D. ENRIQUE PÉREZ ESCRICH

[Illustration: S]IEMPRE está el hombre orgulloso de alguna resolución ó

acto de su vida que le parece digno de loa. Yo, que al parecer nada hice

en la mía de notable, puedo preciarme, sin embargo, de no haber leído á

Pérez Escrich desde los diez años.

Fué en unas vacaciones. Había ido á cursar mis latines á la capital.

Cuando volví al pueblo, el libro, el libro de Pérez Escrich, el _Cura de

aldea_, en una palabra, estaba sobre la _mesa de pintado pino_, tan

rozagante y tan fresco como si acabase de salir de las manos de su

creador. Quise recordar las emociones dulces que aquel libro me había

hecho experimentar en otro tiempo, poco después de haber salido del

claustro materno. Á las pocas páginas comencé á sentir cierta pesadez en

la cabeza, como si tuviese allá mucho plomo, y á las otras pocas me

quedé deliciosamente dormido.

Ustedes podrán decir, señores, ¡qué no debe esperarse de un muchacho

que, en tan corta edad, ya se dormía leyendo á Pérez Escrich!

Han volado desde entonces sobre mi cabeza muchos vientos, ya glaciales,

ya ardorosos, y he oído desde mi balcón, no sé cuántas veces, cantar á

la codorniz en la vega. Y hoy mi bello ideal consiste en no leer á Pérez

Escrich. Pero no puedo menos de tenerlo en el corazón como el _Catecismo

de Fleury_ y el _Amigo de los niños_.

Por Pérez Escrich supe yo, primero que por nadie, de la existencia de

los puntos suspensivos. Cuando algún héroe de sus novelas iba á perder

el juicio, nunca dejaba primero de lanzar una carcajada histérica,

después de lo cual venían dos ó tres líneas de puntos suspensivos. Por

bajo de ellos decía el señor Escrich: «¡Estaba loco!» ó «¡estaba loca!»,

según fuese varón ó hembra el demente. De otras invenciones de los

hombres, no menos peregrinas é ingeniosas, tuve noticia por nuestro

autor, de las cuales pienso hacer, con la ayuda de Dios, el uso que más

prudente me pareciese.

No sólo por haber acaudalado con preciosos datos mi saber debo estar

reconocido al Sr. Escrich. Aún recuerdo con lágrimas en los ojos

(líquidas perlas que él llamaría) el ruido que hacían sus novelas al

entrar por debajo de la puerta. Yo caía sobre ellas como el gato sobre

el ratón, y con la entrega en la mano marchaba mayando á devorarla á la

soledad de mi cuarto. Pero la primera entrega siempre dejaba levantado

un puñal sobre el pecho de un inocente, ó cuando no, pendiente á alguno

de un clavo sobre un abismo, y eran de ver entonces las ansias que á mí

me entraban por saber cuántas pulgadas había penetrado la navaja ó en

qué forma se había roto la cabeza aquel prójimo. El saberlo costaba

dinero, que no era el Sr. Pérez Escrich de esos que de buenas á primeras

y por afición le vienen á contar á uno todo lo que ocurre, y me veía

precisado á demandar socorros á mi padre. Mas éste, por aquel entonces,

estaba empeñado en que Cervantes era mejor novelista que Pérez Escrich y

solía negarlos, y entonces acudía á mi buena madre, que no profesaba

ideas tan perversas. Ésta descogía con mano piadosa la jareta de su

faltriquera para que todas las semanas se entrasen por la casa dos

reales de _Esposa mártir_ ó de _Mujer adúltera_, que no bastaban, ni con

mucho, para calmar los arrebatos de mi espíritu investigador. Ahora

comprendo por qué he llegado á ser el mejor crítico de España.

Pérez Escrich en el campo, en el círculo, en el terreno, en el estadio,

en el circuito de la literatura representa una idea, es una idea. La

idea de Hegel es realidad. La de Pérez Escrich es entrega.

¡Ay, niñita mía, quién se volviera entrega, aunque fuese de Pérez

Escrich, para que tus manos blancas y fragantes como la magnolia le

tomasen, para que tu regazo tan casto como la nieve de las montañas le

diese reposo!

Esto lo digo por una chica que conocí en Gijón, que se pasaba las horas

muertas leyendo á Escrich. Me enamoré de ella, como era natural, y si no

hubiera sido por un tío que me dijo á tiempo: «¡Pero, hombre, no

comprendes que vas á cortar tu carrera!», me hubiera casado sin

remisión. Pero la carrera ante todo. Ya les diré á ustedes en qué

pararon aquellos amores.

