Como otros muchos hombres que andan por el mundo, estoy condenado á
trabajar sobre un objeto que no es de mi gusto. Este libro es un libro
de crítica, mejor dicho, es un cordero que sacrifico en aras de una
deidad en quien no creo. Se halla bastante esparcida la creencia de que
quien toma el oficio de crítico manifiesta por el hecho mismo cierta
arrogancia, presunción ó amor exagerado de sí mismo. No lo creo. De mí
sé decir que cuando voy á juzgar á un artista _verdadero_, lo que me
asalta no es un sentimiento de superioridad respecto á él, sino de
espantosa y amarga inferioridad. Si yo me juzgase superior ó semejante
al artista, me pondría á crear, no á criticar. Por eso los juicios más ó
menos acertados que estampo en este libro, no me enorgullecen. Si de
algo estoy orgulloso, es de haber sabido comprender y gozar las bellezas
creadas por los poetas que en él se estudian. Porque, cuando otra cosa
parezca, créanme ustedes, es mucho más difícil admirar que censurar. He
visto amenudo personas de vulgar inteligencia discurrir con bastante
acierto, y aun señalar con claridad los defectos de una obra de arte;
¡pero á cuán pocos he visto conmovidos al hablar de Víctor Hugo ó de
Byron! ¡Á cuán pocos he visto cautivos por esa idolatría que el genio
inspira á los espíritus sensibles y lúcidos! Voltaire, con ser Voltaire,
nunca pudo admirar á Shakespeare; el mismo Lope de Vega no admiró jamás
á Cervantes. No es maravilla, pues, que yo que no soy Voltaire, ni Lope
de Vega, no consiga admirar á Grilo, á Blasco, á Retes y á otros
insignes poetas de esta era.
Con todo eso, en mi crítica, como ustedes podrán ver, no deja de haber
algunos trozos admirativos. Repito que son de los que estoy más
satisfecho. Hace mucho tiempo que vivo en la creencia de que la tarea
del crítico (si es que alguna tiene) no consiste precisamente en
escudriñar las manchas ó defectos que toda obra, por ser humana, ha de
llevar forzosamente; tarea, sobre fácil, ingrata; sino, antes bien,
aclarar, difundir, popularizar las bellezas de las obras artísticas,
llamar la perezosa atención del público hacia ellas, colocarlas sobre
las alas del entusiasmo para que lleguen á todos los espíritus, soplar
el polvo que muchos hombres tienen en los ojos, para que puedan verlas y
gozarlas. Esta tarea es noble, hermosa y fecunda, aunque no sea lo que
hoy se entiende por crítica. Los párrafos donde aspiro á desempeñarla
han salido del fondo de mi alma, y así como han salido los he estampado,
sin tener en nada las prácticas de este género de escritos. De su verdad
estoy más convencido que de la de aquellos otros en que acepto ó rechazo
teorías estéticas, señalo defectos ó determino nuevas vías para el arte.
Porque de mis impresiones vivo seguro siempre; de mis opiniones, jamás.
Escribiendo estos párrafos he gozado momentos muy felices, aunque otra
cosa crean los espíritus frívolos que no penetran jamás en lo profundo
del pensamiento del escritor. Cuando censuro, cuando ataco, no puedo
menos de pensar que me parezco al murmurador. Sólo me encuentro grande
cuando tributo mi admiración á los grandes.
He admirado, pues, hasta donde he podido. Si no pude tanto como hubieran
deseado algunos de los poetas que en este libro figuran, acháquese á
inopia, y no á falta de buen deseo. Mejor que nadie sé que yo no moriré
de un exceso de respeto, pero tengan ustedes presente siempre que
tampoco me he puesto sobre el trípode para definir y juzgar, sino que
les he hablado como si me tropezaran en la Puerta del Sol, y charlando
de literatura, me preguntasen qué opinaba de Campoamor, Núñez de Arce,
Grilo, etc., esto es, con la franqueza, con la osadía, con la
incoherencia propias de la conversación. Aun con eso, es posible que
haya dado por genios á algunos que no lo son. Porque bien mirado, no
creo que en España existan tantos genios como se supone. Las
contribuciones absorben más de la mitad del producto neto de las tierras
y de la industria; las cosechas, de algunos años á esta parte, son muy
malas. Y si á esto se agregan las frecuentes calamidades que padecemos,
como guerras, terremotos, inundaciones, etc., etc., bien se puede
asegurar, sin temor de equivocarse, que una nación á tal punto
enflaquecida y miserable, no puede tener bien alimentados á seis docenas
de genios. Nunca me arrepentiré, sin embargo, de haber echado unas
cucharadas más de miel en el plato de algún poeta. Después de todo, es
inevitable el exagerar un poco el aplauso tratándose de los
contemporáneos con quienes uno se roza y se codea en el comercio de la
vida. Es noble también corresponder, por lo menos con unos granitos de
incienso, á los esfuerzos que nuestros vates hacen diariamente para
proporcionarnos instantes agradables. Si el crítico no recompensa á su
modo estos esfuerzos, ¿quién se encargará de recompensarlos? El pueblo
español, que tiene aparejados siempre honra y dinero para el primer
político gárrulo y corrompido que viene á demandárselos, los niega
siempre, con una entereza y constancia dignas de mejor causa, á los
poetas ilustres. Seamos, pues, agradecidos con los que de vez en cuando
refrescan nuestro espíritu fatigado sumergiéndolo en las cristalinas
aguas del ideal.
Mas no confundamos por eso el cariño y el respeto que deben inspirar los
verdaderos poetas y la indulgencia con que deben acogerse sus yerros y
descuidos, con esa perniciosa benevolencia que todo lo aplaude, que todo
lo celebra, lo mismo las obras sublimes del genio que las torpezas é
insulseces del último coplero. Cuando veo circular con el mismo aplauso
entre los críticos las perlas y diamantes de Ayala, Núñez de Arce y
Campoamor y las cuentas de vidrio de Blasco, Grilo, Sánchez de Castro,
Retes, etc., etc., no saben ustedes cuánto me entristezco. Estas
confusiones me parecen lastimosas, porque privan al artista de su
genuina recompensa, que es el brillo. ¡Y quién puede brillar habiendo
tanto lucero en el firmamento!
He huído, pues, con particular empeño de esta feroz _nivelación_
artística, dando al César lo que es del César, y á Grilo lo que es de
Grilo. Como ustedes podrán ver, he sido muy parco en el empleo del
análisis. Lo tengo por arma peligrosa y que expone al que la usa á
cometer sensibles injusticias. Sólo en casos muy señalados, y con el
objeto más bien de castigar una reputación inmerecida que de probar la
incapacidad del poeta, me parece lícito acudir á ella.
Si ustedes se deciden á leer este libro, verán que el haber huído del
análisis no es su mérito principal. El más grande de todos es el de ser
corto. Sé que al lado de este mérito se encuentran infinitas manchas que
lo deslucen; pero ya me he resignado de antemano á escribir una obra
con defectos. Siento no ser perfecto como mi Padre que está en los
cielos, pero no puedo remediarlo.