[Illustration: O]ROCEDAMOS con método. El Sr. Villoslada, aunque
novelista vivo, no es un novelista contemporáneo. Pertenece al grupo de
los románticos que pasó felizmente para no volver. El romanticismo dió
muerte al clasicismo: el realismo filosófico acaba de matar al
romanticismo. Éste fué una gloriosa insurrección contra las formas
aristocráticas y convencionales de la tradición literaria encauzada
desde el renacimiento por el seguro pero estrecho álveo de la cultura
clásica, un retorno á la verdad y á la belleza aprisionadas en
inflexibles moldes, un himno entusiasta á la inspiración libre y
sencilla de la Edad Media. En el romanticismo precisa distinguir dos
momentos. Detiénense en el primero los apasionados y devotos de la Edad
Media, los que no sólo demandan á estos siglos naturalidad y sencillez
para la forma, sino ideales, tangibles y completos para la vida, los que
aman sus creencias y sus costumbres, oponiéndolas con decisión al
amaneramiento y á la tibieza de nuestros tiempos. Fueron representantes
más ó menos insignes de estas tendencias, en Alemania los hermanos
Schlegel, Tiek, Ruckert y Huland; en Inglaterra, Walter-Scott y Southey;
en Francia Chateaubriand, Vigny, y en España el duque de Rivas y
Zorrilla.
Pero esta grandiosa revolución literaria encontró en otros muy notables
ingenios una representación más amplia y humana. Las altas ideas morales
y metafísicas expresadas con exageración, con violencia y con exceso,
vinieron á engendrar otro gran movimiento que podemos denominar
romanticismo filosófico, que ilustraron, en Alemania, principalmente
Schiller, Herder y Heine[7], en Inglaterra Byron, Wordsworth y Shelley,
en Francia Hugo, Lamartine y Musset, y entre nosotros Espronceda.
No me cumple el ocuparme ahora en esta segunda fase del movimiento
romántico, sino tan sólo decir escasas palabras sobre la primera, por
ser aquella en la cual se fija y encierra el carácter del novelista que
estudiamos.
Disgustados por la miseria y bajeza de nuestra época, atenta muy
particularmente al desenvolvimiento y progreso de los intereses del
cuerpo, desnuda casi por completo de fervor religioso, los primeros
románticos, á cuyo frente debe colocarse al célebre Walter-Scott,
creyeron ver en la época feudal un dechado para la nuestra. La audaz
imaginación, estimulada por la distancia y el deseo, hízoles trocar la
grosería en caballerosidad, la barbarie en nobleza y la sórdida ambición
en altanera bravura, é iluminaron los ásperos contornos de aquella edad
con los colores de una luz ideal. Así nació la novela arqueológica; no
como descripción más ó menos fiel de las costumbres y sentimientos de un
período histórico, sino como fantástica resurrección de una edad de oro.
No gusto de exclusiones en literatura, ni fuera tampoco prudencia
desechar un género en el cual ha conseguido su renombre el más insigne
de los novelistas modernos; pero sí apuntaré que la novela histórica en
su misma naturaleza lleva gérmenes de falsedad y de muerte. Veámoslos.
Para pintar las costumbres de una época histórica no hay nada mejor,
está averiguado, que haber vivido en ella. Todo intento de resucitar
añejas costumbres tiene mucho de fantástico. Insensiblemente, sin que el
artista lo perciba, y á despecho de todos sus escrúpulos y pruritos de
veracidad, se introduce en la obra el acento moderno y se enseñorea de
ella.
Y si esto podemos decir de las costumbres, ¿qué sucederá con los afectos
y pasiones? Aquí es donde se penetra claramente la miseria de la traza y
todo el artificio de que los novelistas arqueólogos se valen para
deslumbrarnos momentáneamente. Cuando mencionan cualquier usanza antigua
suelen poner debajo la autoridad en que se apoyan; mas yo no veo jamás
ninguna prueba para sus anacronismos cuando se trata de ideas y
sentimientos.