Decía que Pérez Escrich, como novelista, es una idea. Debo añadir que

Pérez Escrich...

Mas antes bueno es que advierta que justamente porque Pérez Escrich es

una idea, me siento obligado á hacerle hueco en esta mi galería, ó

pepitoria de novelistas. Muchos hay de los que se quedan fuera, tenidos

por sí y por los otros en más estima. Pero ¿son tan notorios? ¿Ejercen

tanta influencia? En una palabra, ¿son una idea?

Queda demostrado de un modo concluyente que Pérez Escrich es el

novelista que en este momento debe ocuparme. No se me tilde de crítico

motolito y poco avisado.

¡Despertad, pues, recuerdos azules, verdes y carmesíes de la edad

primera! ¡Salid de las argentadas y bramantes olas que lloraban noche y

día debajo de mis balcones! ¡Salid de las vegas lujuriantes de maíces

que crujen al viento como la seda! ¡Venid de lo alto de aquellas

montañas donde blandean las nubes como banderas! ¡Venid y decidme cómo

es Pérez Escrich, que ya no me acuerdo!

Pienso, si no me es infiel la memoria, que hay en las obras del Sr.

Escrich algo de lo que se observa en las de Esquilo. Los caracteres del

Sr. Escrich, á semejanza de los del trágico griego, son inmobles como

los peñascos, representan un sentimiento único, son personajes de un

momento determinado y de una simplicidad absoluta. Pero el autor de _Las

Euménidas_ y del _Prometeo encadenado_, con tales caracteres, no lograba

idear más que una situación casi fija, un cuadro delicioso, pintado con

inspiración sublime, pero siempre el mismo; mientras el Sr. Escrich

consigue tejer una acción complicada, altamente dramática y llena de

peripecias. Sin embargo, el parentesco de ambos ingenios no es menos

visible, por más que la distancia de los tiempos haya establecido entre

ellos diferencias favorables al último.

Para Escrich, lo mismo que para Esquilo, hay entre el bien y el mal, acá

en la tierra, el mismo irreconciliable dualismo que en el cielo. No es

posible que en un mismo hombre coexistan partículas de bien y de mal.

Sus personajes son siempre Ormuz ó Ahriman, ó lo que es lo mismo, cuando

un personaje de Pérez Escrich sale malo, no hay por dónde cogerle de

pícaro y endemoniado; al paso que cuando es hombre de bien, lo es á

carta cabal. El Sr. Escrich cuida también con particular esmero de unir

la belleza física con la moral, prestando hermosura, fuerza y elegancia

corporales á los dechados más completos de bondad. En efecto, sería

cosa fatal y hasta absurda el que un joven de cabellera rizada, de ojos

expresivos, de nariz recta y modales distinguidos robase unas

cucharillas de plata. ¡Me encantaban á mí sobremanera aquellas tertulias

de sujetos tan lindos y de tan buenas partes! Generalmente llevábanse á

efecto en alguna guardilla ó sotabanco, y los que allí se reunían, más

buenos que el pan candeal, solían festejar su honradez con algún

extraordinario en medio de la mayor cordialidad y buen orden. Las

guardillas de Pérez Escrich exhalan un olor tan fuerte á virtud, que

echa para atrás.

Casi siempre, en pos de la tertulia de honrados venía la de perdidos,

con el objeto de formar contraste. Allí se veía hasta dónde puede llegar

la malicia humana. Todos eran bandidos de pura raza, con sus ojos

atravesados y sus correspondientes cicatrices. Como era natural, en

aquella sociedad nadie creía en Dios, y así tenían buen cuidado de

manifestarlo á la primera ocasión.

Los buenos y los malos se distinguen, pues, de un modo cabal en las

novelas de Escrich. No aparecen tan bien determinadas las diferencias

entre los hombres de talento y los majaderos. Nuestro autor no es tan

feliz en la pintura de discretos como en la de tontos. Así es que cuando

pretende hacer pasar á alguno por sabio, debemos creerlo tal con aquella

fe viva que aconseja el P. Astete para los misterios de la religión.

Por otra parte, sus personajes hablan con un lenguaje adecuado en

cuanto es posible á la situación y modo de ser del héroe. Shakspeare

hacía lo mismo. ¡Cuán envidiable me ha parecido siempre esta facultad de

adaptarse á todos los momentos y estados de la vida! No puedo menos de

recordar á un orador sagrado de mi pueblo, que predicaba siempre al aire

libre el sermón del _Encuentro_ durante la Semana Santa. Cuando para

formalizar de un modo plástico, como era costumbre, las dramáticas

escenas de la Pasión, necesitaba dirigirse á las imágenes soportadas por

robustos marineros, solía decir: «¡Eh! á sotavento San Juan... María

Santísima á barlovento». Hubiera sido un gran novelista aquel cura.

