D. MANUEL FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ.

[Illustration: N]O sé cómo arreglarme para decir algo bueno del Sr.

Fernández y González. Mucho temo no llegar á decirlo. Por más que lo

intento no consigo desechar de mí cierto rencor y mala voluntad hacia su

persona ó personalidad, que es lo más de moda, y como soy tan

impresionable y tengo tan poco peso (cinco arrobas escasas), lo más

probable es que le suelte alguna pulla de mal género, impropia por

entero de mis antecedentes y de mis años.

Pero, Señor, ¡quién me habrá metido á mí á crítico!

Hubo un tiempo, sin embargo, en que yo tenía menos años que ahora, _et

in illo tempore_, el Sr. Fernández y González me hizo perder bastante

ídem. Cuando lo pienso, no puedo menos de verter lágrimas, y exclamar

como Augusto:

«¡Fernández, Fernández; vuélveme mi tiempo!»

No sólo de esta abundosa fuente mana mi rencor. El Sr. Fernández con sus

narraciones fantásticas, lances maravillosos y combates descomunales, ha

influído de un modo muy pernicioso en mi carácter. Hace ya bastantes

años, era yo lo que se llama una malva, incapaz de romper un plato

adrede.

Mas hete aquí que leo los _Siete Niños de Écija_, donde se describe á lo

vivo de qué modo siete valientes derrotan y ponen en vergonzosa fuga, en

cuantas batallas libran, á siete mil carabineros; y hubieran derrotado

en la misma forma á siete millones, dada su infinita bravura. Esta

bravura me contagió de tal suerte, que llegué á suponerme dotado de una

fuerza incontrastable y sobrenatural, y empecé á ensayar mis fuerzas y

arrestos, descargando terribles puñetazos sobre las puertas de la

vecindad. Á los pocos días de efectuar estos ensayos, era conocido entre

los granujas del pueblo con el pintoresco mote de _Brazo de hierro_. Y

aconteció que un día oí sonar á mis espaldas el famoso apodo acompañado

de cierta risa que á mí me pareció por muchos conceptos irrespetuosa. Me

vuelvo y veo á tres pilluelos muy risueños que se estaban sin quitarme

ojo. Llegó la ocasión, pensé, y encomendándome al invicto Juan Palomo,

cerré con el mayor coraje y ardimiento sobre aquellos canallas. Mas ¡ay!

que entre nosotros debían existir las mismas relaciones que entre los

antiguos aragoneses y su monarca: cada uno de ellos valía tanto como yo,

y juntos mucho más que yo.

Me llevaron á casa y me pusieron sobre la frente algunos paños empapados

en árnica. Jamás se lo perdonaré al Sr. Fernández y González.

Fundada, pues, mi crítica en motivos tan baladíes, es preciso convenir

en que no tendrán fuerza de ninguna clase cuantas censuras dirija al Sr.

Fernández y González. Convengamos en ello y meditemos un rato sobre la

pequeñez de los hombres que por unos mojicones más ó menos llegan hasta

rebajar las glorias de un esclarecido novelista.

Sin embargo, aunque no otra cosa, espero que se me reconozca cierto

valor para arrostrar la impopularidad. El Sr. Fernández goza de gran

crédito entre las clases más virtuosas de la nación. Conozco algunas

amas de huéspedes que en gracia de sus interesantes novelas serían

capaces de no pedirle el dinero hasta fin de mes. Y yo, escritor

ventajosamente conocido en España, Francia, Inglaterra, Rusia, los

Países Bajos y Carabanchel de Abajo, no vacilo en depositar en el

pedestal de la estatua de la Verdad mis coronas y mis lauros.

¡Hermosa figura y ejemplo perdurable de heroísmo!

