D. FRANCISCO NAVARRO VILLOSLADA

[Illustration: O]ROCEDAMOS con método. El Sr. Villoslada, aunque

novelista vivo, no es un novelista contemporáneo. Pertenece al grupo de

los románticos que pasó felizmente para no volver. El romanticismo dió

muerte al clasicismo: el realismo filosófico acaba de matar al

romanticismo. Éste fué una gloriosa insurrección contra las formas

aristocráticas y convencionales de la tradición literaria encauzada

desde el renacimiento por el seguro pero estrecho álveo de la cultura

clásica, un retorno á la verdad y á la belleza aprisionadas en

inflexibles moldes, un himno entusiasta á la inspiración libre y

sencilla de la Edad Media. En el romanticismo precisa distinguir dos

momentos. Detiénense en el primero los apasionados y devotos de la Edad

Media, los que no sólo demandan á estos siglos naturalidad y sencillez

para la forma, sino ideales, tangibles y completos para la vida, los que

aman sus creencias y sus costumbres, oponiéndolas con decisión al

amaneramiento y á la tibieza de nuestros tiempos. Fueron representantes

más ó menos insignes de estas tendencias, en Alemania los hermanos

Schlegel, Tiek, Ruckert y Huland; en Inglaterra, Walter-Scott y Southey;

en Francia Chateaubriand, Vigny, y en España el duque de Rivas y

Zorrilla.

Pero esta grandiosa revolución literaria encontró en otros muy notables

ingenios una representación más amplia y humana. Las altas ideas morales

y metafísicas expresadas con exageración, con violencia y con exceso,

vinieron á engendrar otro gran movimiento que podemos denominar

romanticismo filosófico, que ilustraron, en Alemania, principalmente

Schiller, Herder y Heine[7], en Inglaterra Byron, Wordsworth y Shelley,

en Francia Hugo, Lamartine y Musset, y entre nosotros Espronceda.

No me cumple el ocuparme ahora en esta segunda fase del movimiento

romántico, sino tan sólo decir escasas palabras sobre la primera, por

ser aquella en la cual se fija y encierra el carácter del novelista que

estudiamos.

Disgustados por la miseria y bajeza de nuestra época, atenta muy

particularmente al desenvolvimiento y progreso de los intereses del

cuerpo, desnuda casi por completo de fervor religioso, los primeros

románticos, á cuyo frente debe colocarse al célebre Walter-Scott,

creyeron ver en la época feudal un dechado para la nuestra. La audaz

imaginación, estimulada por la distancia y el deseo, hízoles trocar la

grosería en caballerosidad, la barbarie en nobleza y la sórdida ambición

en altanera bravura, é iluminaron los ásperos contornos de aquella edad

con los colores de una luz ideal. Así nació la novela arqueológica; no

como descripción más ó menos fiel de las costumbres y sentimientos de un

período histórico, sino como fantástica resurrección de una edad de oro.

No gusto de exclusiones en literatura, ni fuera tampoco prudencia

desechar un género en el cual ha conseguido su renombre el más insigne

de los novelistas modernos; pero sí apuntaré que la novela histórica en

su misma naturaleza lleva gérmenes de falsedad y de muerte. Veámoslos.

Para pintar las costumbres de una época histórica no hay nada mejor,

está averiguado, que haber vivido en ella. Todo intento de resucitar

añejas costumbres tiene mucho de fantástico. Insensiblemente, sin que el

artista lo perciba, y á despecho de todos sus escrúpulos y pruritos de

veracidad, se introduce en la obra el acento moderno y se enseñorea de

ella.

Y si esto podemos decir de las costumbres, ¿qué sucederá con los afectos

y pasiones? Aquí es donde se penetra claramente la miseria de la traza y

todo el artificio de que los novelistas arqueólogos se valen para

deslumbrarnos momentáneamente. Cuando mencionan cualquier usanza antigua

suelen poner debajo la autoridad en que se apoyan; mas yo no veo jamás

ninguna prueba para sus anacronismos cuando se trata de ideas y

sentimientos.