Y á propósito de la Pasión. Tengo entendido que el Sr. Pérez Escrich, en

competencia con San Lucas, describió muy á lo vivo la pasión y muerte de

Nuestro Señor Jesucristo en una novela titulada _El Mártir del Gólgota_.

No he leído _El Mártir del Gólgota_, y lo que es aún peor, doy á ustedes

palabra redonda de no leerla; mas precisamente por eso debo extenderme

algo sobre esta novela para no romper con la costumbre de la sana

crítica.

Si yo fuese un crítico desalmado y avieso, nunca perdería la ocasión de

lucir mi donaire escribiendo sobre la obra del Sr. Escrich las frases

más sabrosas y picantes, pues ingenio tengo que me sobra para ello. Con

la intención más perversa podría comparar su novela á la lanzada de

Longinos y con otros pasajes del Nuevo Testamento hacer chacota de ella.

Pero esto desmentiría la gravedad ingénita de mi carácter y me haría

perder no poco en el concepto de las personas serias. Examinaré, pues,

la obra del Sr. Escrich de un modo concienzudo, haciendo resaltar todas

sus bellezas y señalando al propio tiempo sus defectos más capitales.

Examinaréla desde el punto de vista histórico y asimismo desde el

filosófico, económico y administrativo.

En primer término, debo llamar la atención de los lectores hacia una

singular coincidencia que corrobora el juicio ya emitido acerca de la

afinidad que media entre la inspiración de Esquilo y la de Escrich.

Esquilo solía tomar por asunto de sus tragedias los misterios y símbolos

de la religión, dando forma poética á las tradiciones de la mitología

primitiva, como acontece en la trilogía de los _Prometeos_. Escrich

busca motivo para sus creaciones romancescas en los augustos sucesos de

nuestra religión, novelando la dramática historia de nuestro Redentor.

¡Cuántas bellísimas reflexiones le habrá sugerido la inicua degollación

de los santos inocentes! ¡Con qué vivos colores habrá descrito el

establo donde nació el hijo de María! ¡Qué observaciones no habrá hecho,

todas atinadas y profundas, sobre los tres reyes magos, Melchor, Gaspar

y Baltasar!

¿Pero quiénes desempeñarán en _El Mártir del Gólgota_ los papeles de

cazador maníaco, de pescador distraído, de costurera angelical, de

criado fiel y de banquero infame? Porque al Sr. Escrich le pasa algo de

lo que á los generales españoles; le caben pocos hombres en la cabeza, y

estoy casi seguro de que no ha cambiado el personal de sus novelas por

hallarse ahora en la Palestina y en siglo tan apartado. He aquí por qué

me estaría muy bien haber leído _El Mártir del Gólgota_.

Pero si los personajes son siempre los mismos, en cambio la trama de sus

novelas suele ser idéntica, y váyase lo uno por lo otro. Creo haber

dicho que el centro de operaciones del Sr. Escrich es una guardilla.

Allí habita una familia honrada, laboriosa, pacífica, aseada; la

familia, en fin, más excelente y admirable que se puede decir ni pensar.

Mientras esta familia infinitamente buena vive en la mayor estrechez,

procurándose con su trabajo apenas lo indispensable para no morirse de

inanición, en un palacio de la misma calle, sumido hasta el cogote en la

opulencia, y no sabiendo qué hacer del tiempo y los millones, mora el

inicuo despojador de esta familia. Ahora bien: ¿habrá nada más justo que

el que esta familia salga de la miseria, torne á disfrutar sus bienes, y

el malvado que se los arrancó, confuso y despatarrado, vaya á

entendérselas con los esbirros del Saladero? Cierto que no lo hay, y el

Sr. Escrich aplica todo su esfuerzo á una empresa tan meritoria. Una vez

conseguido su propósito, esto es, después de restituídos los cuartos y

puesto el ladrón á buen recaudo, el Sr. Escrich, en conciencia, no

quedaba obligado á más. Sin embargo, la novela no da fin en este punto,

sino que, desplegando un celo nunca bastante agradecido y pagado con el

miserable cuartillo de real en que se estima cada entrega, el autor se

entretiene con afectuoso esmero á contarnos en qué forma y manera gastó

aquella familia su dinero, qué vida se daba, cuánto pagaba de

contribución y qué número de platos se ponían á la mesa. Con esto, la

descolorida costurera que tiene entre sus manos _El pan de los pobres_,

se inflama de curiosidad y de gozo: cierra el libro, apoya en la mano su

mejilla, y fijando los ojos en la luz de petróleo, comienza á soñar.

