adulador en el cristal de las arañas y en la porcelana de las

mesas. Y luego los enormes espejos, tan altos como el techo, se

apresuran á reproducir profusamente vuestra imagen, como si fuese la de

un grande hombre. Así que llegáis á las cercanías de la chimenea, os

inclináis con mucha gracia y estrecháis una mano más blanca que el manto

con que en aquel instante se embozan los árboles del jardín, más suave

que la seda que viene de las Indias. No quisiera equivocarme, pero

aquella mano pertenece, á mi entender, á una _lady_ de alabastro con

ojos azules. Habláis del tiempo, por supuesto, habláis del príncipe de

Gales, habláis de _sport_, y hasta, si os parece oportuno, habláis de

los ojos azules de _mylady_. Todo esto á mí no me importa poco ni mucho.

Pero la conversación viene á caer sobre materia de poesía, y entonces ya

pongo el oído para escucharla. _Mylady_ tiene gran pasión por Tennyson,

y se empeña en leeros uno de sus idilios, que vosotros, claro es,

encontráis divino. Á la lectura del idilio sigue un silencio, y al

silencio esta pregunta: «Decidme, _my dear_, ¿qué poetas tenéis en

vuestro país?»

¡Ah! Yo estoy seguro de que en aquel instante separáis la vista de la

argentada _lady_, y la sacáis por el balcón á pasear por otros espacios.

Una lágrima tiembla en vuestros párpados, que no llega á caer, porque

aquella lágrima pertenece á la patria y no quiere pisar tierra

extranjera. Allá, muy lejos, detrás de la nieve, hay una región feliz

donde calientan los rayos del sol y esparce el azahar sus fragancias.

Las aguas azules del mar y los bosques espesos de lauros, la lengua

melodiosa de las aves y la boca imperceptible de los insectos elevan sin

cesar un coro de bendiciones al firmamento límpido...

«Señora, el primero de nuestros poetas se llama D. José Zorrilla. Sus

versos son el más preciado regalo de los oídos españoles. Ninguno ha

conseguido tanta popularidad, porque ninguno es tan sencillo, tan

melodioso y tan flúido. Sus versos tienen el color de nuestras flores,

el brillo de nuestro cielo, la frescura de nuestra brisa. Cuando los

escuchamos, nos sucede lo mismo que cuando paseamos al declinar la tarde

por las riberas del Tajo, se olvida uno de que esta tierra es un valle

de lágrimas. Ninguno tampoco más nacional. Su espíritu nos pertenece de

tal modo, sus pensamientos están ligados por tan estrechos lazos á la

tierra española, que en vano querríais formaros idea de su encanto los

que no habéis balbuceado jamás plegarias á la Virgen, los que no habéis

escuchado en esa lengua los consejos de vuestra madre. Su poesía, como

nuestro sol, no se puede traducir.»

Sí; estoy seguro de que estas ó parecidas palabras saldrían de vuestra

boca, porque en tal instante no querríais semejaros al asno de la

fábula, que dispara furiosas coces sobre la frente del león moribundo.

Quizá en vuestro corazón tendríais ya reservado este papel para algún

amigo de Madrid. Y no diríais mentira. El troquel que acuñó los versos

del _Capitán Montoya_ y _Margarita la tornera_ bajará al sepulcro de

Zorrilla, y tal vez se guarde allí por siempre. Aquellos fantásticos

caballeros de la tradición no tornarán ya á este mundo, tan vivos, tan

altivos, tan resueltos; aquellas doncellas de ojos garzos que beben por

entre una reja el tósigo del amor, no serán tan puras, tan risueñas, tan

ideales. Las noches de Andalucía, diáfanas ó brumosas, los bosques, las

tempestades, las flores, los claustros, el canto de las aves, los

suspiros del amor, ya no tendrán pincel que los retrate y los difunda

por la tierra. ¿Qué jinetes osarán en lo porvenir cruzar de noche un

bosque de este modo?

Muerta la lumbre solar,

iba la noche cerrando,

y dos jinetes cruzando

á caballo un olivar.

Crujen sus largas espadas

al trotar de los bridones,

y vense por los arzones

las pistolas asomadas.

Calados anchos sombreros,

en sendas capas ocultos,

alguien tomara los bultos

lo menos por bandoleros.

Llevan, por que se presuma

cuál de los dos vale más,

castor con cinta el de atrás,

y el de adelante con pluma.

Etc., etc.

¿Qué náyade se atreverá en adelante á salir del fondo del agua en esta

forma?

Tocó en el haz del agua

su cabellera blonda;

quebró la frágil onda

su frente virginal.

Dejó el agua mil hebras

entre sus rizos rotas,

y á unirse volvió en gotas

al limpio manantial.

Oigo decir que Zorrilla no ha respetado en más de una ocasión la

gramática. Pero ha respetado la belleza. Y aun sobre su decantada

incorrección pudiera decir unas palabras. Si ustedes me lo permiten, las

voy á decir.

Es mi creencia arraigada que los idiomas no se perfeccionan en las

Academias, como el estado político de las naciones no progresa por la

labor de las Cámaras altas. La tarea de unas y de otras es de

conservación y resistencia: nada más. Los idiomas progresan por el

impulso que les comunica un gran escritor ó por el nuevo aspecto en que

los ofrece. Sin acudir á países extraños, donde hallaríamos grande copia

de ejemplos, y ateniéndonos solamente al nuestro, consideremos que el

más singular y glorioso de nuestros escritores, Miguel de Cervantes, ha

sido quien abrió más amplios horizontes á la lengua, comunicándole el

mayor grado de flexibilidad á que pudo aspirar jamás idioma alguno.

Observemos de paso que Cervantes no está notado de escritor correcto y

castizo, pues no tuvo inconveniente en aportar al castellano multitud de

italianismos y galicismos. Asimismo es verdad que todos nuestros grandes

escritores han trabajado sobre el patrio idioma, otorgándole cada cual

su propia y peculiar fisonomía. Quevedo, Rivadeneira, Solís, el P. Isla,

etc., han bordado primorosamente en el rico tapiz del habla castellana,

llevando siempre un nuevo color á su exquisita urdimbre.

En tiempos más cercanos, ¿quién no recibirá deleite leyendo la prosa

tersa y elegante de Jovellanos, ó los versos sonoros de Quintana, ó la

acerada frase de Larra? Y no obstante, éstos, que serán siempre dechados

del buen decir, no lo son de corrección y pureza.

Zorrilla ha prestado servicios eminentes al idioma. En sus obras

adquirió el más alto grado de dulzura y armonía. Cuando hayan

desaparecido los correctísimos escritores que tan duramente le zahieren

por sus descuidos, y las obras donde han estampado sus relamidas frases

hayan vuelto á la tierra de donde salieron, aún vivirá Zorrilla y sus

canciones andarán en boca de los hombres.

Mas, á todo esto, todavía no he preguntado al poeta que me ocupa en qué

ideales se inspira. Es extraño, muy extraño; mucho más extraño

tratándose de un sujeto que lleva varios años de socio del Ateneo.

Iba á remediar mi falta, cuando me interrumpe una salva de bravos y

palmadas. Los sabios aplauden desaforadamente _La siesta_. Mas ahora

corresponde preguntar: ¿Cuál es el ideal de _La siesta_?

Opino como Zorrilla: dormirla con Rosa.

Semblanzas literarias · 第 60 / 93 题