Al ocuparme en la crítica de _Las ilusiones del doctor Faustino_, vuelvo
á exclamar: ¡Lástima de metafísica!
No comparto, sin embargo, la especie de que esta producción constituya
un gran yerro del autor, como muchas veces he oído afirmar.
_Las ilusiones del doctor Faustino_, aunque en orden á sus proporciones,
desarrollo y aliño de la forma se encuentra muy por bajo de _Pepita
Jiménez_, está á la misma altura, y aun por encima, considerando la
trascendencia y magnitud del asunto, la verdad de los caracteres y la
profunda ironía que envuelve toda la obra.
En España, donde solemos morirnos algunas veces de seriedad, no da gran
resultado un estilo como el del Sr. Valera. Se supone que para que
salgan bien las cosas es necesario hacerlas con la mayor gravedad
posible, casi sin pestañear. Y mucho menos se comprende que el escritor
descienda de esa prosa campanuda é impasible, sin olor, color ni sabor
ni otros accidentes de pan y vino, á una más familiar y corriente, sin
moldes forjados de antemano, donde se ríe cuando se tiene gana y se
llora si hay algo que lo merece.
El que tal prosa emplee en sus escritos, créame usted, Sr. Valera, si se
llama Juan no pasará de Juanito.
Acaso, y sin acaso por ser _Las ilusiones del doctor Faustino_ una de
las novelas más picantes, más sustanciosas y mejor intencionadas que se
hayan producido en España y fuera de ella no ha conseguido á su salida
por el mundo más que desaires y vejámenes.
Yo voy á estar más fino, aunque no tanto que me pase. Doy por leída la
obra, para evitarme la molestia de narrar el argumento, y paso con la
mayor frescura á decir mi opinión.
Vuelven á ser las ilusiones y los sueños de un joven el tema en que se
emplea la perspicua inteligencia de Valera. Mas las ilusiones del héroe
de esta novela no toman el rumbo generoso que las de D. Luis de Vargas,
no salen á espaciarse por las luminosas esferas de la religión ni por
los campos inmarcesibles del sacrificio, son ilusiones más caseras y no
trascienden del _yo_ bastante enrevesado del doctor Faustino.
Cualquiera ha sido joven en este mundo. Este cualquiera que escribe
semblanzas literarias, lo es todavía. No es difícil tampoco tener
ilusiones. Yo las tengo muy grandes de que ustedes no me suelten de la
mano. Pues bien, cuando las ilusiones distan mucho de la realidad, como
en este caso, surge el ridículo, que hábilmente presentado por una pluma
discreta y afilada como la del Sr. Valera, sirve de provechosa lección y
enseñanza saludable.
La ilusión es el mismo deseo revistiendo forma, tomando vida y
apariencia de verdad en la fantasía. Por eso los hombres de imaginación
son los más propensos á concebir ilusiones y á naufragar en sus pérfidas
aguas. Mas como quiera que la imaginación es la facultad más amable del
alma y la que imprime carácter al hombre, el doctor Faustino, con todas
sus ilusiones, sueños y fantasías, si logra hacerse ridículo, no excita
antipatías ni rencores. Antes me figuro que todos le miran con marcada
benevolencia y hasta presumo que el autor llega á prendarse de él por la
nobleza y originalidad de su espíritu. Siempre los amores traen
inconvenientes, y los del Sr. Valera en esta ocasión han traído para su
novela un desenlace desproporcionado y no muy bello. Con el fin de
preparar el trágico remate de la obra se ve el autor en la necesidad de
vulgarizar al héroe. En efecto, pierde el doctor Faustino su primera
originalidad y se trasforma en un carácter endeble y pasivo cuya muerte
más sorprende que conmueve. El autor deshace con harta precipitación y
torpeza la delicada urdimbre del carácter del héroe. Más que desenlace
parece un corte de cuentas.