¡Quién sabe si algún pícaro de los que pasean en coche por el Retiro

estará comiendo una fortuna que pertenezca á sus progenitores! Mira á

sus manos, y sus manos no pueden ser más afiladas, más finas, más

aristocráticas; mira á sus pies, y sus pies no pueden ser más breves,

más estrechos ni más altos de empeine. La costurera se siente con

fuerzas bastantes para ser millonaria. He aquí cómo Pérez Escrich sabe

herir las fibras más delicadas del corazón humano.

El Sr. Escrich--dicho sea en honor suyo--no es hombre de grandes

conocimientos. Las ciencias y las artes no salen casi nunca de sus

novelas sin algún arañazo. Sea ejemplo uno de los capítulos de _El pan

de los pobres_, novela que me ha prestado la patrona de un amigo mío.

En este capítulo, titulado «Uno de los dos», dice el Sr. Escrich:

«Á las once y media, Luis y Antonio firmaron como testigos el

testamento, el notario se despidió y Carlos, etc.»

Ahora bien, el que esto suscribe, ante el juez competente, como mejor

proceda en derecho parece y dice:

Que en el testamento de D. Carlos de San Pablo se ha omitido y se falta

á una de las solemnidades necesarias de los testamentos, cual es la

presencia ó la firma de los testigos. En el caso de que el testamento de

D. Carlos de San Pablo fuese abierto ó nuncupativo, debió atenderse para

formalizarlo á la ley 1.ª tít. 19 del Ordenamiento de Alcalá, modificada

por la pragmática de D. Felipe II de 1556, y ambas incluídas, como la

ley 1.ª tít. 18 del libro 10 de la Novísima Recopilación. En esta ley se

previene que en el otorgamiento del testamento abierto deben ser

presentes tres testigos vecinos con escribano, ó cinco testigos vecinos

sin escribano, ó siete testigos si no son vecinos. En el testamento de

don Carlos de San Pablo no aparecen presentes más que dos.

Asimismo digo, que si el testamento de D. Carlos de San Pablo fuese

cerrado, debió atenderse para formalizarlo á la ley 3 de Toro, incluída

como 2.ª del título 18 del libro 10 de la Novísima Recopilación, la cual

fija en el número de siete los testigos que han de firmar sobre la

carpeta del testamento. En el de D. Carlos de San Pablo no firman más

que dos.

En uno y otro caso, pues, el testamento de don Carlos de San Pablo no

cumple con las solemnidades exigidas por la ley, y debe ser redargüido

de nulo de toda nulidad, como así espero que se considere, declarando

fallecido abintestato al D. Carlos de San Pablo.

Otrosí. Pido que se le dé á cada cual lo que más le convenga, aunque

esto sea pedir gollerías.

¡Ya estaba reventando por lucir mis conocimientos en jurisprudencia!

En el mismo capítulo el Sr. Escrich se niega á describir las peripecias

de un duelo, so pretexto de que ya lo ha descrito en otros muchos libros

publicados anteriormente. Esa no es razón. Cuanto más se repita una

cosa, mejor impresa quedará en el ánimo de los lectores, y me sorprende

bastante que el señor Escrich rompa en esta ocasión con su constante y

saludable práctica.

Al observar cómo me detengo en este capítulo, tal vez pensará el lector

que no he leído ningún otro. Pues mucho se engañaría ¡ay! porque todos

los he leído.

Hablemos ahora de la filosofía del Sr. Escrich.

La verdad es que este mundo no está bien arreglado. En esto convenimos

todos. ¿Por qué había yo de estar, sin bendita la gana, borroneando la

semblanza del Sr. Escrich, en vez de ocuparme seriamente en pasear por

Recoletos? ¿Por qué cuando salgo de casa con paraguas no llueve, y

llueve precisamente cuando salgo sin él? ¿Por qué es la muerte condición

necesaria de la vida? ¿Por qué los oradores del Congreso dicen á cada

instante «tuvo lugar»?

Son éstos misterios que no acierta á penetrar el humano discurso y que

nos llevan á pensar en un más allá. Como decía el cura de mi pueblo en

un sermón que predicaba siempre en el día de la Magdalena, «todo es

fugaz sobre la faz de la tierra». Pero á mi ver no debemos lamentarnos

de que todo sea fugaz en la tierra; al contrario, yo he celebrado mucho

que fuese fugaz el tirón que me dieron a una muela cuando me la sacaron.