El Sr. Fernández y González no siempre escribió malas novelas. Hubo un

tiempo en que las escribió buenas. Esto debía decirlo al final del

artículo, bien lo comprendo, para que la última impresión fuese dulce,

pero como el Sr. Fernández y González escribió las novelas buenas antes

que las malas, parece natural que me atenga á su cronología. ¡Especial

cronología la del Sr. Fernández! Todo en el Cosmos progresa, todo se

perfecciona por virtud de la ley de la evolución pasando de lo homogéneo

á lo heterogéneo[6]. Y no obstante, el Sr. Fernández y González rompe de

frente con la ley de la evolución, y después de escribir novelas muy

heterogéneas da á luz las homogéneas. _El Condestable D. Álvaro de Luna,

Men Rodríguez de Sanabria, Martín Gil, El cocinero de Su Majestad y Los

Monfíes_ son novelas históricas en que á más de observarse con algún

cuidado los requisitos del género, revela el autor cualidades

excepcionales para brillar en él. No resucita por medio de un estudio

atento y minucioso el mundo de la Edad Media como Walter Scott, sus

costumbres, sus trajes, su fisonomía exterior; mas quizá debido á una

portentosa imaginación consiga penetrar más adentro que el inmortal

creador de la novela histórica, en sus sentimientos, en sus acciones y

su discurso; en el mundo del espíritu.

No maneja tan bien el guardarropa feudal, ni el mobiliario de una sala

gótica, ni es capaz de disponer un torneo con tanta propiedad; pero

nuestros abuelos no aparecen con ese tinte suave y melancólico que

inmerecidamente les concede el autor de _Ivanhoe_, sino con el lenguaje

rudo, la sensualidad desenfrenada y la ferocidad bestial que les

conviene. Los acentos ásperos que resuenan en los tiempos medios parecen

vibrar puros y frescos todavía en la briosa fantasía de Fernández y

González. Penetra por la coraza damasquina y la recia cota de malla, y

sorprende los sentimientos de aquellos corazones tan rudos é

independientes. Es más _realista_ de la Edad Media que su maestro Walter

Scott.

Aún pudiera serlo más, no lo dudo, rebajando un noventa por ciento de

aventuras; mas como, después de todo, ninguno de nosotros ha vivido en

la Edad Media, la narración de las maravillas acaecidas en esta Edad no

nos puede irritar tanto como la de aquellas que suceden en la presente,

donde no sucede ninguna.

No tengo inconveniente, pues, en admitir que los siglos medios son

poéticos, y que en ellos se efectuaron todos esos lances portentosos que

los novelistas nos cuentan, y otros muchos más que no nos cuentan. Mas

deseo hacer constar que aunque poéticos eran unos siglos bárbaros, y que

en punto á urbanidad y buena crianza, pese á Walter Scott y su escuela,

el nuestro les saca mucha ventaja.

Á pesar de esto no falta quien apellida á nuestro siglo torpe y

escandaloso, y se siente muy desgraciado por haber nacido en él en vez

de florecer en la época del feudalismo. Hay que convenir en que la

Providencia ha estado muy dura con los que así discurren poniéndoles

sombrero de copa en lugar de casco. Pero una vez que no ha querido

darles ese gusto, no hay más remedio que resignarse y esperar de mala

manera, en cualquier oficina, á que este siglo se hunda en los abismos

del tiempo. Ánimo, pues, que ya falta poco; veintidós años escasos.

Quede sentado que el Sr. Fernández y González manifestó en otro tiempo,

muy lejano por desgracia, disposiciones felicísimas para la novela

histórica. Pero no hay que atribuirle tampoco con afán hiperbólico

aptitudes que no ha tenido jamás. Si las mostró nada comunes para el

cultivo de este género, nunca dió la más leve señal de poseerlas para la

novela de costumbres, social, realista ó como quiera denominarse. El

género histórico es de todos los romancescos el que más semejanzas y

afinidades guarda con el poema, y Fernández y González es mejor poeta

que novelista. Tal vez dependerá de que el poeta se constituye y

caracteriza por la fantasía, viniendo á ser el entendimiento y el

estudio nada más que auxiliares de su inspiración, mientras el novelista

necesita por partes iguales de una inteligencia superior y de una

imaginación pintoresca. El talento de Fernández y González guarda, á mi

juicio, más parentesco con el de Zorrilla que con el de ningún novelista

de los que figuran ó han figurado en nuestra patria.