En la fábula no brilla el Sr. Valera como ya tuve el descaro de
manifestar, mas á mí se me advierte que es mejor que no brille. De
intrigas tenebrosas, espantables y absurdas nos tienen hasta el cuello
los novelistas franceses y la más enferma parte de los españoles. Y sin
embargo, ¡quién diría que el Sr. Valera, tan sencillo, tan razonable y
tan sobrio en sus fábulas, ha introducido en la de esta novela un
elemento maravilloso que resulta melodramático! Yo bien sé por qué lo ha
introducido el Sr. Valera. Es que ha oido decir á los críticos que no
tiene imaginación y que no consigue dar un interés palpitante á sus
novelas. Porque los críticos son de esta guisa. Se presenta un hombre
blanco y le llaman pálido; se presenta un moreno y le apellidan negro.
Sale á luz un novelista de mucha intriga y enredo: truena la crítica
contra la intriga y califica al novelista de intrigante y mala persona.
Aparece otro sensato y discreto: entonces la crítica hecha de menos la
intriga y se queja amargamente de que no le interese.
Valera ha dicho: ¿queréis aventuras estupendas? Pues allá van; y nos
propinó las de _la inmortal amiga_. Yo me permito creer, Sr. Valera, que
no debe usted abandonar jamás por ninguna clase de murmuración, es
decir, de crítica, el género realista del cual tan brillante muestra nos
ha dado en _Pepita Jiménez_, porque opino como su correligionario
Voltaire, que todos los géneros son buenos menos el fastidioso.
No hay en el género de usted, es verdad, motivo para soltar muchos cabos
con el exclusivo objeto de amarrarlos después como Dios dé á entender,
que á veces lo da á entender pésimamente, y otras ni bien ni mal, pero
en cambio puede comunicarse á la novela un interés más espiritual y de
mejor ley, desarrollando plásticamente un pensamiento luminoso y
fecundo, interpolando descripciones como la de la Nava en el capítulo
titulado _El Paraíso terrenal_, tan fresca, tan viva, tan primorosa y
tan mágica, que puede figurar dignamente al lado de algunas del
_Quijote_, y dibujando en fin con felicidad caracteres y tipos humanos
cuyo estudio se me antoja más digno de un ingenio privilegiado como el
de Valera, que la exposición desatinada de aventuras increíbles, propias
para despertar miedo en los niños.
_Las ilusiones del doctor Faustino_ es una novela de caracteres, y
sobre los principales, ustedes me dispensarán si digo algunas palabras.
Yo, que al igual de todos los cándidos, cuando quiero tener malicia me
paso de malicioso y suspicaz, he pensado descubrir que el doctor
Faustino es el mismo Sr. Valera que viste y calza, y que todos los días
vemos por ahí, gozando una tranquilidad de espíritu un tanto positivista
y epicúrea, aficionado á las especulaciones y sistemas metafísicos que
le interesan como pura poesía, amando y respetando la realidad, hecho,
en fin, un D. Juan Fresco. El hombre da mucha vuelta con los años, y
creo que para llegar á la situación de ánimo de D. Juan Fresco, es
necesario haber pasado por la del doctor Faustino ó algo que se le
parezca.
Este pensar mío es el que ha dado margen al cariño que profeso á la obra
que voy examinando. Eso de conocer el corazón humano cuando es el
corazón humano de otro, no me parece lo más fácil del mundo; mas
tratándose del propio, la tarea se simplifica extraordinariamente. El
Sr. Valera, que tiene su alma en su armario, la saca, la limpia el
polvo, y la ofrece á nuestra vista.
Por eso me embelesan los tipos del doctor Faustino y D. Juan Fresco,
porque resultan bellos y al mismo tiempo humanos.
El carácter de D. Juan Fresco, nada más que apuntado ó bosquejado en
esta novela, aparece plenamente desenvuelto en el _Comendador Mendoza_,
última producción romancesca del autor que venimos estudiando. Son
innegables y patentes las afinidades que guardan entre sí el antiguo y
el coetáneo retirado de Villabermeja, y de ambos caracteres tan nobles
como despreocupados, repito que conceptúo propietario al Sr. Valera.
La obra no tiene, ni con mucho, la trascendencia y significación que
_Las ilusiones del doctor Faustino_ ni la originalidad de _Pepita
Jiménez_. En cambio uno de sus tipos, el de D.ª Blanca, está trazado con
más brío del que Valera acostumbra, y su acción, aunque excesivamente
sencilla, es rápida é interesante.
Señor Presidente, me siento fatigado y ya no tengo más que decir sobre
el Sr. Valera.
Se levanta la sesión.
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