Lo que de veras siento es que se hayan fugado tan presto otros momentos

que tengo, cual preciosos brillantes, engastados en la memoria. De todos

suertes, ora porque el placer sea fugaz, ora porque el dolor lo es harto

poco, pienso que el mundo pudo haberse arreglado de mejor modo. Por

donde quiera que tendamos la vista, se observan claras señales de que la

Providencia no había leído las novelas de Pérez Escrich. El mundo del

Sr. Escrich, digámoslo de una vez, vale sin comparación más que el del

Padre Eterno. ¡Cómo había de consentir nuestro autor que un tunante

estuviera comiendo tranquilamente hasta su muerte la fortuna adquirida

por el crimen! ¡Ni que un aristócrata deshonrase á una doncella del

pueblo sin recibir el condigno castigo! ¡Ni que dos muchachos que se

quieren dejen de casarse! Pues de todo esto se ve en el mundo á cada

paso, en este pícaro mundo, hecho, á lo que parece, sin conocimiento del

Sr. Pérez Escrich.

Pasemos al estilo. El estilo del Sr. Escrich no puede ser...

¿Qué es lo que tenía yo que decirles antes?

¡Ah! sí, prometí á ustedes la historia de unos amores en que juega

papel importantísimo el autor de quien tratamos, y no quiero pasar más

allá sin cumplir la palabra.

Ya les he dicho que el amor mío, aquel que conocí en la villa de Gijón,

leía sin duelo á Pérez Escrich. Yo la amaba á pesar de esto. Tenía unos

ojos tan tristes, que al mirarlos huía toda la alegría del corazón y

pensaba uno en la muerte. Pero eran tan hermosos como sombríos. Parecía

que decían: «amadme, que voy á morir». Después que cambié su amor por la

honra de ser el peor jurisconsulto de España, aquellos ojos me

produjeron muchas pesadillas.

Un día en que desperté más sentimental que de ordinario me decidí á

verlos otra vez, y no sin que se alborotase mi buen juicio, tomé

prosaicamente un asiento en el coche de Gijón.

Rodaba el carruaje por la blanca carretera con cenefas de césped. Sobre

ella, desde ambas orillas, pendían en apretados piños las manzanas

relucientes y sonrosadas, y aún más reluciente y sonrosado aparecía á lo

mejor entre el follaje el rostro de alguna campesina. Á los viajeros se

les hacía la boca agua. La tarde era de otoño, melancólica y huracanada.

Las nubes pasaban ligeras sobre un cielo lívido, perdiéndose al instante

de vista cual si acudiesen presurosas á un llamamiento lejano. El polvo

cegaba los ojos y blanqueaba los vestidos. Retorcíanse los árboles con

angustia cual si pidiesen compasión. Allá del monte venían mil ruidos

extraños de ejércitos que se pelean, muchedumbres que rugen y olas que

braman. Las amarillentas hojas volaban por los aires de aquí para allá

aturdidas y sin saber dónde refugiarse. En los momentos de calma se oía

bien el ruido de las campanillas, pero muy pronto se confundía con todos

los demás. Los pañuelos rojos y blancos de las muchachas que se paraban

á vernos cruzar parecían gallardetes sujetos á esbeltos mástiles. Les

costaba mucho trabajo refrenar los ímpetus de sus enaguas ansiosas por

saludarnos. La brisa se hizo más húmeda y más acre, y comprendí que

estaba cerca de Gijón con su gruñona mar. En Gijón se toma el peor

chocolate del mundo.

Estaba sentada junto al balcón toda vestida de blanco: los cabellos tan

negros como el paño de los féretros, caían hechos sortijas por la

espalda.

Hice parar el coche, y llegué hasta sus pies donde me arrodillé. Quise

pedirla perdón, pero me dijo: «Déjame, ¿no ves que leo _La esposa

mártir?_»

Efectivamente, leía _La esposa mártir_. «¡Cielo mío, yo también he leído

_La esposa mártir!_»

Entonces me dijo: «Eres un infame, tú no has leído _La esposa mártir_;

en tus ojos lo estoy viendo, traidor. Ni has leído _La esposa mártir_ ni

tienes en el pecho corazón. ¿Dónde está el amor? ¿Quién lo ha visto? Ya

no hay amor más que aquí, en este libro. Mira á mis ojos. Están rojos de

leer. He leído mucho, mucho. Por eso hoy me río de ti y de tu amor...

¿No ves cómo me río?»

La hermosa lanzó una carcajada histérica.

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¡Estaba tonta!

[Illustration]

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Semblanzas literarias · 第 51 / 93 题