Mas ya que su empeño fuera escribir novelas y no versos, parecía

razonable que siguiera novelando en el género histórico cada día con

mayor discreción y lucimiento. El Sr. Fernández y González toda su vida

profesó mucho horror á lo razonable. Así es que, en vez de continuar

estudiando para corregirse y mejorarse, comenzó á echar por aquella

pluma un diluvio de novelas plagadas de lances y aventuras imposibles

que produjeron grandes disturbios en el ramo de modistas. De la novela

histórica no quedó más que los nombres de los personajes, los cascos,

las lanzas y las cimitarras. Todo lo demás, la pintura de los

caracteres, la descripción de las costumbres, la verosimilitud de la

fábula, naufragó en un mar de tinta.

Este afán insaciable de aventuras fué causa de su perdición. ¡Lo que es

el corazón humano! como diría Pérez Escrich. Un hombre que había pasado

toda su vida en el alcázar del rey tratado á cuerpo de ídem, dedicado

exclusivamente á vigilar la entrada y la salida de los galanes por las

puertas secretas, los suspiros de la reina y las órdenes del monarca,

marcha de improviso á Sierra Morena y empieza á echar el alto á los

viajeros, en compañía de _Juan Palomo_ y _Diego Corrientes_.

Estos cambios bruscos é inesperados de la fortuna me conmueven

sobremanera.

¡Y qué había de suceder! El Sr. Fernández, que era un caballero muy

cumplido y espiritual, consiguió al principio dar cierto barniz

romántico á aquellos secuestradores; mas al cabo y á su pesar tuvo que

sufrir la influencia nefasta de tan grosera compañía, perdiendo las

buenas formas y los refinamientos palaciegos. Descuidó ó abandonó por

entero los estudios literarios, acaudalando en cambio gran copia de

bellaquerías y ruindades que aspiró á presentar como admirables,

redactándolas al mismo tiempo en un lenguaje que por nada en el mundo me

atrevería á llamar cervantesco.

Si el Sr. Fernández y González hubiera ido á recorrer los desfiladeros y

encrucijadas de Sierra Morena con el objeto de estudiar minuciosamente

las costumbres de sus indígenas y ofrecérnoslas después en cuadros

romancescos vivos y fieles, yo no le diría una sola palabra malsonante;

allá se las arreglara con los enemigos del realismo. Pero eso de ir ni

más ni menos que á buscar con su linterna por aquellas breñas almas

grandes, corazones generosos, honrados padres de familia y ciudadanos

íntegros, se me figura depresivo para los que habitamos en poblado. No

parece sino que escandalizado el Sr. Fernández y González de nuestra

corrupción, como Tácito de la de Roma, desea presentarnos en las

costumbres puras ó inocentes de la bandolería algo que nos edifique y

nos enderece. Pues mire usted, Sr. Fernández, convengo en que por Madrid

hay muchos perdidos y que es peligroso hasta cierto punto atravesar á

las tres de la tarde por delante del café Suizo; pero también hay muchos

caballeros, tan fieles como el oro, que sólo le detienen á usted para

pedirle fuego. No es absolutamente necesario ser ladrón en cuadrilla

para tener un corazón sensible. Conozco muchas personas que, sin haber

desvalijado á nadie en su vida, riegan con sus lágrimas las butacas del

teatro Español cada vez que se pone en escena _Ó locura ó santidad_.

Repito, pues, Sr. Fernández, que el ideal de la bandolería no es

suficiente para el arte. El ideal cristiano me parece más fecundo y más

conforme con la naturaleza humana.

Estos trueques de ideales producen unos efectos desastrosos. Las novelas

fueron bajando, bajando, y bajaron yo no sé hasta dónde. Salieron á luz

por entregas, por arrobas y por metros cúbicos. El señor Fernández tenía

un establecimiento en liquidación dentro de la cabeza.

Y, sin embargo, _¿qué fué de tanta invención?_ Destinadas estas novelas

á entretener los ocios de las clases menos doctas de la sociedad,

perdieron casi en absoluto el carácter de obras literarias y fueron

proscritas con excomunión mayor de toda biblioteca bien nacida. El autor

ya no volvió á preocuparse de la composición, del análisis de los

caracteres, ni de las pasiones, ni de la verosimilitud, ni de la pureza

de la lengua. Lo único á que atendió fué á sorprender, á asustar las

imaginaciones femeniles, á despertar y encadenar la curiosidad,

arrastrándola violentamente por sucesos increíbles y absurdos.

De este modo logró conquistar una inmensa popularidad, sobre la cual

tampoco debe forjarse grandes ilusiones el Sr. Fernández y González.