¡Cuántas veces al penetrar en una sala gótica hallé sentado al pie de la

tosca chimenea, reposando el codo en uno de los brazos del sitial, la

mano en la mejilla, al vecino del cuarto tercero, persona muy honrada,

de continente grave y hasta cierto punto melancólico!

--¡D. Facundo, usted por aquí! ¿Cómo es eso?

--Qué quiere usted, amigo mío; fué empeño de Villoslada el ataviarme con

este ridículo disfraz, aunque no estemos en Carnaval, y aquí me tiene

usted escuchando, quiera que no, dejando para ello abandonada la

oficina, á ese trovador errante y cargante.

Doy la vuelta para mirar al trovador y me veo con largas guedejas, muy

adormecido y tristón con el laúd en la mano, á Pepito Paniagua, el novio

de mi prima, estudiante de segundo año de farmacia, que pasa la vida en

el portal de enfrente.

Digan ustedes ahora si no tengo motivos para dejar de creer en la

autenticidad de tales guerreros y trovadores.

Pues por estas y otras razones más prolijas, considero que la novela

arqueológica no es viable como género literario. Esta consideración

tendría mucho mayor mérito si fuese escrita y publicada hace algunos

años, lo reconozco, porque entonces hubiera sido una profecía, mientras

que hoy aparece tan sólo como la explicación de un hecho. Porque es un

hecho que ya no se cultiva la novela histórica ni dentro ni fuera de

España.

Todas las personas de cierta categoría literaria están conformes en que

las costumbres y los sentimientos que se pinten han de ser las

costumbres y los sentimientos contemporáneos. Cuando queramos conocer

(de un modo muy imperfecto, por supuesto) los de otra época, acudamos á

las crónicas, á las Memorias auténticas, á la literatura de aquel

tiempo, jamás á las novelas de los románticos.

Un género literario puede ser efímero, no obstante, mientras obtienen la

inmortalidad aquellos que lo cultivan. Buena prueba de esto nos ofrece

el ilustre Walter-Scott, rey y señor de la novela histórica. Su fama no

se merma ni decae con los años; antes se levanta cada día con más brillo

y esplendor. Porque es privilegio dichoso del arte mudar constantemente

de gustos y derroteros, dejando á salvo la gloria de sus intérpretes:

Walter-Scott tiene feudatarios en todas las comarcas de Europa. Le

rindieron pleitohomenaje en su país Horacio Smith, James, el más fecundo

de los novelistas históricos, Grattan y Banim, llamado el Walter-Scott

irlandés; en Francia, Alfredo de Vigny, Víctor Hugo, Alfonso Royer, el

bibliófilo Jacobo y Alejandro Dumas; en Italia, el incomparable Manzoni,

Rosini, Guerrazzi y el marqués de Azeglio.

En España recibieron de él el espaldarazo y fueron armados novelistas

por su mano Larra, Martínez de la Rosa, Espronceda, Escosura, Enrique

Gil, García de Miranda, Fernández y González, Cánovas del Castillo y

Villoslada.

No es por cierto este último, ó sea el que ahora nos ocupa, el menos

notable de los que hemos apuntado. Hablemos de él un momento, si ustedes

gustan.

Se presenta desde luego como discípulo franco y declarado del ilustre

_baronet_ escocés, pero no deja de manifestar al propio tiempo una

tendencia, aún más pronunciada que la de su maestro, hacia la

arqueología. El Sr. Villoslada considera de su deber el restituirnos las

épocas históricas por entero, sin que falte ni sobre un cabello, y

atento como buen hidalgo al cumplimiento de sus deberes, dispone de tal

suerte el enredo de la novela, que va haciendo pasar por delante de

nuestra vista en ordenada procesión todo lo más característico de

aquellas remotas edades. Primero una refriega en un bosque, después un

torneo, más tarde el tormento aplicado á un delincuente, la descripción

del interior de un castillo, una conjuración de villanos, la entrada de

un rey en una población, etc., etc. Todo esto conspira, sin disputa, á

que la novela tenga mayor mérito á los ojos de anticuarios y

arqueólogos, pero disminuye no poco su belleza como obra de arte.

