[Illustration: N]O sé cómo arreglarme para decir algo bueno del Sr.
Fernández y González. Mucho temo no llegar á decirlo. Por más que lo
intento no consigo desechar de mí cierto rencor y mala voluntad hacia su
persona ó personalidad, que es lo más de moda, y como soy tan
impresionable y tengo tan poco peso (cinco arrobas escasas), lo más
probable es que le suelte alguna pulla de mal género, impropia por
entero de mis antecedentes y de mis años.
Pero, Señor, ¡quién me habrá metido á mí á crítico!
Hubo un tiempo, sin embargo, en que yo tenía menos años que ahora, _et
in illo tempore_, el Sr. Fernández y González me hizo perder bastante
ídem. Cuando lo pienso, no puedo menos de verter lágrimas, y exclamar
como Augusto:
«¡Fernández, Fernández; vuélveme mi tiempo!»
No sólo de esta abundosa fuente mana mi rencor. El Sr. Fernández con sus
narraciones fantásticas, lances maravillosos y combates descomunales, ha
influído de un modo muy pernicioso en mi carácter. Hace ya bastantes
años, era yo lo que se llama una malva, incapaz de romper un plato
adrede.
Mas hete aquí que leo los _Siete Niños de Écija_, donde se describe á lo
vivo de qué modo siete valientes derrotan y ponen en vergonzosa fuga, en
cuantas batallas libran, á siete mil carabineros; y hubieran derrotado
en la misma forma á siete millones, dada su infinita bravura. Esta
bravura me contagió de tal suerte, que llegué á suponerme dotado de una
fuerza incontrastable y sobrenatural, y empecé á ensayar mis fuerzas y
arrestos, descargando terribles puñetazos sobre las puertas de la
vecindad. Á los pocos días de efectuar estos ensayos, era conocido entre
los granujas del pueblo con el pintoresco mote de _Brazo de hierro_. Y
aconteció que un día oí sonar á mis espaldas el famoso apodo acompañado
de cierta risa que á mí me pareció por muchos conceptos irrespetuosa. Me
vuelvo y veo á tres pilluelos muy risueños que se estaban sin quitarme
ojo. Llegó la ocasión, pensé, y encomendándome al invicto Juan Palomo,
cerré con el mayor coraje y ardimiento sobre aquellos canallas. Mas ¡ay!
que entre nosotros debían existir las mismas relaciones que entre los
antiguos aragoneses y su monarca: cada uno de ellos valía tanto como yo,
y juntos mucho más que yo.
Me llevaron á casa y me pusieron sobre la frente algunos paños empapados
en árnica. Jamás se lo perdonaré al Sr. Fernández y González.
Fundada, pues, mi crítica en motivos tan baladíes, es preciso convenir
en que no tendrán fuerza de ninguna clase cuantas censuras dirija al Sr.
Fernández y González. Convengamos en ello y meditemos un rato sobre la
pequeñez de los hombres que por unos mojicones más ó menos llegan hasta
rebajar las glorias de un esclarecido novelista.
Sin embargo, aunque no otra cosa, espero que se me reconozca cierto
valor para arrostrar la impopularidad. El Sr. Fernández goza de gran
crédito entre las clases más virtuosas de la nación. Conozco algunas
amas de huéspedes que en gracia de sus interesantes novelas serían
capaces de no pedirle el dinero hasta fin de mes. Y yo, escritor
ventajosamente conocido en España, Francia, Inglaterra, Rusia, los
Países Bajos y Carabanchel de Abajo, no vacilo en depositar en el
pedestal de la estatua de la Verdad mis coronas y mis lauros.
¡Hermosa figura y ejemplo perdurable de heroísmo!