¡Cuántas veces al penetrar en una sala gótica hallé sentado al pie de la
tosca chimenea, reposando el codo en uno de los brazos del sitial, la
mano en la mejilla, al vecino del cuarto tercero, persona muy honrada,
de continente grave y hasta cierto punto melancólico!
--¡D. Facundo, usted por aquí! ¿Cómo es eso?
--Qué quiere usted, amigo mío; fué empeño de Villoslada el ataviarme con
este ridículo disfraz, aunque no estemos en Carnaval, y aquí me tiene
usted escuchando, quiera que no, dejando para ello abandonada la
oficina, á ese trovador errante y cargante.
Doy la vuelta para mirar al trovador y me veo con largas guedejas, muy
adormecido y tristón con el laúd en la mano, á Pepito Paniagua, el novio
de mi prima, estudiante de segundo año de farmacia, que pasa la vida en
el portal de enfrente.
Digan ustedes ahora si no tengo motivos para dejar de creer en la
autenticidad de tales guerreros y trovadores.
Pues por estas y otras razones más prolijas, considero que la novela
arqueológica no es viable como género literario. Esta consideración
tendría mucho mayor mérito si fuese escrita y publicada hace algunos
años, lo reconozco, porque entonces hubiera sido una profecía, mientras
que hoy aparece tan sólo como la explicación de un hecho. Porque es un
hecho que ya no se cultiva la novela histórica ni dentro ni fuera de
España.
Todas las personas de cierta categoría literaria están conformes en que
las costumbres y los sentimientos que se pinten han de ser las
costumbres y los sentimientos contemporáneos. Cuando queramos conocer
(de un modo muy imperfecto, por supuesto) los de otra época, acudamos á
las crónicas, á las Memorias auténticas, á la literatura de aquel
tiempo, jamás á las novelas de los románticos.
Un género literario puede ser efímero, no obstante, mientras obtienen la
inmortalidad aquellos que lo cultivan. Buena prueba de esto nos ofrece
el ilustre Walter-Scott, rey y señor de la novela histórica. Su fama no
se merma ni decae con los años; antes se levanta cada día con más brillo
y esplendor. Porque es privilegio dichoso del arte mudar constantemente
de gustos y derroteros, dejando á salvo la gloria de sus intérpretes:
Walter-Scott tiene feudatarios en todas las comarcas de Europa. Le
rindieron pleitohomenaje en su país Horacio Smith, James, el más fecundo
de los novelistas históricos, Grattan y Banim, llamado el Walter-Scott
irlandés; en Francia, Alfredo de Vigny, Víctor Hugo, Alfonso Royer, el
bibliófilo Jacobo y Alejandro Dumas; en Italia, el incomparable Manzoni,
Rosini, Guerrazzi y el marqués de Azeglio.
En España recibieron de él el espaldarazo y fueron armados novelistas
por su mano Larra, Martínez de la Rosa, Espronceda, Escosura, Enrique
Gil, García de Miranda, Fernández y González, Cánovas del Castillo y
Villoslada.
No es por cierto este último, ó sea el que ahora nos ocupa, el menos
notable de los que hemos apuntado. Hablemos de él un momento, si ustedes
gustan.
Se presenta desde luego como discípulo franco y declarado del ilustre
_baronet_ escocés, pero no deja de manifestar al propio tiempo una
tendencia, aún más pronunciada que la de su maestro, hacia la
arqueología. El Sr. Villoslada considera de su deber el restituirnos las
épocas históricas por entero, sin que falte ni sobre un cabello, y
atento como buen hidalgo al cumplimiento de sus deberes, dispone de tal
suerte el enredo de la novela, que va haciendo pasar por delante de
nuestra vista en ordenada procesión todo lo más característico de
aquellas remotas edades. Primero una refriega en un bosque, después un
torneo, más tarde el tormento aplicado á un delincuente, la descripción
del interior de un castillo, una conjuración de villanos, la entrada de
un rey en una población, etc., etc. Todo esto conspira, sin disputa, á
que la novela tenga mayor mérito á los ojos de anticuarios y
arqueólogos, pero disminuye no poco su belleza como obra de arte.
