PROEMIO

I

Yo no creo en la crítica. Tengo la inmensa desgracia de no creer en la

crítica. ¡Quién me hubiera dicho que tan presto había de llegar á un tan

fatal escepticismo! Porque ¡ay! ustedes no saben cuánto amarga la

existencia la convicción de que todos esos críticos, tan doctos, tan

serios, tan diestros en averiguar á qué género, especie y familia

pertenece una obra, tan hábiles para caer con la velocidad de un rayo

sobre cualquier inverosimilitud, no sirven para nada.

Pero lo que más me amarga (con paz sea dicho de mis compañeros) es el

considerar que mis afanes críticos no han de tener recompensa en esta ó

en la otra vida. ¡Es triste, muy triste! Estoy por maldecir la hora en

que por primera vez tomé la pluma para decir en un periódico de

provincia que la señorita C*** «se había excedido á sí misma la noche

del lunes».

Mi horroroso escepticismo se formó con dos proposiciones, una negativa y

otra positiva.

Primera proposición.--Nunca hizo falta la crítica para que apareciesen

grandes artistas.

Segunda proposición.--La crítica ha empequeñecido el arte.

La crítica, en calidad de alto y poderoso cuerpo que juzga, decide,

corta, raja, truena y relampaguea, es de muy reciente invención, y

habiendo existido desde los tiempos más remotos grandes artistas, no hay

para qué demostrar la verdad de mi primera proposición.

En cuanto á la segunda, exigiría uno ó más volúmenes para quedar bien

dilucidada; pero sólo dedicaré á ella una ó más cuartillas, porque no

tengo tiempo ni paciencia para otra cosa.

Así que surgió la crítica como cuerpo jurídico-literario, nació el

sistema. Los unos, extasiándose en la contemplación de las obras del

clasicismo, unas veces con verdad, otras hipócritamente, pensaron que el

arte había tocado á su límite en aquella dichosa edad greco-romana, y

que el destino de los artistas futuros era pasar la vida copiando los

admirables modelos que de ella nos quedaron, como aprendices en una

escuela de dibujo. Advertiré, de paso, que para estos críticos la

cualidad predominante del arte clásico no es el reposo ó la gracia que

en él resplandecen siempre, sino el orden ó la simetría. Porque, dicho

sea de paso también, los críticos suelen fijarse con harta frecuencia en

lo menos importante. ¿Qué hay, pues, aquí? Un atentado contra la

libertad del artista.

Los otros, porque realmente lo sintieran así, ó por el gusto de llevar

la contraria á los clásicos, no quisieron ver la belleza sino en lo

extraordinario, en lo desordenado, en el absurdo ó en el delirio. Nuevo

atentado contra la libertad del artista.

Otros más modernos, apartándose de ambas escuelas, condenan todo arte

que no sea un reflejo, mejor dicho, una repetición fiel y minuciosa de

la vida, llevando su teoría hasta los más groseros excesos. ¡Siempre

cadenas para el artista!

Además de estos tres grandes grupos de críticos, hay otros muchos

esparcidos por el haz de la tierra trabajando con el mayor desinterés

por el triunfo de sus teorías. Citaré únicamente los metafísicos y los

trascendentales, de los cuales no quiero hablar, porque no me gustaría

pasar por desvergonzado.

Para desvanecer las malévolas sospechas que al llegar aquí pudiera

concebir el lector respecto á mi acrisolada modestia, le diré que no he

citado tanto crítico con el fin de desacreditarlo, sino, muy al

contrario, para darles á todos la razón. Tratándose de arte, soy lo que

llaman vulgarmente un pastelero. Cuando llega á mis manos un clásico

como Esquilo, me deshago en elogios del clasicismo; si es un romántico

como Calderón, no hay un romántico más furioso que yo; y si por ventura

acabo de leer una novela de Balzac, no puedo menos de exclamar:

«¡Admirable, admirable, monsieur Balzac!» Si alguien me moteja por esto,

diré con cierta habanera que oí cantar á una niña muy graciosa:

«Si yo soy así,

¿qué he de hacerle yo?

Todos para mí

son á cual mejor.»

Esta cita, eminentemente clásica, me excusa de alegar nuevas razones.

Semblanzas literarias · 第 56 / 93 题