El Sr. Fernández y González no siempre escribió malas novelas. Hubo un
tiempo en que las escribió buenas. Esto debía decirlo al final del
artículo, bien lo comprendo, para que la última impresión fuese dulce,
pero como el Sr. Fernández y González escribió las novelas buenas antes
que las malas, parece natural que me atenga á su cronología. ¡Especial
cronología la del Sr. Fernández! Todo en el Cosmos progresa, todo se
perfecciona por virtud de la ley de la evolución pasando de lo homogéneo
á lo heterogéneo[6]. Y no obstante, el Sr. Fernández y González rompe de
frente con la ley de la evolución, y después de escribir novelas muy
heterogéneas da á luz las homogéneas. _El Condestable D. Álvaro de Luna,
Men Rodríguez de Sanabria, Martín Gil, El cocinero de Su Majestad y Los
Monfíes_ son novelas históricas en que á más de observarse con algún
cuidado los requisitos del género, revela el autor cualidades
excepcionales para brillar en él. No resucita por medio de un estudio
atento y minucioso el mundo de la Edad Media como Walter Scott, sus
costumbres, sus trajes, su fisonomía exterior; mas quizá debido á una
portentosa imaginación consiga penetrar más adentro que el inmortal
creador de la novela histórica, en sus sentimientos, en sus acciones y
su discurso; en el mundo del espíritu.
No maneja tan bien el guardarropa feudal, ni el mobiliario de una sala
gótica, ni es capaz de disponer un torneo con tanta propiedad; pero
nuestros abuelos no aparecen con ese tinte suave y melancólico que
inmerecidamente les concede el autor de _Ivanhoe_, sino con el lenguaje
rudo, la sensualidad desenfrenada y la ferocidad bestial que les
conviene. Los acentos ásperos que resuenan en los tiempos medios parecen
vibrar puros y frescos todavía en la briosa fantasía de Fernández y
González. Penetra por la coraza damasquina y la recia cota de malla, y
sorprende los sentimientos de aquellos corazones tan rudos é
independientes. Es más _realista_ de la Edad Media que su maestro Walter
Scott.
Aún pudiera serlo más, no lo dudo, rebajando un noventa por ciento de
aventuras; mas como, después de todo, ninguno de nosotros ha vivido en
la Edad Media, la narración de las maravillas acaecidas en esta Edad no
nos puede irritar tanto como la de aquellas que suceden en la presente,
donde no sucede ninguna.
No tengo inconveniente, pues, en admitir que los siglos medios son
poéticos, y que en ellos se efectuaron todos esos lances portentosos que
los novelistas nos cuentan, y otros muchos más que no nos cuentan. Mas
deseo hacer constar que aunque poéticos eran unos siglos bárbaros, y que
en punto á urbanidad y buena crianza, pese á Walter Scott y su escuela,
el nuestro les saca mucha ventaja.
Á pesar de esto no falta quien apellida á nuestro siglo torpe y
escandaloso, y se siente muy desgraciado por haber nacido en él en vez
de florecer en la época del feudalismo. Hay que convenir en que la
Providencia ha estado muy dura con los que así discurren poniéndoles
sombrero de copa en lugar de casco. Pero una vez que no ha querido
darles ese gusto, no hay más remedio que resignarse y esperar de mala
manera, en cualquier oficina, á que este siglo se hunda en los abismos
del tiempo. Ánimo, pues, que ya falta poco; veintidós años escasos.
Quede sentado que el Sr. Fernández y González manifestó en otro tiempo,
muy lejano por desgracia, disposiciones felicísimas para la novela
histórica. Pero no hay que atribuirle tampoco con afán hiperbólico
aptitudes que no ha tenido jamás. Si las mostró nada comunes para el
cultivo de este género, nunca dió la más leve señal de poseerlas para la
novela de costumbres, social, realista ó como quiera denominarse. El
género histórico es de todos los romancescos el que más semejanzas y
afinidades guarda con el poema, y Fernández y González es mejor poeta
que novelista. Tal vez dependerá de que el poeta se constituye y
caracteriza por la fantasía, viniendo á ser el entendimiento y el
estudio nada más que auxiliares de su inspiración, mientras el novelista
necesita por partes iguales de una inteligencia superior y de una
imaginación pintoresca. El talento de Fernández y González guarda, á mi
juicio, más parentesco con el de Zorrilla que con el de ningún novelista
de los que figuran ó han figurado en nuestra patria.