Tuvo y aún tiene muchos lectores, pero son de tal jaez estos lectores

que no pueden fundar ninguna reputación duradera. Leen por distraerse,

por _matar el tiempo_, y las más de las veces no se detienen á mirar el

nombre del autor del libro que soportan en la mano. Si lo miran, no son

capaces de tributarle admiración, á la manera que al niño jamás se le

ocurre admirar al inventor del juguete con que se divierte.

Las obras literarias, ó las que tal nombre merecen, no se presentan como

los arenques en grandes turbas; vienen solas después de haber madurado

por más ó menos tiempo en el cerebro del artista. Aquellas que no sufren

una gestación laboriosa cuando se escriben, es que ya la han sufrido en

el pensamiento. Me refiero, por supuesto, á las obras de mérito

permanente, capaces de resistir á las inclemencias del tiempo y de la

crítica.

La _entrega_, que Fernández y González ha cultivado con más éxito que

ningún otro en nuestra patria, es la institución más perniciosa que

inventaron los hombres para tormento de las letras.

Me equivoco, hay todavía otra institución más deletérea: el tomo de á

peseta. En tomos de á peseta ha exprimido el Sr. Fernández las últimas

gotas de su desordenada inspiración. En vano el poder legislativo de la

sociedad se afana por introducir las reformas más convenientes en todos

los ramos de la administración; en vano el poder ejecutivo cumplimenta

con toda fidelidad las disposiciones legales, desenvolviéndolas y

aclarándolas por medio de reglamentos acertados y sabios y concienzudos

preámbulos. Mientras Manini, con su biblioteca _de lujo_, y los

traductores de Barcelona sigan conspirando contra la salud pública, no

tendremos en nuestra patria ni sosiego, ni riqueza, ni vías férreas, ni

administración.

Torna á la ciudad el Sr. Fernández y quiere describirnos la vida real,

lo que pasa pared en medio de nosotros. No dejan de tener estas sus

novelas contemporáneas cierto interés y movimiento, porque el autor, por

más que se empeña, no puede prescindir completamente de su poderosa

imaginativa; mas allá, por el campo, adquirió unos modales tan

impolíticos y serranos, que por ningún concepto recomiendo la lectura de

tales obras á las niñas de quince abriles.

Resplandece en sus últimas novelas, á más de un color verde harto

subido, la ausencia absoluta de previsión artística. El autor no medita

ni calcula nada de lo que constituye el fondo y la forma de una obra

romancesca. Prefiere abandonarse á la corriente alborotada de la

improvisación, y allá van escenas y sucesos donde quiere una fantasía

delirante. ¡Yo que juzgaba á la improvisación sólo buena para decir unas

cuantas redondillas después de haber comido fuerte!

La pintura exagerada y un tanto burda de la vida exterior es lo que se

observa á primera y segunda vista en estas producciones. La vida del

espíritu merece tanto respeto al Sr. Fernández y González que no se

atreve á penetrar en ella. Tal vez el alma humana tendrá que agradecerle

este respeto. Debo manifestar, no obstante, en descargo de mi

conciencia, que el espíritu del hombre tiene derecho á ocupar el lugar

preferente en la novela. Cuando se le condena á comer el pan negro de la

emigración, como en las obras de Fernández y González, la novela se

transforma en cuento de viejas.

En resolución. No es posible juzgar las producciones del Sr. Fernández y

González, si exceptuamos las primeras, citadas ya en este artículo, con

arreglo á los sanos principios literarios. Tales obras salen del recinto

de la literatura para entrar en el más oscuro y también más lucrativo de

la industria. Una vez convertido el arte en oficio, ya no se trata más

que de mucho papel y mucha tinta. El que hace un cesto hace ciento, y el

que escribió una novela puede escribir un cargamento de ellas.

¡Cuántos años hace que el Sr. Fernández y González está haciendo cestos

sin darse punto de reposo!

Sus novelas, como las saetas del ejército de Jerjes, amenazan ya nublar

el sol.

Así, que me he visto precisado á pelear á la sombra.

Conste sobre todo, Sr. Fernández, que esta crítica fué inspirada por los

móviles más bajos y más ruines.

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Semblanzas literarias · 第 49 / 93 题