Percíbese en demasía el artificio con que van sujetas entre sí las

escenas y los cuadros.

Éstos y aquéllas, no obstante, tienen mucho vigor y entonación. En

cuanto al color local, ustedes dirán. Yo, por mi parte, como no he sido

ni pechero ni rico hombre en aquella edad,--lo último me vendría muy

bien en ésta--jamás tuve ocasión de presenciar lo que en ellos se

describe y no puedo, por lo mismo, entrar en comparaciones que, después

de todo, siempre son odiosas.

Mas dejemos á un lado lo del color y vengamos á la fábula. El Sr.

Villoslada es español y un buen español, sabe armar un lío de todos los

diablos donde quiera que pone la mano. El enredo de sus novelas es

complicadísimo, vivo é interesante. Verdad que los términos entre los

cuales se mueve la fábula de la novela histórica parecen obligados y de

antiguo constituídos.

Una reina que se enamora de un villano, el cual resulta príncipe ó cosa

por el estilo; un prisionero que por odiosas artes vive sepultado en una

mazmorra largos años hasta que llega el día de su rehabilitación

gloriosa; un matrimonio secreto; un relicario; un lunar en la espalda;

un paje enterado de todo. El Sr. Villoslada maneja á la perfección tales

palillos y mantiene en zozobra hasta el fin la atención del lector.

Por otra parte, las pasiones, singularmente el amor, no son tan

nebulosas y desvaídas como en los cuadros de su ilustre maestro. Penderá

tal vez de que el Sr. Villoslada, aunque en la región más alta, nació en

tierra de España, país donde al amor se le toma más por lo claro.

Los caracteres no están mal trazados, por punto general, aunque algunos

los considero algo progresistas para su siglo. Verbi y gracia, en _Doña

Urraca de Castilla_, una de las mejores novelas del autor, dice un noble

á un villano:

--«¡Maese Sisnando, merecías haber nacido noble!

--Conde de Lara--contestó el villano,--sois leal y agradecido; merecíais

haber nacido hombre.»

Esto me recuerda á un amigo de mi niñez. Era un retirado que había

servido á las órdenes de Espartero. ¡Pobre hombre! Parece que le estoy

viendo, con su enorme nariz colorada, su boca cavernosa y su formidable

caña de las Indias. Por espacio de quince meses me describió todas las

semanas la batalla de Ramales. Admiraba mis profundos conocimientos en

aritmética y estimaba en lo que valía mi carácter íntegro é

independiente. Yo tenía nueve años entonces y juntos salíamos de paseo

por un camino solitario hasta llegar á un sitio frondoso donde manaba

una fuente. Allí me describía la batalla de Ramales, me decía lo mal que

le trataba la huéspeda por una peseta diaria, que fielmente le pagaba, y

cuando estaba de humor cantaba con solemne entonación:

Todo conde ó marqués nace hombre,

el dictado le viene después, etc.

Yo también cantaba y se me saltaban las lágrimas. Entonces me decía que

yo era un gran hombre, que sabía más que Lepe y que el deán de la

catedral.

Á pesar de mi ciencia confesaré que no sospechaba que tuviéramos un

correligionario tan avisado como maese Sisnando en pleno siglo XII.

Esto no pudo menos de herir mi amor propio, pero ya le he perdonado la

ofensa al Sr. Villoslada, y es lo cierto que hoy le tengo por un

novelista de mérito y uno de nuestros escritores más correctos y

elegantes.

Parece mentira que yo diga tales cosas de un ultramontano.

Cuéntenselo ustedes á Alarcón, que no lo va á creer.

[Illustration]

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Semblanzas literarias · 第 50 / 93 题