Mas ya que su empeño fuera escribir novelas y no versos, parecía
razonable que siguiera novelando en el género histórico cada día con
mayor discreción y lucimiento. El Sr. Fernández y González toda su vida
profesó mucho horror á lo razonable. Así es que, en vez de continuar
estudiando para corregirse y mejorarse, comenzó á echar por aquella
pluma un diluvio de novelas plagadas de lances y aventuras imposibles
que produjeron grandes disturbios en el ramo de modistas. De la novela
histórica no quedó más que los nombres de los personajes, los cascos,
las lanzas y las cimitarras. Todo lo demás, la pintura de los
caracteres, la descripción de las costumbres, la verosimilitud de la
fábula, naufragó en un mar de tinta.
Este afán insaciable de aventuras fué causa de su perdición. ¡Lo que es
el corazón humano! como diría Pérez Escrich. Un hombre que había pasado
toda su vida en el alcázar del rey tratado á cuerpo de ídem, dedicado
exclusivamente á vigilar la entrada y la salida de los galanes por las
puertas secretas, los suspiros de la reina y las órdenes del monarca,
marcha de improviso á Sierra Morena y empieza á echar el alto á los
viajeros, en compañía de _Juan Palomo_ y _Diego Corrientes_.
Estos cambios bruscos é inesperados de la fortuna me conmueven
sobremanera.
¡Y qué había de suceder! El Sr. Fernández, que era un caballero muy
cumplido y espiritual, consiguió al principio dar cierto barniz
romántico á aquellos secuestradores; mas al cabo y á su pesar tuvo que
sufrir la influencia nefasta de tan grosera compañía, perdiendo las
buenas formas y los refinamientos palaciegos. Descuidó ó abandonó por
entero los estudios literarios, acaudalando en cambio gran copia de
bellaquerías y ruindades que aspiró á presentar como admirables,
redactándolas al mismo tiempo en un lenguaje que por nada en el mundo me
atrevería á llamar cervantesco.
Si el Sr. Fernández y González hubiera ido á recorrer los desfiladeros y
encrucijadas de Sierra Morena con el objeto de estudiar minuciosamente
las costumbres de sus indígenas y ofrecérnoslas después en cuadros
romancescos vivos y fieles, yo no le diría una sola palabra malsonante;
allá se las arreglara con los enemigos del realismo. Pero eso de ir ni
más ni menos que á buscar con su linterna por aquellas breñas almas
grandes, corazones generosos, honrados padres de familia y ciudadanos
íntegros, se me figura depresivo para los que habitamos en poblado. No
parece sino que escandalizado el Sr. Fernández y González de nuestra
corrupción, como Tácito de la de Roma, desea presentarnos en las
costumbres puras ó inocentes de la bandolería algo que nos edifique y
nos enderece. Pues mire usted, Sr. Fernández, convengo en que por Madrid
hay muchos perdidos y que es peligroso hasta cierto punto atravesar á
las tres de la tarde por delante del café Suizo; pero también hay muchos
caballeros, tan fieles como el oro, que sólo le detienen á usted para
pedirle fuego. No es absolutamente necesario ser ladrón en cuadrilla
para tener un corazón sensible. Conozco muchas personas que, sin haber
desvalijado á nadie en su vida, riegan con sus lágrimas las butacas del
teatro Español cada vez que se pone en escena _Ó locura ó santidad_.
Repito, pues, Sr. Fernández, que el ideal de la bandolería no es
suficiente para el arte. El ideal cristiano me parece más fecundo y más
conforme con la naturaleza humana.
Estos trueques de ideales producen unos efectos desastrosos. Las novelas
fueron bajando, bajando, y bajaron yo no sé hasta dónde. Salieron á luz
por entregas, por arrobas y por metros cúbicos. El señor Fernández tenía
un establecimiento en liquidación dentro de la cabeza.
Y, sin embargo, _¿qué fué de tanta invención?_ Destinadas estas novelas
á entretener los ocios de las clases menos doctas de la sociedad,
perdieron casi en absoluto el carácter de obras literarias y fueron
proscritas con excomunión mayor de toda biblioteca bien nacida. El autor
ya no volvió á preocuparse de la composición, del análisis de los
caracteres, ni de las pasiones, ni de la verosimilitud, ni de la pureza
de la lengua. Lo único á que atendió fué á sorprender, á asustar las
imaginaciones femeniles, á despertar y encadenar la curiosidad,
arrastrándola violentamente por sucesos increíbles y absurdos.
De este modo logró conquistar una inmensa popularidad, sobre la cual
tampoco debe forjarse grandes ilusiones el Sr. Fernández y González.