Percíbese en demasía el artificio con que van sujetas entre sí las
escenas y los cuadros.
Éstos y aquéllas, no obstante, tienen mucho vigor y entonación. En
cuanto al color local, ustedes dirán. Yo, por mi parte, como no he sido
ni pechero ni rico hombre en aquella edad,--lo último me vendría muy
bien en ésta--jamás tuve ocasión de presenciar lo que en ellos se
describe y no puedo, por lo mismo, entrar en comparaciones que, después
de todo, siempre son odiosas.
Mas dejemos á un lado lo del color y vengamos á la fábula. El Sr.
Villoslada es español y un buen español, sabe armar un lío de todos los
diablos donde quiera que pone la mano. El enredo de sus novelas es
complicadísimo, vivo é interesante. Verdad que los términos entre los
cuales se mueve la fábula de la novela histórica parecen obligados y de
antiguo constituídos.
Una reina que se enamora de un villano, el cual resulta príncipe ó cosa
por el estilo; un prisionero que por odiosas artes vive sepultado en una
mazmorra largos años hasta que llega el día de su rehabilitación
gloriosa; un matrimonio secreto; un relicario; un lunar en la espalda;
un paje enterado de todo. El Sr. Villoslada maneja á la perfección tales
palillos y mantiene en zozobra hasta el fin la atención del lector.
Por otra parte, las pasiones, singularmente el amor, no son tan
nebulosas y desvaídas como en los cuadros de su ilustre maestro. Penderá
tal vez de que el Sr. Villoslada, aunque en la región más alta, nació en
tierra de España, país donde al amor se le toma más por lo claro.
Los caracteres no están mal trazados, por punto general, aunque algunos
los considero algo progresistas para su siglo. Verbi y gracia, en _Doña
Urraca de Castilla_, una de las mejores novelas del autor, dice un noble
á un villano:
--«¡Maese Sisnando, merecías haber nacido noble!
--Conde de Lara--contestó el villano,--sois leal y agradecido; merecíais
haber nacido hombre.»
Esto me recuerda á un amigo de mi niñez. Era un retirado que había
servido á las órdenes de Espartero. ¡Pobre hombre! Parece que le estoy
viendo, con su enorme nariz colorada, su boca cavernosa y su formidable
caña de las Indias. Por espacio de quince meses me describió todas las
semanas la batalla de Ramales. Admiraba mis profundos conocimientos en
aritmética y estimaba en lo que valía mi carácter íntegro é
independiente. Yo tenía nueve años entonces y juntos salíamos de paseo
por un camino solitario hasta llegar á un sitio frondoso donde manaba
una fuente. Allí me describía la batalla de Ramales, me decía lo mal que
le trataba la huéspeda por una peseta diaria, que fielmente le pagaba, y
cuando estaba de humor cantaba con solemne entonación:
Todo conde ó marqués nace hombre,
el dictado le viene después, etc.
Yo también cantaba y se me saltaban las lágrimas. Entonces me decía que
yo era un gran hombre, que sabía más que Lepe y que el deán de la
catedral.
Á pesar de mi ciencia confesaré que no sospechaba que tuviéramos un
correligionario tan avisado como maese Sisnando en pleno siglo XII.
Esto no pudo menos de herir mi amor propio, pero ya le he perdonado la
ofensa al Sr. Villoslada, y es lo cierto que hoy le tengo por un
novelista de mérito y uno de nuestros escritores más correctos y
elegantes.
Parece mentira que yo diga tales cosas de un ultramontano.
Cuéntenselo ustedes á Alarcón, que no lo va á creer.
[Illustration]
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