Tuvo y aún tiene muchos lectores, pero son de tal jaez estos lectores
que no pueden fundar ninguna reputación duradera. Leen por distraerse,
por _matar el tiempo_, y las más de las veces no se detienen á mirar el
nombre del autor del libro que soportan en la mano. Si lo miran, no son
capaces de tributarle admiración, á la manera que al niño jamás se le
ocurre admirar al inventor del juguete con que se divierte.
Las obras literarias, ó las que tal nombre merecen, no se presentan como
los arenques en grandes turbas; vienen solas después de haber madurado
por más ó menos tiempo en el cerebro del artista. Aquellas que no sufren
una gestación laboriosa cuando se escriben, es que ya la han sufrido en
el pensamiento. Me refiero, por supuesto, á las obras de mérito
permanente, capaces de resistir á las inclemencias del tiempo y de la
crítica.
La _entrega_, que Fernández y González ha cultivado con más éxito que
ningún otro en nuestra patria, es la institución más perniciosa que
inventaron los hombres para tormento de las letras.
Me equivoco, hay todavía otra institución más deletérea: el tomo de á
peseta. En tomos de á peseta ha exprimido el Sr. Fernández las últimas
gotas de su desordenada inspiración. En vano el poder legislativo de la
sociedad se afana por introducir las reformas más convenientes en todos
los ramos de la administración; en vano el poder ejecutivo cumplimenta
con toda fidelidad las disposiciones legales, desenvolviéndolas y
aclarándolas por medio de reglamentos acertados y sabios y concienzudos
preámbulos. Mientras Manini, con su biblioteca _de lujo_, y los
traductores de Barcelona sigan conspirando contra la salud pública, no
tendremos en nuestra patria ni sosiego, ni riqueza, ni vías férreas, ni
administración.
Torna á la ciudad el Sr. Fernández y quiere describirnos la vida real,
lo que pasa pared en medio de nosotros. No dejan de tener estas sus
novelas contemporáneas cierto interés y movimiento, porque el autor, por
más que se empeña, no puede prescindir completamente de su poderosa
imaginativa; mas allá, por el campo, adquirió unos modales tan
impolíticos y serranos, que por ningún concepto recomiendo la lectura de
tales obras á las niñas de quince abriles.
Resplandece en sus últimas novelas, á más de un color verde harto
subido, la ausencia absoluta de previsión artística. El autor no medita
ni calcula nada de lo que constituye el fondo y la forma de una obra
romancesca. Prefiere abandonarse á la corriente alborotada de la
improvisación, y allá van escenas y sucesos donde quiere una fantasía
delirante. ¡Yo que juzgaba á la improvisación sólo buena para decir unas
cuantas redondillas después de haber comido fuerte!
La pintura exagerada y un tanto burda de la vida exterior es lo que se
observa á primera y segunda vista en estas producciones. La vida del
espíritu merece tanto respeto al Sr. Fernández y González que no se
atreve á penetrar en ella. Tal vez el alma humana tendrá que agradecerle
este respeto. Debo manifestar, no obstante, en descargo de mi
conciencia, que el espíritu del hombre tiene derecho á ocupar el lugar
preferente en la novela. Cuando se le condena á comer el pan negro de la
emigración, como en las obras de Fernández y González, la novela se
transforma en cuento de viejas.
En resolución. No es posible juzgar las producciones del Sr. Fernández y
González, si exceptuamos las primeras, citadas ya en este artículo, con
arreglo á los sanos principios literarios. Tales obras salen del recinto
de la literatura para entrar en el más oscuro y también más lucrativo de
la industria. Una vez convertido el arte en oficio, ya no se trata más
que de mucho papel y mucha tinta. El que hace un cesto hace ciento, y el
que escribió una novela puede escribir un cargamento de ellas.
¡Cuántos años hace que el Sr. Fernández y González está haciendo cestos
sin darse punto de reposo!
Sus novelas, como las saetas del ejército de Jerjes, amenazan ya nublar
el sol.
Así, que me he visto precisado á pelear á la sombra.
Conste sobre todo, Sr. Fernández, que esta crítica fué inspirada por los
móviles más bajos y más ruines.
[Illustration]
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